Praga. Autor: Carmen Elena Villacorta

Incontables veces a lo largo de mi vida he estado frente a edificaciones deslumbrantes a las que puedo considerar joyas arquitectónicas: las ciudades mayas de Copán, Tikal y Palenque; el Palacio de los Azulejos, el antiguo Colegio de San Ildefonso o el Edificio de Correos en la Ciudad de México; la iglesia de Chiquinquirá en Bogotá… Pero jamás había estado en una ciudad tan grande a la cual pudiera calificar como una joya en su conjunto. Esa es Praga.

Para obtener un boleto económico que de Friburg me llevara hasta allí, Markus tuvo que conseguirme una opción poco atractiva: 12 horas de viaje y 2 transbordos, con escalas de cerca de 1 hora cada una. Iba nerviosa, debía estar más atenta que nunca y viajar durante toda la noche. Me despedí de Markus y Olimpia (la perrita) en la entrada del No 80 de la calle WentzingerstraBe, dentro del agradable barrio Stuhlinger, en donde me habían hecho sentir como en casa. Amaranta me acompañó a esperar el primero de mis trenes del trayecto, el que me llevaría de vuelta a Frankfurt y que, en esta ocasión, no sólo tardó en llegar y tuvimos que esperarlo más de lo previsto (pinche ley de Murphy), sino que en lugar de las 2 horas habituales tardó más de 4, debido a las múltiples paradas. Durante la espera, 3 policías muy rubios pasaron frente a nosotras. Amaranta me explicó que buscaban migrantes y que, si hubieran encontrado a alguien de color, seguramente lo hubieran detenido para exigirle papeles en orden y llevarlo a la estación. Nos abrazamos, celebrando haber podido estar juntas y deseando un futuro encuentro en México o en Argentina.

Intenté dormir, con poca suerte, entre otras cosas porque cada tanto caía el supervisor del tren, la primera vez a revisar mi boleto, las demás a regañarme en alemán por subir los pies en la silla en la que los ponía, intentando simular una cama. Cerca de las 4am, llegué a Frankfurt, a la misma estación en la que días antes había perdido el tren. Me sirvió regresar para exorcizar ese demonio. Esa vez me sentí toda una experta: había aprendido a leer correctamente las señales. Llamó mi atención la imagen de un hombre de mediana edad hablando solo y buscando botellas vacías en la basura. No lucía mal, se veía más bien feliz, pero era el primer pordiosero alemán que veía. A las 4:40am abordé el tren No 827 en el andén 4, rumbo a Nürnberg, a donde arribé cerca de las 7am. La ciudad lucía gris, lluviosa y grande, mucho más grande que Friburg, nada que ver con ella. Edificios siempre antiguos, pero más altos, avenidas, carros y semáforos en todas las direcciones: urbe. Advertí la publicidad de un negocio de uñas acrílicas cerca de la estación de trenes. Lo que son las modas en tiempos de globalización: las uñas postizas resultan apetecibles para mujeres en Culiacán, en el Distrito Federal, en San Salvador, en Nuremberg y hasta en Praga, en donde también puede una mandarse a pegar pedacitos de plástico pintados al final de los dedos.

Acababa de amanecer y se me antojaba algo caliente para tomar. Mis expectativas respecto del chocolate que compré dentro de la estación se vieron frustradas: demasiados químicos. Añoré una buena taza de chocolatico colombiano con arepas, una quimera. Pronto llegó la hora de partir de nuevo, esta vez en el segundo piso de un cómodo bus en el que 3 horas más tarde, pasadas las 11am, llegué a Praga. Otra urbe. Me intimidó su tamaño, más grande de lo que pensé (aproximadamente 1 millón 200 mil habitantes), pero sobretodo me asustó el hecho de llegar sin ninguna referencia, ningún conocido, ninguna dirección, ninguna reservación de hotel. ¡Nada! Para eso existen, gracias a Dios, las oficinas de turismo. Acudí a ella en la parte baja de una estación de trenes ubicada en un antiguo edificio (casi todos lo son en el viejo continente), en una de cuyas entradas sobresale un bello mural en alto relieve adornando una cúpula. Muchas épocas históricas conviven en estos muros. Paredes ennegrecidas por el paso de varios siglos comparten espacio con modernas oficinas, tiendas, escaleras eléctricas y pantallas informativas.

En la oficina de turismo conocí a mi compañero de viaje de ese día, Godfrey, un chico taiwanés de 20 años de edad que viajaba solo como yo en esa, su segunda vista a Europa. Venía llegando de Roma y tampoco tenía hotel. El operador de la oficina de turismo nos explicó que los hostales estaban abarrotados. “Summer days”: jóvenes viajando por toda Europa. Por suerte, aún había algo disponible cerca de allí, en la zona centro y podíamos compartir los gastos de una habitación con 2 camas y baño privado. Godfrey era demasiado inocente como para despertarme temor. Al contrario, me hizo sentir más tranquila tener compañía. Compré korunas (pesos checos) y él las sacó de un cajero. En la República Checa todavía se usa la moneda nacional. El pequeño hotel al que llegamos después de caminar unos 15 minutos queda ubicado en el No 15 de la calle Vikova. Quizá por eso sus dueños (todo parecía indicar que una familia) le pusieron de nombre “15”. Todo lucía como nuevo, impecablemente limpio, wifi, 22 euros por persona la noche. Mi Toshiba portátil junto a la Notebook de Godfrey pareció un tractor. Él habló en chino con su familia en Taiwán, yo escribí a la mía. Después de darse cada quien la ducha correspondiente, mi joven amigo me ofreció su secadora de pelo. En su maleta, plateada, de tapa dura, más grande que la mía, había un completo kit del viajero. Me enterneció ver que se trataba de un verdadero chico de su casa, aunque hace algún tiempo que salió de ella para irse a estudiar fisioterapia a una universidad cercana a Taipei.

¡Lets go to discovery Praga!, le dije. Y nos fuimos. No comprendía el 100% de su inglés oriental, pero nos entendíamos. Es un chico bueno y dócil. Ya en la zona comercial, encontramos un lugar turco para comer, abundante y económico. Hay innumerables tiendas de souvenirs, casas de cambio y puntos de venta de recorridos turísticos. Todo armado para los turistas y yo la más turista entre todos: inmediatamente compré souvenirs y un recorrido de 3 horas por la ciudad para la mañana siguiente. Godfrey me recomendó hacerlo, dado el poco tiempo que tendría en Praga. Esa tarde la dedicamos a caminar lo más posible. Recordaba que Elsy de Salazar, en El Salvador, me había hablado del puente Carlos IV y nos dirigimos hacia allá, dando varios rodeos. Caminamos por la Plaza de San Wenceslao, el amplio bulevar que comunica la Ciudad Vieja con el Museo Nacional. El Museo es un imponente edificio que sin duda domina el lugar y al que sólo pudimos observar por fuera. El mismo bulevar en sentido contrario nos condujo a una plaza en la que un percusionista convocaba en torno de sí a un grupo nutrido de personas cuyos hijos ponían monedas en la gorra del músico. Mientras, él hacía sonar un instrumento exótico, pegajoso, con sabor a oriente. También yo me animé a apoyarlo con unas monedas en agradecimiento por hacer de ese rato una fiesta.

Tomamos una calle comercial en la que Godfrey quiso entrar a una tienda de Adidas. Pensé una vez más en el éxito de la globalización: todos los negocios en todas las ciudades, al alcance de los bolsillos consumistas. Preciosas chicas vestían a la última moda, pero (a excepción de su estatura y sus rubios cabellos) no se veían demasiado distintas de cómo se ven las jovencitas de las mismas edades en los shoppings de San Salvador, Córdoba o Bogotá. La homogeneización del mundo avanza a tal velocidad que me costó imaginarme a la Praga comunista en la que sin duda no palpitaba con tanta fuerza esa atmósfera de comercial publicitario permanente. Las calles llenas de gente y comercios me recordaron al centro histórico defeño, pero los edificios se iban poniendo cada vez más hermosos y en la ciudad no había esmog. De repente y sin ninguna idea previa llegamos a la Torre de Pólvora, vestigio del carácter medieval de la ciudad, la última de las 13 torres con que contaba la muralla fortificada construida en el siglo XIII, cuando fue fundada. Un monumento digno de verse. Me recordó a una de las puertas de Friburg, que debe tener la misma antigüedad, pero esto era despampanante.

En el teatro estaban a punto de ofrecer un concierto de Mozart y averiguamos el precio: fuera de nuestro alcance. Continuamos internándonos en la ciudad vieja. A donde se mirara era bello. He estado en lugares así antes, en donde se tiene el privilegio de poder posar la vista en cualquier dirección sin temor a defraudarse o a perder calidad estética, pero han sido lugares de belleza natural. Los que más vívidamente recuerdo son la isla de Utila en el Caribe de Honduras y el desierto de San Luis Potosí en México. Perdón por ser reiterativa en esto, pero no me imaginé que el perímetro tan amplio de una ciudad pudiera tener esta cualidad. No había cómo cansarse de esa belleza. Y cada vez más gente y más tiendas de souvenirs. Yo entraba a todas las que podía. Me había enamorado y quería llevarme la mayor cantidad de recuerdos posibles de semejante lugar. En las tiendas suelen atender jovencitos que oyen música fuerte y bailan. Son amables. Los hombres intentaban hablarme en español, preguntándome qué se me ofrecía y un par de ellos se animó a decirme cosas como “qué guapa” o “bonita”. Cosa extraña, entre semejantes mujeres que parecen top models, pero se ve que el tipo latino es un éxito. Pensando en eso estaba cuando escuché un inconfundible acento colombiano junto a mí y nos saludamos. Era una costeña lindísima y simpática que me dijo “cuando te vi supe que eras paisana”. Vivía allí, en Praga, y me deseó buena estadía.

Serpenteamos por calles de piedra, dejándonos llevar por el río de gente, hasta llegar al legendario Reloj Astronómico, también medieval, ubicado a un costado del ayuntamiento de la Ciudad Vieja. Algo verdaderamente insólito. Me recordó a Humahuaca por el hecho de que también allí hay un reloj que cada hora deja salir a una figura, provocando la admiración y la infantil alegría de los presentes, al tiempo que repican las campanas. Por supuesto, el reloj de Humahuaca ni es medieval ni es astronómico. Es hermosamente sencillo y modesto. En el de Praga, 12 apóstoles se asoman por una ventana que el mecanismo del reloj activa. Se trata de una mezcla entre obra de arte y maravilla tecnológica antigua. Después de los apóstoles, un hombre arriba de una torre muy alta toca una trompeta y todos aplaudimos y nos emocionamos. Es el tipo de cosa frente a la cual Gus diría algo como: “el circo de los turistas, qué boludos”. ¡Cuánto lo extrañé en Praga! El reloj queda en la plaza de la Ciudad Vieja en donde sobresalen también las torres medievales de la catedral de Nuestra Señora de Tyn. Otro encanto medieval incomparable. Sólo quedarse allí, en la plaza, era un regalo para los ojos. Mucha gente lo hacía de hecho, había gente por todos lados.

Seguimos caminando por ese sueño de ciudad, ennegrecido por la imagen de muchos pordioseros pidiendo limosna en las aceras, pero de modo insólito: arrodillados, doblado su tronco hacia adelante, la cara contra el suelo, en la misma posición en la que los budistas realizan oraciones. Sentí la misma desazón de siempre. Que exista indigencia es una mierda. Ya un poco antes de llegar al puente empieza a verse el río Moldava hasta que aparece, majestuosa, la construcción de piedra flanqueada por hermosas torres, que data de 1317, erigida por orden del Rey Carlos IV, en cuyo honor figura un monumento. Detrás del monumento una iglesia anunciaba un concierto de órgano al que tuve intención de asistir. Sobre el puente, repleto, dibujantes de ocasión, artesanos y fotógrafos ofrecían sus productos. Al puente lo adornaban una serie de santos a los costados, los turistas tomaban infinitas fotos y muchos tocaban partes del decorado de las esculturas, creyentes en la superstición de que hacerlo trae buena suerte. La vista al río y sus orillas era encantadora. Pensé, en pleno éxtasis esteticista, en el orgullo que deben sentir quienes viven allí por tener el privilegio de acceder cotidianamente a ese puente. Es muy bello.

Y la ciudad continúa siéndolo más allá de él. Por eso no regresé a las 8pm al concierto en la iglesia, sino que seguí caminando y caminando, esta vez en cuestas cada vez más empinadas. Godfrey a mi lado y en silencio. Restaurantes y más restaurantes, cervecerías, licoreras que ofrecían absenta como la bebida alcohólica más típica. Más calles empedradas, más hermosos edificios y al final una gran escalera de piedra que conducían a la entrada del Palacio Real de Praga. ¡Mama mía! ¡Qué espectacular vista de la ciudad! No nos quedó más remedio que quedarnos allí el resto de la tarde. La vista serenaba el espíritu, como si estuviera uno a la orilla de una hermosa playa, relajándose ante la visión inadjetivable del mar. Si acaso la situación era mejorable, un cuarteto de músicos callejeros nos dieron un espléndido concierto de jazz. Pocos atardeceres recordaré como ese. Sólo había que estar allí y contemplar. Lo mejor de la vida está en las pequeñas cosas, como siempre ha dicho tan sabiamente mi madre. Sólo que para mí estar en Praga no era una cosa pequeña, sino una gran conquista de la que podía disfrutar y enorgullecerme. Estaba allí, aunque difícilmente lo podía creer. ¿Cómo no disfrutarlo?

El hambre nos hizo bajar por otra escalera en la que también había músicos. Godfrey me preguntó si era frecuente en mi país ver eso: bandas de tan buena calidad en las calles. “A veces suben uno o dos músicos a los transportes públicos” le respondí. Y él dijo que también en Taipei sucedía, pero que jamás un cuarteto así era tan accesible. Encontramos una pizzería barata y buena en donde lo mejor eran la simpatía de las meseras y la música latina. Salsa y merengue me obligaron a preguntar “¿quién era el DJ?” Me dijeron que una radio de Texas. Estaba buenísimo. También en Friburg había oído reaggetón y los chicos me mostraron un lugar especializado en la enseñanza y baile de salsa. Qué loco ver cómo las fronteras se borran y las culturas se expanden. Vivimos en la aldea global, por lo menos hasta cierto punto.

A la mañana siguiente entregamos la habitación en medio de la pelea en checo de una cliente con el joven dueño del hotel. Me despedí de Godfrey en la puerta y partí rauda, rumbo a mi cita con el recorrido turístico del día. Necesitaba algo para desayunar y para hacerlo rápido busqué un jugo de naranja. Casi me infarto cuando me cobraron 6 euros por él. Sin duda el jugo de naranja más caro de mi vida. Y yo que una vez en Tapachula, en la frontera entre Chiapas y Guatemala, me había sentido estafada cuando me cobraron 30 o 40 pesos mexicanos por el mismo producto. 6 euros era el triple que eso. Ni modo. El pequeño bus blanco estaba casi copado por una familia de turcos: muchas mujeres de ojos grandes, las cabezas cubiertas con telas negras y un único hombre de atuendo occidental, un adolescente. Poca gente más y yo. Casi no entendía el inglés del guía, pero quedó claro que la mayor parte de los más importantes edificios fue construida entre los siglos XIV y XVII. Antes se erigieron unas primeras versiones precarias de construcciones que fueron complejizándose con el paso del tiempo y que aún hoy continúan siendo intervenidas, restauradas, conservadas y mejoradas. La belleza que se aprecia ahora es, pues, producto del trabajo de muchos hombres y mujeres a lo largo de muchos siglos.

Lo más valioso del paseo fue el ingreso a la Catedral que forma parte del Palacio. Se trata de San Vito, sede del Arzobispado de Praga, principal iglesia de la ciudad y lugar donde antaño se coronaban los reyes de Bohemia, mismos que habitaban el castillo. El gótico praguense en su máximo esplendor. La catedral es tan solicitada que para entrar a ella hay que hacer fila. Fue también Carlos IV quien, en 1344, ordenó darle forma gótica a esa antigua iglesia romana que fue creciendo en importancia. En alguna página de internet pude encontrar esta interesante información: “A pesar de los esfuerzos de los soberanos de turno, la catedral permaneció inacabada durante siglos. Recién a mediados del siglo XIX una comisión formada para concluir la catedral comenzó los trabajos de reparación de la obra existente y pudo completarse en estilo neo-gótico, para ser consagrada por fin en 1929. Ciertos trabajos continuaron en el interior aún los años siguientes”. También aquí (como en Friburg, pero más grandilocuentemente) me impresionaron los enormes vitrales con imágenes bíblicas. Las formas alargadas cumplieron bien su papel de intentar elevar mi espíritu hacia el cielo. Maravillas del arte arquitectónico.

Para un pequeño paseo virtual por aquello, entrar aquí:

http://www.youtube.com/watch?v=Hd5iPXw1kbY

El bus descendió nuevamente para internarse al barrio judío. El guía nos señaló el museo y el cementerio judíos, éste último con más de 600 años de antiguedad. Tenía su gracia andar sobre ruedas, pero en casos como ese no hay como caminar. Me sentí aliviada de terminar la visita guiada y tener todavía un par de horas más para hacerlo. Comí una salchicha con pan, un helado y una crepa, todo en pequeños puestos de la calle atendidos por jóvenes rubios que hablaban inglés. Descubrí entre las curiosidades turísticas un museo del chocolate y un lugar especializado en dulces en donde dos hombres amasaban y daban forma a un extraño material caramelizado. Escuché el acento colombiano más de una vez, muchos turistas colombianos deambulando. Al final descubrí mi tienda favorita: todos los souvenirs posibles estampados con imágenes de la obra del pintor Alfons Mucha, pionero del “Art Nouveau”. Se trata de dibujos de sensuales mujeres con tocados de flores en la cabeza, suaves colores pastel, largas cabelleras onduladas y telas mecidas por el viento. Hermosas odas a la femineidad. Quise comprarme todo y de haber tenido tiempo hubiera entrado al museo del artista, pero me conformé con un tapiz para mi mouse y una bella postal alargada y salí. Se acercaba el final de mi breve visita a la ciudad.

Llegué a la estación de trenes con suficiente anticipación como para tomar algo, verificar que el tren que esperaba saldría de esa estación, cambiar mis pocas korunas restantes por euros, descubrir que estaba perdiendo dinero en el intercambio y sentirme, una vez más, como una vil turista. Me senté a esperar a que las pantallas anunciaran el número de andén del que partiría mi tren rumbo a Viena. En el asiento vacío junto a mí desplegué mis mapas de Praga y mis compritas, como pequeños trofeos de mi paso por allí, hasta que un joven se dirigió a mí en inglés para pedirme la silla. Su abuelita necesitaba sentarse. Los identifiqué de inmediato: familia mexicana a la vista. Iban a Viena, en el mismo tren que yo. Abuela de 76 años, más lúcida y entera que cualquiera, viajaba por 4º o 5º vez por Europa, esta vez en compañía de una de sus hijas y 3 nietos. Qué alegría recibir semejante oleada de mexicanidad de repente. Eran de Tamaulipas (noreste de México) y pasamos todo el viaje comentando sobre las elecciones, la difícil situación del país, el viaje a Europa, los destinos de cada quien… Cenamos juntos en el bonito restaurante adentro del tren, el mesero era un señor mayor de lo más simpático que hablaba español y, sin sentir el trayecto, llegamos.

Casi de inmediato apareció por la escalera eléctrica Doris, mi anfitriona en Viena. Les expliqué a los tamaulipeños que ella había vivido muchos años en el DF, y que de ahí nos conocíamos. Pero no fueron necesarias tantas explicaciones cuando ellos empezaron a hacerle preguntas sobre la mejor forma de llegar a su hotel y ella empezó a hacer exclamaciones eminentemente chilangas, del tipo: “¡qué chingón ser útil!”, provocando las carcajadas de la abuela. Los acompañamos a tomar taxi y nos abrazamos al despedirnos. El calor latino llegaba a Viena con nosotros y desde entonces fue claro que Viena tendría sabor a México.

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