Europa por primera vez. Autor: Carmen Elena Villacorta

2012: año de cambios. ¡Y qué cambios! Año del cierre de un ciclo de 8 años de vida en México DF y apertura de una nueva vida en Córdoba, Argentina; año de estancia de investigación en El Salvador; año de conocer Europa. Será por eso que el año empezó justo en medio de un entrañable viaje al norte mexicano, a la tierra de Liliana en Culiacán, Sinaloa. Allí, en medio de la hermosa hospitalidad de la familia López y de la exquisita comida “culichi”, el 31 de diciembre brindamos por la amistad, por la generosidad, por la cercanía, por el bebe recién nacido, por los destinos que se cruzan y por los amores que se llevan en el corazón a donde quiera que uno vaya. Allí disfrutamos de las mejores carnes rojas y blancas de México y vivimos intensamente bellas ciudades acuíferas: Culiacán, atravesada por dos ríos y bendecida con artísticos atardeceres, y Mazatlán, con su infinito malecón y su arrobador horizonte hacia el océano pacífico. Si acaso no había terminado de quedarme claro en esos 8 años, me quedó más claro que nunca entonces: México jamás dejará de sorprenderme. Lo hace justo ahora su gente movilizada en las calles del DF, protestando en contra de la imposición de otro gobierno espurio y de un nuevo regreso del PRI. Ah! México, México, México. ¡México lindo y querido!

Un mes después de retornar del norte mexicano estaba ya preparando el viaje a San Salvador, vía ciudad de Guatemala. Todo en orden, excepto porque en el operativo que montó mi padre para acudir amorosamente a recibirme al país vecino, sufrió innumerables contratiempos: 1º) se abrió la cabeza contra un balcón colonial, casi a la media noche en la Antigua, Guatemala, y fue a dar —con todo y Tomasa y la tía Rosarito (sus acompañantes de viaje)— directo al hospital. Resultados: 5 puntos, un río de sangre, preocupaciones varias y 200 dólares de cuenta; 2º) se descompuso en varias ocasiones el carro; 3º) un accidente formó un impresionante tráfico en la carretera que desde la Antigua conduce hacia la ciudad de Guatemala. De no haber sido por la simpatía sin par de mi tía, la sorprendente amabilidad de los guatemaltecos (a quienes teníamos erróneamente por “antipáticos”) y la buena estrella que nos acompaña, la misión de llegar a las 3pm a buscarme al Aeropuerto Internacional La Aurora no hubiera sido cumplida tan exitosamente como, pese a todo, se cumplió. La expresión de mi tía cuando, con la cara convertida en sonrisa, la abracé afirmando “¡qué maravilla que llegaron tan bien y sin ningún inconveniente!”, me lo dijo todo: de puritito milagro estaban allí.

El corazón volvió a sonreírme cuando, al cruzar la frontera, una joven y bella policía salvadoreña nos dio la bienvenida, con esa frescura tan propia de la “guanacada” (gente de El Salvador). Había llegado a mi añorado pulgarcito de América a disfrutar del calor, el canto de los pájaros, el cielo azul, el olor a trópico, las sonrisas, la dulzura, la amabilidad, la sencillez, los abrazos de los buenos amigos, la cercanía familiar, las pupusas, la playa, la calidad de vida de una cotidianidad vivida en una ciudad pequeña. Y había llegado también a trabajar en una provechosa estancia que incluyó: coyuntura electoral, visita a Chalatenango, conferencias, textos, entrevistas, comentarios, seminarios, clases, fotocopias, biblioteca, análisis, conversaciones, encuentros, intercambios, hallazgos, estímulos, absorción de información… Por suerte, en los frenéticos días finales en San Salvador apareció Gaby, como mandada del cielo desde Guatemala, para suavizarme un poco la despedida y acompañarme a volver a México para hacer maletas. Son las ventajas de contar con buenas amigas. Imposible enumerar los detalles de cada una de ellas. En Buenos Aires a quien mandó el cielo fue a la adorable Lucrecia, a quien fue un alivio ver en Ezeiza (el aeropuerto internacional) esperándome con toda puntualidad, caja de alfajores incluida. Yo llena de equipajes, necesitando apoyo moral para llegar a Retiro (la terminal de buses) en busca del “colectivo” que me llevaría a Córdoba, directamente a los brazos de Gustavo, por fin.

Los primeros días en Córdoba no hice sino recordar las palabras de Manuela, haciendo eco de un sabio adagio popular colombiano que afirma: “el cuerpo llega en avión, pero el alma llega en burro”. Somos animales de costumbre. Los ojos se acostumbran a los paisajes frecuentes, los sentidos se habitúan a recorridos previstos, la mente aprende a sentirse cómoda repitiendo las rutinas construidas y por eso cuesta readaptarse, reinventarse, reaprender a acomodarse. Por suerte, Gus y la ciudad lo hacen todo fácil. Córdoba cuenta con 1 millón 300 mil habitantes y es una ciudad constituida por familias tradicionales, obreros y estudiantes. Nosotros vivimos junto al centro, una ventaja total, porque vamos caminando a todo o cualquier transporte nos es accesible. Cuando llegué, la ola de frío había pasado y, a excepción de uno que otro día gris y helado, tuve la suerte de días soleados y agradables para caminar un poco, empezar a conocer, recibir la feliz visita de Mercedes (quien llegó a tomar uno de sus cursos de doctorado) y salir a hacer compras hogareñas con Gustavo. Por lo general, la gente es bastante amable y el ritmo de la ciudad bastante tranquilo. No hay frenetismo ni multitudes, me sorprende que casi todo el mundo tenga la piel blanca y que los parques y restaurantes luzcan tan vacíos. Ahora entiendo mejor por qué en México Gustavo exclamaba asombrado: “amor, es que los mexicanos, ¡son muchos che!”. Con departamento, comedor, cama y heladera nueva, llegó el momento de una nueva partida. ¡Otra más! Parecía mentira, pero había llegado el momento de cruzar el charco.

El domingo 8 de julio hacia las 11pm llegamos Gus y yo a la terminal de Córdoba, él a embarcarse hacia el norte, con destino a Humahuaca, y yo hacia el sur, con destino provisional a Buenos Aires. El viaje es una maravilla, prácticamente no se siente. Ya allí, en “porteñilandia” la mañana del 9, justo en la víspera del “gran” viaje, pude compartir un grato desayuno con Lucre y Mer. Mate y pan dulce. Muchas risas. Casi al despedirnos, Mer y yo hicimos la cuenta de en cuántos lugares habíamos podido coincidir desde que nos conocemos: DF, Managua, León, San Salvador, Chalatenango, Bogotá, Córdoba y ahora Buenos Aires. 8 lugares en 5 países, ¡qué afortunadas chicas viajeras! Ella me deseaba buen viaje ahora, mientras me acompañaba a tomar el colectivo con rumbo a Ezeiza de nuevo. En Argentina el 9 de julio se celebra la independencia y es feriado nacional. La ciudad lucía vacía en pleno lunes y el viaje hacia el aeropuerto fue veloz. Todo en orden, excepto que el avión de Lufthansa estaba repleto y que los asientos son estrechos e incómodos. Dos porteñas que me tocaron de vecinas no hicieron sino quejarse. Cierta razón tenían, porque al rato ya nos dolían las rodillas a todas y casi no logramos dormir, pero volábamos en clase económica, así que ni modo. La tripulación nos trató bien: comidas, bebidas, pañuelitos calientes para limpiarse las manos, entretenimiento personalizado y hasta chocolates. Casi 13 horas de vuelo sin escalas hasta Frankfurt, el más grande aeropuerto de Alemania. De vez en vez podíamos ver el trayecto recorrido en la pantalla principal del avión. Si uno se pone a pensarlo, parece mentira que sea posible volar tantas horas seguidas adentro de un bicho tan grande y pesado. Las horas suficientes como para atravesar el Océano Atlántico y la mitad del continente europeo. Maravillas de la modernidad.

 

Friburg

El avión aterrizó puntual y el aeropuerto no estaba lleno. Me alcancé a asustar cuando el agente de migración dudó sobre el acceso libre de salvadoreños a Alemania. Finalmente estampó el sello en el pasaporte y me lo devolvió con una sonrisa. Los alemanes me han parecido mucho más amables de lo que pensé. El 99% habla inglés, al menos el 99% de las personas con las que he cruzado palabra. Algo me he defendido, por suerte, al menos puedo decir y entender lo básico. Sin embargo, los nervios me traicionaron a la hora de comprender las señales que por todos lados indicaban la ruta hacia los “long distance trains”. Lo que es la ignorancia. Como no me imaginé que podía haber dos tipos de estación de tren en un mismo aeropuerto, en cuanto descubrí la primera, mi cabeza se quedó fija en que de allí tenía que salir mi tren hacia Friburg. Esperé 3 horas sentada muy cerca de allí y cuando llegó el momento y no lograba encontrar el andén número 5, una chica me explicó que debía ir a otro lugar, pero que estaba muy lejos para llegar en los escasos 10 minutos que tenía. Corrí desesperada y, en efecto, estaba lejos. El aeropuerto es enorme. Sólo en ese instante todos los rótulos se volvieron absolutamente claros para mí y llegué, pero 3 minutos después de que mi tren de larga distancia se había ido. Puntualidad alemana. ¡Qué desconsuelo! Tuve que pagar 41 euros por el reajuste del boleto, pero lo peor fue repetir la sensación de “¡qué boluda que soy!”, que ya había vivido cuando viajé por primera vez a Argentina, desde el DF, y en San José, Costa Rica, perdí la conexión hasta Buenos Aires. Esa vez tuve que pagar hotel y 50 dólares a la aerolínea. Pero me duele menos el dinero que el orgullo. Nada grave, por suerte.

La ventaja fue la pareja de alemanes que presenció mi drama y me adoptó durante las siguientes 2 horas. Ella era tan dulce que me siguió hasta la oficina de boletos para ofrecerme su celular. Desde allí llamé a Markus y Amaranta para explicarles que “perdí el tren por tonta, llegaré 1 hora más tarde”. Esa hora la pasé conversando amenamente con la pareja que recién regresaba de 2 semanas de vacaciones en Islandia. Me contaron increíbles cosas sobre ese lugar fantástico en donde en verano sólo hay una hora de noche y en invierno sólo una hora de día. Todo el país tiene 300 mil habitantes, la mitad de ellos ubicados en Reikiavik, la capital. (Recuerdo haber visto una película con ese nombre en la que jóvenes abrigados se emborrachaban en una fiesta). La abundancia de volcanes permite la extracción de energía geotérmica que sirve para todo allí, incluso para derretir la nieve en las calles de la ciudad. El costo de la vida es alto. Lo que más se come es pescado. ¿Ven que mi inglés no está nada mal?

Con ellos subí al tren y se rieron cuando comenté: “es cómodo y rápido”. Nunca había subido a un tren tan moderno, ¡con razón son tan caros! Cuando llegó el momento de transbordar, él me acompañó a la puerta, cargó mis maletas y me despidió. Ambos me habían explicado cómo buscar la información necesaria para el cambio de tren. En realidad, todo está totalmente señalizado y organizado. Sólo es cuestión de confiar, permanecer atenta y fluir, como sucede con la vida en general. Son los nervios y la mente lo que a veces me traicionan. Un sudafricano esperaba conmigo el segundo tren y charlamos un poco. También era su primera vez en Alemania. Me contó que en Sudáfrica la población supera a los 40 millones. Él estaba interesado en conocer el orden en que están ubicados los países de Centroamérica. Intentaba explicárselo cuando llegó el tren. 1 hora de viaje más tarde la operadora anunciaba Friburg como próxima parada. No tardé en levantarme y estar lista, pero pasó una media hora más hasta que llegamos. Aprecié mientras tanto el campo, el verde tan oscuro y profundo de los campos alemanes de esta región en el Alto Rhin. Las casas a la vista eran grandes y lindas, como las campiñas que había visto en las películas. La vida se veía apacible, tranquila. Me sentí lejos, muy lejos, de la violencia propia de nuestros países, de nuestra miseria. Y lo estoy. Friburg, la “capital ecológica de Alemania” fue la primera muestra de ello.

Markus me esperaba en la estación y la casa Markus-Amaranta queda a pocas cuadras de ella. Todo es cerca, porque la ciudad es chica, poco más de 200 mil habitantes. 60 mil de ellos estudiantes. La Universidad de Friburg es una antiquísima e importante universidad estatal. La Universidad y la institución católica Cáritas son las principales fuentes de empleo acá, me cuenta Markus, mientras me acompaña por mi primer paseo a través de la ciudad. Mi primera sensación se asemeja a la de estar como metida dentro de un cuento. ¿La vida puede ser así de organizada, bonita y tranquila siempre? La vista panorámica que se divisa desde una fonda situada en un cerro —en donde Markus se tomó una cerveza y me invitó a una bebida de manzana servida en tarro de vidrio— es preciosa y permite dimensionar el pequeño tamaño de una ciudad situada al sudoeste del país, en la entrada a la legendaria Selva Negra, famosa por las meditaciones de Heidegger en ella.

Markus es profesor de español en una escuela y trabaja en un pueblo ubicado a 1 hora y media de distancia. Me ha sorprendido encontrar que muchos alemanes hablan con soltura e interés español. Amaranta estudia una especialización en algo que podría traducirse (con bastante libertad de mi parte) como “apoyos curativos”. Está convertida en toda una germanoparlante, al punto de estudiar y sacar buenas calificaciones en alemán. Lo máximo. Él es alemán, ella es mexicana. Una pareja adorable, hospitalaria y dulce que no ha hecho sino mimarme y darme apoyo en este viaje, desde sus prematuros preparativos. A Amaranta le molesta el individualismo propio de la idiosincrasia alemana. Markus extraña un poco más de vida social. No es fácil para personas tan inquietas como ellos hacer clic con la tendencia conservadora y rígida de la vida tradicional alemana. Los dos quieren regresar a México, pero por ahora disfrutan de la tranquilidad de esta primorosa ciudad, la más calurosa del país.

En todo el rededor, los pinos más verdes que he visto dan a la ciudad un aspecto calmo y fresco. El sol alegra los días. Muy pocos edificios sobrepasan los 4 pisos de estatura y los que lo hacen, lo sobrepasan por poco. No tiene el aspecto de una ciudad moderna, sino medioeval, clásica, por la magnificencia de la catedral y de ciertos edificios que ya cuentan con varios cientos de años de existencia. No en vano fue fundada en el siglo XII. Calles empedradas y angostas serpentean por un casco histórico acogedor y pintoresco. La ciudad es colorida, pero no al vibrante estilo mexicano, sino en tonos pasteles y suaves. Pienso: mientras que el viejo continente es como una dama elegante, Nuestra América es como una irresistible jovencita, en la flor de la edad, a punto de comerse al mundo y ser devorada por él….

Hay pocos carros, muchos trolebuses y casi ninguna publicidad. Eso me hace pensar en Argentina, en donde también la vista descansa del bombardeo publicitario presente en el DF o en San Salvador. Acá hay confort, hay comodidades y hay consumo, pero no ostentación ni desmesura. Es la ciudad de las bicicletas, todo el mundo anda en ellas: niños, ancianos, madres y padres con sus hijos e incluso sillas de ruedas se benefician de la existencia de circuitos especiales para las bicis. La señalización en las calles las incluye como el medio de transporte fundamental que son. Pero lo que más se ve es gente joven por doquier, la mayoría blancos de piel con notables excepciones, sobre todo de procedencia turca y africana. La comida típica son, en efecto, las papas y la famosa salchicha alemana. Como despedida de la ciudad, Markus y Amaranta me llevaron a cenar a un lugar en donde probé una exótica pasta con queso, exclusiva de Friburg. El plato era enorme y estaba buenísimo. La ciudad está rodeada de viñedos, pero el vino que se toma en casa de los chicos es español, seco, con sabor a madera, formidable. Según Markus, al vino alemán le hace falta cuerpo, es más ligero. No sucede lo mismo con la cerveza, que es realmente exquisita. Algo exótico que probé y me encantó: la cerveza de trigo.

En un pequeño rincón de comida turca, Amaranta y yo almorzamos una tarde con Karina, otra chica mexicana atraída hacia Alemania por su pareja. Cursa una maestría en desarrollo local, pero en una universidad Suiza. Mi kibab de ternera sabroso y sustentador. Al día siguiente, Amaranta me llevó con su vecino de Sri Lanka, quien sólo vende 2 menús: ese día había carne con chili. Lo que más me gustó fue la onda del lugar, el amigo africano es un encanto y en su pequeño restaurante de barrio se respira un ambiente bohemio, despreocupado y divertido. Pero la mejor parte de la tarde fue nuestro paseo juntas en bici. Me llevó por la orilla de una quebrada que bordea un costado de la ciudad y que sin duda, como ella lo afirma, es uno de sus encantos. Pedalear junto al sonido del agua contra las piedras, alejándose cada vez más de la “civilización” e internándose en el campo, divisar los viñedos, impregnarse de ese verdor único de la selva negra, mmmm, ¡un verdadero placer! Placer del cual muchos lugareños de todas las edades disfrutan. La ruta especial para bicis es bastante concurrida y también había parejas, gente mojando sus pies en la quebrada, tomando sol, meditando, leyendo, contemplando el paso del agua y la caída del atardecer. “Ojalá todo el mundo pudiera vivir de esta forma”, pensé.

Volví al centro de la ciudad para no quedarme con las ganas de ver la catedral por dentro. Una verdadera belleza. Se trata de una construcción de piedra de cantera, con ese color rojizo tan peculiar, presente también en ciertas construcciones coloniales mexicanas. Es ese tipo de estructura medieval que obliga a llevar la vista hacia arriba, que en efecto produce la sensación de estarse acercando al cielo, con sus múltiples terminaciones en punta en la parte superior. Pero lo más llamativo para mí y la razón por la que vale la pena entrar: los vitrales. ¡Qué vitrales! He sido siempre ferviente admiradora, recuerdo incluso haber intentado de niña pintar algunas botellas, sin demasiado talento. Pero estos vitrales ¡Guawww! Simplemente maravillosos.

 

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  1. Alba Gutiérrez Zuluaga

    Maravillosa forma de acercar al lector a sitios inéditos con un hermoso lenguaje lleno de poéticas reflexiones. Me encanta.

  2. Bayardo Ariza Olarte

    El conocimiento y el disfrute de sitios y experiencias es doble o más cuando se escribe sobre ellos, tu si que sabes cómo es.

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