La rosa de los vientos. Autor: Rab

El centro de la rosa de los vientos fue el escenario de uno de los viajes más extraordinarios que recuerdo, y comienza una noche en el patio de la casa de mi padre. Yo le decía: ¡Mirá! Era una noche de verano, y unas naves venían por el cielo hacia nosotros, como diademas. Surgían entre los árboles, se alzaban sobre el techo del galpón, sobre el tejado de la casa del vecino, había docenas de ellas: ¡Mirá! Mi padre las miraba con una mezcla de asombro y tristeza, que es como miraba él todas las cosas que no entendía. Nos hallábamos ante un acontecimiento excepcional, ante el gran viaje de nuestras vidas. Lo único rotundamente claro era que ésa iba a ser la noche final. La Gran Noche.

El viaje empieza la noche en que todas las diademas no llevan nombre. Algo venía hacia nosotros, y había una fiesta en el cielo. Años más tarde he visto esas diademas abajo, desde un avión. Mi mapa mental lo registra ahora como un viaje dado vuelta, boca abajo: se trata de una nave anodina, de un vulgar 747 donde viajaba yo. Sé que las diademas eran pueblos y ciudades vistos desde el aire. En el otro, pueblos y ciudades venían hacia nosotros por un cielo de verano.

Cuando siento esta nostalgia por una vida en cualquier parte, sé que luego tuve que hacer un largo viaje nada más que para recordar que habito sobre la piel de la tierra, aunque yo no sea de aquí.
A veces salgo a dar una vuelta por la noche, bajo las estrellas. Hay vida en el cielo, que se mueve, esa gran pizarra sin fondo está llena de navegantes… y se mueve. Eppur si muove, dijo Galileo. Si acaso lo dudas, pasa una noche al aire libre y ya me contarás: el que lo dude, o está ciego o no es realista. O tiene miedo. Hay vida en el cielo, y en el aire, hay vida en todo.

El viaje del que hablo es viejo, sucedió hace por lo menos veinticinco años. Me refiero a la noche en que el patio de la casa de mi padre se llenó de diademas. Si intentara describirlo con todo detalle temo que me daría de bruces contra las palabras, pero lo intentaré.Imagina tu casa totalmente iluminada. Imagínala llena de lamparillas en vísperas de un nacimiento. Imagina tu patio en la dimensión de un limonero y en el de una corona aérea del tamaño de un carrusel. Imagina todo eso, e imagina que fuera además una pista de aterrizaje, y que lo que llega acabará con todo el aburrimiento que haya en esta vida. Imagina que lo que llega borrará de un plumazo el mundo tal y como lo conocemos.

Cuando siento esta desasosegante nostalgia por una vida en cierto lugar de la tierra, sé que he tenido que hacer un largo viaje nada más que para recordar que ella me habita a mí.

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Un Comentario

  1. Marimag

    Me gfusta la idea del viaje imaginario pero profundo, linda historia. Gracias Ro! Y muchos exitos!
    Marimag

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