De estaciones, ríos y palacios. Autor: Angélica González Otero

El tiempo del sedentario es el tiempo de la espera, el tiempo del nómada es el del relato”

Jacques Attali: El hombre nómada

Comienza atardecer y me atrevo a salir a las solitarias calles del invierno; es domingo en Viena.Casi por casualidad descubro un café ubicado en alguna callejuela del centro, un café quizá nada vienés, con paredes empapeladas de viejos carteles de cine, con rincones oscuros y luces tenues. El mismo café decadente y encantador de siempre que puede encontrarse en el cualquier ciudad del mundo. Viena está gris y fría, el manto de nieve que la cubría cuando llegué se ha ido, la Viena de calles blancas y temperaturas bajo cero se ido. Pero aún todo es impenetrable, un fondo de escenario que observo atenta, nada más. Algo de mí aún no esta aquí, no conocer la lengua es una especie de mutismo permanente donde la ciudad es sólo un espectáculo del que no hago parte, soy como un fantasma sin voz. En esta contradicción habito, de ella me nutro todos los días, en la contradicción de la despertenencia del viajero, este viajero terco que soy, buscando hallar la cercanía y la posesión apenas transitando el principio de la ruta. Faltarían muchos años aquí habitando y caminando Viena, para que esos rincones, alguna callejuela oculta, un zaguán, esos simples y simbólicos sitios que se encuentran por ahí, adquieran esa atmosfera de placidez que da lo largamente conocido.

De forma imperceptible, silenciosamente, comienza un verdor para el mundo, pero sin grandiosidad, sin escándalo, es simplemente que algo cambia drásticamente y la memoria confundida se interroga: ¿En que momento se llenaron de hojas los árboles? Marzo de primeras lluvias, la nostalgia se hace lluvia, los rincones de Viena se vuelven íntimos y cercanos, voy en el tranvía observando los rostros empapados de tarde, de lluvia, de cansancio por el final del día; entonces caigo en cuenta: no estoy en mi país, no estoy en mi ciudad. Contrariamente sucede con el sol que teniendo el don de lo ubicuo, lo abraza todo, su furor nos hace sentirnos acompañados bajo cualquier cielo. La lluvia se asume como el rostro del hogar ausente, perfila en la memoria aquella Bogotá lejana y fría donde la lluvia era gozo de puertas cerradas o el desastre de calles atestadas de buses, carros, personas que corren con afán desmedido hacia un refugio cercano. Hoy Viena con su imagen reflejada en la lluvia me devolvió el deleite de la nostalgia y la noción viva de que venimos de algún lado.

Lo otro, expresión y rostro

¿Cultura o autosaboteo? Los latinos sienten envidia de los latinos, los austriacos parecen no querer a los árabes en sus ciudades, los macedonios y los albaneses no se toleran ni dentro ni fuera de sus territorios, los serbios y los kosovares aún no superan las diferencias de la guerra. Las mujeres austriacas no saben sino de su supuesta superioridad y lo demás no cuenta: “ella nunca me respeto como africano”, me dice un angolés residente en Viena.

¿Quiénes somos? ¿Quiénes somos para los otros?¿Cuál es el valor del otro? Todo vedado, sin descubrir, como diría Todorov.

Estos atardeceres sin fin me desconciertan, me siento envuelta en la bruma etérea del tiempo, verme caminar por la casa, por mi mente, sin saber bien que hacer, donde ubicarme en las horas, en esta luz tenue de agonía prolongada donde la noche tarda tanto en llegar.

Aprender una lengua es un territorio sin control, donde avanzamos lentamente por una vía desconocida, sin final a la vista: sollen-sollte-gesollt. De alguna forma, este principio es una liberación, nos liberamos del discurso largamente aprendido de nuestra lengua de origen y con esto, de la carga de años enteros de argumentos e ideas. Para convertirnos simplemente en esos sonidos disimiles y desconocidos que pronunciamos con temor, al extremo imperfectos, pero profundamente puros, los sonidos de la gramática vital que habita en los aprendices.

Heráclito, el mismo río y la misma Europa

El Danubio es calmo y transparente, habitado por sus múltiples peces, patos, y por supuesto, los gradilocuentes cisnes. Pero bajo su amparo no solo están los animales, también a sus orillas llegamos todos: las familias, los enamorados, los solitarios, los jubilados, la humanidad entera buscando refugio para las largas horas de luz. Pero resulta curioso atravesar una parte del río y descubrir mundos tan disimiles expuestos en sus orillas, de un lado los árabes con sus asados provicionales, sus numerosas familias, sus hijos de todas las edades, ese mundo migrante que es mayoría en Viena. Un poco más allá esta la playa nudista, a la que por supuesto, van los vieneses típicos y nosotros los latinos desarraigados. Aquí la primera imagen es un anciano desnudo en patines; el ambiente es de mayor silencio, todos leen algo y nadie conoce el pudor, aunque viejo el cuerpo aún se siente cómodo con la desnudes.

Se me ocurre pensar que todos los asentamientos de agua: estanques, ríos, lagunas, mares, son para las ciudades imanes de vida vibrante. Viena como cualquier ciudad europea tiene su río que la atraviesa, un río navegable, activo, testigo silencioso de la vida de los hombres, de sus amores, de sus peleas, de sus risas. Entre bares, restaurantes, barcos que llegan de otros países, el Danubio se adapta como un señora tranquila a todo el movimiento que agita sus días. La vida vienesa se asemeja a lo que en Colombia solemos llamar: una buena vida. Sus habitantes parecen caminar complacidos entre decorados imperiales, amplios bulevares y cafés desde donde suena, si contamos con suerte, la armónica melodía de un piano. Viena es una ciudad que parece estar construida para ser vivida, igual que un amante dócil que nos ofrece su cuerpo sin reproches, Viena se nos ofrece sin reservas, tranquila y despreocupada. Nada comparable a esa atmósfera de mágico misterio y peligro que parece habitar en las calles de las ciudades latinoamericanas; ciudades de entrañas caóticas y rebeldes.

Es fácil describir los principios, esa corriente ardiente de vida que amamos experimentar. Lo que no es fácil, es avisorar los finales, esa línea descendente que aparece como un ladrón sigiloso. El viaje se alimenta de principios, de espirales inacabados, su razón de ser nos obliga a rendirnos ante un destino incierto. Ya es Verano en Viena, hay más ruido en las calles y el mundo parece estar aquí; turistas de todos los lugares arriban en masa a deleitarse de la bella Viena, camino entre ellos sintiéndome distinta, ahora Viena es para mí el territorio de alguna batalla conquistada.

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