Amores en el Yangtzé Autor: Humberto Hincapié

Debo confesar que el crucero “Century Star” superó con creces mi expectativa. La verdad es que no esperaba que fuera tan lujoso. Tan pronto me registré al abordar el barco en el puerto de Yichyang, fui informado que a las siete de la noche, tendríamos la cena de bienvenida ofrecida por el Capitán del barco a los pasajeros. Nos pidieron vestir apropiadamente para la ocasión.

Al fin veía realizado mi sueño de navegar por el legendario río Yangtzé que solo conocía por las lecturas que habían alimentado mis fantasías por muchos años. Obviamente que en este año 2009 no iba a encontrar el mismo río que fue la cuna de culturas milenarias a lo largo de su cauce turbulento, lleno de peligros y fantásticas cadenas montañosas, debido a los avances tecnológicos que permitieron conquistarlo con la construcción de gigantescas represas para controlar las inundaciones de las tierras bajas hasta su desembocadura en Shanghái.

Una vez registrados todos los pasajeros, el crucero inició su recorrido aguas arriba que nos conduciría cuatro días más tarde a la municipalidad de Chongquing, megalópolis de treinta millones de habitantes.

Mientras llegaba la hora de la cena subí a la cubierta a contemplar el paisaje que poco a poco empezó a diluirse en las sombras, en la medida que el sol se ocultaba entre las montañas.

Bajé a mi camarote, tomé una ducha y me vestí adecuadamente. Al entrar al comedor, y de acuerdo al protocolo del crucero, el Capitán me saludó cordialmente con una copa de champaña como lo hizo con todos los pasajeros y una agraciada chica me condujo al puesto que me habían asignado. El comedor lucía espectacular con hermosos candelabros que realzaban los decorados con tradicionales motivos chinos donde los colores rojos y amarillos creaban un ambiente de autentica corte imperial. Aunque la mayoría de los pasajeros eran turistas chinos, los funcionarios de recepción me sentaron con un grupo de personas provenientes del mundo occidental y para mi sorpresa, quedé al lado una pareja española con quienes iniciamos una agradable conversación. El resto de las personas en la mesa eran de habla inglesa.

Mientras servían la cena, con una muestra de los mejores platos que la cocina china puede ofrecer; al mirar hacia un lado me encontré con los ojos de una hermosa mujer china de mediana edad, que sentada en una mesa próxima, me sonrió e hizo un leve movimiento de cabeza a manera de saludo y debo decir que a partir de ese momento perdí la tranquilidad.

Como si existiese una fuerza magnética, una y otra vez mis ojos se dirigían hacia esa mujer haciéndome perder el interés por mis acompañantes. Tenía un porte distinguido y estaba vestida elegantemente con los tradicionales vestidos chinos de seda con bordados de hilos de oro. Por otra parte observé, que todas las personas que estaban en esa mesa eran mujeres jóvenes que la trataban con respeto y sumisión, como si fuesen las cortesanas de una emperatriz.

Al terminar la cena, esperaron que ella se levantara y luego la siguieron mientras se retiraban a sus camarotes. La seguí unos pasos atrás y al subir las escalinatas de espiral, vi que su falda tenía una abertura hasta la mitad del muslo dejando ver sensualmente sus hermosas piernas. Antes de desaparecer me miró nuevamente y sonriendo me hizo un pequeño gesto de despedida con la mano. Mis acompañantes me invitaron a ir al bar y mientras nos tomábamos unos vinos la señora española me dijo -“Parece que esa dama lo ha impresionado mucho” –Si, tiene usted razón es una mujer hermosa y fascinante, le respondí y me despedí dándoles las buenas noches.

Mientras trataba de dormir, la imagen de esta hermosa criatura me daba vueltas en la cabeza y recordé que leyendo unos días antes de mi viaje un libro sobre China, me encontré una historia muy interesante de una mujer que vivió hacia cerca de dos mil años en algún pueblo a orillas del río Yangtzé, y que el Emperador, en vez de hacerla su concubina, la había dado en matrimonio a otra persona. No podía recordar bien el cuento, pero prometí que lo leería con más atención cuando regresara del viaje. No sé por qué se me ocurrió que la mujer que me sonreía era ella. Una y otra vez estos pensamientos iban y venían hasta que el cansancio me venció y me quedé dormido.

A la mañana siguiente, al subir a cubierta a tomar un café, me encontré un grupo de pasajeros que, bajo la dirección de un instructor, practicaban Tai-chi, la tradicional gimnasia rítmica china. Allí estaba ella, vestida deportivamente con unos pantaloncitos cortos y una blusa liviana. Mientras saboreaba mi café pude contemplar con deleite su bien formado cuerpo al seguir los complicados y lentos movimientos que exigen un gran equilibrio. El instructor me invitó a participar y sin pensarlo dos veces, me hice al lado de ella para disfrutar de su compañía. Durante diez largos minutos sufrí la vergüenza de ir en sentido contrario a todo el grupo y moverme torpemente hasta terminar en el suelo dos veces. Finalmente, la tortura terminó y dirigiéndose a mí, esta aparición celestial me dijo en un inglés perfecto y fluido: “Lo hizo usted muy bien para ser la primera vez. Me llamo Qiang y es un placer conocerlo y estar con usted. ¿Quiere ser mi acompañante en este crucero?”

Desde ese momento nos hicimos inseparables. Al llegar a la represa “The Three Gorges Dam” a media mañana, recorrimos juntos el área, seguidos de lejitos de sus siete doncellas. En cómodos buses nos llevaron a un mirador y desde allí pudimos contemplar esta gigantesca obra de ingeniería. En forma detallada me explicó los beneficios que la represa representaba para la China moderna y a la vez me habló de los inmensos daños ecológicos que dicha construcción podría causar, la movilización de millones de personas que tuvieron que abandonar sus aldeas y pueblos al inundarlos y sobre todo, la cultura y los inmensos tesoros arqueológicos que se perdieron para siempre.

Después de subir al nivel superior de la represa a través de un sistema de cinco exclusas, el barco continuó su recorrido y al pasar por una pequeña villa, me dijo: “Aquí nací yo, nunca olvides su nombre “Baoping”. Llévalo siempre en tu memoria”. En la distancia pude contemplar un palacio y una estatua de una mujer vestida con trajes imperiales.

Siguiendo el curso del Yangtzé, recorrimos las cadenas de montañas que caen en forma casi vertical sobre el rio con picos caprichosos que la erosión ha tallado durante millones de años. Tomándome de la mano algunas veces, como si fuésemos novios me señalaba las montañas y me decía sus nombres incluyendo las razones por las cuales los habitantes de la región las llamaban así. Era impresionante el conocimiento que ella tenía. Es como si hubiese vivido allí por miles de años.

Durante el resto del viaje visitamos sitios muy interesantes y para completar mi felicidad, a partir de ese día, compartí su mesa en el comedor del barco. Lo más sorprendente de este viaje ocurrió la última noche. Después de la cena subimos a la cubierta y nos tomamos unos vinos con el capitán del barco; luego me invitó a bailar y mientras lo hacíamos, se estrechó contra mi cuerpo, susurrándome al oído canciones en idioma chino que a pesar de no entender, me daban la impresión de ser quejas de un amor perdido.

Cuando bajamos para ir a dormir, tomándome de la mano me llevó a su camarote. La habitación estaba a media luz y mi sorpresa fue mayor cuando entramos, porque dos de sus doncellas acompañantes vinieron con nosotros y empezaron a desnudarnos, luego delicadamente nos masajearon con aceites aromáticos para finalmente retirarse en silencio. Ella se reclinó delicadamente en la cama y en la semioscuridad pude contemplar su hermoso cuerpo palpitante y ansioso de amor. Como soy un hombre discreto, guardo para mí lo que pasó entre nosotros, sólo puedo decir que fue una noche que vivirá para siempre en mis recuerdos.

A la mañana siguiente el barco había atracado en el puerto de Chongqing. Cuando desembarcamos, le pedí que me acompañara durante el día que iba a estar en dicha ciudad, ya que en las horas de la noche tomaría un avión para continuar mi correría por China. Me dijo que era imposible porque ella se marchaba de regreso para su pueblo inmediatamente. La vi caminar con su séquito de doncellas hacia otro barco que estaba presto a partir aguas abajo.

Después de subir unas interminables escalinatas de concreto, me encontré con mi guía y mientras recobraba el aliento, vi partir el barco con mi amada en la cubierta, mirando hacia adelante. Me sentí decepcionado porque en ningún momento, tornó la mirada hacia mí, para decirme adiós. Parecía más una estatua que un ser humano.

Lentamente el barco se alejó y entonces le pregunté a mi guía si ella conocía un pueblito llamado Baoping. Su respuesta me llenó de estupor. Me dijo que era el pueblo donde había nacido Wang Zhaojun, más conocida como Qiang, una de las cuatro mujeres más hermosas de China en el año 33AD. Que la leyenda decía que ella había sido destinada a ser la concubina del emperador King Yuan, pero éste había preferido que ella se casara con el jefe de una tribu regional, llamado Huhanye, para preservar la paz en la región. Ella murió de amor por su emperador y él arrepentido, le hizo erigir una estatua para preservar su memoria para toda la eternidad. Dicen los ancianos de dicha villa, que de cuando en cuando ella retorna al mundo de los vivos para viajar por los alrededores en busca de alguien, para disfrutar de una noche de amor con él.

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  1. JAIRO BORJA HINCAPIÉ

    Ok, muy bueno tu relato, sueños, realidades, hitos o casualidades… lo que sea es realidad o ficción, llevada a este interesante escrito.
    Las tres gargantas lo he visitado muchas veces en los videos de you tube

  2. LENIN FLOREZ

    Un cuento en otro cuento impecablemente escrito..Me gustan estas narrativas del tal vez…quizas…estas contingencias que recrean la incompletud.

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