Vivencia/visiones desde la Tormenta. Autor: Saturnino Garnacho Gutiérrez

Tarde mustia y con tiempo inestable. Los escasos viajeros en la estación de Parque Polvoranca, aguardaban la llegada del próximo tren, con cierto desdén, ya que desde los puestos de megafonía, se anunciaba la fatal noticia de que, debido a una avería en la catenaria, el servicio estaba temporalmente interrumpido, y el convoy próximo a entrar, nexo al andén, no lo haría antes de 30 minutos. Parte del personal que empezaba a impacientarse, presto se dirigía a tomar transportes públicos alternativos.

Los que seguían aguardando, lo hacían con cierta esperanza, y una vez pasado el tiempo estipulado, se introducía en la estación un convoy algo extraño, debido a la carencia de iluminación, tanto en los exteriores del tren, así como también en el interior de los vagones, donde de forma ciclotímica se manifestaba una peculiar tonalidad rojiza y poco brillante, y de manera muy intermitente. No obstante los viajeros comenzaron a introducirse en el interior de los diferentes coches, para tomar asiento, y esperar el arranque del furgón cabecera.

El inicio de la marcha era inusualmente lento, pasando en segundos, a una aceleración que puso los nervios del pasaje a prueba. Hecho a un tiempo, que se unió a la circunstancia rocambolesca de que el convoy no hizo su parada rutinaria en la siguiente estación, con el consiguiente enfado de las personas que tenían su destino en esa parada.

De repente y sin previo aviso de cualquier tipo, las unidades sufrieron un frenazo, brusco y seco. En estas, la noche se hizo patente en todo el recorrido.

El conductor comunicó, pasados 20 minutos, la imposibilidad de que el tren volviese a ponerse en camino. La única salida para el percance, es que los usuarios, fueran ordenadamente, apeándose del convoy, y alcanzar caminando la siguiente estación.

Con menos paciencia que angustia, todo el pasaje estaba ya caminando por los aledaños de las vías, cuando una terrible tormenta empezó a descargar con todo su ímpetu, una lluvia pertinaz. De forma súbita, en la vertical, desde el cielo embadurnado de una masa nubosa y en tonos distintos de color gris, una luz verdosa y anaranjada, atravesaba los cirros oscuros, acompañada de un zumbido agudo y en verdad molesto, y, en un aparente, cambio de iluminación hacia una peculiar tonalidad azul, un disco o aparato lenticular, de aproximadamente 150 metros de diámetro, se dejaba ver, quedando suspendido a unos 2 metros del suelo, abriéndose a continuación, unas portezuelas rectangulares, por cuyas rampas, de alguna forma comenzaron a salir arrastrándose, unas criaturas extrañas, con largos brazos, y muy delgados, al tiempo que con cabezas ovoides, rodeadas de una cabellera amarillenta y larga, que dejaba ver unos ojos rasgados, y muy brillantes, de color verdoso, y sus bocas parecían gesticular en un lenguaje completamente incomprensible.

El gentío empezó a manifestar inquietud, unos en forma de gritos, y otros se quedaron prontamente paralizados, ante la visión que se les mostraba a apenas unos metros de los travesaños de la vías.

Aproximadamente la mitad del grupo humano, salieron huyendo a la carrera, al tiempo, que no pocos de ellos mantuvieron sus gritos alejándose de la escena dantesca que tomaba lugar en un paraje solitario, cubierto por rastrojos de los campos colindantes.

La otra mitad fueron literalmente arrastrados a empujones por los especímenes humanoides, hacia el interior de la nave, por ya tres puertas, estas de forma triangular, y perdiéndose sus siluetas, tanto de las criaturas, asi como a un tiempo, de las personas que tuvieron la desdicha de ser atrapadas en esta situación, en una oscuridad espectral, que dominaba las concavidades de las entrañas de la estructura discoidal que formaba todo el exterior de la nave supuestamente no humana e intergaláctica.

En apenas unos pocos segundos, el disco que oscilaba en zigzag, y en rotación sobre si mismo, tomaba altura, y se alejaba verticalmente, atravesando las nubes grises y oscuras que formaba la gran tormenta, que en esos instantes, se mostraba en el punto más alto de su actividad, dejando atrás una sensación opresiva y solitaria de desamparo y desolación.

Los hombres y mujeres que no paraban un instante de correr hacia un monte solitario que se vislumbraba en la lontananza, no acababan de asimilar de forma coherente, la escena que tras ellos tuvo lugar, hasta que uno de ellos, se erigió de alguna forma en líder del grupo y acordaron, ponerse en contacto por medio de algún teléfono móvil, con el servicio de urgencias de la policía local, para relatar, en la medida de lo posible, y de manera ya más calmada la realidad de los hechos, que ocurrieron en apenas unos minutos.

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