Mr. Lawrence. Autor: Jorge Varela Martínez Negrete

La primera vez que vi Chapala fue desde la cima del cerro de Ixtlahuacán. Venía solo. Frieda, un tanto temerosa de mis planes se había quedado en la ciudad de México esperando noticias de mi parte, allá abajo, el brillo de la laguna me deslumbró, en el centro una isla y en la orilla norte, un caserío, desde donde se alzan las blancas torres de su parroquia.

Chapala llego a mis oídos cuando me encontraba en lo alto de la pirámide del Sol en Teotihuacán. En ese momento me encontraba suspendido en mis pensamientos, al fín parecía que encontraba lo que andaba buscando, la dualidad entre el bien y el mal, los cielos y los inframundos, la América salvaje y la Europa decadente, toda esta visión me invadió al admirar los mascarones labrados en piedra de “La “Serpiente Emplumada”, Quetzalcóatl, el dios barbado que llego por el oriente. Mis planes de un nuevo orden social parecían tomar forma, ¿Dónde podré tener la tranquilidad de escribir sobre esto que me perturba?

Fue el doctor Purnell, un amigo mío el que me lo sugirió. __ ¿Porqué no vas a Chapala Bert?__ ¿Y qué hay ahí?__ Es un lugar de peregrinación de los Wixarikas, una de las pocas tribus vivas que aún subsisten en México__. Así que decidido a encontrar ese lugar, dejé el limpio aire del altiplano para dirigirme al occidente del país.

Chapala es un gran lago, (laguna le dicen por aquí). Se encuentra a unos 50 kilómetros al sur de Guadalajara en el estado de Jalisco. Tiene 80 kilómetros de largo por 18 en su parte más ancha, por lo cual, si miras hacia el oriente puedes ver el horizonte como si estuvieras en el mar.

La tarde que llegue a la villa de Chapala, venía muy cansado pués el tren que había mandado construir el noruego Christian Schjetnan tenía sus deficiencias. Era el 27 de abril de 1923, esa fecha quedará grabada en mi obituario. Frieda no quiso acompañarme. El espectáculo de la corrida de toros en la ciudad de México fue brutal para ella, la presencia de la muerte le revolvió sus entrañas. No pudo con el remordimiento de haber dejado a sus hijos, así que no queriendo llevarse otra sorpresa en este país surrealista esperó a que yo me aventurara y viera por mi mismo que ella podría tolerarlo.

En cuanto baje del tren dos peones se acercaron para cargar mi equipaje y conducirme hasta el hotel Arzapalo que no quedaba muy lejos. El edificio de la estación tenía un cierto aire francés, con dos torreones amarillos y en su portada un gran reloj que no funcionaba. Hacía calor, era la época del estiaje y soplaba un fuerte viento del oeste, “el Abajeño”, es el viento que huele a mar y que hace más soportables las tardes de verano.

El hotel Arzapalo lo regenteaba un extranjero que bien sabía de las necesidades del viajero, así que los tragos de una bebida bien fría llamada “Hierbabuena” hicieron que Chapala comenzara a gustarme. Me instale en mi cuarto y después de una breve siesta baje a impregnarme del pueblo al que quería conocer. La noche había caído y no había luna. Las olas rompían contra el muelle donde las canoas de madera se aferraban a sus cabos. Frente a mí quedó la parroquia, que tras tres largas palmeras presentaba sus torres coronadas con cruces griegas y que con el tiempo tanto le llegarían a gustar a Frieda.

Sentado bajo las dos higueras que hay en el malecón comencé a escribirle a Frieda una carta contándole lo bien que me sentía aquí en Chapala. Este es el lugar que andaba buscando, rentaré una casa, buscaré un caballo para recorrer la rivera y me meteré a nadar en sus aguas. __Ven pronto, necesito tu compañía, Chapala es un paraiso__.

Frieda volvió muy pronto, quizás más rápido de lo que yo esperaba, pero eso me devolvió la calma. Juntos buscamos una casa donde vivir y poder tener la soledad que necesito para escribir. Por fín encontramos una que nos agrado, no se alcanza a ver el lago pero queda muy cerca de él, Está sobre la calle Zaragoza, en el No. 4. La casa es relativamente pequeña, con techos de teja, piso de barro, un patio al ingreso, pero lo que más nos agradó fue su jardín, con árboles de plátano y cubierto de buganvilias y de jazmines que llenan de olor las calurosas noches del verano.

Poco a poco comenzamos a recorrer la rivera. Hacia el oeste, saliendo del pueblo están las villas de verano que ha construido el arquitecto De Alba, luego las aguas termales de Monte Carlo, la villa inglesa de Mr. Septimus Crown y más allá “el Manglar” donde el malinterpretado y ahora desterrado presidente Porfirio Díaz venía a pasar sus vacaciones de semana santa antes de que surgiera la Revolución Mexicana. Pero lo que más nos gustaba era disfrutar de la tranquilidad del pueblo, con ese ritmo aletargado que trasmite el bromuro expedido por las aguas de la laguna.

“F” estaba contenta, por las mañanas bordaba sus telas de manta, colocaba zarapes en el suelo a manera de tapetes y ordenaba la comida que nos preparaba Pachita, por las tardes caminábamos por la playa de Chacaltita y más de alguna vez terminamos metidos en el agua con todo y ropa para luego despojarnos de ella y terminar enredados entre nuestros cuerpos cubiertos por el agua templada de la laguna. Yo había vuelto a escribir y lo hacía con demencia. “La Serpiente emplumada” va tomando forma, el realismo mágico de este pueblo que no acaba de salir de una guerra civil me ayuda a raudales, con solo caminar por sus calles encuentro las situaciones más inverosímiles; y así por las madrugadas salía al corredor y miraba la luna envuelto en mi jorongo como única prenda, escuchaba la lechuza del campanario, y me sentaba en una mesa de parota donde escribía hasta poco antes del amanecer cuando volvía a la cama con Frieda para así despertar abrazados con las campanadas de la parroquia de San Francisco. Así comenzaba mi historia mexicana, Quetzalcóatl, como la serpiente que se enreda entre las palmeras de mi jardín.

Hoy nos embarcamos en una trajinera. El “mejicano” casi ha dejado de soplar y la laguna ha quedado como un espejo. Del otro lado, el cerro de García luce esplendoroso. Nos dirigimos hacia la isla de los alacranes (la del Escorpión le dicen los extranjeros). La isla es muy pequeña casi un islote. Me interesaba ver el Calihuey donde los huicholes dejan sus ofrendas. Amarramos en el muelle, en la isla unos pescadores secan sus chinchorros de la pesca de la mañana, en los canastos de tule los charales aún se zarandean en su último soplo de vida. En el centro de la isla hay una gran roca que sobresale entre las demás, junto a ella una higuera que sombrea la entrada a una cueva donde se encuentra el sitio de adoración, no se ve ningún indio huichol pero en el fondo de la cueva se pueden ver las vasijas dejadas como ofrendas a Rapavillameta. Por la tarde el viento cambia de dirección y el retorno se facilita. Qué bonito se ve Chapala desde la laguna, las torres de la parroquia, el cerrito de la cruz y los farallones del manglar.

Cipriano nuestro amigo hacendado nos invita a Ajijic que es un pueblo maravilloso de calles empedradas que queda a unos 8 kilómetros hacia el oeste. Aquí las montañas llegan hasta el agua. El Chupinaya con su cumbre a más de 2,000 metros de altura se desgrana en acantilados que van rodando hasta el agua. Su gente tiene don de artista, unos tejen la hoja de la palma, otros fabrican huaraches, otros trabajan la madera y otros la piedra. En los cerros de Ajijic hay unas minas de oro que dicen que son de “La Rusa”, una mujer delgada, muy guapa, que sale a cabalgar por las tardes en su caballo pura sangre y más de alguno ha pensado que se trataba de Anastasia la princesa desaparecida, hija del Zar Nicolás y la única sobreviviente de la revolución bolchevique y que de incógnita se esconde por aquí.

Por la tarde y antes de dejar Ajijic, bajamos a la Posada que está junto al muelle. Ahí Cipriano, Witter Bynner, Frieda y yo nos acomodamos en unos equipales y pedimos un tequila acompañado de su “sangrita”. El primer trago cala fuerte en la garganta pero la sangrita lo apacigua y asi comenzamos a platicar: __Por estas fechas debiera estar ya en Nueva York__ les comento. Pero México me ha encantado; el libro va muy bien creo que pronto lo terminaré__. En eso estaba cuando Witt me hace señas; cuidado alguien nos observa. En la barra hay un hombre con sombrero de ala ancha que nos mira de reojo, luce desconfiado. __Es el “Quiloncho”, el capataz de la Rusa y probablemente su amante__ nos susurra al oído Filemón el mesero. No queriendo ser despreciables lo invitamos a la mesa y el, sin decir palabra y asintiendo solamente con la cabeza se reúne con el grupo.

Sera el bromuro, será Chapala o serán los tequilas, pero aquella noche termino en parranda, y los cinco parroquianos vimos como la luna llena se alzaba por Ocotlán e iluminaba la laguna, que poco a poco se teñía de plata.

La vida en Chapala era muy sosegada. Después del desayuno con chocolate batido donde remojábamos las “conchas y espejos” de pan dulce salíamos al mercado donde comprábamos sandias que habían traído de la Palma, quesos de la Manzanilla, escobas de San Luis Soyatlán y pitayas de Sayula. ¿Sayula?, si ¡Sayula! asi se llamará mi pueblo en mi Serpiente Emplumada.

Después del mediodía y hasta ya avanzada la tarde hacía un calor infernal, así que todo el pueblo se guarecía. Era la hora de la siesta que pasábamos tendidos en una hamaca bajo el corredor. Hacia el final de la tarde, cuando el sol bajaba, íbamos a bañarnos en la laguna o visitábamos a Maclovia la esposa del arquitecto de Alba que vivía en el hotel Nido o si no buscábamos a los Cuevas donde siempre éramos bienvenidos.

Al anochecer Chapala se cubre de una especie de mosquitos llamados “bobos” que no pican pero que forman una “nube” que revolotea tras las bombillas de luz amarilla, algunas veces se meten en la boca pero nada más. La vida nocturna termina a las diez de la noche cuando suenan las campanadas anunciando la adoración del santísimo, todo el pueblo esté donde esté, deja de hacer lo que está haciendo, se hincan en dirección a la parroquia (como si fuera La Meca), se santiguan y se van a dormir, bueno esto sucede en casi todos lados, ya que un jueves estando en la cantina del “Gato negro”, todos nos hincamos y nos persignamos pero en cuanto sonó la última campanada los tequilas volvieron a fluir, las trompetas del mariachi volvieron a sonar y esa noche nos amanecimos cantando nuestras penas.

Frieda ha estado inquieta y quiere volver a Inglaterra a ver a sus hijos. Me falta poco para terminar “La Serpiente Emplumada”. La situación en Jalisco no ha mejorado más bien se avecina nuevos tiempos de guerra. La represión religiosa se ha encrudecido, quizás deba acompañarla. Dejo Chapala con una gran tristeza, Dejo a Kate, a Cipriano y a Ramón, que sacarán todas las imágenes religiosas de la iglesia, las subirán en una canoa, las llevarán hasta la isla del escorpión donde las quemarán produciendo una humareda que se mirará hasta los rumbos de Ocotlán, Les dejo Chapala a mis amigos que vendrán; a Aldous Huxley, a André Bretón, a Diego Rivera y a Jack Kerouac. Después, con los años se los dejo a un montón de gringos y canadienses que formarán la colonia extranjera más grande fuera de su país, que irán y vendrán cada año como los magníficos pelicanos borregones que cada noviembre regresan a las aguas fantásticas de la laguna de Chapala.

David Herbert Lawrence viajó por el mundo en busca de un lugar que llenara su mente y encontró en Chapala el realismo mágico que estaba buscando, viviendo aquí del 27 de abril al 9 de julio de 1923. Este es un viaje por los lugares que el descubrió para su novela “La Serpiente Emplumada”.

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