La vida por unos años. Autor: Joaquin Moya

El autobús en el que un grupo de Técnicos Electrónicos de varias nacionalidades, participantes todos en un simposium sobre esta especialidad celebrado dias atrás en Moscú, habíamos hecho un recorrido por Rusia., transcurría a toda velocidad a lo largo de la carretera que, desde San Petersburgo, conducía a la vecina Finlandia, como si quisiera escapar de la tristeza y monotonía de esa hermosa y verde tierra rusa, tan cargada de grandezas y opresiones; miserias y opulencias; revoluciones y esclavitudes.Tras la ventanilla de mi asiento iban pasando rápidas, como en una antigua película, las cabañas de madera oscura con pequeños rodales de tierra que, tras la revolución, fueron repartidas por los Comités del Partido entre los siervos de los grandes terratenientes y aristócratas rusos. Pasaban también extensas zonas de estepa verde y llana, cruzadas por conducciones eléctricas sostenidas aún por postes de madera carcomida.

Natasha era una chavala rusa de la ciudad de Minsk que fué nombrada Guía para acompañarnos durante todo el tiempo que duró nuestra permanencia en la tierra de los Zares ,y cuya misión llevó a cabo espléndidamente –dentro de las limitaciones que las rígidas leyes, ahora un poco suavizadas por la reciente Perstroika ,le imponían – .Simpaticé con ella desde el primer momento y me pareció que a ella también le caía yo bien. Suele decirse que las simpatías son mutuas la mayor parte de las veces, y esta era una de ellas. Durante los espacios de tiempo, generalmente viendo algún Museo, en el que ella callaba para dejarnos contemplar las obras de arte sin intervenir con explicaciones, yo me sentaba a su lado para tratar de entablar conversación sobre los temas de Rusia que a mí me interesaban ,aparte de los culturales. Tendría unos veinticinco o treinta años, estatura más bien alta ,pelo castaño recogido sobre la nuca, gafas con montura dorada ,ojos garzos sobre una cara redonda de piel fina y sonrosada ,como las de las muñecas de porcelana de principio de Siglo , muy corriente entre las jóvenes mujeres rusas. Vestía con la sobriedad propia de aquella sociedad ; pero tenía buen porte y buenas formas como mujer y por lo tanto, a veces, resultaba atractiva y elegante. Había nacido en el seno de una familia alojada ,con varias otras ,en una de las grandes mansiones y palacios de aristócratas y terratenientes que la Revolución requisó en su dia para que fueran compartidas, después como vivienda por siervos, soldados y obreros .La cocina, el baño, y el lavadero eran comunes, estableciendo turnos para su uso. Las habitaciones eran privadas – generalmente dos para cada familia –. Natasha , tan pronto cumplió once años, pasó a trabajar a una fábrica de ropa para el Ejército ,donde también estudiaba y le daban comida y merienda. Después marchaba a cenar y dormir con la familia, y no cobraba un solo rublo, y como ella también los otros cuatro hermanos que tenía… Los padres trabajaban ambos en sendas fábricas del Estado, yendo luego a cenar y dormir a la vivienda familiar, pero ellos sí, con algunos rublos en el bolsillo para atención de la familia. Tan pronto cumplió dieciocho años dejó la Fábrica de ropa

pasó a estudiar ,por cuenta del Estado ,Historia del Arte en la Universidad de San Petersburgo, y posteriormente Filología Española e Hispanoamericana en la escuela de Idiomas de la misma ciudad. Por ambas razones, además de por sus cualidades personales, sacó el número uno en las oposiciones para Guías turísticas del Estado y asignada a este Congreso donde tuve la suerte de conocerla y tratarla. Amaba tremendamente a Rusia ,su Cultura, su Historia y sus gentes, de todo lo cual hablaba con gran entusiasmo; pero se dolía de que siempre el pueblo ruso haya estado esclavizado por unos y por otros. De ahí la nostalgia y tristeza en su música y canciones campesinas; aunque alegres, animadas y frenéticas, cuando el Vodka contribuye al olvido de la realidad, o en ellas se habla de amor y de lucha; de guerra y de victoria. Natasha había estado viviendo en España solamente seis meses para perfeccionar el idioma y conocer algunos de sus Museos. También había conocido el cocido madrileño, la paella valenciana ,la sangría, y el “pescaíto frito” en un tablao flamenco, de todo lo cual hablaba con entusiasmo también cuando tomó confianza conmigo

Por la ventanilla de mi asiento iban pasando, tan rápidas y monótonas como pasan las horas, los dias y los años para el hombre cuando llega a la edad madura, las imágenes siempre iguales, verdes, extensas y frías de esta parte de Rusia tan cercana a la zona Ártica. En mi memoria, y superponiéndose a estas, iban pasando también las imágenes un poco ya lejanas de la Plaza Roja de Moscú con la mole gris y aplastante del Mausoleo de Lenin penetrado constante e invariablemente por la interminable cola de visitantes flanqueados por los imperturbables, apuestos, y casi pétreos soldados magníficamente uniformados de la Guardia de Honor, el inmenso edificio de la Universidad, la Catedral de San Basilio con sus cúpulas multicolores, el Kremlin , así como las imágenes más recientes del Palacio de Invierno, el Hermitage, las enormes Avenidas y Museos, los anchísimos canales y enormes edificios de San Petersburgo; la masa gris humana deambulante por sus calles, cargada con la tristeza y fatalismo que caracterizan al magnifico pueblo ruso, tan mezclado de razas nórdicas, centroeuropeas, eslavas, y orientales; tan cargado con todos sus defectos y virtudes, y sacrificado desde sus más remotos orígenes por el feudalismo, las dictaduras, y ahora por las mafias.

Lucía un sol filtrado por la bruma cuando llegamos, a la una del medio dia, a Wyborg ; último pueblo ruso importante a unos sesenta Km de la frontera con Finlandia. Allí nos dijo Natasha que debíamos bajar para almorzar antes de cruzar la frontera. Nos detuvimos en las afueras del pueblo para marchar hacia un amplio; aunque modesto Restaurante donde nos acomodamos en mesas de cuatro comensales, para entonar nuestro estómago con una sopa Borsh – recomendada por ella como plato típico de la gastronomía rusa – y un filete Shashlik a la parrilla.

Mientras nos servían la mesa, fui observando el ambiente del austero comedor, y cómo se prodigaban en él los grupos de personas heterogéneas de todas las edades y sexo con abundantes cámaras de fotos y vídeos en una especie de movimiento Browniano de ir y venir a ningún sitio propio de quienes están de paso en un sitio y esperan marchar de un momento a otro. Casi todos turistas extranjeros que entraban o salían de Rusia. Tras el mostrador del Bar, un ruso grueso y calvo de edad madura, con semblante frío e impasible, despachaba bebidas y café ayudado por dos chicos jóvenes que se desenvolvían con la soltura y el dinamismo propio de su edad. La chica, que estaba de espaldas tras el mostrador junto a la cafetera, , se volvió hacia el comedor con un café en cada mano para entregarlos a la camarera que los llevaría a una de las mesas. Nuestras miradas se cruzaron desde lejos y una profunda sorpresa con escalofrío me invadió súbitamente todo el cuerpo; ante mis ojos, allá detrás del mostrador, estaba Bela; una chica de Huesca llamada Gabriela con la que yo había mantenido, hacía ya casi treinta años, una intensa e íntima amistad durante mi período de estudiante en Madrid. Eran sus mismos ojos soñadores y aterciopelados, sus mismos labios carnosos siempre sonrientes, su misma piel morena y sonrosada salpicada de alguna peca ,y su misma desenvoltura de movimientos y elegancia sencilla. Lo insólito del momento no me dejaba razonar que aquello que se presentaba ante mis ojos no podía ser cierto, ni en el tiempo . -Bela tendría ahora cuarenta y seis años, y no dieciocho como aparentaba tener esta chica – ni todavía menos en este pueblo de Rusia.

Conocí a Bela en Madrid durante las fiestas del Paso del Ecuador de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales. Hubo entre nosotros, desde el primer momento, lo que ahora se llama” Química” y antes se llamaba “ flechazo”. Bela tenía entonces unos dieciseis años. Era mas bien delgada, con pechos insinuantes, y esbelta. El pelo, castaño y blondo con una mecha caída sobre la frente, le daba un semblante de chaval travieso. Su carácter era femenino, jovial, y generalmente risueño. Unos grandes ojos azules, soñadores, sombreados, y algo rasgados, vivían apasionadamente entre las pestañas largas y pobladas bajo unas cejas naturales y serenas. La nariz regular, más bien fina. Los labios carnosos y jugosos, enmarcaban unos dientes blancos y bien esculpidos. La piel suave y morena, con un cierto rubor en las mejillas donde navegaba alguna peca. Y la voz aterciopelada y acariciante como un susurro.

Bela era un tanto vanidosa en el vestir. Le gustaba ser admirada en los círculos sociales donde se movía, y gustaba serlo más por las otras chicas que por los hombres. Se sentía también feliz frecuentando los mejores Restaurantes y locales de ocio que nuestras disponibilidades económicas nos permitían frecuentar. Cuando alguien hablaba de su madre, ella decía : “que la suya había muerto cuando tenía pocos años y apenas la recordaba”. En el fondo sentía por ella una mezcla de odio y admiración a la vez, y ese complejo de ser huérfana ante los demás, sin serlo, la hacía muy susceptible entre quienes trataba.

En una ocasión aprovechamos un dia festivo, sin clases, para tomar en la Estación del Norte uno de los trenes a Cercedilla y Navacerrada y pasar un dia en la Sierra. Llevábamos cada uno nuestra mochila con la comida y nos adentramos hasta un prado rodeado de pinos junto al pequeño arroyo que vertía sus aguas al río Manzanares. Me senté sobre la hierba apoyando mi espalda. en el tronco de uno de ellos. Bela estaba tendida a mi lado y apoyaba su cabeza sobre mi muslo derecho. Yo le acariciaba el pelo, los párpados, y las mejillas, arriesgándome a veces hasta los hombros y el pecho; pero ella detenía la exploración cogiendo mi mano con las suyas, y la mantenía después cogida mientras disfrutaba contándome los dedos.

Este dia marcaría nuestra relación para siempre. Fue allí, donde, dejando volar al pensamiento y hablar al corazón en voz alta, Bela me hizo comprender el porqué de algunos puntos extraños de su carácter, que en ocasiones nos habían hecho discutir y enfadar.

.Había vivido casi toda la vida en Huesca de donde era toda la familia de su padre, con él y otra hermana menor. El carácter autoritario, absorbente, celoso, y egoísta de este, había dado lugar a que su madre, agobiada y harta de disgustos, abandonase el hogar cuando Bela tenía solo cuatro años. No volvieron a saber nunca mas de ella. Su padre procuró que no les faltase de nada, pero no pudo evitar que la sombra y el cariño de la madre faltaran esos años, dando lugar a una formación lastrada por complejos que marcarían su vida para siempre.

Había salido de Huesca, donde todo el mundo conocía el fracaso familiar, para marchar a Madrid donde montó, en un barrio elegante de la ciudad, un pequeño comercio de Perfumería y Cosmética que, atendido con su natural simpatía y buena presencia, prosperó rápidamente. Conoció a chicas estudiantes que la relacionaron con el ambiente universitario. Allí fué donde nos conocimos. Yo era un estudiante de Ingeniero con más bien escasos recursos económicos, por lo que alguna vez tuvimos problemas, ya que ella quería seguir con su ritmo de relaciones sociales y gastos, pagando siempre, y ello humillaba a mi joven concepto de hombría

Aquel dia de intimidad y confidencias en la Sierra fue la base y el principio de una amistad y cariño que, en los sucesivos meses, se fue acrecentando y cimentando de una forma insospechada. Cuando nos dirigimos de nuevo a la Estación para volver a Madrid, entramos en la Cafetería – aún faltaba un buen rato para la salida de nuestro tren – y pedimos al camarero dos cafés “cortados”. Mientras los preparaban, Bela se acercó a una vitrina de las que suelen tener en estos establecimientos, y en las que se exponen navajas, cortaúñas, llaveros y algunos “souvenirs” del lugar. Me acerqué para ver lo que estaba llamando su atención, y me dijo que había visto allí unas pequeñas tijeras articuladas de acero toledano que le gustaban mucho. Eran unas de esas damasquinadas plegables, con lima de uñas, metidas en una semifunda de color rojo, y de un tamaño más bien apto para un bolso que para un bolsillo. Cuando acabamos con los cafés le dije: “ voy un momento al Servicio” –“ No tardes demasiado“ — me contestó ella -. Aproveché la ocasión para comprárlas y regalárselas a la vuelta. Esto le alegró, y dándome instintivamente un beso allí mismo, me susurró al oído un : “ ¡te quiero mucho, cariño!” que hizo estremecer todo mi cuerpo.

La campana de la Estación había sonado y nos subimos al tren que había de devolvernos a Madrid. Durante el viaje, llevó su cabeza apoyada en mi hombro mientras miraba discurrir las grandes masas de pinos y las bonitas y elegantes urbanizaciones componentes del paisaje que se contemplaba por la ventanilla, durante el trayecto hasta Madrid. Con sus manos tenía cogidas las mías como si quisiera no dejarlas escapar nunca. Se habló muy poco en el trayecto. Solo de vez en cuando retiraba su cabeza de mi hombro, mirándome a los ojos y bajando la mirada después hasta mi boca, se acercaba hasta mi oído para susurrarme de nuevo: -“Te quiero”-. Me habría gustado que aquel viaje hubiese durado una eternidad; pero en muy poco tiempo estábamos en Madrid despidiéndonos, porque, al dia siguiente, ella tenía que trabajar en la perfumería, y yo tenía que marchar a las clases en la Escuela

Un dia que fui a buscarla, como tantas otras veces, la encontré con una mezcla de preocupación y alegría a la vez. Me contó que, en la mañana anterior, había entrado en la Perfumería una señora de edad madura interesándose por unos perfumes de determinada marca. Preguntándole: ” si era la dueña del establecimiento”, le dijo que: “ella era nacida en un pueblo de Huesca; pero llevaba bastante tiempo en Australia, concretamente en Sydney, donde había tenido dos hijos con un terrateniente y ganadero australiano, el menor de los cuales estudiaba Medicina, y el mayor, Ingeniero Agrónomo, trabajaba con el padre”. Bela se sintió un poco turbada desde que la vio entrar, tal vez por la intensa mirada con que la miró la señora; o tal vez por lo que suele definirse como” la llamada de la sangre”. Tras una breve conversación forzada, la señora, nerviosa y con los ojos llenos de lágrimas la abrazó fuertemente mientras le decía que “ era su madre, y que la perdonase por haber estado tanto tiempo sin saber nada de ella. Les había escrito algunas cartas que su padre no les había entregado. Había estado en Huesca y había visto a su hermana. Allí mismo obtuvo la dirección de Bela, y, juntamente con su hijo menor, se trasladaron a Madrid donde permanecerían dos dias. Al ser Bela mayor de edad , no tendría problemas si quería irse con ella a pasar una temporada a Australia, o definitivamente quedarse allí a vivir, si le apetecía”

En los dos dias que estuvieron hablando y confidenciándose los tres, la madre le dijo que: ” Allá tenía muy buenas relaciones sociales y muy desahogada posición económica. Sus hijos estaban asimismo bien relacionados con chicos de la buena sociedad y de los negocios. Podría vivir con ella como quisiera y mejor que en ningún otro sitio. Estaba deseosa de hijas, ya que allí había tenido solo varones.”

.Bela no pudo conciliar el sueño durante las noches de esos dos dias, ni en los siguientes a la marcha de su madre y hermano a Sydney. Por un lado, esa especie de aventura de marchar a Australia, y conocer y tratar a sus dos recientes hermanos de madre, le tentaba insistentemente. Por otro lado estaba yo, a quien no quería perder por nada del mundo; pero estaban también las dos dependientas de la Perfumería que le habían ayudado en los primeros dias difíciles del negocio, y que por ningún motivo quería dejar sin trabajo y en la calle.

Todos los dias que siguieron, hasta llegar la Navidad, fueron verdaderamente de preocupación y disgusto entre nosotros. Yo me fui a pasar la Fiesta con mi familia al pueblo de mis abuelos, para volver a Madrid el dia de Nochevieja y estar ese fin de año con ella. Ese dia me dijo que: había decidido ir a pasar una temporada con su madre a Australia, dejando regentar, ese tiempo, la Perfumería a las dos dependientas, y el coche lo usaría yo mientras ella estuviese fuera.

Se terminó la fiesta de la llegada del Año Nuevo en el Hotel, y pasamos el resto de aquella noche juntos. Fue una noche triste y de silencios; de recuerdos compartidos; despedida apasionada con lágrimas y sollozos, que empañaron y desvirtuaron los que, en otras ocasiones, habían sido momentos de felicidad suma con afán de eternidad y amor para siempre.

A la mañana siguiente amaneció un cielo plomizo y gris, y una niebla alternada con claros nos obligó a no acelerar demasiado en el traslado al Aeropuerto. Yo conducía su coche. A mi lado Bela – que se había astillado una uña al colocar su equipaje en la maleta trasera – había sacado las pequeñas tijeras damasquinadas de aquel lejano dia de Sierra, que siempre llevó en el bolso, y la estaba reparando lo mejor que podía. El tiempo se nos hizo muy corto y durante el trayecto apenas hablamos. Ya cerca del Aeropuerto, ella me preguntó: ”¿ Me quieres ? ”, y le contesté: “¡Mucho!”. Llegamos y bajamos las maletas, facturamos, subimos por le escalera mecánica y nos fuimos hacia la puerta de embarque. Unos minutos más tarde, el último abrazo, y un triste y sollozante: –“ Te querré siempre; siempre”-. -“ Nos escribiremos y llamaremos por teléfono”. – le dije yo.-. Y, tras el último beso de despedida, desapareció por el túnel hacia el avión el primer amor de mi vida.

De vuelta en su coche hacia Madrid pude darme cuenta de que, sobre el salpicadero, se había dejado olvidadas las tijeras. Telefoneó desde el Aeropuerto de Sydney, tan pronto llegó, encareciéndome que se las enviase. Me dijo que : ”siempre, cuando las tenía en sus manos, le parecía que estaba yo mas cerca.”

No hubo tiempo de hacerlo. Al dia siguiente telefoneó su madre: “:Cuando iban desde el Aeropuerto de Sydney hacia su casa, en el coche del hermano que había conocido en Madrid, un camión-tráiler había chocado frontalmente contra ellos. Bela había muerto en el acto y su hermano había quedado mal herido.

La depresión me duró mucho tiempo; pero este todo lo cura, y Bela, que pasados casi treinta años, suponía actualmente, para mi, una remota y difusa imagen,   la presencia de esta joven rusa del Restaurante la devolvía de nuevo a mi presente con una intensidad insospechada.

Le pregunté a Natasha: -”¿ Quién es aquella chica del mostrador y cómo se llama?”- . La Guía me contestó: -“ Es la nieta de un español que llegó formando parte de un contingente de niños de la provincia de Huesca, exiliados a Rusia durante la Guerra Civil española, y casado después con una rusa. Sabe, por tal motivo, algo del idioma de Uds, y por ello la tienen trabajando en este Restaurante por donde pasan a diario excursiones programadas de españoles. Se llama Nadia, y el chico que está con ella es Alexander, su novio”-.

Me levanté de la mesa donde había terminado de comer, y me fui a tomar el café al mostrador ; pero a decir verdad era por estar mas cerca de ella. Me impresionó oír su tono de voz igual que el de Bela. Hacía treinta años que no lo había vuelto a oír. Todo esto me parecía un sueño o una pesadilla, y una serie de recuerdos ya casi olvidados, afluyeron de golpe en un renovado presente real ante mis ojos. Nadia se daba perfecta cuenta del descaro con que la miraba atentamente desde la parte exterior del mostrador. Ella lo hacía también con disimulo

A mi lado había una señora gruesa que pugnaba inútilmente, con su marido, para soltar el hilo que ataba un pequeño paquete de galletas que querían tomar con el café. Viendo aquello me acordé que, cuando yo preparaba la maleta, había encontrado en los cajones de mi escritorio las pequeñas tijeras de Bela , ya casi olvidadas, que quedaron en el coche un lejano dia de despedida, y las incorporé al viaje. Las saqué, pues, de mi bolsillo para cortar el hilo del paquete con ellas y resolverles la papeleta.

Nadia, había estado observando todo esto mientras preparaba mi café. Cuando me lo sirvió me dijo: -”Muy bonitas tijeras, muy útiles”. – Yo le contesté: -” Si te gustan, te las regalo”. Ella dijo entonces: -“Regalo no, si es barato compro”-. Le dije: -“Yo no las vendo- “. Natasha nos avisó que teníamos que subir rápidamente al autobús para salir hacia Finlandia. Azarado , con un nudo en la garganta y sin dejar de mirar a Nadia, salí por la puerta nervioso hacia el autobús con el grupo; pero pensando que algo mío, que no iba a volver a ver, se me quedaba en aquel pueblo de Rusia. De buena gana hubiera dejado escapar el autobús.

No había cubierto aún veinte metros hacia el coche, cuando, corriendo y algo sofocada, Nadia me alcanzó , jadeante y entrecortada, y cogiéndome por el brazo me dijo: -“ Conforme, regalo” – mientras me alargaba la mano extendida -. Saqué del bolsillo las tijeras y se las entregué. Con ellas en una mano y cogida a mi antebrazo con la otra, me dio un beso en la mejilla diciéndome: -“spasiba… dasvidániya”- , y luego en español: -“ adiós… gracias”-.

Desde lejos, subiendo ya al autobús, volví la cabeza para grabar indeleblemente en el subconsciente todo aquello, mientras aún ardía en mi mejilla el beso que me había dado, y vi, con Alexander al lado abrazándola por el hombro, a Nadia en la puerta del Restaurante saludándome con la mano, mientras con la otra me enseñaba las tijeras damasquinadas con la semifunda roja que, ya dudaba yo si las había comprado aquel lejano dia para Bela o para Nadia

Esa tarde tomamos el “Ferry” que, desde Helsinki, nos llevaría a la mañana siguiente hasta Estocolmo para regresar en avión a España. No ocupé el camarote. Era el mes de Junio, y toda la noche estuve sentado en una butaca de pasillo paladeando una copa de vino de Cariñena – que me sorprendió encontrar en el Bar de un Ferry de la Viking Lines – junto a otra de Vodka que me sirvieron allí también. Contemplaba, a través del ventanal, el magnífico espectáculo de las “Noches Blancas del Báltico” con su Sol de medianoche. Sobre las aguas serenísimas de dicho mar, pasaban, como si fueran ellas las que navegaran y no yo, unas tras otras, las majestuosas sombras de las cinco mil islas llenas de verdor que separan Finlandia de Suecia

Conforme íbamos llegando a Estocolmo, el cielo se hacía más diáfano, el mar más azul y las islas más verdes. Salí a cubierta, y, apoyado en la barandilla ,con la fresca brisa marina del amanecer acariciándome la frente, contemplaba la hermosura del paisaje; pero el subconsciente me presentaba, una y otra vez , fundida sobre él, la imagen de Nadia despidiéndose de mí en la puerta del Restaurante.

El tiempo de espera en el Aeropuerto me hizo recordar también aquella despedida treinta años atrás. Mi estado de ánimo era, como si me hubiera separado por segunda vez de la misma persona ; pero en esta ocasión sentía una mayor satisfacción: se quedaban con ella las pequeñas tijeras que tanto habían significado en mi vida y se acordaría de mí cada vez que las tuviera en sus manos. Sin embargo….. -misterios indescifrables del sentimiento humano -, ahora, y a diferencia de entonces, yo quedaba desesperanzado, celoso, y envidiando como a nadie, y obsesivamente, a un joven camarero ruso llamado Alexander. Hubiera dado la vida por cambiarme por él, aún a costa de lo que hubiese sido. Hubiera dado la vida por unos años menos

Lema.-VIDAS ENCONTRADAS

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