La última rima del anciano marinero. Autor: Patricia Odriozola

It is an ancient Mariner,

And he stoppeth one of three.

“By thy long grey beard and glittering eye,

Now wherefore stopp-st thou me?”

(Samuel Taylor Coleridge, 1772-1834)

 

“Así es, señorita. Aquí donde usted me ve yo supe ser el Contramaestre del vapor a paleta Rivadavia, en los tiempos que los niños bien de su país se corrían hasta el Real de San Carlos a darse la vidurria que no podían costearse en París. Imaginesé lo que era aquello, que hasta Carlos Gardel cantó en el Anexo del hotel. Cosa que me parece muy bien porque como usted sabrá el zorzal era oriental y oriundo de Tacuarembó, para más datos”. Era el otoño de 1983. La sudestada –la peor desde principios de siglo- había puesto la costa argentina a miles de kilómetros de la uruguaya, varándome en Colonia: parecía que hacía años que miraba las burbujas viscosas que la lluvia armaba sobre la vereda polvorienta desde la ventana del salón comedor del Hotel Esperanza, cuando el Conserje, Suboficial (R) de la Marina Mercante de la Banda Oriental don Washington L. Caboto, se sentó a mi mesa. Desde el mediodía me había concentrado en no darme por enterada de la minuciosa observación a la que me sometía, acodado en la mesada del bar: y lo habría logrado si no hubiera sido por ese sonoro eructo que se impuso, de pronto, sobre la chirriante recepción de una AM porteña en la radio a transistores. Definitivamente instalado frente a mí, sin esperar respuesta ni pedirla, recorrió con dedos cuarteados por el viento y por la edad los bordes grasientos de su gorra de marinero.

Unos lindos años, aquellos. Los años de Newbery y Anchorena paseando en globo sobre el río. ¿Usted sabe que el ricachón se hizo construir una torre acá en la Barra nada más que para ver su ciudad? Linda época. La Belle Epóque, la llamaban. Con carradas de turistas que se venían a tirar manteca al techo y a dilapidar fortunas en el Casino, en las apuestas a los toros, o simplemente en regalos y fanfarronadas para conquistar a las damas, que las había muy finas y muy hermosas. Y justamente de galanteos es la historia que quiero contarle. Pero antes quiero que sepa, señorita –enfatizó- que en todos estos años usted es la primera que la escucha.

Se paró y fue dificultosamente hasta el mostrador de la conserjería, de donde volvió con un mate y un termo: me ofreció el primero, que rechacé señalándole mi vaso de ginebra, y se cebó dos o tres muy seguidos manejando el Lumilagro con el mismo brazo cuya mano sostenía el mate. Sorbió el cuarto lentamente, pensativo; alargando el silencio en un suspenso intencional. Verá usted -continuó- corría 1912, y tanto su país como la Banda Oriental estaban que ardían por ver las habilidades del Morenito de San Bernardo en la Plaza del Real. Los vapores cruzaban el río con el pasaje completo, llegaban buques abarrotados bajando el río Uruguay, y desde San José, Montevideo y todas las ciudades del departamento venían trenes, carruajes, y hasta los primeros automóviles que se dejaron ver por estos lares. Como podrá suponer, nadie estaba dispuesto a perderse semejante filón: las compañías navieras mucho menos, y por eso se largaban al Río de la Plata -río traicionero si los hay- aunque el clima no fuera el ideal. Era mi primer viaje como Contramaestre del Rivadavia, que aquella noche de junio zarpó de Buenos Aires como si nada, aunque de temprano se veía venir un pampero por el cigarro en el horizonte y los gorriones que andaban medios desorientados de acá para allá. Así fue que apenas cruzamos el canal Mitre se largó el temporal y el vapor se empezó a sacudir como cascarita de nuez. El capitán, hombre cansado de navegar y bastante más prudente de lo que entonces se esperaba de un alto oficial, vio la temeridad de seguir rumbo con semejante viento y mandó fondear entre olas de cuatro metros. Fue ahí que por única vez en mi vida tuve miedo del mar. Abandoné mi puesto para escabullirme escalera abajo y me cobijé en el salón, atrás de un cortinado, cosa que la tripulación no descubriera mi cobardía. Ahí metido, sin querer me puse a seguir la conversación de un dandy de bigote rizado más o menos de mi edad, que me llamó la atención por la vehemencia con la que hablaba y la forma en que se acercaba a una dama de tapado de piel y manguito; mucho más de lo que aconsejaban las reglas de la cortesía en aquellos años que la gente se respetaba tanto. El señorito, un tal Arnaldo Sánchez Goitía, estudiante de la Academia preparatoria para el Colegio Militar, estaba convencido, como todo argentino de aquella época, que su alistamiento era imprescindible para proteger el imperio austro-húngaro y salvar Europa de la guerra mundial. Sin embargo, más atento a su éxito personal que a las trincheras, decía estar preocupado por algo que en esos días le impedía concentrarse en sus estudios, con el peligro de quedar afuera de la carrera militar. Según dijo, tiempo atrás, viviendo con su familia en un pueblo de la Provincia de Santa Fe, dio que los criollos se empezaron a preparar para los festejos del Centenario, que entusiasmaban especialmente a su padre, oriundo de Galicia, por la anunciada visita de la Infanta Isabel. Por eso aquel verano de 1909 don Antonio Sánchez, comerciante de ramos generales de Cañada del Río, había decidido que se ahorraran los dineros que habitualmente la familia destinaba al veraneo en un hotelito de Rosario reservandolós para asistir a los actos de la Avenida de Mayo. De todos modos, deseosos de distraer a su joven hijo de las tentaciones a las que lo empujaba el aburrimiento en el pueblo -principalmente las botellas de guindado de la pulpería, y la chinita que ayudaba a la madre en las labores de la casa- los padres, gente muy decente y respetada, habían resuelto mandarlo de vacaciones a la chacra de la familia materna, en Pavón Arriba -me miró fijo don Caboto señalando que llegaba, por fin, al quid de la cuestión-. En la chacra vivían el hermano de la madre, su esposa, y las hijas: Jacinta y Angelita Goitía, dos niñas exquisitas que ni por los modales ni por la finura del talle parecían criadas en el campo. (La bombilla silbó en la boca desdentada del viejo, que levantó una mano en el aire intentando describir, como una mímica dura, torpe, la esencia de la belleza y el eterno femenino). La Jacinta tenía trece años y la Angelita apenas doce, pero ya se veía en ellas esa cosa que hace que los hombres caigan rendidos a los pies de una mujer. Y fijesé el atrevimiento del rastacuero este del Arnaldo, que cuando decía esto en el salón del vapor se le ponía todavía más cerca a la dama del manguito, que lo miraba con la vista brillosa, encantada con la confidencia. Usted que es mujer -y muy buenamoza, si se me permite- sabrá del romanticismo que les ataca a las hembras cuando un galán se les presenta como digno de pena y necesitado de protección: mucho más si el hombre les hace picar el bichito de la competición hablandolés de la belleza y la simpatía de alguna otra mujer. Piense entonces el interés que para esa altura iba cobrando el señorito para la dama del Rivadavia, que se ablandaba con la cara de desesperación que le ponía el Arnaldo cuando contaba su historia y que a la vez le quería mostrar que ella era una hembra como la gente, más mejor que las famosas primitas. Y ya que está imaginesé también aquellas pobres niñas, la Jacinta y la Angelita, apartadas de los lujos y la vida fácil que otras se dan en las ciudades, y que hasta la llegada del primo Don Juan no habían conocido más hombre que su padre o los peones que trabajaban la chacra y con los que se les prohibía conversar. Qué iban hacer: se enamoraron las dos del mismo, que resultaba ser el primer varón que habían visto de cerca en todos esos años, y no las culpo habiendo calado los modales y el porte de niño que usaba este, que juraría las colmó de atenciones y zalamerías confundiendo esos corazoncitos que recién se iban enterando de los asuntos del amor. Parece que la Jacinta y la Angelita, hasta entonces bien conformes con sus trenzas, sus vestiditos de lino y sus alpargatas acordonadas, empezaron a preocuparse por cómo hacer para parecerse a las copetudas que salían en las revistas que él se había llevado para leer a la siesta, a complicar cada vez más sus trajes cosiendolés lazos y puntillas que conseguían en el almacén del pueblo, y a trastornarse con palabreríos en francés mal copiados de las conversaciones con el primo. Así las hermanas, que antes habían sido las mejores amigas y confidentes del mundo, se fueron convirtiendo en dos cocoritas que se sacaban chispas por ponerse una peineta más que la otra, por hacer el mejor budín del cielo para agasajar al invitado, por cebarle el mate más delicioso con azúcar quemada y cascarita de naranja, o nada más que por levantarse la primera para servirle al Arnaldo un suculento desayuno de panceta y huevo frito solitas con él en la oscuridad de la cocina. Y como a él le gustaban las dos por igual -o seguramente ninguna de ellas- se atrevió a citarlas cuando la vacación llegaba a su fin al lado de la tranquera, la misma noche pero a cada una a una hora diferente, para abusar de su inocencia y sacar buen partido de las inocentes hermanitas. Ah, suerte que cuando el diablo mete la cola, ahí esta Dios para quemarselá: fue así que la noche antes, una vez que la madre hubo apagado el farol del cuarto para que las niñas rezaran sus oraciones, la Jacinta y la Angelita se sorprendieron llorando, la una a la otra, en la angustia de saber que se estaban por enfrentar por primer vez en sus vidas a las delicias y los sinsabores del amor carnal. Y en lugar de decir el Padrenuestro se sinceraron entre sollozos y compartieron sus miedos confiandosé mutuamente los detalles de dos citas amorosas, formuladas de igual manera, para el mismo lugar de encuentro y por el mismo galán, solo que con dos horas de diferencia. Se había bebido mucho en la cena, de manera que el primo seductor debió levantarse urgido y pasar por la galería delante del dormitorio de las niñas en su camino a la letrina: ahí fue cuando escuchó cómo su nombre era repetido una y otra vez en medio de un cuchicheo de lo más encendido. Olvidando sus necesidades fisiológicas tanto como los modales de petimetre, acercó la oreja a la puerta y así se enteró que aquella alianza entre hermanas que él había creído romper fácilmente con sus frases remilgadas y sus miradas de carnero degollado era mucho más fuerte que los sentimientos tiernos que podía despertar en ellas. A un punto tal que, decididas a no dejar que nada ni nadie se interpusiera entre las dos y mucho menos a costa de su orgullo y de su honor, ultimaban los detalles para esperarlo juntas al lado de la tranquera con el facón de Eusebio, el mozo de cuadra al que luego se culparía y por quien no sentirían ningún remordimiento, ya que su media renguera y alguna tendencia suya a babearse al hablar les causaba una repulsión incontenible que la piedad de cristianas no conseguía mitigar. Demás está decir que el dandy se fue patitas pa’qué te quiero esa misma madrugada y nunca más quiso ni saber de los parientes de Pavón Arriba hasta que la semana antes del viaje al Real, en la sección Interior del diario La Nación, informaban que un viajante de comercio invitado a pasar unos días en la chacra de los Goitía, había aparecido muerto de un cuchillazo al corazón al lado del molino, y que la policía provincial ya había puesto entre rejas al culpable: un tal Eusebio Eloerchea, peón al servicio de la familia desde hacía unos años, que hasta entonces se había tenido por persona inofensiva y que cada vez que le nombraban el crimen se ponía a llorar clamando inocencia.

El viejo revolvió la yerba con la bombilla y se cebó un mate donde flotaban palitos y motas de polvo. Suspiró una vez más.

Como sea, el Arnaldo se salió con la suya y casi diría que la dama del manguito también –sentenció- que nunca atiné a conocer a fondo las intenciones de las hembras pero una cosa hay seguro: en cuestiones del amor, como usted seguramente sabrá, siempre deciden las polleras. El asunto es que después de tanto secreteo, cuando el vapor volvió a ponerse en marcha a la cola del pampero y yo corrí a cubierta para retomar mi puesto rogando que el Capitán no se hubiera enterado de mi deserción, el Arnaldo dormitaba con la cabeza lustrosa de gomina apoyada en el hombro de la dama. Y si bien la llegada a Colonia se retrasó y no pudieron ver torear al Morenito, la pareja se alojó por cinco días en este mismo hotel en una habitación de lujo a la que dos por tres se hacían subir champán, registrandosé como matrimonio a pesar que ella en el barco figuraba como casada.

Caboto se levantó arrastrando los pies y abrió los postigos: el viento del sur empezaba a barrer la tormenta. Salió a la vereda y con la mano en visera sobre los ojos, como si le hubiera quedado la costumbre de que nada se interpusiera entre él y el horizonte, miró hacia los techos del barrio histórico, donde crecía rápidamente una zona de cielo celeste. Se apoyó en el alféizar de la ventana abierta y se inclinó hacia mí con la gorra calzada sobre el escaso pelo blanco. Aunque le tengo que confesar, señorita -dijo, dramático- que usted será la primer mujer que sabe de este episodio, pero no la primer persona. Hace mucho tiempo ya se lo conté a un hombre de mirada opaca, porteño como usted, que creía más en la ignorancia de las mujeres que en su crueldad. Un tal Borges, creo. ¿Puede ser? Dicen que lo anduvo desparramando por ahí como si la Jacinta y la Angelita fueran dos varones y el primo Don Juan una hembra entrometida. Parece que hasta lo escribió así como le digo, sin enterarse que esta historia no fue más que el cuento de un dandy mentiroso que se quería conquistar a una mujer.

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