Estación Mármol. Autor: Patricia Odriozola

Ya no es tiempo de epopeyas, pero no le importa: sabe sin saber que, así como la geografía es personal, el viaje -esa aventura que es motor y sentido último de cualquier vida, un Viaje así, con mayúsculas, sacramental e iniciático- si bien desconoce las distancias exige, sí, grandes asombros. Entonces se viste como para una cita, y carga en el bolso de siempre aquellas cosas sin las cuales no podría irse a ninguna parte, y camina hasta la estación que se detuvo hace incontables años en un momento dolorosamente preciso de su historia, y elude la tentación de mirar al mendigo de la Sala de Señoras por si además de sucio es un degenerado, y trata de encontrar su tren en el inmenso horario colgado sobre la pared, y se para frente a la boletería para pedirle al empleado -hoy tan aséptico, tan entrenado para dar servicio al cliente- un boleto de ida hasta Constitución[1].

Es extraño cómo ciertos espacios de esa geografía definida como única y personal se anclan en el tiempo y se superponen, obstinadamente, a las fantásticas coordenadas de un mundo amado y aceptado como propio. Eso es, justamente, lo que le pasa con la estación. Rebelde al paso de los años, conservada en su exacta fisonomía original por respeto a la historia o simplemente por desidia, todo está igual. La Sala de Señoras donde ahora el mendigo se despereza y se acuesta sobre el banco adosado a la pared. La boca del túnel al andén de enfrente, donde se conservan intactos, venciendo también ellos al tiempo, los varios monstruos que desde siempre se revuelcan, soeces e indignos, en su oscuro reino signado por el olor a orín. La puerta de reja que separa y comunica una vía con la otra, con sus pinches dispuestos ordenadamente en el borde superior de manera de evitar la audacia de cruzar de un andén al otro, privilegio reservado para los guardas y prohibido casi con desdén para el resto de los humanos, condenados a sumergirse en ese túnel que le enseñó a vislumbrar lo siniestro. Los bancos, aquellos bancos, aquella madera ya gastada cuando nacieron las visiones que más tarde el transcurrir y la nostalgia transformarían en sus recuerdos, resistiendo aún; su verdadera esencia bajo el grosor del verde inglés que unifica madera y metal en un bonito banco de material desconocido.

Enseguida se sienta a esperar con la cola pegada al ángulo imperfecto que forman asiento y respaldo, y es como si no fuera ella, la de hoy, es como si fuera aquella otra a quien le prohibían acercarse a la locomotora Diesel que avanzaba bufando desde un punto demasiado cercano en el horizonte, porque los trenes, y sobre todo las máquinas, son demonios descontrolados capaces de llevarse hasta el alma sin pasaje de vuelta. Si en la oscuridad de ese túnel al otro lado vislumbró lo siniestro, también en esa estación le fue dado, como un don divino, el adivinar lo imponente: pecadillo menor que ella misma se perdonó sin necesidad de rebajarse a confesárselo al cura, y que más tarde reconoció en la fascinación de algún otro por la magnificencia de un buque o el impresionante porte de un rascacielos. Mire que escaparse a la vía para ver pasar el tren, si será rara esa chica, justamente a ella, gustarle el tren… -resuena algún eco, con esas mismas palabras u otras semejantes, sobre el rumor de primavera que se obstina en tensar el aire-. Justamente a ella, con lo que el tren le hizo a su familia… Entonces el gusto por la mole de metal que avanzaba desconociendo límites y obstáculos, la excitación que le provocaba el temblor de la tierra ante el paso del gigante, la felicidad ante esa sirena chirriante que les hacía taparse los oídos a todos menos a ella, iba adquiriendo tintes de un secreto cercano a la traición. La certeza de desear lo que jamás podría aprehender como propio; la pena, también, por no ser capaz de estar a la altura de los acontecimientos de una tragedia anterior a ella misma; un momento que desde aún antes de su nacimiento había marcado a la estación como un lugar prohibido y a los trenes como el ladrón acechante, el cuco, el hombre de la bolsa, el Innombrable: un increíble gusano capaz de robar en un instante el corazón de un ser humano. Su padre había sobrevivido, sí; pero aquel accidente le había costado parte de su cuerpo, y la masiva recuperación lograda no había bastado para levantar la muda interdicción sobre las vías, los trenes y los viajes, malditos entre los malditos para ella y para su estirpe, desde aquella lejana vez y para siempre.

Un delicioso humo de tabaco gira en el aire. Ella levanta apenas los ojos del libro que se llevó para el Viaje –no puede leer, solo puede mirar los textos; las letras bailan como hormigas y se pasean sobre el blanco del papel- y ve al mendigo, ahora sentado bajo el reloj que revela el impensable retraso de un tren que nunca faltó a su horario. El mendigo está fumando un cigarrito recién liado con ademán de gran señor y ella cierra los ojos, para detenerse en ese humo dulzón y masculino que naturalmente la llevaría al recuerdo táctil de la madera sobada por la saliva en la boquilla de una pipa fumada en el salón, después de cenar, pero no: por alguna razón, desde ayer le resulta imposible asir los pensamientos. Desde ayer, hasta las palabras más espesas, esas que normalmente están cargadas y aún sobrecargadas de significados y evocaciones, se resisten a cristalizar en figuras, y lo mismo le sucede con los sonidos y los olores, esos bastiones de la percepción femenina a los que usualmente rinde pleitesía. Algo parecido a ese incierto estado que algunos llaman mente en blanco, que en ella fue una suerte de vacío, de ausencia vital, que se extendió hacia la noche en la forma de un dormir denso y oscuro sin sueños, sin pesadillas. Fue entonces, al despertar, que antes de exponerse a todo un nuevo día sin imágenes de ningún tipo –sin el tren con su locomotora y su bramido y ese olor acre de los fuelles entre vagones que enriquece su dibujo ferroviario y sin la frescura del agua dispersa sobre el piso de cemento de la estación con una regadera de chapa y también, y sobre todo, sin el machacar sincopado del convoy cabalgando sobre los rieles-, fue entonces que, apenas pudo salir de la cama, la necesidad la puso en movimiento hacia el único lugar en el mundo donde las palabras pueden recuperar sus significados y su historia.

Ahora y aquí, después de llamar de manera tan urgente e imperiosa a las imágenes y a los recuerdos, los recuerdos y las imágenes empiezan a volver, morosos, hacia ella: ahora y aquí, empieza a sentir el perfume del cigarrito liado que el mendigo sostiene con sus guantes agujereados y abre los ojos para ver cómo asciende el humo en una danza helicoidal que se funde sobre aquel otro relato de su madre que abonó tanta tristeza: dos cadetes del liceo militar envueltos en sus capas de salida girando en la turbulencia entre dos trenes, uno que llega, el otro que se va. Y como si la danza continuara abriéndose en círculos hasta abarcar la totalidad del aire, muy pronto el humo es una niebla espesa, fría, blanca: la niebla de un invierno tan invierno como en muy pocas ocasiones se ha visto en la estación, capaz de esconder en un abrazo al guarda que, enceguecido, da la señal a un convoy que todavía no debe salir y por consiguiente se lleva con él lo que nunca debería llevarse un tren en su lucha desigual con un pobre y simple mortal. Con su tranquilizadora filosofía de la raza humana algunas veces la gente del pueblo, tan comedida, creyó encontrar en las largas estadías de ella al lado de la vía -no haciendo más que mirar el tren con la misma delectación con la que otros miran el sol cuando se sumerge en el mar- una espera de lo perdido aquella vez anterior a ella misma; y esas veces, aunque les pareciera extraña, aunque de tan incomprensible les despertara un atisbo de temor, muchos de los hombres del pueblo se permitieron levantar el ala del sombrero en un saludo gentil y muchas de las mujeres, también, sacudieron levemente la mano en un saludo tímido y respetuoso a esa chica tan rara.

Ese fue apenas otro de los motivos que le hicieron proyectar, por fin, este viaje: convertir la inercia en desafío y vencerlo juntando esas pocas cosas imprescindibles como las tres estampitas descoloridas que la acompañan desde siempre –la Virgen niña con Santa Ana, la Virgen en la Ascensión y, por supuesto, el Angel de la Guarda- y mostrarle al pueblo que, a pesar de su pretendida piedad, a pesar de esa aparente bonhomía que no alcanza a disimular el recelo y la imposibilidad de aceptar las diferencias, bien pueden guardarse sus míseras demostraciones de afecto porque ella no está tan loca como para merecer ni tolerar su lástima. Claro que la razón principal para estar en esta mañana de primavera en la estación, en todo caso, ni ella la conoce: no pudo adivinarla al pedirle el boleto al empleado como si el pedido fuera una oración o una letanía, ni al comprobar que la boca del túnel sigue siendo tan hedionda y lúgubre como siempre, ni al estremecerse por los recuerdos de lo que nunca experimentó; ni al perderse, por fin, en las volutas humeantes del cigarrito del mendigo de la Sala de Señoras.

En el cercano horizonte marcado por dos líneas de fuga -las vías que titilan aquí y allá en la luz de la mañana- se insinúa, después de tanta espera, la fabulosa máquina que hace trepidar el suelo allí por donde se deslice. Dentro de no mucho tiempo estará acodada en una ventanilla seguramente grasosa, o polvorienta, mirando extasiada cómo el rectángulo en blanco que se ofrece a sus ojos se colma de césped, de casas, de gente, de cables de teléfono y de electricidad y de TV y de ropa ondeando al aire y al sol, en las terrazas.

El magnífico gusano por fin se detiene y ella sube con decisión, apretando su bolso con las tres estampitas y el libro que no va a leer y un bánlon por si refresca y una libretita donde anotar lo que se le antoje; obsesivamente recorre el bolsillo con la mano para comprobar una y otra vez que lleva el boleto para este viaje a ella misma –hasta ahora el lugar más lejano en el mundo- y sonríe como pocas veces antes lo ha hecho.

Nadie podría creerlo, pero es la primera vez en su vida que se monta en un tren.

 

[1] Estación cabecera del Ferrocarril General Roca, concesionado desde 1992 a la empresa TMR (Transportes Metropolitanos General Roca S.A.). La Estación Mármol -localidad suburbana a unos 25 km de Constitución, en el extremo sur de la ciudad de Buenos Aires- corresponde a un ramal cuyo servicio se cumple, en su mayor parte, con máquinas Diesel.

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