Ciudad de los ángeles caídos. Autor: Enrique Patiño

La mujer tiene 64 años y su cuerpo cansado sostiene cuatro bolsas raídas con todas sus pertenencias dentro. Espera el bus 304 que cruza toda la ciudad expandida de largas palmeras y calles sin peatones, y que se prolonga desde la playa de Santa Mónica hasta el hervidero del centro de Los Ángeles.

El autobús se ha retardado ya 13 minutos y están a punto de completarse en total 25 minutos desde que el último transporte se detuvo en la estación de la calle tercera. Como el servicio público es escaso, la mujer se levanta, impaciente. Agotada, y a la vez burlona, comienza a vociferar, primero en son de queja, y luego a gritarles a los conductores de los automóviles flamantes, a manera de reto, la frase de un programa de televisión conocido.

–I want to be a millionaire. Who wants to be a millionaire? –dice,con un acento marcado por la cadencia afro.¿Quién quiere ser millonario para no esperar el bus e irse donde quiera?, repite.

La pregunta es incisiva. Y aunque el alboroto que arma de repente posee la cadencia musical de una invocación del gospel, logra torturar a los que la escuchan en la estación de estructura metálica cuyo techo ralo protege escasamente de los rayos del sol.

–¿Quién quiere ser millonario? ¿Tú quieres? ¿Quién quiere ser millonario? ¿Quién no quiere? ¿Tú quieres ser millonario? ¿Quién quiere ser millonario?

Pasa por loca.

Los verdaderos millonarios que se estacionan en la acera con el cambio de semáforo aceleran sus autos y se esfuman en la línea costera para no oírla. En realidad, solo un par tiene las ventanas abiertas porque el resto transita con los vidrios en alto y el aire condicionado al máximo con un fuete sistema de parlantes interno que alcanza a retumbar en el exterior. La gente que está a su lado se aleja unos cuantos pasos y hace las veces de ignorar que existe. El grito es cada vez más agudo a medida que transcurren los minutos y el bus no llega.

–¿Tú quieres ser millonario?

La pregunta, de tanto ser repetida, ha calado.

La detiene finalmente la aparición del bus azul del servicio metropolitano de transporte público, al que se suben varios inmigrantes que se desconocen y la mujer, por supuesto, con sus pesadas bolsas, tras 32 minutos de espera. En el paradero, dejado a la deriva, queda el armatoste metálico de la estación y el más frágil de un carrito de supermercado de ruedas inservibles. Apenas se cierran las puertas y aborda el último pasajero, un habitante de la calle de barba faraónica cruza ante el bus durante el cambio de luces del semáforo con un aviso sincero que reza: “Necesito cerveza”. El conductor del autobús no cambia de expresión. Es como si no lo hubiera visto. Pero sí alcanza a escuchar las palabras que rompen la calma del silencioso autobús.

–¿Quién quiere ser millonario?, –vuelve y pregunta la mujer dentro del vehículo, mientras el semáforo parece estancarse en la luz roja.

Sentado en la última banca del autobús, con las manos apoyadas en el regazo, Julio, de 46 años, graduado de la Unam –la Universidad del Distrito Federal de México– comienza a contestarse la insistente pregunta. Quince años desde que cruzó la frontera. Ninguna amnistía. Una vida entera como ilegal, a pesar de su título de ingeniero. Una madre que se negó a cruzar jamás la frontera por el susto de no volver y con la que solo ha vuelto a oírse por teléfono una vez a la semana y a escribirse cartas cada vez menos personales por la costumbre de desconocerse. Una esposa. Dos hijos. Un trabajo en un negocio de panes árabes en una calle secundaria de Los Ángeles. Un segundo empleo en un local de comida rápida. Una vida compleja, de angustias, resumida en pocas cuentas sin rojo y mínimas cifras. Quiere. Claro que quiere. Pero no puede. Ni podrá ser millonario. “Esta es la vida que me tocó”, se resigna.

–¿Y tú quieres ser millonaria? –insiste la mujer, que ha depositado las bolsas en un lado del autobús y ahora se dirige uno por uno a los que va eligiendo al azar.

Marina, 26 años. Rusa. Séptima banca a la izquierda. Una belleza rubia clásica de carnes gruesas que vende ropa en Melrose y gana comisiones por prendas. Viaja en bus para ahorrarse el dinero de un taxi de regreso que le pagaron anticipadamente por hacer una entrega urgente. Cinco años allí y un inglés aceptable. Y un trabajo sencillo que le da la ventaja de no tener que demostrar en un currículo que no alcanzó a estudiar y que solo está en Estados Unidos probando suerte. Quiere. Se muere de deseos por al menos ser rica aunque a millonaria no alcance. No pierde las esperanzas. Solo que no tiene idea de cómo conseguir el esquivo dinero. Si la siguieran enviando en taxi y ella se volviera en bus decenas de veces, tal vez.

–¿Quién quiere ser millonario? ¿Tú?

Rodrigo. 37 años. Guatemalteco. Segundo asiento a la izquierda. Cruzó, caminando, el extenso e interminable México desde la frontera de su país hasta el borde, cerca de Tijuana, evitando los maras y arreado por baquianos de la región que lo esquilmaron y dejaron a otros en el camino. Trabajó recolectando frutas. He sido recolector en vendimias. Evade hablar para evitar caer en un error gramatical o de pronunciación. Vive con tres hermanos más y dos recién llegados de su mismo país en un cuarto sin ventilación. Está tranquilo, pero ansía traerse a su esposa. Lo que tiene está contado para enviarlo a casa a su mujer y a sus hijos. Claro: tendrán que hacer su mismo camino subrepticio por la frontera a costa de los coyotes, un peligro mayor que vivir separados.

–Yo sí quiero ser millonaria. ¿Tú no quieres?

Shamsa. Turca. 24 años, una sonrisa espléndida y la mirada clavada en la esperanza. Sexta banca, a la derecha, al lado de la ventana. Joven aún para desilusionarse, vende ornamentos en un almacén montado a pulso por sus familiares en Fairfax, y tiene aún la manía de pedir rebaja y de ofrecerla en el negocio, en un país de precios fijos y descuentos engañosos que no explican que luego te incluirán los impuestos. Se muere por ser millonaria. Y cree que lo será y que a ella le gritarán los locos y los envidiosos cuando su cabello renegrido ondee con el viento del Pacífico y su cuerpo sólido sea perseguido por las cámaras.

–¿Quién no quiere ser millonario?

Johnny, de San Francisco. 39 años. Cuarta silla, sobre el pasillo, costado izquierdo. Sostiene una jarra de cerveza de un litro en su mano y, por el aliento, debe de tener al menos otras tres ya en su organismo. Su aspecto es descuidado y tiene la barba sin afeitar de varios días. Le confiesa a su vecino que es homosexual y habla sin prestar atención a los demás, más bien buscando a alguien que lo escuche. Se queja de sus derechos vulnerados, de que no exista más apertura, de que lo hayan dejado solo a merced de su propia suerte. La suya es una letanía baja. Pero igual escucha la pregunta, es imposible no hacerlo. Y responde, con humor cansado: no quiere ser rico ni millonario. “I don’t”, murmura. Apenas necesita a alguien que le dé lo de otro litro de cerveza.

–¿Quién más quiere ser millonario? ¿Tú quieres?

Yo, también inmigrante, 33 años. La mirada cansina, el cuerpo que se arrastra un poco por el agotamiento de dos trabajos seguidos, uno en el aseo de un hotel en Century City y el otro en una cocina en un centro comercial frente a la playa de Santa Monica. Cuarta silla, al lado de Johnny. Media hora perdida esperando el bus y una hora mínima que me aguarda aún en el transporte público, en este puesto, casi de lado a la mujer que grita. Con algo de giba debido a esta mala costumbre de doblar la cerviz para pedir excusas por mi mediocre inglés. Vestido con ropa comprada en almacenes de prendas usadas. Con el cabello cortado por mi propia mano izquierda para evitar los altos precios de las peluquerías. Con las manos callosas y una lividez en el rostro nacida de mis malos tratos con la desesperanza. Claro que quiero. Por supuesto que quiero ser millonario, mujer, pero, ¿cómo hago? ¿Qué más hago?

El semáforo cambia a verde. La mujer baja el tono de voz para apoyarse en una de sus bolsas y dormir algo. Vive en la calle y el bus es un hotel rodante que le ofrece resquicios de la comodidad perdida. A sus espaldas están la rusa, la turca, el guatemalteco, el mexicano, un vietnamita, dos chinos adormecidos, un colombiano, una turista japonesa, una italiana y el espectro pesado de catorce seres marginales de la ciudad.

A la pregunta insistente de la mujer, que rezonga en baja voz todavía, todos nos respondemos en silencio, sin encontrarnos los ojos. Nadie habla, pero todos parecen entender.

Trabajar tanto y no poder. Viajar tan lejos y no poder. Querer y no poder. Qué hermandad tan fuerte en este silencio de los excluidos. Qué solidaridad hecha de tan tenaz silencio, trazada en la ruta 304, en la que transitan los que miran por la ventana para no verse de frente y evitar hallar la imposibilidad propia reflejada en una derrota ajena.

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Un Comentario

  1. Gilberto Patino

    Con toda sinceridad, habiendo leido el cuento “ciudad de los angeles caidos”, lo considero algo muy bien descrito y ameno y de ocurrencia muy corriente entre personas del comun. Mi voto va para esta narracion.

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