Perdido en la ciudad. Autor: Fedorvelt

Todo este misterio fantástico, me sucedió hace unos días. Era la mañana de un lunes caluroso. Yo deambulaba por las calles de París, queriendo evitar el trastorno que padecía. Me sabía exasperado, sufrido en paranoia. Tenía la mente pesada. Por eso andaba tomando aire, para calmarme. Trataba de olvidar los problemas. A solas, ya divisaba las mansiones del barrio Montmartre. Las fachadas eran clásicas, estaban adornadas con jardines. Como humilde colombiano, exploré cada unas de esas estructuras gigantescas. Tal particularidad, claro que de a poco me desahogó, así pude equilibrar los pensamientos, apreciando las afueras. Eso fue haber encontrado el futuro ante mis ojos. En lo personal, quedé pasmado. Se percibía la esperanza. Además las mozas, con sus pañoletas rojas en la cabeza, salían a los balcones para oír a los pájaros. Desde temprano, ellas presentían sus cánticos de fiesta, añorando a los sizerines. Entre tanto, yo admiré a las mujeres. Sus bellezas colmaban todo con docilidad. De manera inesperada, hacían resurgir el alboroto en medio de las plazas y por lindas, posaban como modelos en tanto los fotógrafos les hacían el arte.

Mientras, sucedió lo fortuito, yo cogí de rumbo en bajada por unas escaleras. Y pensé que en las cosas simples, muchas veces aparece la felicidad. De paso, rebasé a varios poetas malditos. Algunos de ellos, inquirieron en mi espíritu según como sus rostros permanecían impasibles. De a poco, se dejaban arrastrar por la misma despreocupación. Casualmente uno de esos rapsodas, quien tenía puesto un sombreo, fumaba bajo un almendro, viendo nomás pasar a la gente y esta contemplación, quizá la hacía para espolear su inspiración, luego para poetizarla.

En tanto lo individual; se me perdió el tiempo, volteé en una esquina de perfumes, fui recorriendo los andenes, seguí adelantando al destino y pronto, pasé por un parque amarillo, crucé sus prados, sin detenerme. De efecto, los rapsodas se quedaron atrás y solos con sus quimeras. A lo distinto, por allí había varios niños jugando a ser libres. Los unos dichosos, se resbalaban por un rodadero y los otros risueños, montaban en columpio. En cuanto a lo preferido, yo los precisé por un tiempo, ellos se sabían fraternos. Acto seguido, reanudé de camino a pie. Avancé con pleno despabilo. Tanto que no recapacité en como volver por los distritos ya transitados. Eso vagué por entre diferentes edificios y muchos callejones, sin desgana. Cada vez más, quedaba hechizado con esta capital famosa. Por lo linda, sus portales me empujaron hacia otros sitios desconocidos.

Ya pasada una hora, me di cuenta de que estaba perdido. Lo primero que hice fue tratar de no asustarme, ni ponerme a llorar. De reacción, llamé a un transeúnte con la mano para que viniera adonde yo resistía, sin embargo el señor no entendió y salió corriendo. Ante tal situación, fui al restaurante que había al frente mío. Actué sin pensarlo ni nada. Llegué allí sólo por intuición. Cuando estuve adentro, un camarero se me aproximó con prudencia. Iba vestido de blanco. Dijo unas palabras en francés que no descifré. Para lo mejor, le formé un rectángulo con los dedos, aparte de haberle ejecutado una mímica como pintor. Por suerte, el señor adivinó esta petición. Comprendió, que yo era extranjero. Entonces extrajo de su bolsillo una libreta con un lapicero, pronto me entregó esas dos cosas.

Gracias a ello, pude dibujar la plaza de Tertre. Una vez acabé lo pretendido, el hombre de ojos azules, logró reconocer aquel sitio. Lo examinó con detenimiento. A su razón; tomó el boceto entre sus manos, figuró un muñeco donde nosotros estábamos con el restaurante y después trazó un camino que llevaba a la plaza de culto.

Bien, mucho tiempo después, llegué a donde los maestros de Tertre. Fue extenuante la caminata, no lo niego. Aunque ya estando allá, entre ellos y sus cuadros, volví de repente a estar tranquilo. Se me disipó lo confuso. Desde ese paraje; recordé en cómo ir hasta el hotel Menosal, donde llevaba varias noches de estadía.

Así que por lo vivenciado, fui hasta aquel edificio de tres pisos. Más cuando ingresé al cuarto donde dormía, sentí alivio al observar mi máquina de escribir intacta, aún con la hoja llena de letras hasta la mitad. En sucesión, para no recaer en ningún otro percance, me puse a terminar este cuento.

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