El vapor de Filipinas. Autor: María del Carmen Guzmán Ortega

A finales del siglo XIX una familia española iniciaba un larguísimo viaje viaje de vuelta de Filipinas, el vergel en donde habían residido durante cuatro años de felicidad, prosperidad y paz. Un vergel que era España, donde persisten los nombres y apellidos españoles que no pudo derrocar el idioma inglés. A la ida eran tres, un matrimonio compuesto por una joven de veinte años, un hombre de cuarenta y una niña de un año, pero en esta ocasión con un miembro más, otra niña pequeña, una niña de cuatro años, inteligente, pero que aún gateaba. Un viaje donde las pequeñas, que sólo habían conocido el paraíso, conocieron también lo que para ellas fue el infierno, aunque no lo fue en absoluto, sino el purgatorio. El infierno vendría después… pero esa es otra historia.

— !Mamá! Mira que pez más grande ¡y da saltos!

—No, Carmelita. No es un pez ¡Es un delfín!

— !Me está mirando, mamá! ¡Me está mirando y se ríe! ¿Será un príncipe encantado?

—Qué cosas tiene esta niña. Puede que lo sea, hija.

Y mientras tanto, Joaquín, el padre, enfermo de un extraño mal adquirido en Filipinas, miraba la escena con lágrimas en los ojos, arrebujado en una manta y echado sobre una hamaca en cubierta. Antonia, su joven esposa, contenía su dolor al tiempo que agarraba fuertemente las manos de las dos niñas, una de cinco años y otra de cuatro, Carmencita y Trini.

Un poco más allá, varios hombres, como cuervos a la caza de la carroña, esperaban el desenlace fatal para hincarle el diente a la hermosa viuda. Pero ella, ajena a todo, sólo rezaba: “Dios mío, que no lo echen al mar. Que no muera antes de regresar a Cádiz.”

En un pequeño descuido de su madre, Carmelita, la mayor, desapareció. Curiosa, como todos los niños, llegó a una barandilla desde la que observó una escena terrorífica.

Demonios negros y rojos de cuerpos semidesnudos y torsos brillantes echaban paletadas de carbón para alimentar la insaciable hoguera. Aullidos de almas atormentadas se oían en aquel submundo rojinegro. Los tridentes despedían destellos y el humo atormentaba los ojos. Carmencita, aterrorizada y absorta contemplaba aquello con ojos desorbitados. Un demonio levantó la vista y la vio. Una carcajada siniestra, sorda entre el estruendo, se dibujó en su boca de dientes blanquísimos.

La niña corrió sobre cubierta hasta encontrar a sus padres. Joaquín dormitaba en su tumbona tomando el sol de la tarde mientras Antonia cuidaba de su marido y de Trini, sentada en el suelo. Había empezado a preocuparse por Carmelita, pero no se atrevía a dejar solos al padre enfermo y a la niña impedida.

— !!Mámá!! ¡!Mamaíta!! ¡He visto el infierno! ¡He visto el infierno!

— ¿Qué estás diciendo, hija mía!—exclamó Antonia mientras limpiaba la cara tiznada de la pequeña surcada de cauces de lágrimas.

— !Sí mamá, sí! ¡Había un fuego grande, muy grande y demonios echando carbón!

En ese momento una sombra se interpuso entre ellos y el Sol que se iba escondiendo. Antonia levantó la vista y se encontró con un tiarrón de grandes bíceps, negro de hollín y con una sonrisa de oreja a oreja.

—No se preocupe, señora. Lo que ha visto la niña son las calderas del vapor.

Joaquín, entre el sopor de la fiebre sonreía amorosamente a su fantástica hija. Antonia la abrazó entre risas y llantos.

Cuando el barco atracó en la Bahía de Cádiz, de aquella familia regresaron tres: Joaquín no regresó con ellos. Su cuerpo y el sueño que lo albergara se quedó en el fondo marino.

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