Contraste chocoano. Autor: Edilia Valencia Cardona

Chocó es un departamento de Colombia, situado al noroeste, en la región del Pacífico. Quería encontrar la traducción de la palabra Chocó, pero preferí recordar el verde de la selva, el azul de las cascadas y de los dos mares, el Atlántico y el Pacífico; el paso alegre de los ríos, especialmente el Atrato, el San Juan, y el Baudó, el rojo de los atardeceres, el agua caliente de los Termales y la alegría del negro chocoano.

Solo es posible llegar a Capurganá, Sapzurro, Nuquí, Bahía Solano, Quibdó, Valle, Termales, La Miel, San Blas, Puerto Obaldía de Panamá por agua y por vía aérea, en avioneta. Las vías terrestres, donde las hay, son intransitables. Recorrer un poco de los 46.530 kilómetros que tiene el Chocó fue mi propósito en el 2012. Estos sitios visitados dejaron en mis sentidos el murmullo del viento, el sonido del mar, el silencio de la selva, el dolor de la pobreza y de la corrupción gubernamental, la música alrededor de la fiesta de San francisco de Asís, en Quibdó capital del Chocó, la angustia de la violencia, el sabor de la comida chocoana y el respeto a la naturaleza.

Chocó es el silencio de la selva encantada interrumpido con los juegos de los niños indígenas Emberá, Emberá Chamí y Kunas. La choza de los kunas en Capurganá y en la Miel, tiene piso de arena, techo de paja, paredes de caña brava, una entrada donde cuelgan la hamaca y ahí entre este vaivén elaboran a mano las preciosas molas con diseños inspirados en la naturaleza: loros, delfines, flores, colores vivos que al combinarse no solo son alegres, sino también dinámicos.

Su vestuario básico es artesanal. Elaboran sus blusas con dos molas iguales y las completan con mangas y cuellos de seda de vistosos colores, para sus faldas adaptan telas que se enredan en la cintura, y dejan caer sobre sus piernas que adornan de chaquiras, así como los brazos y el cuello, con diseños simbólicos que cambian cada ocho días.

En cambio la habitación de los Emberá en Termales es abierta, sin divisiones, con una visión completa del entorno. Tiene una estructura que sostiene un piso alto de chonta y un techo de hoja de palma. Por los costados, excepto por donde está el fogón, arman una tarima un poco más alta. Allí duermen, se sientan o hacen los oficios. Para dormir usan un toldillo que los protege de zancudos, mosquitos, avispas, jején y de los peligrosos tábanos.

El hombre usa pantaloneta y corte de pelo normal. Solo por sus rasgos físicos se sabe que es indígena y por su sabiduría con relación a la naturaleza, a la que le extraen el alimento, la medicina, las tinturas, las fragancias, para atraer el amor y afrontar los peligros. Rosendo por ejemplo se comunica con seres sobrenaturales y con los espíritus que protegen y tutelan las selvas. Me dice que todo tiene un espíritu, la planta, el animal, la flor, la piedra, el río, el mar y la selva, el cielo en su esplendor o en la tormenta.

Estamos en Bahía Solano, solo se oye a lo lejos, el murmullo del viento y el sonido del mar.

Seguimos entre manglares, entre árboles frondosos, el peine mono adorna la orilla con sus flores rojas y amarillas.

Dos niños indígenas, felices se bañan en el mar Pacífico, ante mi asombro, el papá me dice que ellos ya nadan. ¿Será la fortaleza de los niños? ¿Será tranquilidad de su familia? Parece que le pierden el miedo a la inmensidad y a la potencia del mar. Él afirma que es sagrado, pero no habla de sus peligros.

Bahía Solano, es el lugar de la zona costera llamada Ciudad Mutis que pertenecía a Nuquí. Ya hoy tiene 50 años de ser municipio, un plano bien demarcado con una única carretera que va del pueblo al pequeño aeropuerto y continúa para un corregimiento llamado Valle. Sus calles son amplias, sin pavimento, los negocios limpios y organizados, hay influencia de antioqueños, risaraldenses, caldenses y vallunos. Son 10.000 habitantes que respiran la multiculturalidad: afrodescendientes, indios y blancos hermanados para darle paso a la convivencia con amabilidad y franca sonrisa. En este pequeño espacio se siente la riqueza de colores y de culturas que tenemos en Colombia.

Decir Bahía Solano es referirnos a playas amplias, al cangrejo en sus nidos, a chiras y chirones, aves zanconas que se bañan, pasean y llenan las playas de susurros.

Decir Bahía Solano es hablar de marea alta y baja que condiciona toda actividad pesquera, económica, deportiva, recreativa.

Decir Bahía Solano es dejar que las palmeras de coco hablen de fertilidad, de imponencia, de verde, de grandeza; que la exuberancia vegetal y las flores rojas, amarillas y blancas paralicen nuestros sentidos.

Decir Bahía Solano es respirar silencio, uno que otro carro y alguna moto taxi, muchos niños, y muchos pájaros: alegres tucanes, pelícanos o alcatraces, gaviotas, cucaracheros, patos de largo viaje, golondrinas, bandadas de aves marinas, fragatas, garzas blancas que anuncian su presencia con canto mañanero y vespertino, pasean y vuelan alegremente en el espacio azul brillante, hacia una vegetación frondosa y verde.

Decir Bahía Solano es hablar de pescadores que por necesidad, por placer o por negocio, gozan de la actividad marítima con la misma placidez del mar.

Decir Bahía Solano es caminar entre manglares, al vaivén de las olas, acariciar las rocas y dejar que la brisa del Pacífico se convierta en música.

Sus habitantes viven de la pesca, la construcción, la agricultura, la ganadería a pequeña escala, Leonel, el guía, me cuenta que hay una red marítima de transporte de cocaína, razón por la cual mucha gente busca en alta mar alguna paca de droga que en otro sitio el ejército ha hundido y que acá flota de nuevo. Cuando esto ocurre ellos la venden, derrochan el dinero, y todos celebran el hallazgo.

Chocó es tierra de lucha por sobrevivir ante la pobreza y la corrupción gubernamental. Estos caseríos costeros se ven en alto riesgo, además de ser depósito de basuras, son casitas a la orilla en las peores condiciones estructurales, paradas en estacas de cemento, tablas, hojas de zinc, plástico. Indefensos ante el peligro que les acecha de inundaciones y vendavales.

Las mujeres negras salen a los arroyuelos a lavar la ropa, caminan derechas porque así pueden sostener una vasija grande en la cabeza, caminan con la tabla y con sus hijos hasta de brazos, pero es más impresionante verlas llegar con la misma vasija en la cabeza ya con ropa mojada, delante de diez o más hombres que están tomando, oyendo música, o jugando dominó y las ven pasar como si estuvieran en pasarela.

A pesar de que los caseríos no tienen luz a toda hora, con equipos de batería recargable, escuchan música “a todo timbal”. Para las cervezas no importa la hora. El naipe y el dominó no pueden faltar. Disfrutan de luz eléctrica de seis de la tarde a diez de la noche, momentos que aprovechan para ver televisión, en todas las casas se ve la antena de DirectTV. El sexo, el traguito, la música, la risa, el juego son cosas normales, naturales, sabrosas, saludables física y mentalmente, no hacerlo es malo para el goce de la vida.

En Termales Don Paulino tiene frente a su casa un Kiosco para el turista, pero qué va, vive lleno de los hombres de la comunidad, es el espacio propio para jugar dominó, todos hablan, se ríen, gritan y no se entiende nada. El tiempo no cuenta, terminan cuando van a buscar la comida, dejan unos bulticos de piedra, me explican que cada uno es un rin y que cada rin tiene un valor de cinco o 10 jugadas y por el número de rines se conoce al ganador, el perdedor va saliendo y van entrando nuevos. La algarabía crece, se multiplican los que juegan y los que esperan para jugar. El silencio del lugar se interrumpe, la espontaneidad, la alegría en sus reuniones son un completo jolgorio, su trato es simple y alegre. La risa, herencia del africano, se vuelve carcajada.

San Pachito como le dicen cariñosamente en Quibdó es quien los hace rezar y danzar. Cada barrio, según el día desfilan, bailan, llevan su chirimía chocoana al son del bunde y del abozao, del currulao, del guandango, de la polka chocoana, del bunde Sanpachero, del porro. Lo acompañan con gritos y exclamaciones para llevar el ritmo. Bien escribía Pablo Neruda “Sin negros no respiran los tambores.” y pienso que tampoco las maracas, las flautas, las marimbas, los platillos, la tambora, la caja o redoblante, ni el clarinete.

Cada danza representa una situación cotidiana y el mejor escenario es la calle. La gracia en los movimientos se los da el conocimiento de su cuerpo. Con más propiedad lo hacen los mayores que conservan las tradiciones.

En la comparsa desfilan niños cariñosos, sonrientes, con el ritmo en sus cuerpos. En los ojos negros con pestañas largas combinan la picardía, la alegría y el juego, sus dientes muy blancos en una boca pequeña, su cabello en crespos naturales, permite que muchas cabecitas luzcan trenzas y peinados hermosos tanto en niños como en niñas y jóvenes.

Quince días del 20 de septiembre al 5 de octubre son pocos para el regocijo popular, la fecha de la inauguración de la primera Iglesia Católica de Quibdó en 1648, y aniversario de la muerte de San Francisco de Asís. Patrono de la ciudad.

No había visto pueblo más alegre y más compenetrados entre hombres, mujeres, jóvenes y niños para demostrar la alegría y el sabor de estas fiestas. Expresar además sus necesidades más sentidas: La corrupción de los políticos, el abandono, el racismo, el desplazamiento, la violencia, el desempleo, evidenciar temas ecológicos, a través de pancartas, comparsas y el significado de sus trajes. Recuerdo una en especial que desfilaba con vestidos reciclados.

En las casas tienen la costumbre de hacer un “sancocho afrodisiaco” para sus amistades, con siete carnes, chontaduro, ñame y borojó. Robert, el del hotel, con cierta malicia nos dijo “mejor que no les ofrecieron. “Todos sacan sus sillas a los andenes y esperan el nuevo día con los patrocinadores de las fiestas: Ron Medellín, aguardiente Antioqueño, brandy Domecq.

El último día es la gran procesión por todo el pueblo y vuelven al templo para la celebración de los sacramentos: Bautizos, Primeras Comuniones y Matrimonios. Se termina además con reinado, premiación de la mejor comparsa, del mejor mensaje, pólvora, desfile, consumo de bebida embriagante como parte de la ritualidad de la fiesta.

En el Chocó se siente la angustia de la violencia. No se conoce a ciencia cierta de los 450.000 habitantes aproximadamente, cuál es el número de desplazados que han salido del campo a refugiarse en los centros urbanos, porque cada día aumenta. La violencia institucional, por la falta de empleo, por el hambre, por narcotráfico, por bandas criminales, además de la violencia paramilitar y guerrillera que azota la región.

Vi la realidad más dolorosa cuando entré a una capillita, me acerqué a ver sus paredes donde tenían fotografías en pendones. En sus letreros decía: niño, madre embarazada, joven, indígena, campesino. Luego: asesinado, desaparecido, torturado; por el ejercito, por la FARC, por los paramilitares, por el ELN; en Carmen del Darién, Alto Baudó, Belén de Berijá, Istmina, Puerto Arenero del Chocó y otros; y en los años 60,70,80,90,2000..2012.

Unas flores secas, una luz permanente, un letrero en el altar que dice: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia” y una puerta abierta que está invitando a perpetuar este sitio, como memoria a sus víctimas. Se llena de familias desplazadas, buscan su consuelo en el Santísimo, en Jesús, La Virgen, en San José y San Francisco, presentes en este lugar. Llevan muchos años reclamando justicia y nada en concreto les llega. ¿Hasta cuándo? es su lamento acompañado de frágiles lágrimas incontrolables y de historias de dolor y tristeza.

Buscan dignidad ante el desempleo, la corrupción, la explotación de las riquezas por manos extranjeras. Sus organizaciones populares, con Justicia y paz, proclaman la lucha por los derechos humanos. Conocí además un trabajo de sistema colectivo llamado UNUMA que significa mano sobre mano y que busca la asociación para el trabajo turístico en la región, dirigido por el pueblo.

A pesar de todo Chocó es alegría, su rostro negro brillante regala la mejor de las sonrisas ante la riqueza que saca del mar. En su atarraya hay cachamas, tilapias, róbalos, sierras y otros para reafirmar el sabor a la comida chocoana y para suplir otras necesidades.

Ellos cultivan el arroz y las hierbas de azotea, que le dan el toque final a los platos y constituyen además, el secreto de la comida del Pacífico. Las cocadas de guayaba, maracuyá, de leche para acompañar cualquier momento del día, el arroz con coco, chontaduro, patacón, tamales y carimañolas prolongan este encanto.

Don Paulino en el corregimiento de termales mitiga la sed con agua de coco, él me dice de sus proyectos con el coco, pero el tiempo pasa, las entidades los visitan, y éste sigue pudriéndose. Con timidez uno que otro hace artesanía, arroz con coco dulce o salado, cocadas, galletas, pan de coco, se calma el hambre con la pulpa tierna, o más madura, para los sancochos de pescado de mar, para las cazuelas de cangrejos y mariscos, hasta para quemar el capacho y espantar los mosquitos, zancudos y jejenes de los manglares donde tienen sus criaderos. No hay ni una empresa que dé trabajo, ganancias, organización, creatividad ¿Quién apoya a quienes piensan proyectos? ¿Quién los asesora? ¿Quién los prepara? ¿Quién les presta el dinero? Por ahora seguir prevenidos para no morir desnucados con tantos cocos que caen, o seguir embarcando algunos para Buenaventura.

El patacón con cigua fue toda una novedad en este viaje y es una delicia, más para el paladar que para la vista, la carne del caracol picada es preparada en una salsa suave. Después supe que este caracol se extrae buceando en los acantilados, lo cocinan en olla a presión, rompen su concha nacarada para extraer su carne y solo algunos la aprovechan para hacer artesanía. En la Miel y en Capurganá se celebra el Festival de la Cigua con música, bailes y reinados, del 12 al 15 de octubre. Pese a que la Cigua posee todo el riesgo de extinción, no hay forma de frenar este consumo. Primero está la fiesta de hermandad entre Panamá y Colombia.

Es costumbre todavía el ser solidarios, comparten el pan, los bananos, los plátanos, lo que tengan, la visita se acompaña de un obsequio y tampoco se van con las manos vacías, crían gallinas, pollos, patos, cerdos, tienen pequeños restaurantes y tiendas, rajan leña con la que cocinan, es muy difícil tener el gas en la casa, cultivan en poca escala, sacan el aceite del coco.

Doña Licenia me explicó cómo lo extraen, el día anterior se rayan cuarenta o más cocos y se deja en poca agua, al otro día lo escurren y esa leche es la que está en esta paila en el suelo sobre esta candela lograda con leña, por tres o más horas hasta que quede claro, se revuelve para evitar que se queme, se quita la cachaza hasta el punto exacto. Los alimentos revisten un sabor especial, se utiliza para cocinar como cualquier aceite, lo compran los turistas para broncearse y las negras siguen con el empeño de lacearse su cabellera con la ayuda de este aceite, y claro, de unos químicos más.

Chocó es el arte sagrado del respeto a la naturaleza. Entrar al espacio natural de la casa de Albeiro Uribe en Capurganá es descubrir, desde el aviso hecho con tapas que vamos a ver, un trabajo de 17 años de recolección y organización de botellas, pantallas, cajas de cerveza que han sido convertidas en su cama, cocina, baño, cortinas, muros, pisos. Los diseños de punto de cruz lucen en las paredes con los colores originales de los objetos reciclados.

La Coquerita, a orillas del mar Atlántico era parte integrante del paseo, allí encontramos un nativo de nombre Reembert. Recogía la leña de la orilla del mar, nos dijo que era para hacer pan, que siguiéramos. Lo esperamos. Se ve llegar un hombre delgado, sin camisa, buena barba, pelo largo y abundante en rastas. En la sonrisa dejaba ver sus dientes separados, más bien de pocas palabras, ya sabíamos por el guía que él vivía con una argentina desde hace 18 años, ella preparada en asuntos comunitarios y pedagógicos, él un moreno de la región, sin ningún año de escuela. Entre sus comentarios, me dice algo de su esposa “ella es feliz, quiso vivir así y vivir conmigo, está viviendo como ella había querido”, es dichosa con Alegría del mar y con Acantilado, sus hijos.

Me quedé observando la casa construida en una especie de cueva protegida del viento por rocas y vegetación, piso de piedra, paredes con madera que saca el mar, sobre todo pedazos de balso unidos caprichosamente, y ventanales abiertos con vista al mar, un lavamanos de un tronco y de una concha sale el agua, adornos de totumo y coco, fogón de barro, mesas y sillas con restos de madera del mar, artesanías con objetos de la naturaleza.

Pensé en el estilo de vida de esta pareja que rompe con todos los parámetros de apariencia. Pensé en la existencia de muchos sitios que el hombre necesita para recrear su espiritualidad como éste. Pensé en lo osado de esta relación, diría valentía de ambas partes para interactuar dos mundos nada afines, pensé en la capacidad del hombre de acercarse y vivir naturalmente, en la fusión de los colores .Sentí el oleaje más fuerte, vi el sol con más brillo, las palmeras más inquietas pero más penetrantes y el viento arrasó el silencio y me entregó a la contemplación.

Chocó es la defensa de la tortuga marina. En Bahía Solano están en vía de extinción muchas especies, la común es la caguama o golfina. Salen una vez al año a poner sus huevos en las playas arenosas a 30 o 60 centímetros de profundidad. No sin dificultad hacen los huecos, pues solo tiene aletas ( cien huevos en promedio). Me dice Tatiana, la Directora del Jardín Botánico de Bahía Solano, que ellas vuelven al sitio donde nacieron, que se graban el camino de regreso al mar y ese camino es el que buscan para poner de nuevo los huevos, qué prodigio, de mucho respeto esta versión, durante el desove me cuenta que les salen gruesas y lentas lágrimas.

Con las aletas tapan sus huevos con la misma arena que removieron. Quieren evitar que los ataquen los perros, los cerdos, los cusumbosolos, o los hombres que esperan que ella salga para utilizar su carne o hacer de su concha un adorno de casa y de sus huevos una tortilla.

Si las han dejado vivir, a los cincuenta días rompen la cascarita de los huevos y salen para el océano, esperan hasta que todos los huevos rompan, así pequeñas también las capturan los gavilanes, los changos, y los mismos peces, como se ve tienen muchos obstáculos para sobrevivir. Fue hermoso conocer este proceso y a personas que las están protegiendo. Sus huevos no irán al plato del desayuno, ni sus tortuguitas serán comercializadas. Tatiana cambia huevos de tortuga por huevos de gallina.

Ya fue el tiempo de salir al embarcadero para dirigirnos del corregimiento llamado Valle hacia Nuquí, todos miran la salida de la lancha que ocurre cada ocho días, 60.000 pesos y en un momento 15 pasajeros, costales, bolsas, y cajas son tapadas con un plástico negro para navegar en un día hermoso, sin lluvia y sin sol.

No pasaba por mi mente optimista lo que nos esperaba, a cinco minutos de estar viajando, miré a la derecha y venía una ola altísima y grande, fácilmente para reventar en nuestra lancha y de tal magnitud que nos podía hundir y tapar, le vi furor al océano, la pesadilla pasó cuando el motorista despliega su sabiduría del mar y la corta con la mayor de las maestrías. Respiré confianza en este piloto, pero sigue por dos horas el calvario de un mar picado, el vaivén se hace cada vez más difícil, nos levantaba y caíamos, el golpe de la lancha retumbaba en todo el cuerpo y me preguntaba cómo es que no se abren estas lanchas y a semejante velocidad con motores de 200 caballos de fuerza.

En este trayecto la lancha baja velocidad por lo tanto el ruido, casi se detiene, las ballenas yubarta se lucen con sus saltos y giros, ellas vienen de la zona austral de la tierra, desde la Antártida y el sur de Chile. Allá es invierno entre julio y septiembre y buscan las aguas tibias del mar Pacífico, con el fin de aparearse, parir y criar a sus ballenatos con la leche de sus mamas. A los cuatro meses ya tienen fuerza de emprender la primera migración de su vida, 8.500 kilómetros durante dos o tres meses.

Este regalo se repite cada año, 40 toneladas saltan al mar, dan aletazos, dan coletazos, espiran creando un soplido o resoplido, que sale como en una especie de nube de forma semiesférica y alcanza los tres metros de altura. Después se sumergen en el mar y se escucha el retumbante canto de las ballenas jorobadas macho cuando se cortejan. No siempre se corre con la suerte que tuvimos de encontrarlas y de sentir esta alegría, quería gritar a cada brinco de ellas, pero no podía.

Seguimos nuestro viaje, por fortuna no hay aguacero, pero algo nos inquietó: ― “como el mar está tan picado, con esta gasolina no llego”― nos dijo el motorista, se bajó en Tribugá, se acercó a todos los dueños de lancha, a donde la venden, a los amigos y creo que hasta a los enemigos y nadie tenía, explica que vamos a seguir a ver si con este poco nos deja llegar. Siguen los brincos, los golpes, la velocidad, los nervios, la inseguridad, el oleaje, las horas más largas de mi vida, por fin divisamos a Nuquí después de haber pasado también, por Juribidá.

Es Chocó el hábitat todavía de tucanes, alcatraces, gaviotas, cucaracheros, golondrinas, garzas, fragatas, maría mulatas que orgullosas cruzan el amplio espacio y saben que un árbol frondoso es su casa y su nido. Igual de felices están los micos, los loros, las guacharacas, las ardillas juguetonas, todavía es un festín su vida, a sus casas no les ha llegado la motosierra fatal.

Tuve la fortuna de estar allí donde la vida transcurre sin afanes, ni se siente el ruido vehicular a excepción de Quibdó donde las motos se multiplican porque es la forma de ganarse el sustento diario. Llegó el día del vuelo Nuquí-Medellín, luego Medellín -Armenia, fueron días cortos pero pesados como pesada estaba de cansancio, días llenos de contrastes, entre la riqueza natural y la pobreza, entre la risa y las lágrimas, entre el silencio y el ruido, entre la alegría y la tristeza, entre la abundancia y la miseria, rodeados de agua de ríos, de mar, de lluvia, de agua termales, pero en sus casas sin agua.

Conocer parte del Chocó significó descubrir la riqueza natural de sus bosques, aguas, mares y ríos, fauna marítima y terrestre, sus minerales, su vegetación. Descubrir la riqueza humana de un pueblo que se hermana con diferentes grupos étnicos. Palpar la pobreza de sus gentes, la desigualdad, la violencia y el deseo de emancipación del negro, sometido por más de 500 años. El abandono del gobierno central y la corrupción del gobierno local, manifestado en el atraso de las vías, en la mala calidad de vida de los habitantes, en el desempleo. Según cifras oficiales es el primer departamento que se clasifica con el mayor desempleo en el país. El 19 %, pero la realidad es otra.

Toda significación del Chocó es corta. Pero siempre encontré la traducción de su nombre “reunión de ríos, rumor de aguas”.

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