Colorido maasái. Autor: Edilia Valencia Cardona

África suena a inmensidad, a lejanía, a un lugar imposible de acceder, a viento, a polvo, a desierto, a montañas. Brilla la piel negra del africano, su sonrisa de bienvenida, su olor característico, sus colores vivos de trajes y aderezos; es el sonido de la marimba y los tambores, es la raíz de la humanidad, raíces fuertes, como las de los baobab de esta tierra. ¡Qué lejos se está de conocer el interior de estas realidades tan diferentes!

De Livingstone (Zambia) viajamos a Nairobi, capital de Kenia, país de África Oriental, de allí nos dirigimos al Parque Nacional Amboseli y nos hospedamos en el hotel Serena, situado en medio de la vegetación. El piso y los muros de piedra, con mesas al aire libre, una guitarra se dejaba oír, quien la interpretaba tenía una gorrita y una manta de colores, se escuchaba el viento, arreciaba fuerte y los idiomas de los turistas se confundían. Al pasar los meseros, dejaban la estela de su olor característico.

La decoración imitaba las costumbres de los maasáis. Los palos adornan el lugar como si fueran flechas; las habitaciones con paredes de barro y el techo de guaduilla. Las lámparas, aunque encendidas, solo daban penumbra e invitaban a la conversación. El espacio verde, el jardín, sus senderos de piedra, y las personas nativas, son el mejor lujo de este hotel.

El fondo del bar tiene una pared llena de los adornos circulares llamados necklaces, que los maasáis llevan en el cuello, tanto hombres como mujeres. Por lo tanto, se ve alegre y festivo. Este hotel tiene una malla metálica y eléctrica. Así los animales no se acercan ni hacen daño.

El primer contacto con los maasáis, fue en aquel hotel. Ellos estaban como de exposición, con sus trajes impecables de guerreros. Altos, delgados, de los hombros a las rodillas tenían la Maasái Shuka (manta) que les servía de vestido ceñido, con un cinturón de colores. Al hacer los pliegues, les quedaba una elegante estola, una especie de bufanda, que le llaman yacala. Sus pieles negras brillaban, y yo digo con Eduardo Zalamea: “el negro no tiene traje más bello que su piel”. Adornos anchos con chaquiras de muchos colores en el cuello, en el pecho, en los brazos. En las piernas, sandalias compradas, diferentes a las que vimos en el Manyatta (lugar donde viven), que eran de llanta, elaboradas por ellos mismos. La lanza en la mano derecha. En sus orejas y cabeza lucían muchos adornos. Los complementaba un rostro expresivo, ojos fogosos, unos dientes blancos, aunque no es lo común entre ellos, labios gruesos, nariz amplia. Seguro que para este oficio escogen los de mejor porte, un hombre hermoso, exótico.

Recordé una historia que leí en el libro “Volviendo de África” de Corinne Hofmann. Ella, una suiza, se enamoró de alguien parecido. Era un guerrero maasái, que jamás había ido al colegio, que no sabía leer ni escribir, pero había estado en la selva y había asimilado los ritos y costumbres de su tribu.

Vivió cuatros años con todas las tradiciones de él, la llamaron la “maasái blanca”, pero llegó el día en que se vio obligada a regresar a su tierra, sin apoyo de nadie, con su hija keniata de dos años, llamada Napirai. Aunque ella ya había invertido todo su dinero en una tienda de artesanías, no le importó y huyó, pues no soportó los celos y la pereza del marido, tenía que pasar días enteros sin pronunciar palabra con nadie, también necesitaba curarse de la tuberculosis y de la malaria. Más aún, huyó porque su hija no le pertenecía, según las costumbres maasáis, la debía entregar a la mamá de Letinga, su esposo.

Entre ellos es obligación darle a la mamá del esposo la primera niña de la pareja. La abuela se encarga de alimentarla y la niña, conforme va creciendo, se ocupa de buscarle la leña, guardar sus cabras, traer agua del río, y cuando está en edad de tener marido, la dote representada en cabras, vacas y otros, son para la abuela, como un subsidio para su vejez. Huyó porque no quiso que a su hija la casaran después de haberle practicado la ablación. Huyó porque comprendió que su mundo y el mundo de su esposo eran muy diferentes.

Estuvimos frente al monte Kenia. Es un monte volcánico. En el horizonte se ve como si se alzara por encima de los edificios. Está en el centro del país. Solo tuvimos conocimiento de los maasáis que se encuentran en las laderas de esta montaña, para que sus ganados puedan pastar. Existen en Kenia más de cuarenta y cinco tribus, pero poco, o nada, aprendimos de los kikuyu y de los embú, que son agricultores, y los amerú, también agricultores y pastores de ganado. Lo que tienen en común estas tribus es el respeto por las montañas, porque es el hogar de Dios. Por eso sus casas las construyen con las puertas mirando hacia las montañas.

Veníamos del sur de Kenia y entrábamos a Tanzania, por el norte de este país. Su frontera terrestre, Namanga, es una oficina pequeña, donde registraban la entrada y la salida en el pasaporte y cobraban la visa por cincuenta dólares. Era lo que nos indicaba que ya estábamos en Tanzania. No encontré nada que los diferenciara, la misma raza negra, la misma riqueza en los idiomas, un mismo espacio geográfico, rico en fauna y flora, igual clima, el mismo horario, en Kenia, chelines kenianos, chelines tanzanos, dos países de África oriental con historias similares de lucha y de dominación. Creo que son más las cosas que los identifican que los aspectos que los diferencian.

Estábamos viajando por el área del parque Ngorongoro en un camión verde, alto y grande. Es imposible recorrer sus 8.300 kilómetros cuadrados. Todo olía a polvo, se sentía en nuestro pelo, en la cara, en la ropa. Las grises y polvorientas sombrillas de las acacias se movían rítmicamente al son del viento. Era 26 de octubre del año 2013 y la región estaba en un verano intenso, los meses de lluvia son enero, febrero, marzo, abril y mayo.

Javier, el guía, nos decía que los maasáis viven en el parque desde hace más de doscientos años, y que se les prohíbe usar moto y bicicleta. – ¿Por qué? – Por seguridad. Tampoco pueden cultivar, pero además tienen algunas ventajas como ambulancia, salud, escuela, y tener su ganado. Si la escuela es como la que visitamos no se puede creer en el resto de ventajas.

Él nos preguntó si queríamos conocer un poblado Maasái. Yo me mostré enseguida entusiasmada porque me encantan ese tipo de vivencias, me alimentan la vida, de hecho, mis experiencias favoritas en Colombia han sido visitar los kuna, los emberá, los kogui, los arhuacos, los andakí, los coreguajes, los huitotos, los piapopos. Debimos pagar diez dólares para entrar al poblado. Al bajar del camión recolecté el dinero de todo el grupo, 150 dólares. Estaba muy atento el jefe maasái contando las personas. Uno tras otro iniciamos el desfile para el baño. Del camión bajé el papel higiénico, crucé rápidamente el “enkang”, el Manyatta, el baño eran unos chamizos en disposición horizontal con buena distancia unos de otros, y un hueco en la tierra, nos veían de acá y de allá, pero era mejor “poner los contadores en ceros”, como decía el guía.

Los maasái son una tribu guerrera, ganadera y nómada. Están en el sur de Kenia y en el norte de Tanzania. Vinieron de la zona del Nilo y desplazaron a los Tonga. ¡Jambo¡, así se rompe el hielo con ellos, es su saludo, y así los saludamos. Nos encontramos con un pueblo, una comunidad que nos ofrecía calma y tranquilidad hasta que empezaron a llegar más y más carros de turistas.

Entonces, nos llevaron al centro; el saludo de bienvenida era el baile y una sonrisa con sus dientes cortados y separados, algunos sin dientes. Esta práctica la usan para demostrar el valor y la fuerza, como la práctica del agujero que hacen con un cuchillo en las orejas, y que luego adornan con cuentas de colores.

Bailaban por entre nosotros, cantaban, sonaban chasquidos. Estos sonidos los convertían en algo musical para acompañar el baile y saltar todos o por turnos. Como son tan delgados parecía que el salto tomaba más altura y el que lograba mayor elevación demostraba que era más fuerte, las mujeres estaban aparte de los hombres, luego todos hacen sus movimientos uniformes. Entre más mayores, la danza la hacían con mayor sentido, no había bailarines, la comunidad entera baila, hasta algunos niños se integraban, porque allí estaban sus padres.

El brinco rítmico es para ellos la interacción con la divinidad, creen en las montañas, en los árboles, en la naturaleza. Sus montañas son sagradas, está el Dios Ngai que habita la montaña sagrada, el Ol Donyo Lengai, un volcán activo. Su Dios es el dueño del ganado, por lo tanto el ganado es sagrado, y la orden divina es tener mucho ganado. Celebran y agradecen visitando a su Dios en peregrinación una vez al año, para la prosperidad con el ganado. El poseer ganado les permite tener varias mujeres, se casan con dos, o tres, las que puedan tener.

La cabeza es rasurada, tanto de hombres como de mujeres, lucen muchos adornos, que las mujeres elaboran para los hombres y para ellas. Pero el adorno que resalta es el del cuello, llamado necklaces, que lo mueven rítmicamente al salto diminuto y rápido, golpean sus hombros con este cuello al compás de la danza, cuerpos rígidos, rodillas juntas, un festival de saltos imposibles. Me invitaron a bailar, me colocaron el cuello, imité sus movimientos con el mayor respeto a sus tradiciones, ni parecido a lo que ellos y ellas hacen, pero les saqué una sonrisa y a los de mi grupo aún más, siempre hice de payaso.

Estas danzas son rituales y los cánticos van dirigidos también a la lluvia, al ganado, ellos creen que son los dueños del ganado y que éstos deben volver a ellos. Como su ganado es sagrado, así también es la tierra, la naturaleza. Escuchamos con atención sus letras, sus gemidos y chasquidos, sus cánticos profundos, lejanos, aún sin entenderlos sonaban armoniosos. La lengua de ellos es el maa sai, también saben el suajili y el inglés, no usan instrumentos.

Una manera artística de ganarse la vida representando lo que ellos son, en un teatro permanente que para nosotros, los espectadores, era novedoso y muy original. En su propio espacio pudimos entender y valorar en parte esta comunidad, buscamos lo intacto, lo virgen, cómo viven, de qué, quiénes son, desde cuándo, qué conservan, en qué creen. Recibirnos no les implicó hacer ningún papel, ni fingir para ser comprendidos.

Han sido desplazados de las tierras más fértiles, les arrebatan sus tierras y se las asignan a los parques de reserva natural y a las empresas privadas. Nos explicaba el guía que cada vez se les dificulta más poseer la tierra que en sus orígenes a ellos les pertenecía. Su dura vida también es una constante huida de las órdenes gubernamentales, de las epidemias, del calor, del hambre, de las amenazas de la malaria. Son nómadas, un día levantan una choza que al día siguiente ya no existe. Los disturbios ocasionados por las guerras y los conflictos con otras tribus, las inclemencias del clima, las pestes, las sequías, el hambre, y la miseria, los obligan a marcharse. Desmontan las ramas grandes de las manyattas, las sujetan a un burro, en medio colocan las pieles de vacas, que habían enrollado, y sobre las que duermen, las esteras de sisal, calabazas y ollas. Todos se van, se llevan las pocas cosas que pueden reutilizar, lo demás, lo dejan. Lo que sí conservan donde estén son sus tradiciones. Venden algunas vacas o cabras o sus pieles, para suplir algunas necesidades.

Ellos usan una manta de cuadritos rojos vivos y fuertes, llamada Suha, y ellas una Suha azul, que simboliza el cielo, estos colores los diferencian del verde de los árboles y de los animales. El rojo y el azul lo combinan con el resto de la naturaleza, con la piel negra brillante. Con una kanga o paño africano, se envuelven o lo cierran, lo anudan con arte y destreza como falda, o camisa, o para llevar al bebé pegado a su madre. Los motivos geométricos de líneas, en zigzag, en círculos concéntricos, simbolizan el movimiento de la vida.

Para el momento de nuestra visita había 85 personas en la Manyatta. El entorno soleado invitaba a estar bajo las sombras de los árboles. Allí, acurrucados en el suelo, estaban los mayores, a quienes se les puede calcular muchos años, pero que ellos no tienen en cuenta, ni siquiera el día de su nacimiento. No existe ningún documento que los identifique, cédula o registro, no saben el año exacto en que nacieron, me decía Bueno, el chofer, que ellos no comprenden por qué deben celebrar ese día. Su existencia y su muerte está regida por la salida y la puesta del sol.

En cambio, celebran muchos rituales de paso: cuando dejan de ser niños, de ser adolescentes, cuando son guerreros y cuando son ancianos. Para estas ocasiones es una vaca la que sacrifican. Para otras festividades, como las bodas, matan ovejas y cabras, comen abundante carne y hacen su bebida con plantas fermentadas. Cantan y bailan.

Los maasáis guerreros llevan una lanza y su mayor demostración de fuerza y valor es la cacería de leones. Se reconocen como tribu guerrera porque han tenido que pelear por sus tierras y defenderse de los gobiernos y de otras tribus a través de los siglos. A la categoría de los ancianos aspiran todos en la tribu, porque son los sabios, los que toman las decisiones, los que ya no pastorean el ganado, ni buscan leña, ni traen agua.

Los mayores nunca están solos, los rodean los niños y no se les ve aburridos a pesar de estar el día entero sentados bajo una acacia ante su cabaña. No se imaginan estar solos, vivir solos. Los más jóvenes no hacen nada sin la bendición de los mayores. Su comunidad es una célula vital, fuerte, donde todos conforman una familia numerosa, están juntos porque es la única forma de sobrevivir, y de compartir también con los animales. Ser colectivo es la única manera de hacer frente a todas las adversidades.

Cuando se mira cómo viven los maasái, se siente nostalgia por la pérdida de nuestro sentido de comunidad, en nuestro medio tiene que “salvarse quien pueda”, este slogan nos ha hecho solos, suficientes, egoístas y prepotentes. Marcas del individualismo reinante. Nuestra nostalgia se extiende cuando se observa nuestro anciano en el último rincón de la casa, o entre rejas en un ancianato, o en un palacio rodeado de soledad e ingratitud.

El número de hijos asciende a tres por manyatta, los partos no son en los hospitales, no han tenido ni tendrán anestesia para menguar el dolor. Olores fuertes, más en el verano, no se ven instalaciones de baño, ni lavaderos, deben buscar los arroyos para su aseo personal y para el aseo de sus ropas.

De lejos y delante de una acacia vimos el único salón de clase, treinta y cinco niños en un aula, sus paredes son chamizos, techo de paja y piso de tierra. Lo que más me impresionó fue la silla de los niños, unos palos de madera en el suelo, los cuadernitos en sus rodillas. El tablero estaba lleno de tareas de matemáticas, de suajili, lengua de Tanzania, de maa sai, su lengua materna, de inglés, idioma que les dejó la excolonización inglesa. Los niños recitaban los números hasta 100 en inglés.

El profesor era un maasái y la disciplina estricta. Niños de todas las edades, los más pequeños llenos de mocos, descalzos, a diferencia de los mayores que tenían zapatos por ellos mismos con llantas de carro. A los niños se los veía tranquilos, no creo que lloriqueen por estar en la escuela, pues está ubicada en la misma zona de la manyatta, en el enkang, tampoco se oyen berrinches para conseguir su voluntad, cero caprichos. Allí era posible tomar fotos libremente, con los niños, jóvenes y adultos, lo que no era tan fácil en el camino, ellos tiraban piedras si no habían dado permiso y el peligro era inminente.

En un momento de la visita nos dividieron en cuatro grupos. En el mío éramos Lina, que nos traducía del inglés, Denis, Nubia y yo, frente a nosotros teníamos un maasái que se disponía a responder todas las preguntas.

Inicialmente nos hizo agachar para entrar a la Manyatta, chozas construidas con excremento de vaca, paja, chamizos y ramas impermeabilizadas con barro, que les da dureza. Sus casas son bajitas, como de metro y medio, en forma ovalada, una estrecha puerta es la entrada, siempre de frente a la salida del sol. Todo era oscuro, hasta que pasaron varios minutos, los suficientes para que el ojo se adaptara a la oscuridad. No había ventanas, no entraba, luz por ningún orificio.

Nos acurrucamos, yo me hice en un tronco que dividía la parte donde cocinan y donde duermen. Donde cocinan se veían las piedras con leña en el piso, ahí se enciende el fuego y acurrucadas preparan la comida, pensé que toda la manyatta se debe llenar de humo, los ojos de lágrimas y se debe cortar la respiración. No quedé contenta hasta que no toqué las paredes gruesas y con hollín que las sentí como carbón cristalizado y las vi brillantes. Después de esa experiencia, el olor a leña quemada me despierta el recuerdo de ese día.

La parte del dormitorio también estaba dividida en dos, donde duermen en un lado los niños y en el otro la mamá. Me entró curiosidad y levanté la piel del animal que había en la supuesta cama, que era en el suelo, y observé unas chamizas colocadas a lo largo, que hacían de colchón !qué dolor dormir ahí! Fui la última en salir, pues quería apreciarlo todo, aunque en medio de la precariedad de la manyatta no tenía más nada para mirar.

Había sentido frío en las noches, pese a las comodidades de los hoteles donde estuvimos en África, pensé entonces que la calefacción en estas manyattas tendría que ser el calor humano del hacinamiento de los cuerpos delgados de niños y adultos. Dirigimos nuestras inquietudes al maasái:

-¿Y el hombre, dónde duerme?

-Él tiene varias mujeres, de acuerdo a su capacidad de tener ganado, se queda en diferentes manyattas.

-¿Y las mujeres, también pueden tener varios hombres?.

-Ellas también pueden tener sus relaciones con los hombres de la tribu, pero les practican la ablación antes de la boda.

-¿Cómo hacen el fuego?

Sobre un cuchillo se coloca un palo especial, con otro se bate con fuerza, de tal forma que roce las dos superficies, se sopla, se le acerca lana y sale el fuego para hacer la comida.

-¿Y qué comen?

-Básicamente comemos leche que la unimos con la sangre de la vaca, lo que queda como una especie de yogurt, las vacas crecen y les sacamos la carne y la sangre, hacemos un orificio en la yugular del animal y soplamos la herida para evitar que se desangre, el animal queda vivo y se le sana fácilmente la herida. Y carne de cabra, ellas crecen y no las comemos.

Buscaba el basurero y no encontré nada, lo que consumen no produce basura.

-¿Y cuántos hijos tienen en cada morada? -De tres a cuatro.

-¿Qué hacen para la luz? –Existe la luz del paisaje y la poca luz nocturna la producen lámparas de petróleo.

-¿Qué hacen para el agua?

– Para el agua se va a un pozo, o a un arroyo, en esta época seca no encontramos agua, se debe comprar, y para eso viene un camión que la distribuye, con la plata que pagaron compramos el agua y la guardamos en los tanques plásticos que están allí (los señala).

Bueno, el chofer,nos contó: En sus noches alrededor del fuego, prenden la charla vespertina, conversan de lo que ven, de lo que oyen, de lo que son, de sus tradiciones, de sus creencias, de sus normas, de sus leyes. Observaba un fuerte y espinoso vallado, como una empalizada (bomas) que sirve de protección a toda la manyatta, me explican que es para evitar que entren leones, leopardos, guepardos, el ganado. El rojo intenso del sol se iba ocultando y daba brillo a la vegetación gris y seca. La población más cercana para ellos es Arusha, la ciudad despierta que conocimos.

Nos despedimos, subimos al camión, sentía emociones encontradas. Algo que me sorprendió fue saber lo que hacen con las niñas de diez a doce años, les practican la terrible mutilación de los genitales, termino sin entender por qué les hacen esto. No faltan voces rebeldes ante esta práctica, la mujer que escogió Naciones Unidas en el 2005 como mujer del año fue una Keniata, Agnes Pareyio, quien se negó desde la escuela a esta tradición y se propuso luchar contra ella en las escuelas, educando acerca de las terribles consecuencias de esta práctica.

Me conmovió la austeridad de las minúsculas y oscuras moradas: cero adornos, cero muebles, cero aparatos, cero luz eléctrica, cero moda. Aunque ellos le han sacado a las plantas su poder curativo, tienen que soportar la malaria, la tuberculosis, la hepatitis, el sida, enfermedades que requieren atención médica. Los que están en el parque reciben alguna ayuda como de ambulancia y los otros 830.000, en el resto de Kenia y Tanzania, ¿qué?.

Este modo de vida arcaico y sencillo me hacía cuestionar sobre el ultra consumismo en el que estamos inmersos. En un momento sentí la libertad de no tener nada, de no depender del carro, del celular, del internet, de la televisión, de la moda, todo se ha vuelto una necesidad y más si es para aparentar, esclavizándonos de las cosas. Pasamos la vida solo adquiriendo cosas y cosas, hasta llegar a la angustia de no tener lo que ofrece la sociedad de consumo. Acá prefieren vivir en comunidad, mostrarse ante los demás así como son, esa es su morada, su manyatta, ese es su campamento, su enkang, esas son sus costumbres, esos son los maasáis, conocedores de la selva y de la manera de sobrevivir con los animales.

Venía pensativa, como a un kilómetro de distancia, cuando nos mostró Javier un grupo de muchachos con el rostro pintado de blanco.

-¿Qué hacen ahí?.

-Los sacan de la tribu por un mes y deben solucionar todas las necesidades vitales, proveerse de agua, de alimento, abrigo y trabajo.

-¿Por qué hacen eso?.

-Los jóvenes de 14 a 16 años deben pasar esa prueba para iniciarse como guerreros y empezar también su vida de adultos, con el rito de la circuncisión.

-¿Pueden escoger esposa cuando superan la prueba?

-Sí, y con una fiesta de varios días los reciben de nuevo en la tribu.

Admiro de los maasáis su autenticidad, la tribu es su orgullo, como lo es su lengua, su cultura, sus costumbres. Su vida para nosotros está llena de privaciones, pese a la sencillez, sentí que ofrecía calor frente al frío, protección frente a la lluvia, seguridad frente a los animales salvajes y lo más importante, el sentido de comunidad entre ancianos, adultos y niños, y la fortaleza para que estos niños se reconozcan como guerreros.

Nos dice Ryszard Kapuscinski en su libro “Ébano”: “Gracias a los obstáculos de transporte y comunicación, muchas culturas y tradiciones africanas han podido sobrevivir hasta nuestros días en forma ancestral”.

Seguimos en el camión que nos conduce al hotel. El rojo, verde, blanco, negro,  juguetean en este horizonte, como ondean también en la bandera de Kenia, cuyo centro es el escudo de los maasái. El hotel nos  ofrecía un ambiente cálido con música en vivo de marimbas y tambores, música tradicional africana y en mi interior reinaba el silencio de los colores.

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