Tras el viejo telón de acero. Autor: Carlos Ortega Pardo

Fue idea mía. Lo de ir a Budapest, digo.

Yo ya había estado en Tallin y aseguré a mis amigos que Europa oriental era lo mejor para divertirse. Sin abusar de tópicos manidos: mujeres desinhibidas y alcohol barato. Tallin resultaba ya algo cara para nuestros maltrechos bolsillos estudiantiles, se había puesto de moda en los últimos años. Cuando yo había ido era aún una semidesconocida puta locura, maravillosa ciudad viciosa. Pero había acabado cayendo en las garras de la comercialidad y de las rutas turísticas bálticas para familias y ancianos, forrados todos por lo visto. En cambio, Budapest parecía conservar su virginidad soviética y su dionisiaco furor uterino neoliberal. Iba a ser un excelente Año Nuevo en la capital europea del porno. Pasaríamos cuatro días borrachos por el precio de un café español y entraríamos en muy enriquecedor intercambio cultural con altísimas húngaras, miopes y de escasos escrúpulos.

Llegamos de noche, muy entrada. Pactamos una carrera razonable con un taxista de aceptable inglés que nos dejó cerca del hotel tras indicarnos las tarifas de cada una de las putas que nos cruzamos, más de una docena. El Brasas se encabritó en la contemplación de tanta carne, y tan barata, y requirió del taxista la misma prolijidad informativa en cuanto a drogas. Como aquello le resultó de todo punto inmoral es por lo que he matizado que nos dejó cerca de y no en. Deambulamos por Ferencvaros hasta, al fin, dar con el hotel. Ferencvaros es el perfecto ejemplo de mastodóntica inutilidad soviética. Amplísimas avenidas lúgubremente iluminadas. Desiertas. Bordeadas de enmohecidas colmenas de apartamentos desconchados.

El viaje nos había derrotado. El avión salió con tres horas de retraso. Nos habían regalado una especie de bonos-merienda para canjear por algún tentempié de la cafetería del aeropuerto hasta que nos llegara la hora de embarcar. Por las molestias. Los gastamos en cervezas y una botella de tequila del dutyfree. Nos lo empujamos todo hasta la última gota mientras esperábamos, así que llegamos a Hungría tan perjudicados que no pudimos más que echarnos a dormir. A falta ya de tequila y birras, el cabrón de Santos se entretuvo echándose los cuescos más hediondos que recuerda el género humano, para desgracia del pasaje e hilaridad nuestra. Pero la peste era inenarrable, así que me refugié en los asientos de cola, junto a las bellas azafatas magiares, quienes, en su extrañísimo idioma, se cagaban en nuestros putos muertos sin disimular su desdén.

Resulta que sí, que Hungría es muy barata. El alcohol, lo que en gran medida, junto a sus mujeres, nos atraía de aquel país, también. Pero no las propinas. Nos hacían pagar propinas por el valor de lo consumido. No proporcional, POR EL MISMO PUTO VALOR. Nos vieron cara de huevones. Pero las camareras estaban muy buenas, así que, aún reticentes y desconfiados, nos rascábamos el bolsillo.

Los taxistas ni siquiera tenían la deferencia de camuflar su engaño flagrante y alevoso recurriendo a la indeseable institución de la propina, sencillamente nos robaban a manos llenas alegando que el taxímetro no funcionaba o un total desconocimiento del inglés más elemental. En otros casos ni justificaban su atraco, se limitaban a bajar la bandera de un taxímetro con más revoluciones que la Francia decimonónica. Nos distraían con un raudal de trípticos informativos impresos por este o aquel tabledance y nos ofrecían las chicas más calientes a los precios más bajos del orbe para después abandonarnos en mitad de la fría estepa de asfalto postcomunista ante nuestra insolvencia económica para el sufragio de las putas y de la alucinada carrera que pretendían abonásemos.

Pasamos del taxi y recurrimos al metro. No veíamos que nadie pagase nada parecido a un billete, de modo que, tras varios viajes, decidimos que tampoco nosotros pagaríamos. Además, no habíamos visto un solo revisor en aquellos chirriantes vagones oxidados. La primera y última vez que nos colamos, nada más salir del vagón camino de las escaleras mecánicas que a una velocidad inusitada conducían a la calle, cayó sobre nosotros una astronómica multa. En Budapest los revisores van de paisano y sólo se hacen notar cuando oyen idioma extranjero. Un húngaro ceñudo me mostró sus credenciales cuando ganaba la escalera mecánica. Pasé de él. Mis amigos no. Tampoco un nutrido grupo de españoles de mediana edad. Por lo visto aquel húngaro hubo de pedir refuerzos porque no se daba abasto para administrar tanta multa. Se pusieron las botas, los hijos de puta. Tuve que esperar más de media hora a mis amigos, quienes trataron de zafarse negando conocer cada una de las lenguas que, a diferencia de los taxistas, parecían dominar los revisores del metro budapestino. Acabaron por pagar porque les dio la risa cuando el revisor les preguntó si hablaban suahili, en suahili.

Las húngaras sólo se desinhiben al ritmo que marca el tintineo de la plata. En las discotecas no había más que tíos, eran los peores campos de nabos jamás hollados por pie humano. Las pocas pibas que se dejaban ver entre tan tupida fronda de vergas eran de pago. Eran putas, vamos. Putas reputas. Tratábamos de entablar, no ya conversación, sino inocente acercamiento de espacios vitales, y aquellas zorras no tardaban en escupir un muy bien estructurado menú de favores sexuales con sus respectivos precios. Ni se dignaban sonreír mientras hablaban de comerte la polla por nosecuántos miles de florines. La cosa es que, en principio, no eran nada caras y estaban bastante potables, pero viendo la ratio de tíos en celo por hembras receptivas, la idea de follarnos a alguien que había chupado tantas pollas en una noche por tan poco dinero no era demasiado atrayente. Propina de la hostia aparte, claro. Y eso sí que no, pasábamos.
Una noche Ferrandis creyó ligar. Dos húngaras imponentes intercambiaron algunas frases con él y no había en ellas rastro de trueque carnal-monetario alguno. Poco después colocaron sus bebidas en nuestra mesa y nos obsequiaron con sus refulgentes sonrisas y excelentes escotes. Y se marcharon. Resultaba que Ferrandis, y por extensión el resto de nosotros, les hacíamos el favor de vigilar sus tragos mientras ellas iban al servicio a follarse a un par de agraciados por la suerte. Al menos no nos pidieron dinero a cambio. Todo un avance.

En Budapest hay multitud de manantiales termales, así que el baño público es una tradición milenaria. De entre la variopinta oferta disponible optamos por la más antigua conservada: los baños Kiraly, erigidos por los turcos en el siglo XVII. Estrictamente masculinos. Personalmente los hubiera preferido mixtos, y mis amigos también, pero la abismal diferencia de precios nos ayudó a olvidar nuestras veleidades libidinosas por unas horas.

El edificio era hermoso, viejísimo, coronado con una pequeña cúpula de estilo bizantino. Pagamos una hora de baño con derecho a sauna y subimos unas escaleras. Arriba recibían unos húngaros cincuentones en taparrabos con bastante cara de pedófilos homosexuales, supusimos que ello formaba parte de toda una performance destinada a meter en harina al turista. Había que hacer cola, los vestuarios estaban de bote en bote. Éramos el único grupo de cuatro. En la cola sólo veíamos conversaciones de a dos, u hombres solos, todos con semblante similar al de los recepcionistas en taparrabos. Nos entró la risa nerviosa, sobretodo al ver salir un gringo coloradote con muy mal aspecto y caminando como si hubiese cruzado el Atlántico en moto acuática.
Nuestro turno, nos dieron dos cubículos y cuatro sábanas semitransparentes. Tratamos de hacer comprender al guía húngaro en paños menores que, para cuatro tiarrones barbados y vellosos, el espacio ofrecido por aquellos cubículos exigía un cariño mutuo que no estábamos dispuestos a profesarnos. Se la sudó, compartimos. Yo con el Brasas y Ferrandis con Santos. El Brasas y yo nos vestimos de romano con las sábanas y, viéndonos, Ferrandis y Santos también se togaron. Encontramos el calidarium. Cegados transitoriamente por la espesísima niebla, la densidad del vapor no se cortaba con cuchillo sino a alfanje y firme brazo. Al fin nos hicimos a la corta visibilidad, una amplia sala bajo la cúpula bizantina albergaba la piscina de agua caliente, una grada de tres escalones bajaba hasta el fondo y pares de hombres de todas las edades la ocupaban. Nos observaban y cuchicheaban, sorprendidos seguramente por el uso peculiar que dábamos a las sábanas; nos despojamos de ellas y nos zambullimos. El agua no cubría por encima de la cintura y estaba a una temperatura inmejorable. Nos ubicamos en el centro ante la imposibilidad de ocupar ni una sola porción de grada, de tan concurrida. Chapoteábamos inocentes, sumergiéndonos en aquel caldito reparador. Era el primer rato agradable desde que habíamos llegado a la capital húngara. HASTA QUE LOS VIMOS. Dos ancianos adiposos de níveas coronillas se besaban apasionadamente dejando ir sus laxos cuerpos grada abajo. Nos quedamos helados. Un poco más allá otra de las parejas también pasaba de la charla a media voz a los arrumacos preliminares y, junto a ellos, dos algo más jóvenes ya entrelazaban lengua sin ningún pudor. Al otro lado un bañista abrazaba a su pareja por detrás mientras ambos nos miraban fijamente. Cuatro o cinco dejaron la grada. Nadaban en círculos cada vez más estrechos, cercándonos como tiburones. Huimos a la sauna, un rubio arrastraba a un chino tirando de la correa de perro que acababa de anudarle al cuello. El Brasas y yo nos moríamos de risa. Ferrandis no tanto. Y Santos, atenazado por un pavor cerval, nos suplicaba que saliésemos de aquella orgía de mariconas en la que tarde o temprano seríamos sacrificados. Nos negamos en redondo, y con igual rotundidad nos reafirmamos en que una hora habíamos pagado y una hora nos quedaríamos, la lubricidad de unos cuantos julandrones no nos iba a derrotar. Justo acababa yo de hacer esa orgullosa declaración de principios y acalorada declamación de retórica viril cuando un negro descomunal posó lánguidamente su trompa sobre mi hombro. Abandonamos la sauna despavoridos y convinimos que soldado que huye sirve para otra batalla. Mancillados en nuestras honras como doncella ultrajada, nos lavaríamos antes de largarnos de aquel nido de íncubos desviados. Mis amigos se precipitaron a las duchas. Yo cometí la insensatez de meterme en el frigidarium. Pensé que el agua helada desinfectaría la aberración. Craso error. Dos morlacos calvos y de enormes bigotazos me siguieron. Casi los tenía encima. Traté de salir de la piscina. Pero eran jenízaros veteranos de mil guerras y me cerraban el camino a la escalerilla. Ya se me arrojaban, los ojos inyectados de sangre y las pollas enhiestas como cimitarras, cuando alguien me levantó en vilo sacándome de la piscina por los sobacos. Era Santos, se había quedado cerca, velando mi baño en vista de las aviesas miradas que los mamelucos me dedicaran desde que me zambullí. Al instante topamos con Ferrandis y el Brasas, escapados de las duchas y totalmente enajenados por la visión de un tío meneándosela desesperadamente mientras los observaba. Logramos salir enteros, sin poder reprimir un último vistazo a aquellas mazmorras de Sodoma. Un calvo hacía una gayola subacuática a un melenudo transido de placer. Un lloroso gringo gordito trataba de escapar del calidarium con el bañador desgarrado y presa de la libido furiosa de tres viejos sacos de huesos que querían seguir hincándole el diente. No lo lograba. Tampoco nos atrevimos a rescatarle.

Comprando la eficiencia de la obesa recepcionista del hotel con una generosa propina nos enteramos de una prometedora fiesta HETEROSEXUAL de nochevieja. Junto a la estación de ferrocarril, conciertos de rock gratuitos en un escenario al aire libre. Nuestro dinero se agotaba y necesitábamos imperiosamente seguir conductas masculinas, el rock gratis nos sentaría bien y el frío año viejo húngaro curtiría nuestras pieles afrentadas. Nos aprovisionamos de cervezas como para emborrachar a toda la marina británica y nos pusimos en marcha. Los grupos no tocaban nada mal, los temas eran conocidos y el frío soportable. La birra húngara, aunque muy aguada, se dejaba beber. Las tías estaban bastante buenas, algunas mucho. Esta vez sí, nos había costado días, pero Budapest SÍ MOLABA.

El Brasas regresó cagado de la risa de los servicios de la estación. Según él, cuando acababas de mear un tipo con síndrome de Down te obligaba a lavarte las manos. Quisimos verificarlo. Era cierto, traté de eludirlo y agarrándome de las solapas del abrigo me plantó frente a la pila y abrió el grifo. Era retrasadísimo e inexplicablemente fuerte, de manera que obedecí, no se le fueran a cruzar los cables.
Seguimos tomando. Are you gonna be my girl. Todo fluía por cauces más que aceptables. Born to be wild. Descorchamos el champagne húngaro que habíamos adquirido con las birras. Y de repente se acabó la fiesta. Joder, eran las doce y media. Creímos que se trataba de una bromita de los organizadores. Cuando fuimos los únicos que quedábamos frente al escenario empezamos a preguntarnos si no sería que efectivamente se había acabado la fiesta. Cuando los operarios desmantelaron el tinglado nos cagamos en todos los muertos del hijo de la grandísima puta que había defecado aquella ciudad sobre la faz de la tierra con un único propósito: joder la vida a turistas incautos como nosotros.

No era ni la una, aquel viaje debía ser el de nuestras vidas y a cada paso que dábamos en cada uno de los días que pasábamos allí todo se iba convirtiendo en una gonorrea mayor. No era ni la una y no quedaba ya nada abierto. Ni un miserable bar de borrachuzos incontinentes.

Santos seguía muy afectado por el inenarrable trauma que le había supuesto nuestra osada aventura en los baños turcos. Obsesionado con irnos de putas o a un tabledance, si no veía pronto una teta amenazaba con un dos de mayo. Preocupados por la salud mental de nuestro amigo y sin mucho más que hacer aquella nefasta noche del nefasto viaje a aquella odiosa ciudad, le complacimos. Tras dar vueltas por Budapest en un taxi conducido por un bastardo sin moral – otro más-, recalamos en un antro llamado MAMBO donde, según los trípticos publicitarios, se encueraban las VERDADERAS BELLEZAS ESLAVAS. Lo cierto y verdad es que si aquella pandilla desganada y vulgar la integraba la flor y nata de la beldad eslava, Friedrich Nietzsche, al verlo, se habría circuncidado. Una rubia hipermusculada de ademanes militares y estética fascista nos sirvió cuatro Guinness por sesentamil florines. Sesentamil florines vienen a equivaler a unos TRESCIENTOS EUROS. Por cuatro cervezas, resulta un tanto abusivo. De las caras que pusimos Rudger Hauer dedujo que no teníamos intención de cambiar nuestras herencias por unas birras, así que llamó al verrendo de la puerta para que nos animase a aflojar la lana. No se si por miedo a ser vapuleados por aquel mastuerzo cejijunto de cuello triple y cabello al rape o a serlo por la teniente O´Neill, la cual nada tenía que envidiarle a aquella montaña de carne en cuanto a musculatura y mala hostia, pero el caso es que nos deshicimos de nuestros dineros y de la poca dignidad que aún nos quedase sin oponer resistencia. Al menos nos aseguramos de que la propina iba incluida en los sesentamil. Después sí, las chicas hicieron un poquito de barra y se despelotaron. También osaron pedirnos que las invitásemos a una botella de champagne. Ante la que me lo pidió a mí, más parecida a un caballo percherón que a una stripper, me excusé con que era un pobre estudiante mucho más empobrecido tras visitar su lugar de trabajo. Ferrandis fue algo menos delicado y le sugirió a la suya que si quería beber algo no tenía más que bajarle los pantalones y amorrase al pilón y no se le ocurriese pedir propina después. A Santos y al Brasas ni se acercaron, tal era el gesto de descomposición que se les había quedado después de expolio semejante.

El resto de días no salimos de la habitación. No teníamos un florín y nos aterraba la posibilidad de ser atracados de nuevo, intimidados esta vez por la dentadura postiza de una anciana con alzheimer o el sonajero de un bebé con espina bífida. Santos ni abandonó la cama, en shock nervioso tras nuestro paso por el MAMBO, demasiado para un alma inocente como la suya.

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