La huida. Autor: Fran Montaraz

Ya eran las diez, pero Laura aún no había llegado. Habían quedado sobre las nueve en la cafetería de la estación, para disfrutar juntos de su último desayuno en aquella ciudad de provincias de la que habían decidido huir. No había sido fácil, en un lugar como aquél, mantener en secreto su romance adúltero. Tantas mentiras, precauciones, citas clandestinas, estaban empezando a debilitar su relación. Debían irse de allí. Querían vivir su amor abiertamente, poder pasear de la mano ajenos a las miradas, sentirse libres entre la multitud anónima.

Pero el tren salía a las diez y veinte, y ella no aparecía. De pie junto a la barrera que daba acceso al andén, Abel consultaba su reloj de muñeca una y otra vez, mientras sujetaba firmemente la bolsa de viaje en la otra mano. Habría surgido algún percance que la había obligado a retrasarse; pero ya estaría llegando en un taxi, hecha un manojo de nervios, y vendría a toda prisa hacia la zona de los andenes. Seguro que estaba a punto de llegar. Abel la imaginó entrando en la estación sofocada, corriendo con la maleta de ruedas y buscándole con la mirada. Al verla, la llamaría con el brazo levantado, y juntos subirían al tren donde, una vez acomodados en sus asientos, ella empezaría entre jadeos a relatarle el motivo de su retraso. Abel visualizaba aquellas imágenes convencido de que iban a hacerse reales de un momento a otro.

Las diez y diez. El corazón de Abel latía muy deprisa. El tren mantenía las puertas abiertas y los viajeros no cesaban de subir en él. La impaciencia empezó a mezclarse con la ansiedad, y por primera vez pensó en la posibilidad de que Laura no viniese. Aquella súbita idea le golpeó el estómago como el puñetazo traicionero de un brazo invisible.

Las diez y veinte. Escuchó una vez más por megafonía la voz que anunciaba que el tren con destino a Barcelona estaba a punto de salir. Se oyó un silbido agudo, desagradable, y las puertas se cerraron. La máquina pareció desperezarse entre resoplidos y quejas; después comenzó a moverse muy despacio; la marcha fue aumentando poco y en unos segundos el andén quedó desierto.

Abel permaneció inmóvil, mirando cómo el tren se alejaba sobre las líneas interminables de las vías, hasta que, diminuto, desapareció de su vista. En el vacío de su cabeza, el tumulto de la estación retumbaba ahora con una potencia insoportable. Se precipitó a la cabina telefónica y marcó los números con rapidez, casi con violencia. La voz de Laura no tardó en responder en un tono espantosamente sereno:

–¿Diga?

–Laura, ¿qué ha pasado?, ¿por qué no has venido?

–Abel, lo siento…no puedo hacerlo… Lo siento muchísimo, pero ahora mismo no puedo explicártelo… ¿Podemos quedar esta tarde?

La voz del otro lado sonaba lejana, fría. Las palabras que escuchaba le parecieron absurdas. ¡Qué quería decir “no puedo hacerlo”! Habían planeado aquel viaje durante mucho tiempo; se había resuelto cada obstáculo; todo estaba decidido y organizado. Sin responder, colgó el auricular y se dirigió a la cafetería aturdido.

Bebió un café despacio mientras intentaba poner en orden el flujo de pensamientos que se sucedían descontrolados. Improvisó conjeturas con que justificar aquella inesperada deserción, pero la rabia se iba instalando poco a poco. La imagen de una Laura mezquina y cobarde acaparó el centro de su mente, y se sobresaltó por la intensidad del odio que sintió hacia ella.

Se levantó rápidamente de la mesa. Pagó su café y se acercó a la taquilla. Había un tren regional que partía en cuarenta minutos y que tardaría una hora más en llegar a Barcelona. Compró un billete y comenzó a pasear sin sentido por la estación hasta que entró en una pequeña tienda de revistas y regalos. Observó los ridículos objetos de una vitrina con fingida curiosidad. Compró un periódico y una botella de agua. Se dirigió al andén donde se encontraba el tren regional y buscó su vagón.

Acomodado en su asiento, al lado de la ventana, Abel observaba cómo los pasajeros deambulaban por el vagón colocando sus equipajes, charlando. Un caballero discutía con el revisor: parecía que su asiento estaba ocupado por otra persona; unos niños corrían por el pasillo desoyendo las voces de su madre que los llamaba. El tren se movió y salió de la estación. La luz lánguida de un oscuro mediodía inundó el vagón.

A través de la ventana se sucedían las últimas construcciones interrumpidas por algún triste parque, cuyos solitarios árboles parecían anunciar las hermosas arboledas que rodeaban la ciudad. Recordó lo mucho que gustaban a Laura los paseos por aquellos parajes umbrosos al atardecer, y sintió una horrible contracción en el pecho, una congoja que iba creciendo y que le apretaba la garganta como una tenaza de hierro. Le inundó un incontrolable deseo de llorar. El paisaje se emborronó a través de sus lágrimas y se cubrió los ojos con una mano fingiendo que dormitaba.

Había dos pasajeros más cerca de él. La voz de la anciana que se sentaba a su lado hablaba con alguien:

–¡Qué día tan triste! Parece que va a llover.

–No creo. No han dicho nada en la tele –respondió otra voz.

Abel mantenía la cabeza vuelta hacia el cristal. Su mirada vagaba entre las formas inquietas de las nubes, que se disolvían sobre un fondo ceniciento como una acuarela de grises aguados. Finalmente se quedó dormido.

Al despertar le inundó un olor pegajoso de comida empaquetada. La anciana estaba comiendo, absorta en su fiambrera. Al ver que su compañero de viaje se había despertado, se dirigió a él:

–¿Le apetece? –le preguntó acercándole una loncha de jamón rancio sobre un trozo de pan.

–No, muchas gracias.

–¿No ve qué cielo más feo? Hace un rato estaba chispeando.

Era obvio que la anciana intentaba iniciar una conversación. Abel se levantó y caminó entre los asientos hasta el final del vagón. Abrió una ventanilla y acercó su rostro a ella. El aire frío le despejó la cabeza y le transmitió un renovado vigor. El paisaje había cambiado: los verdes huertos de naranjos habían dado paso a unos campos parduscos y resecos coronados por una hilera de hermosas colinas azules. No sabía exactamente dónde se encontraba. ¿Qué más daba? Lo importante era llegar a Barcelona. En el hotel se encontraría más tranquilo para planear lo que iba a hacer a partir del día siguiente. Pero ¿qué tenía que planear? Ya lo había decidido todo con Laura. Pasaría unos días visitando esos lugares de los que tanto habían hablado, y luego alquilaría una habitación en un barrio céntrico. Allí podía estar unas semanas hasta que encontrara un trabajo que le permitiera pagar un apartamento. Tenía bastante dinero para vivir sin apuros durante unos meses, y ahora, al estar solo, los gastos serían menores.

El tren llegó a su destino. Abel se mantuvo en su asiento observando cómo los demás viajeros recogían sus equipajes y se amontonaban en torno a las puertas del vagón. Cuando todo el mundo se hubo apeado, casi con pereza, se levantó y bajó al andén. La gente se movía a toda prisa buscando su camino entre el desorden y el ruido. Una mujer corrió a abrazar a un hombre que la esperaba en medio de la multitud. Alguien gritaba un nombre mientras hacía señas con la mano. En la zona de las taquillas, las colas de viajeros se alargaban como serpientes de colores. Abel salió y se dirigió a una parada de taxis. Un mendigo se le acercó con un platillo de cristal en una mano y un pequeño cartel en la otra. Abel sacó una moneda del bolsillo y la depositó en el platillo sin mirarle.

En la parada había varios coches libres. Se acercó a uno de ellos y subió en él.

–¿Adónde? –preguntó el taxista.

Pero Abel no podía responder. Le faltaba el aire. El sudor empezó a formarse en su frente. La angustia se revolvía en su pecho y le oprimía el cuello con garras de acero.

–¿Señor? –repitió el conductor.

–Disculpe –respondió Abel con voz entrecortada–, tengo que bajar del coche… No me encuentro bien.

El taxista masculló una queja sin volver la cabeza del volante, y Abel se bajó del coche con una extraña sensación de mareo. Volvió a entrar en la estación y caminó lentamente hacia los asientos de la zona de espera.

Le invadía un sentimiento indefinido. Ya no era rabia ni tristeza, sino la confusión angustiosa, la incredulidad y el dolor que invade a alguien que acaba de conocer la muerte de una persona muy querida. No quería estar solo en aquella inmensa ciudad, que se lo tragaría como a un gusano. No quería descubrir los lugares que tenía que descubrir junto a Laura; yacer en la cama del hotel palpando a su lado el irreparable espacio vacío entre las sábanas; intentando empezar una nueva vida que ya no quería empezar. Pero tampoco podía volver a su ciudad. Había dejado su trabajo y se había despedido de sus amigos íntimos; le había prestado el apartamento a su hermana, que no tardaría en mudarse con su novio y con sus trastos. Cómo iba a volver y presentarse ante los que le habían comprendido y animado a marcharse, los que habían envidiado secretamente su hazaña. Qué iba a decirles. Laura le había arrastrado hacia aquella huida, había llenado su mundo de ilusiones y hermosos proyectos; había desbaratado su vida organizada, su reputación. Y después, le había abandonado. Él sólo había sido una bonita historia, un romance apasionado con el que adornar un vulgar matrimonio; el pecado secreto de una mujer desorientada que necesitaba culpabilizarse para poder ser perdonada, para sentirse amada de nuevo.

Comenzaba a hacerse tarde. Lo mejor era cenar algo y tomar un tren de largo recorrido para dormir durante la noche. Al imaginarse tumbado en la litera, se dio cuenta de lo cansado que estaba, y de lo mucho que necesitaba cerrar los ojos y deshacer la tensión que crispaba cada parte de su cuerpo. Pero un tren adónde. Se dirigió al tablón que anunciaba las salidas. La lista de destinos era interminable. Le daba igual, sólo quería tomar un tren que viajara toda la noche, poder descansar, perderse en un sueño lejano que le librara de aquel tormento por unas horas. El de Lisboa a las doce y cuarto le pareció bien.

 

* * *

 

Habían transcurrido seis semanas. En el andén de una estación cualquiera, Abel esperaba un tren que le llevase a otra estación donde volver a revivir la ilusión de haber llegado a su destino. En esas seis semanas había viajado de estación en estación, y nunca había podido vencer el vértigo que sentía cuando se acercaba a la puerta de salida. Primero era una sacudida en el estómago, y luego el corazón se aceleraba desbocado, hasta que la presión en el pecho le cortaba la respiración y el miedo se apoderaba de él. Entonces tenía que volver a entrar y sentarse en algún lugar hasta recuperar el aliento. La única forma ya de salir era subiendo a otro tren. Sin embargo, había conocido estaciones en las que se había encontrado bien. En esas ocasiones, se había quedado uno o dos días deambulando por ellas, durmiendo en los bancos, mezclándose entre los viajeros con su bolsa de viaje en la mano, mirando los tablones de los horarios, e imaginando por unas horas que él también tenía un destino y que alguien le estaba esperando.

Apoyado en un muro del andén, vio pasar varios trenes sin parada a toda velocidad. Parecían flechas gigantes directas al corazón negro del túnel. En la violencia de su paso, se agitaron, como despavoridas, las páginas de un periódico que alguien había arrojado al suelo. Abel lo recogió y empezó a leer, por segunda vez, el diario de la mañana. Un tren paró y Abel subió a él. Era un tren de cercanías. Le gustaban esos trenes porque podía comprar directamente el billete al revisor, y porque había un cambio constante de pasajeros que subían y bajaban en cada estación.

En una de las paradas, subió una mujer morena de pelo largo, muy delgada, que le recordó a Laura. Se parecía bastante en su aspecto físico y en su manera de vestir, pero cuando la mujer volvió el rostro, comprobó que sus ojos eran muy distintos. También eran negros y hermosos, incluso algo más grandes; pero no tenían aquel brillo metálico, como barnizados por la luna, aquella negrura intensa, que crecía a medida que los miraba más fijamente, y que le hacía desear hundirse en su misterio. Laura. Ya no pensaba tanto en ella. Y, sin embargo, ella había sido la causa de aquel largo viaje. Recordó la primera vez que Jaime, su compañero de oficina, se la presentó en una fiesta de la empresa. “Abel, ésta es Laura, mi mujer”. Entonces aquellos ojos se fijaron en él, y al contemplarlos, le pareció ver en ellos el reflejo de una luz plateada sobre el agua de un pozo oscuro. ¿Cómo no enamorarse de aquellos ojos? Las mañanas en la oficina se hacían más cortas y el trabajo más ligero cuando pensaba que por la tarde estaría con ella, que la besaría emocionado, que caminarían de la mano por lugares poco transitados y alejados, por donde habían calculado la imposibilidad de un encuentro fatal con algún conocido. Los días que no podía verla, erraba por la ciudad, sin rumbo, o se quedaba en casa inventando algo que hacer para borrarla de su mente.

El tren paró. La mujer se apeó, y Abel la siguió con la mirada mientras las puertas se cerraban y el vehículo reanudaba la marcha. Sus ojos se cruzaron con el cartel que anunciaba el nombre de la estación con grandes letras rojas. Se trataba de un pueblo muy cercano a su ciudad y en el que solía quedar con Laura los días que Jaime no trabajaba. Era como si la aparición de aquella mujer hubiera presagiado la proximidad de una amenaza. Sintió el corazón martilleando en su pecho. Miró a través de la ventana y fue reconociendo algunas casas desperdigadas entre los huertos verdes, las hermosas arboledas que rodeaban la ciudad, los altos edificios de los arrabales.

El tren paró y dos personas bajaron. Abel miró hacia las puertas con angustia. Un largo silbido advirtió que el vehículo iba a partir. Se levantó a toda prisa, y bajó apenas unos segundos antes de que las puertas se cerraran.

Permaneció un instante inmóvil en el andén, y en seguida se arrepintió de haber bajado allí. Pero entró en la sala de espera y se sentó en el extremo de uno de los bancos sobre el que unos niños jugaban a las carreras de coches. Dejó la bolsa de viaje en el suelo, cerca de sus pies, y miró fijamente la puerta de la salida. Dudó durante unos minutos si dirigirse hacia ella o coger el próximo tren que pasara. Los gritos de los niños le confundían aún más. Quizá aquella coincidencia significara que por fin había concluido aquel penoso viaje y que había llegado el momento de regresar. Se levantó y caminó despacio hacia la salida. Pero al alcanzarla, se detuvo. Allí estaba la ciudad que tanto conocía. Su barrio. La casa donde había vivido casi toda su vida. Laura. ¿Qué estaría haciendo ella en aquel momento? Dio media vuelta y buscó un teléfono. Presionó los botones con dificultad, como si los números fueran a herir sus dedos. Una voz suave contestó al otro lado:

–¿Diga?

Era Laura. Abel intentó hablar, pero los sonidos se quebraban en su garganta. Tragó saliva una y otra vez.

–¿Diga? –repetía Laura– ¿Sí?

Abel balbuceó su nombre:

–Laura… Laura…

–¿Quién es?… ¿Abel?… ¿Eres tú?

Permaneció en silencio mientras la voz de Laura seguía preguntando. Luego colgó, y mantuvo la mano agarrada al auricular durante un largo rato. Alguien a su espalda preguntó:

-Por favor, ¿ha terminado ya?

-Sí, sí, perdón –respondió aturdido, y lentamente se encaminó al andén para tomar el próximo tren.

 

* * *

 

La estación era enorme. Voces chillonas, silbatos, altavoces que no paraban de anunciar nombres de destinos y horas de salida o de llegada. Todo se mezclaba sobre un intenso murmullo de fondo interminable, que retumbaba en sus oídos y se filtraba en los pliegues más oscuros de su cabeza. Sentado en un banco, Abel observaba los cientos de piernas, maletas y caras desfilando delante de él en una corriente vertiginosa. Eran como marionetas de un teatrillo absurdo que no acababa nunca.

No sabía exactamente el tiempo que llevaba en aquella estación. Se levantó y se acercó a una papelera. Metió la mano en ella y sacó un bote que aún tenía bastante zumo y la mitad de un pastel pegajoso envuelto en una servilleta de papel. Algún niño lo habría tirado allí. Lo metió en una bolsa de plástico en la que llevaba otras cosas que había encontrado. Después entró en la cafetería y buscó entre las mesas que conservaban los restos de comida que los camareros aún no habían limpiado. De una de ellas tomó un trozo de bocadillo, y de otra una botella con un poco de agua. Los metió también en la bolsa y volvió a sentarse en el banco. Colocó la bolsa sobre sus piernas y comenzó a devorar las sobras. Las migajas se desprendían con cada bocado y quedaban atrapadas en su espesa barba; sobre el pantalón sucio cayó una parte de la crema del pastel; lo recogió con los dedos ennegrecidos y se lo metió en la boca con un gesto de deleite. Cuando acabó la comida, bebió los líquidos de los envases y los arrojó a una papelera. Dobló la bolsa de plástico y la guardó en el bolsillo. Luego se dirigió a los servicios con su bolsa de viaje.

Había una cola para usar los retretes, pero él buscaba los lavabos. No había jabón en los recipientes. Se lavó la cara y se secó con una toalla mugrienta que sacó de su bolsa. Se miró en el espejo y detrás del reflejo de su rostro se encontró con las miradas de dos hombres que esperaban junto a las puertas de los retretes. Abel mantuvo la mirada y los hombres apartaron la vista. Se mojó las greñas, las peinó con las manos y se las recogió con una goma; luego se frotó con agua un par de manchas de la chaqueta y las secó con la toalla.

Salió de la estación y se apoyó en la pared al lado de una de las puertas de la entrada. Se inclinó sobre su bolsa de viaje y sacó un platillo de cristal que había tomado de una mesa de la cafetería. Colocó dos monedas en él y se acercó a uno de los viajeros que salían hacia la parada de taxis. El hombre sacó una moneda del bolsillo y la arrojó en el platillo sin mirarle. Abel vio cómo subía en un taxi y se perdía en el laberinto del tráfico.

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  1. Fran Montaraz

    Gracias, March, querido amigo, por comentar mi relato. Laura no acude porque al final no se atreve a huir con su amante y abandonar a su marido. Como piensa Abel: en el fondo es una cobarde y él sólo ha significado una aventura.

  2. Pingback: Mis cuentos | Fran Montaraz
  3. j. March

    El relato está muy bien narrado y escrito, con palabras sencillas y exactas.
    Me parece estar viendo la escena con la descripción de la estación de Barcelona.
    Desde el principio capta el interés por saber qué va a pasar.
    La secuencia anodina del mendigo que extiende el platillo, al final toma representación simbolizada en lo que él llega a convertirse en su deambular.
    Muy sutil el final, me gusta, aunque me quede sin saber por qué no acude Laura.

  4. Fran Montaraz

    Gracias, Úrsula, por leer el cuento entero. Deduzco que te ha gustado. Si también escribes, dime dónde leerte.

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