El Viento del Páramo. Autor: Benedicto Martínez Hernández.

Quizá para ellos no, pero para nosotros, los soñadores, nos resulta fascinante comprobar cómo algunas historias de fantasía son sólo comprensibles de niño y pueden verse con mayor facilidad no al abrir los ojos, sino al cerrarlos. Y al cerrarlos… se hace la luz. La oscuridad no es oscuridad, porque veo de nuevo a mi querido páramo, con su viento perpetuo, y también puedo verla a ella, a Ani…, todo sueños, tan pura como el agua del arroyo, transparente como el cristal. Ani parecía haber brotado de un nenúfar o una hierba centella.

Mi nombre es Chico, o al menos lo fue alguna vez. Así quiso obsequiármelo ella, aunque involuntariamente, muy a mi pesar. Creo que nadie podría imaginar algo mejor, recibir un nombre como regalo… Y lo hice mío porque los regalos no se devuelven, los regalos de verdad. Conocí a Ani hace muchos años, tantos que me parecen siglos, y acaso sea así. Aunque ninguno de los dos tenía edad suficiente como para saber atarse los cordones de los zapatos, la primera vez que la vi, supe, supe que… No, la verdad es que no supe nada, simplemente no podría dejar de mirarla aunque lo hubiera intentado.

Viajábamos al páramo de vez en cuando, mi abuelo y yo, y al acercarnos, parecía que fuéramos a abrir una puerta a algún lugar mágico y misterioso. Algo que yo no comprendía flotaba en el ambiente, era hermoso. Mi abuelo, don Anselmo, manejaba con mano diestra las riendas del viejo caballo percherón que tiraba de nuestro carro, aunque en ocasiones las soltaba deliberadamente como descuidándose para que yo las tomara y me sintiera importante, mientras él se atusaba sus enormes bigotes blancos, señalando cualquier cosa del horizonte y dejándome hacer. Yo me ponía muy tieso y lo intentaba con ahínco, pero no era nada fácil para mí, ya que necesitaba una de las dos manos constantemente para sujetarme el sombrero de paja, ansioso éste por volar en las alas del viento; así que gracias a mi nada firme gobierno, el pobre caballo percherón erraba su camino de continuo para perderse por unos instantes en los campos de centeno que escoltaban la vereda. Sé que mi abuelo disfrutaba en silencio con la farsa, aunque callaba. En una de estas breves salidas del camino llamó mi atención un gran monolito de piedra casi oculto por la maleza. Era una roca enorme, gastada, y presentaba unos caracteres ilegibles, grabados a cincel en la noche de los tiempos, a juzgar por la evidente erosión. Intenté descifrarlos, pero después de muchas conjeturas, desistí, e interrogué con la mirada a mi abuelo.

-Tierras de Ostara, chico. Aquí la muerte es vida y la vida, no muerte-, dijo.

Qué extrañas palabras. El abuelo parecía hablar con un aire muy solemne, vida y muerte, nada menos. Como si fuera un antiguo gran señor que perdona la una y dispensa la otra.

-¿Cómo puedes saberlo, abuelo? ¿Conoces ese idioma?

Y como si no me hubiese oído, tomó las riendas del caballo y lo arreó. Mientras nos alejábamos, miré atrás para fijarme de nuevo en el extraño monolito y, por increíble que parezca, creí ver a los pies de la roca un gran lobo negro, de ojos tristes y boca roja, que con gesto adusto, nos observaba. Imposible, me dije, no puede ser. Y cuando me giré de nuevo, el lobo había desaparecido.

El páramo era desolador, una llanura tan inmensa que sobrecogía, no crecía ni un solo árbol. La tierra se juntaba allá en el horizonte con el cielo, y a mí, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me causaba tristeza. Pero desprendía el encanto de lo agreste y remoto. La mies, despidiendo ya el verano, reflejaba mil destellos dorados que competían en fulgor con los propios rayos de sol y danzaba hipnóticamente al sibilante son del viento. A los gemidos y aullidos del viento. El viento, siempre el viento…

Como digo, esta fue la primera vez que llegué al páramo. Detuvimos el carro cargado de provisiones enfrente de la casa de Ani, pues ese era nuestro cometido. Nadie más habitaba en toda la llanura y, ciertamente, no podía ser mayor el sentimiento de soledad. Y la vi. Sobre el acantilado, entre las rocas. El acantilado era lo único que rompía la monotonía del paisaje, y a mí me estremeció verla allí, al lado del precipicio, rodeada de ruidosos vencejos que, desafiando las alturas, subían y bajaban una y otra vez, jugando o cazando libélulas quizá; disfrutando de la compañía de Ani, diría yo. No era más que una niña pequeña, aunque comprendí por su determinación que, fuera lo que fuera que estaba haciendo, para ella no había nada más. Su silueta se recortaba en dirección a la luz cobriza del atardecer, que la envolvía con calidez. Echó sus brazos y cabeza hacia atrás y permaneció de esta manera un tiempo que a mi se me antojó eterno. El viento acariciaba su cara y movía su corta melena y su vestido blanco.

-No debería permitir a la niña alejarse, Madre –le dijo mi abuelo a la madre de Ani, o Madre, como al parecer debía llamarla- dicen que de un tiempo a esta parte una enorme bestia merodea por el páramo.

-¿Una bestia? Bueno, el viento la barrerá, usted debería saberlo bien. Como decimos por aquí, si el viento trae cincuenta, se llevará cien. Aquí no encontrará nada esa bestia, salvo toneladas de centeno; no tema, don Anselmo –respondió ella, y a continuación llamó con fuerza a Ani y a Elisa, sus hijas.

-¿Es un lobo, abuelo?

Él se encogió de hombros, haciendo una mueca, aunque yo creo que sabía más de lo que trataba de aparentar. Cuando llegaron las hijas, traté de esconderme detrás del abuelo, pero fue inútil… Elisa disimuló fugazmente la expresión de hastío que solo la feroz rutina es capaz de causar, para mirar entre asombrada y divertida mi desconcierto. Sin embargo Ani vino a acompañarme en mi escondite y se agachó conmigo.

-¿No es guapa, chico? –me preguntó el abuelo con picardía, al tiempo que me guiñaba un ojo.

Allí, agachados, nos miramos, y yo hubiera querido decir que nunca antes había existido ni existiría nadie como ella, pero empecé a tartamudear y me puse tan colorado que lo estropeé todo.

-¿Te llamas Chico? Qué nombre tan gracioso. ¡Ven conmigo! –resolvió decidida Ani, mientras me agarraba la mano y tiraba de mí.

-Pero yo no me llamo… –Ella no parecía hacerme mucho caso. Corrimos entre el centeno mientras el cielo se abría para mí… Al cabo de un buen rato, me llevó al acantilado, y me dijo que era el mejor sitio del mundo para aprender a volar.

-¿Aprender a volar? –pregunté entusiasmado. – ¿En serio?

Ani cerró los ojos y sonrió, mientras abría los brazos de par en par, tal como ya la había visto. Estaba casi al borde, algunos guijarros diminutos rodaron pendiente abajo. Mientras tanto, yo la observaba con curiosidad y, de pronto, como si pudiera leerme el pensamiento, abrió los ojos, me miró fijamente y dijo:

-Quiero aprender a volar para ir a buscar a mi padre.

Yo seguía mirándola sin comprender demasiado, cuando, de nuevo, se me adelantó:

-El viento se lo llevó. Fue durante el último equinoccio de primavera.- Y bajando la voz, añadió como revelando un secreto inconfesable: -En los equinoccios aquí ocurren cosas extraordinarias…

-¿Qué clase de cosas, Ani?

-Si alguna vez en equinoccio llegara a ocurrirte algo en el páramo, deberás cerrar los ojos y decir: “Protégeme, Ostara, por piedad,” porque si no…

-Porque si no… ¿Qué?

Y como no obtuve ninguna respuesta, insistí- ¿Quién es Ostara?– Pero ella, absorta en sus pensamientos, suspiró, nada más.

Lo cierto es que yo no sabía seguir aquella conversación, era de lo más extraño, así que, por hacer algo, cogí una piedra del suelo y la lancé al vacío, pero aquello pareció aterrar a Ani.

-¡No! ¿Por qué lo has hecho? Esa piedra era amiga mía…-, dijo, y se marchó corriendo.

Agradecí que se alejara del precipicio, me daba miedo. Lo imaginaba como un gran monstruo que fuese a hincar las fauces en mis pies y a continuación tirar con fuerza hacia abajo, hacia el abismo. Así pues, la seguí despacio y la encontré sentada en el suelo, cerca del carro. Recogí otra piedra cualquiera y me acerqué a Ani para entregársela, quería disculparme. Sin mirarme y aún con los ojos llenos de lágrimas, aceptó mi piedra y la depositó con sumo cuidado en la tierra. Yo fui a sentarme en el carro y, mirándola de reojo, le pregunté lo primero que se me ocurrió.

-¿Te gusta? Es un caballo percherón –dije a media voz, señalándolo con la vista. Ani se levantó, se dirigió al caballo y le susurró algo al oído; y podrían meterme en un barril boca abajo, pero yo juraría que el caballo sonrió.

Al poco, mi abuelo se acercó, posó una mano sobre mi hombro y me dedicó un gesto cariñoso; debíamos marcharnos. Aún me sentía confuso por todo lo ocurrido. Puede que ella no quiera que vuelva, pensé, ¿debería preguntárselo? Abrí la boca con vergüenza, pero mientras, Ani, con sus manos flanqueando la boca, exclamó:

-¡Adiós don Anselmo, adiós Chico, adiós Percherón! Chico, cuando vuelvas… –Pero el viento ahogó sus palabras para llevárselas lejos, quién sabe adonde; y ella corrió hacia el acantilado, deteniéndose brazos en alto y mirando al crepúsculo, como siempre en la dirección del viento. Así permaneció hasta que desaparecimos lentamente en la lejanía; el abuelo a las riendas y yo esbozando la mayor sonrisa de la que se tengan noticias.

Volvíamos de cuando en cuando, con gran júbilo por mi parte, porque siempre me entusiasmaba la idea de volverla a ver. Aunque las visitas iban distanciándose cada vez más por la mala salud del abuelo. Ani, siempre fiel a su acantilado, seguía obsesionada con su idea de volar. Su madre y su hermana, encerradas en aquella enorme jaula sin barrotes, iban como… adormeciéndose. Elisa, contrariamente a Ani, solía otear el horizonte del este, de donde procedía el viento, a la espera de que éste trajese… algo, lo que fuera. Las trenzas y el vestido estampado ondeaban en silencio, como un grito ahogado. Con la íntima sensación de malgastar su juventud en mitad de la nada, parecía irse difuminando; y su madre, quién sabe si esperando a su marido, parecía atravesar el viento sin que éste la rozase. Ciertamente, se había arraigado tanto que casi se confundía con el paisaje del páramo. Por cierto, ¿qué habría sido del padre? ¿Y qué era eso de que el viento se lo llevó? Puede que las hubiera abandonado…

La última vez que fui con mi abuelo, me contó que ese día era el equinoccio de primavera, y yo me asusté un poco, aún recordaba las palabras de Ani, en las que auguraba “cosas extraordinarias” ¿A qué podría referirse? El invierno afortunadamente llegaba a su fin, la nieve lo había cubierto todo y había aislado el páramo durante más de un mes. Sin embargo, ya se intuían los primeros signos de la primavera, o de la renovación, como apostilló Madre. De todos modos, yo no prestaba mucha atención a todo esto, más bien intentaba vigilar con todos los sentidos, pues todavía no había olvidado que una bestia rondaba el páramo, vaya si lo sabía.

No habíamos terminado de almacenar las provisiones en el cobertizo cuando el abuelo se sintió mal. Salió al exterior y con ambas manos apretó con fuerza su pecho. No hubo tiempo para más, cayó al suelo y quedó allí tendido. Una gran ráfaga de viento movió violentamente las ropas del anciano, que permanecía inmóvil. Traté de acercarme a él, pero Madre me lo impidió.

-Entra en casa, Chico, ahora no podemos hacer nada por él.

-¿Cómo que no…? Madre, por favor… Se va a morir si no le ayudamos –protesté.

-No va morir, no como tú lo entiendes. Sólo se ha… parado –dijo en tono condescendiente la mujer.

Enjugué las lágrimas y la miré con desconfianza y fastidio a partes iguales. Cada vez entendía menos de aquel mundo.

-Creo que por el momento deberías quedarte con nosotras –propuso, mientras me revolvía cariñosamente el pelo-. Ahora debes descansar, mañana lo entenderás mucho mejor. Y no debes llorar, él no lo necesita.

No hice otra cosa que llorar en toda la noche, porque yo sí lo necesitaba. Conté todas las horas desde que me acosté hasta los primeros rayos de sol de la mañana. Entonces, salté de la cama y salí corriendo al exterior, tenía que ver al abuelo. Pero, qué sorpresa cuando descubrí que no estaba en el sitio donde yacía por la noche. En su lugar había una enorme y rugosa roca cubierta de musgo. Y en ella podían adivinarse con dificultad los familiares rasgos de don Anselmo. Yo estaba atónito por este misterio, pero no sentía miedo en absoluto, tampoco pena. Estaba viendo al abuelo, o al resultado de su transformación, o lo que quiera que hubiese ocurrido; y sin saber por qué, me sentía bien acariciando la roca. En ese momento, noté el tacto de una mano tranquilizadora en mi hombro, me volví y vi su cabello plateado. Era Madre.

-Ya te dije que no temieras, es tan sólo que se había parado –, y añadió con una sonrisa: “Todavía no lo entiendes, ¿verdad?”

Mientras se alejaba, dio un gran tropezón y a punto estuvo de caerse, lo cual provocó que yo soltara una gran carcajada, aunque me sentí avergonzado al instante. Me acerqué para librarla de la cuerda que se había enredado en uno de sus pies, pero, al tirar de ella, me di cuenta de que no era una cuerda, sino una raíz que emergía de su tobillo y que serpenteaba hasta tocar la tierra e introducirse en ella. Me retiré, sorprendido, y la miré a los ojos, esperando de nuevo una explicación, pero en esta ocasión no llegó. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Sería el equinoccio? Ella se agachó, arrancó con fuerza la raíz y siguió su camino. Su figura se fue perdiendo entre la espesa niebla que se estaba formando. Hoy apenas había viento.

Me fui a buscar a Ani, sabía que estaría en el acantilado. Esta vez no intentaba volar. Estaba sentada en el suelo, con las piernas encogidas, y parecía muy seria, como si tuviera mil pensamientos a la vez. Yo me senté a su lado y permanecimos así, en silencio, un buen rato.

-¿Has visto a Elisa esta mañana?– Le pregunté al fin. –No sé dónde está y me inquieta un poco todo esto…

Ani negó con la cabeza sin dejar de mirar fijamente al frente, hoy no parecía la misma. La niebla seguía envolviéndonos de tal forma que apenas podíamos ver, y decidimos que lo mejor sería volver a casa. Al pasar por delante del cobertizo observamos boquiabiertos cómo, donde antes no había nada, ahora se erguía altivo un gran sauce cuyas largas ramas, que llegaban hasta el mismo suelo, se mecían levemente con la suave brisa. La niebla nos empapaba, y sus hojas plateadas recogían mil gotitas que centelleaban al resbalar por las hojas. Casi podíamos escuchar su susurro. Ani se colocó bajo las ramas y dejó que éstas jugueteasen con ella, de modo que ya no podía decirse qué lágrimas caían del rostro de Ani y cuáles de las hojas del árbol.

-¿Tú también te has parado, mamá? –preguntó Ani mirando al sauce, aunque no obtuvo respuesta. Al menos no la que esperaba, porque débilmente, como en la lejanía, parecían oírse unas palabras que le decían: “No tengas miedo, Ani”.

-¿Elisa? ¿Eres tú? No puedo verte, sal de la niebla…

Yo habría asegurado en ese instante que una mano casi invisible acariciaba la cara de Ani, la cual parecía recibir el gesto con agrado, sonriendo y ladeando ligeramente la cabeza.

-Ani, no puedo salir de la niebla. Yo soy la niebla…

Aunque la experiencia sobrecogía, yo no sentía miedo, ni desasosiego, ni nada; se respiraba paz. Observé con detenimiento a Ani, porque no sabía hasta qué punto ella estaba preparada para todo esto. Definitivamente, había cambiado. Ni rastro de la niña alegre y desenfadada que había sido hasta hacía bien poco. Se encaminó hacia el acantilado y yo la seguí. De nuevo, el viento sopló con más fuerza y barrió los jirones de espesa niebla que permanecían en el promontorio. Ani se sentó en el mismo borde con los pies colgando hacia el vacío.

-¿Estás preparada, Ani? –se oyó de nuevo, pero en esta ocasión la voz no procedía de Elisa. Era una voz de hombre, y transmitía seguridad. Nos volvimos para ver de dónde provenía, y la sorpresa fue enorme cuando vimos muy cerca de nosotros un gran lobo negro. La bestia había venido.

-Estaba claro que no me reconocerías por mi aspecto, aunque esperaba que lo hicieras por mi voz –dijo melancólicamente el lobo. La verdad es que no parecía una bestia en absoluto.

-¡Papá! –exclamó Ani.

La niña se puso inmediatamente en pie y corrió hacia el lobo, pero a medio camino frenó su carrera y retrocedió varios pasos, entre la esperanza y la duda.

-Tu voz es la de mi padre, pero pareces un lobo, luego debes ser un lobo.

El animal tenía una mueca de complacencia en el semblante. Levantó la cabeza.

-Parezco un lobo, pero mi voz es la de tu padre, luego debo ser tu padre –dedujo el lobo, divertido por la observación de Ani.

-Pero no sé si cuando me acerque a ti, me comerás.

-No, no lo sabes. Eso es algo que tendrás que descubrir.

-Mamá me dijo que el viento te llevó, y yo estaba aprendiendo a volar e ir a buscarte en el viento.

-En ese caso, tal vez debas intentarlo. ¿Crees que debes?

-¿El viento…, me envolverá? –musitó Ani.

-A todos nos envuelve, hija mía, nos moldea a su antojo, dependiendo de nuestros anhelos o nuestras angustias, o simplemente por lo que merecíamos. En el páramo todos tenemos escrito un destino –explicó con tristeza el lobo.

-Pero, ¿por qué todos han cambiado, o se han renovado, como decía mamá?

-Porque esa es la vida, Ani, renovación, o regeneración, como yo prefiero decir. Al llegar la primavera, la vida vuelve a comenzar, los campos reverdecen, los pájaros construyen sus nidos para cuidar a los nuevos habitantes del páramo. El viento es el cambio, nada puede perdurar para siempre- y, dirigiendo la mirada hacia el sauce, añadió: -Aunque también el viento es insondable, puede arrebatar todo a su paso y convertir la roca en arena o, por el contrario, infundir aliento de vida. Tu madre estaba tan unida a este lugar que terminó por integrarse en él. El caso de tu hermana es distinto, a ella el páramo la anulaba tanto que terminó por desaparecer. Nadie sabe dónde ni cuándo volverá a resurgir, ni bajo qué forma. En cambio, a mí el viento me regeneró el pasado equinoccio en la forma que ves, porque el mío ha sido siempre un espíritu más libre, y porque es posible que no siempre haya sido merecedor de una regeneración mejor.

-¿Y don Anselmo? Él no pertenecía al páramo –preguntó Ani.

-Me temo que había pasado demasiadas temporadas por aquí como para que se empapara un poco de nuestra magia. En cierta forma, era uno de nosotros. Pero él ya no tenía posibilidad de regenerarse en ninguna criatura viva. Su estrella se apagó. En cambio, tu amigo Chico lleva poco tiempo; creo que nada de todo esto va a afectarle.

-Bueno, y sólo quedo yo… ¿Qué va a ser de mí? –Susurró la pequeña.

-Eso, Ani, sólo el viento lo sabe.

Sin dudarlo un instante, pero moviéndose muy despacio, Ani volvió a colocarse frente al precipicio, cerró los ojos y, levantando los brazos, se lanzó al vacío.

Ahora, por primera vez, yo si que tenía miedo, mucho miedo. Corrí lo más rápido que pude hasta el borde, intentando comprobar qué había sido de ella, pero la espesa niebla que aún se acumulaba allá abajo me impedía ver nada. Había un silencio sepulcral y yo me temí lo peor. ¿Ani se habría… “parado”? Me senté en el suelo, en el mismo sitio donde ella solía hacerlo, con ganas de gritar. Con ambas manos me tapé los ojos y repetí muchas veces con devoción: “Protégela, Ostara, por piedad, protégela.”

Y, entonces, emergiendo desde las profundidades, surgió una maravillosa ave, blanca como la nieve, que atravesó la niebla como una exhalación hasta llegar al sauce plateado. El lobo acudió también hasta el árbol y lanzó un aullido que correspondía a algún sentimiento muy profundo. Tras unos instantes, el ave, majestuosa, elevó el vuelo hasta las nubes. Después desapareció.

Nunca volví a verla.

Tardé muchos años en volver al páramo, pues el viaje tuvo para mí un sabor agridulce. Aunque cada vez que voy, ahora que mis días se acercan al final, disfruto respirando aquella magia olvidada, quién sabe si la de Ostara, antigua diosa de la primavera y el viento del este, como supe después. Sí, disfruto especialmente los días de niebla, sentándome bajo el viejo sauce y mirando a don Anselmo y a todas las demás criaturas, vivas o muertas que pueblan el páramo, pues yo sé bien que algún día fueron otra cosa. Con el tiempo, he llegado a convencerme de que vuelvo aquí porque íntimamente deseo “pararme” e integrarme en el paisaje. Incluso a veces creo escuchar en la lejanía los ecos de un aullido, pero me duele no haber visto nunca un ave blanca, por más que me esfuerzo. Me gustaría pensar que la memoria de Ani vive surcando el cielo y recordando los momentos que vivió conmigo. Aunque lo que de verdad me gustaría, sería creer que Ani no es otra cosa que la esencia de la tierra, no una niña ni un ave, sino el mismo viento del páramo.

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  1. Bene Martínez

    Gracias Úrsula. Parece que tú también eres una de “nosotros, los soñadores”, tal como anuncié al principio del relato. Me alegro de que te gustara.

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