Llegar a destino. Autor: Andrea Papini

Llegar

Tal vez fuera porque hacía más de cinco años que no salía de Buenos Aires, siempre retenido por el trabajo o la falta de recursos. Lo cierto es que Mario, ya desde que bajó del micro y pisó esa tierra arenosa, ese fino polvillo que cubre el asfalto en los pueblos costeros, sintió que su pecho se abría. Se colgó la mochila y se dirigió a la playa. No le importó que lo estuvieran esperando. Necesitaba ver el mar. Eran unas seis o siete cuadras, desiertas ahora que el mediodía había desplazado a la horda de turistas bulliciosos hacia donde hubiera sombra. El calor lo atacaba desde todos lados. Los zapatos pesaban un poco más en cada paso, las medias húmedas se pegoteaban contra los pies hinchados. La ropa que traía de la ciudad parecía un equipaje polar. Mientras avanzaba, del pelo le iban cayendo gotas de sudor, que corrían casi hirviendo por cada pliegue de su cuello, se le metían en la camisa y bajaban en picada por la línea de su espalda. Él lo disfrutaba, como aquella vieja publicidad en la que un hombre que volvía del desierto pedía papas fritas bien saladas para aumentar la sed y disfrutar luego, casi con lujuria, de la gaseosa lima-limón.

Cruzó la avenida costanera, en la que apenas un par de cuatriciclos y algún auto se atrevían a ofender al asfalto en su siesta alquitranada. Ya lo estaba viendo desde unos cientos de metros atrás, pero ahora, al pisar el camino de tablas de madera que lo llevaba al final del viaje, le estalló el pecho. El mar, sí, el mar le estalló en el pecho. Se quedó detenido, absorto en su contemplación, el ondular incesante, la bruma formada por las gotitas de sal, tanto azul profundo. Una o dos gaviotas graznaban por detrás de él o hacia el sur. Era un ir y venir de imágenes. Esa que tenía enfrente, inmensidad líquida enmarcada por el pasillo de entrada al balneario y las otras, las que venían de antes. De todas las vacaciones que había pasado haciendo castillos, jugando al vóley, guitarreando al anochecer.

Se quemaba. Mario, la cabeza ardiente, corrió a guarecerse a la modesta galería que daba acceso a los vestuarios. Allí se arremangó los pantalones, se arrancó la chomba; con un ímpetu que le dificultaba la tarea, desató sus zapatos, revoleó las medias. Dejó todo tirado ahí, hasta la mochila con los documentos y el dinero. Bajó corriendo con torpeza de recién llegado la ondulación de arena llameante. Eran unos veinte o treinta metros interminables. Cada vez le ardían más las plantas. Al fin alcanzó la orilla húmeda y el dolor aflojó apenas, pero ya estaba llegando. Cambió el trote por pique y al fin, entró al agua, pateando la espuma, recibiendo con gozo el frío salado, que le pareció helado por contraste. Corrió un poco más, hasta que el agua le llegó a las rodillas, la botamanga empapada. Los pocos veraneantes que habían quedado en la playa durante el mediodía, en sopor de calor tórrido, abrieron los ojos al escuchar el ¡ahhh!, liberador, desenfrenado. Una especie de exorcismo de tanto gris y sellos y ascensores acumulados que escapaban ahora hacia el cielo encandilante. Sin poder parar, caminaba con el agua hasta la pantorrilla, dando grandes pasos para un lado, para el otro. Miraba hacia abajo, para ver la blancura sucia de la espuma escondiéndole los pies, y luego levantaba la vista hacia toda esa quietud simulada, que se unía en el fondo con un cielo velado de tan diáfano, al que apenas una o dos nubes lentas lograban evadir de su intenso azul.

Respiró todo lo hondo que le permitieron sus pulmones, llenó de aire húmedo y salado los oxidados goznes de su cuerpo. La energía del mar, de la arena, de la inmensidad, lo hacían sentir completo.

Un vendedor ambulante, el primero de la tarde, que con su heladera venciéndole el hombro voceaba palitos y bombones, lo regresó a la realidad. Se dio vuelta sin ganas y recogió sus cosas para dirigirse al hotel.

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  1. Mercedes

    Que lindo,Andre me recordó cuando empezaban las vacaciones en Gesell y salíamos corriendo los tres con mis hermanos a meternos al mar! Que lindo momento…

  2. M. Laura

    El primero que leo Andre!, pero cuantas veces el agobio nos hace querer salir corriendo a un lugar contenedor generalmente ligado a nuestra infancia, no?

  3. teresa Constantino

    Andre,excelente ,Me colmo de ganas de volver a vivir esos momentos , dde entrar al mar era toda una aventura…..

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