El hombre de piedra. Autor: Bianchinetta

Al abrir la ventana de la habitación del hotel, Ana Sofía admiró el amplio panorama florentino y se sintió seducida por la vista otoñal. Por encima de los tejados de la ciudad renacentista, contempló a lo lejos los cipreses altos y oscuros. Decidida a soltar el calor del Caribe que traía en la piel, buscó en la maleta unos zapatos cómodos y bajó a perderse en las calles de la ciudad.

Fue invitada a unirse al equipo de trabajo para la restauración de la escultura más admirada del mundo: el David de Miguel Ángel. Aunque estaría unos meses fuera de su país y lejos de Samuel, aquella oportunidad de viajar a Italia la excitaba.

Querido Samuel

            Me hospedo en un edificio gótico, decorado con bellas esculturas. Puedes estar tranquilo: es cómodo y seguro. En este momento me encuentro almorzando en una terraza panorámica; desde aquí se aprecian enormes cúpulas, torres y tejados color siena. Una luz crepuscular, casi azulada, envuelve las piedras de los edificios y me transmite paz. Ya me conoces, soy una romántica sin remedio. Si estuvieras aquí opinarías lo mismo.

            Te mantendré informado. Tuya, Ana Sofía

Al otro día, esperó en la salida del hospedaje que una lluvia mansa terminara de caer sobre la milenaria ciudad. Las campanas de la abadía de San Gabriel anunciaban que eran las ocho de la mañana. Cuando escampó, corrió para encontrarse cara a cara con el hombre de piedra.

La sala estaba vacía, el silencio reinaba en el lugar; desde su pedestal la gigantesca estatua, erguida ante ella, le provocaba íntima serenidad. Deslizó la mirada desde el pecho hasta las piernas; por la tensión de los músculos le pareció que el David luchaba por desembarazarse de su angustioso encierro de piedra.

-Si lo miras de lado te parece afeminado, pero si lo miras de frente, puedes percibir que su arrogancia reclama tu mirada, te hipnotiza y te envuelve con la perfección de su desnudez.

Ana Sofía no sintió cuando su compañero de trabajo regresó a la sala y se paró detrás de ella.

-Hace mucho frío afuera, te invito a tomar un café.

Rechazó la invitación, estaría poco tiempo en esa ciudad y aprovechó para ir a comprar un reloj a su novio Samuel para el cumpleaños. Se dirigió a Ponte Vecchio a mirar en las joyerías. Desde las tres grandes ventanas panorámicas en la zona central del puente podía disfruta a los lejos las colinas. La brisa que vino del río la hizo estremecer, en ese momento sintió que le cubrieron los hombros. No tuvo otro remedio que agradecerle a Francesco el gesto. Esta vez se sintió obligada a aceptarle el café.

Al otro día, en la galería, mientras esperaba en la fila para comprar algo caliente, unos brazos la arrastraron con violencia a un lugar apartado.

-Hoy no voy a trabajar en la cabeza de la estatua, pedí que me bajaran a las piernas para estar contigo -le dijo Francesco en tono travieso.

No le pareció buena idea la noticia, hasta ahora había trabajado tranquila ignorando las asechanzas del italiano; tenerlo a su lado todo el día sería un martirio.

-No te parece una belleza la anatomía humana-le dijo, mientras buscaba los ojos de ella que le esquivaban la mirada.

Le tomó una mano y la puso sobre el muslo de la estatua, y las dos juntas, la de él aplastando la de ella, se deslizaron por la estatua suave, muy suave, y en tono acariciador le susurró al oído.

-Siéntela, Ana Sofía, la figura está en tensión, ningún músculo está relajado, los sentimientos de furia y pasión se perciben en este frío bloque de piedra. No te parece que respira, jadea, a la expectativa de un acontecimiento culminante, como si tuviera vida en su interior.

A ella le pareció que la estatua tenía vida propia, en cambio su cuerpo había perdido voluntad, se negaba a obedecerla. Quería zafar la mano, pero no podía, una descarga de adrenalina como un latigazo la sacudió. Sentía una excitante punzada que a cada momento se gestaba en sus entrañas. Ese hombre la traía mareada, no sabía cómo terminaría el día trepada en ese andamio tan cerca de Francesco.

El vértigo y el placer se hicieron insoportables. Hubo unos segundos de silencio en que los dos parecieron dispuestos en hacer algo sin importar las circunstancias ni el lugar. Ana Sofia se acordó fugazmente de su prometido y una culpa piadosa le chocó las sienes. La mirada de Francesco sobre los labios de ella parecía expulsar aquel delirio. Esta vez se dejó caer sobre la ardiente figura esbelta que buscó con lujuria su boca para besarla. Ana sintió como el suelo desaparecía sobre sus pies sumergiéndola en un delicioso torbellino que arrancaba de raíz cualquier recuerdo de su prometido.

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  1. Polo Diaz

    ¡Excelente! Hay unión entre el título creativito al cuento y tema. Los personajes principales son nombrados y descritos claramente en el texto. El cuento tiene inicio, desarrollo y desenlace; elementos que son abordados con claridad. Y finalmente, el cuento está bien organizado.

  2. Nereida Erazo Ramos

    excelente,me gusto mucho a medida q vas leyendo te envuelves en la trama..y la imaginacion corre.

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