Ayer, hoy y mañana Autor: Lucía Alcázar Lara

El torreón, lo único que quedaba del castillo, emergía del peñón como si naciera de él. Allí, en lo alto, con el pequeño pueblo a sus pies, parecía un gigante acechado por la soledad, que se resistía a morir. Levantaba sus ruinas hacía un cielo azul resplandeciente, donde dos buitres volaban en círculos, no muy lejos.

Su figura era esbelta, elegante y de una gran belleza plástica. Lejos ya de su pasado turbulento se había convertido en un reclamo estético.

Antes de subir a las ruinas del castillo, entramos en el cementerio, que se cobijaba a unos metros, en un repecho de la ladera del monte. Parecía abandonado, pero las fechas de las lapidas no eran muy lejanas. Sólo se escuchaba el trino de los pájaros. Y este silencio me sirvió para cavilar sobre el paso del tiempo. En estas mismas tierras que servían de morada eterna a los muertos, antaño pelearon y murieron muchas personas, árabes y cristianos se disputaron la atalaya, pero hoy poco importaba eso, salvo a los amantes de la historia.

Para mi el torreón se levantaba de sus ruinas, abonado por los muertos de ayer y de hoy, y luchaba por sobrevivir en medio de la inmensidad del paisaje llano que se extendía a sus pies, con las lejanas montañas nevadas limitando el terreno. Era la vida frente a la muerte. La belleza de sus ruinas había vencido a pesar de la sangre derramada de mucha humanidad.

De aquel enclave singular nos dirigimos al nacimiento de un río, que nace en aquellas montañas nevadas que habíamos contemplado desde lo alto del torreón, como si quisiéramos ratificar que la vida no se detiene jamás.

Llegamos al pueblo al mediodía, con un calor inusual para la época en la que estábamos, principios de la primavera. Salimos del pequeño pueblo por un camino, atravesando huertas. Después el camino se convierte en un sendero con abundante vegetación: brezos, helechos, cantueso…

El camino serpentea, y en una de las vueltas, a lo lejos, se ve el salto del agua, despeñándose por las rocas, que semeja una enorme garganta. El agua suena lejana todavía. Aun quedan unos kilómetros para sentir sus salpicaduras.

El calor aprieta en el pequeño sendero cada vez más tupido de vegetación, que parece querer atraparnos.

El sendero se me antoja el camino por la vida, lleno de dificultades, pero también de dichas. Y el final del viaje por la vida es la belleza del agua derramada sobre la tierra.

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