Aquellos ojos azules en aquel París gris. Autor: Galia

Su llegada a París fue un mosaico de sensaciones: el frío intenso de ese invierno impiadoso la abrazó en los primeros pasos, la nieve acunó sus pies helados, pero su corazón vibró ante la felicidad de alcanzar un sueño que por momentos parecía inalcanzable. Así se entrecruzaron el temor, el frío, la alegría, la emoción, la curiosidad, el embeleso.

La cobijó un departamento antiguo, en el último piso del edificio y el balcón le mostró los tejados negros y un sinfín de chimeneas.

El calor del hogar reconfortó su cuerpo entumecido y le dio alas para organizar el periplo.

A la mañana siguiente se dirigió a la Plaza de la República y al ir a tomar el subte, un individuo de mirada azul intensa la cruzó y le dirigió una sonrisa.

Se subió al vagón con la presencia de esos ojos azules que la acompañaron todo el trayecto. Tras hacer diversas combinaciones, llegó a la Torre Eiffel que se apareció majestuosa a su mirada. Allí erguida, desafiante, invitaba a subir, a convertir a sus visitantes en liliputienses en jaula de hierro, a mostrar París, desde distintas perspectivas.

Con los pies nuevamente en tierra, caminó por el Campo de Marte y se dirigió hacia Los Inválidos; en mausoleo imponente, descansa Napoleón. Pero esos ojos azules, los que subieron con ella al subte fueron guiando sus pasos para un próximo encuentro.

Tomó el boulevard Saint Germain y, a pocos metros, se encontró en el Museo d’ Orsay. En el piso superior, iluminado con luz natural, se exponen los tesoros de la pintura del Impresionismo. Sumergirse en esa galería, fue encontrarse en el mundo de Monet, Manet, Degas, Renoir, torbellinos de colores, sensaciones, el vértigo de la belleza, del esplendor de una época mágica, pero el golpe de emoción llegó, al enfrentarse a unos ojos azules intensos que la miraban desde el autorretrato de Vincent Van Gogh, los ojos azules que la habían acompañado toda la mañana.

Sintió la imperiosa necesidad de adentrarse en su mundo, recorrer sus espacios vividos, al menos algunos, los más cercanos a su muerte.

Al día siguiente, se dirigió a la estación St. Lazare y tomó un tren a Pontoise, donde vive su hija Ximena, quien se ofreció a acompañarla en este camino de búsqueda de la genialidad, pues al genio ya no podía encontrarlo.

Con Xime partió, un día después a Auvers sur Oise lugar de morada y de descanso eterno del trágico pintor.

Visitaron la pensión de Ravoux donde transcurrieron días de su existencia, su solitaria cama, su desvencijada mesa de luz, pequeño universo plasmado en una de sus obras. Después vieron la Iglesia pintada por el artista y expuesta en el Museo d’ Orsay, a continuación fueron a los campos que él vio cubiertos de mieses en suaves colinas y que plasmó en el lienzo, en amarillos, verdes pálidos y dulce malva; ella no tuvo ese privilegio, solo vio una inmensa mancha blanca, una nieve que lo cubría todo y el paseo la llevó a concluir a los pies de su tumba, esa tarde gris que apagaba el día, una tumba contra un muro pero donde no estaba solo ya que lo acompañaba la sepultura de su hermano Theo, ambos sí solos, fríos, durmiendo el sueño eterno en medio de la nada, en cuna de hiedra con sábana de mármol.

Allí pudo despedirse definitivamente de esos ojos azules que dieron una impronta distinta a su excursión por Francia pero no se pudo despedir aún de ellos, los impresionistas, por lo que decidió esperar los albores de la primavera, volver a Pontoise y diagramar una visita a Giverny para recorrer los jardines que inspiraron a Monet y su casa con toda su intimidad.

Cuando llegó a París, la visualizó blanca, blanca de nieve, blanca, pero nunca se imaginó que detrás de tanta blancura podía encontrar todo el color, el de los impresionistas, un color que la iluminó, que le marcó senderos, que alimentó su alma, que la llenó de sol, ese invierno gris.

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