Hacia donde vuelan los flamencos (II). Autor: Rudy Hedemann

SEGUNDA PARTE

         A lo lejos, los hombres divisaron un manto de niebla que oscurecía el sol y se acercaba a ellos con inusitada velocidad. Todos gritaron al mismo tiempo.

—¡Tormenta de arena! ¡Tormenta de arena! —repetían con desesperación.

En segundos, una especie de pared indócil se deslizó sobre ellos, molesta, hiriente, avasallante. La arena comenzó a amontonarse sobre sus pies, a clavarse entre sus ropas. Se hablaban a los gritos, pero casi no se escuchaban. Aturdidos, no veían por donde iban.

—¡Manténgase junto a las carretas! —ordenaba el jefe —.¡No se separen! ¡Cubran las cabezas de los bueyes! ¡Que la arena no lastime sus ojos!

Con sogas, unieron los dos carros formando una especie de pasarela que serviría como sostén y referencia para los hombres. Los dos británicos obedecían las indicaciones, enmudecidos. La orden principal era mantenerse juntos, no separarse y cuidar las pertenencias.

Intentando comprobar la dirección del viento con la brújula, el jefe no pudo distinguirla con nitidez a treinta centímetros de los ojos.

Cuatro horas después, nada había cambiado. Las palabras eran apagadas por el ruido del viento y por la arena que los golpeaba hasta maltratarlos.

Los carros y los animales eran imágenes borrosas, como                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    lejanos dibujos enmarañados en la penumbra.

Los nativos cubrían sus cabezas y bocas con sus atuendos típicos: amplios y largos hasta los pies, permitían que el polvo chorrease por el cuerpo sin herirlos. En cambio, los hombres blancos ataban sus sombreros por debajo de la barbilla y cruzaban pañuelos por la boca, anudándolos detrás de la cabeza. A diferencia de los bosquimanos, la ropa occidental acumulaba la arena contra el cuerpo, incomodando y entorpeciendo los movimientos.

El viento, que llegaba por oleadas cada vez más fuertes, amontonaba arena contra la ruedas y empujaba los carros hasta hacer peligrar su estabilidad. Varias lonas escaparon de sus ataduras y volaron hasta perderse en el desierto, mientras los hombres perdían el equilibrio en búsqueda de maderas para apuntalar los vehículos.

Patotobi, aferrado a la soga que unía las carretas, llegó con esfuerzo hasta donde estaba el jefe.

—.Tonel de agua caer a la arena —exclamó angustiado.

Un barril menos de líquido complicaba los planes de marcha. Si había caído, significaba que la baranda del costado también había cedido a la fuerza del viento.

—.¿Se rompió?

—.Sí, roto, roto. Agua perdida.

Desesperado, el jefe pensó en el resto de la carga, los alimentos y el combustible.

—Protejan las cajas, átenlas entre sí, que no se muevan —indicó a los gritos.

Patotobi regresó a tientas para cumplir las órdenes. Asido a la soga y arrastrándose con dificultad, una ráfaga lo arrancó de la cuerda y lo levantó por el aire hasta hacerlo desaparecer ante la vista angustiada de todos los hombres. El jefe dejó escapar un alarido angustioso y prolongado que lastimó sus cuerdas vocales.

A las nueve de la noche, después de doce horas de abatirse contra los expedicionarios, la tormenta no daba muestras de calmarse. Los rostros de los hombres mostraban las consecuencias de esa desigual lucha. Irreconocibles, tenían los labios hinchados, los pómulos sangrando y los ojos inflamados. Las manos ampolladas indicaban el esfuerzo por mantenerse aferrados durante la tempestad. Por hablar a los gritos, las gargantas ardían y tragar saliva era una tarea molesta. El agotamiento, la angustia y el dolor no les permitía pensar con claridad.

Por fin, pasada la medianoche y cuando la luz de la luna intentaba atravesar una nube de polvo impalpable que flotaba en el aire, la tormenta pareció agotarse. Urgidos, los hombres aprovecharon para calmar la sed y dar agua a los bueyes. Aunque los ánimos aparentaban calmarse, la preocupación por la suerte de Patotobi los volvió a la realidad.

Exhaustos, decidieron esperar la luz del día para revisar los vehículos y buscar al bosquimano extraviado. Agotado hasta no poder mantenerse en pie, el jefe prometió curar las heridas de los hombres después del desayuno.     Esa noche, durmieron sobre la arena mientras un polvillo que caía suavemente sobre sus cuerpos los fue cubriendo como si se tratara de una manta protectora.

A la madrugada, un sonido lejano parecido a un trueno interminable los despertó. Era el viento que regresaba con mayor furia, como si se hubiese retirado unas horas para acumular fuerzas.

El embate fue más violento y aterrador. Las lonas que protegían los vehículos se desgarraron. Un carro se inclinó hasta apoyar todo el peso sobre una rueda, la que no pudo aguantar el esfuerzo y se partió en tres pedazos. Como consecuencia, un segundo tonel de agua cayó al suelo, desparramando el contenido sobre la arena.

Pasado el mediodía, con los ojos llenos de lágrimas y sintiéndose culpable por tanto dolor de su gente, el jefe clamó a Dios por misericordia.

Pero la clemencia divina tardaría en llegar.

Recién a las seis de la tarde, el viento calmó de improviso y el ruido de las ráfagas desapareció. La nube de arena que volaba en remolinos se precipitó en la inmensidad del desierto y el sol insinuó un apacible atardecer.

Abatidos, sin resistencia y al borde del desmayo, los hombres intentaron recomponerse. Sacando fuerzas de su fe, el jefe de la caravana lavó y curó las heridas de todos, incluyendo las propias. Uno de los británicos, con dos dedos quebrados desde el día anterior, había soportado el dolor sin quejarse. A él le practicó un entablillado de emergencia con astillas que saltaron de un tonel.

Después de comer, los músculos comenzaron a recuperar parte de la energía, pero era insuficiente ante el desafío de reconstruir la caravana y ponerse otra vez en marcha.

El jefe contempló a sus hombres recostados en el suelo, sensibilizados y doloridos; recorrió con la vista las estructuras de los carros, en parte destruidas, y verificó la existencia de agua. La situación parecía insostenible, no podían seguir avanzando en esas condiciones. Aunque temía lo peor, organizaría la búsqueda de Patotobi antes de regresar todos al punto de partida.

Pero, ¿cómo reanimaría a su gente? Estaba seguro de que, esta vez, los rezos no alcanzarían. Además, los hombres necesitarían días enteros para recuperarse de las heridas. Súbitamente, recordó dos botellas de whisky que había traído para combatir el frío. Las encontró; estaban intactas. Luego de pedir perdón a Dios por lo que haría, las abrió. Todos bebieron hasta no dejar una gota. Mientras el whisky desaparecía entre los labios de los expedicionarios, los bosquimanos reían y los hombres blancos eructaban. Al final, el alcohol los hizo dormir con la boca abierta y roncar hasta el día siguiente.

La mañana era luminosa, con un cielo límpido, transparente. El jefe despertó más temprano que los otros viajeros, bebió dos tazas de té con mucho azúcar y comió dátiles. Al rato, se sentía recompuesto. Luego, cortó vendas, las humedeció con agua, que se había enfriado durante la noche, y las aplicó sobre las heridas de su gente. Enseguida, con un aceite espeso alivió los ardores de los que tenían ampollas en las manos.

Ahora, debían reparar los daños y buscar a Patotobi.

Moviéndose con dificultad y soportando el dolor de un golpe en la rodilla, subió al pescante del carro para mirar hacia todos lados, pero no encontró rastros del bosquimano. El paisaje estaba cambiado; un mar de dunas de más veinte metros de altura se desparramaba en lo que antes había sido una inmensa planicie.

Para iniciar la reparación de los carros, fue necesario descargar la mercadería que transportaban y excavar hasta quitarlos de la arena. Las ruedas y parte del piso estaban cubiertos por el talud de una elevada duna, amenazadora, abrupta. Era una pared a punto de desmoronarse en cualquier momento, sostenida por los propios carros.

La tarea fue lenta. Los hombres limitaban sus movimientos por el dolor de las heridas y las afecciones musculares; pero nadie se quejó. La idea de salir de ese estancamiento lo antes posible los estimulaba.

Las llantas de acero, poco conocidas hasta ese entonces en el Sur de África, permitieron que la reparación de las ruedas se limitara a reemplazar algunos rayos de madera. Las barandas laterales, arrancadas de su sitio por los toneles de agua, fueron atadas provisoriamente con sogas. Los nativos, hábiles en el manejo del cuero, zurcieron las lonas con tientos engrasados.          También, desarmaron los ejes para quitarles la arena y lubricarlos con aceite comestible. A última hora de la tarde, todo parecía estar en orden otra vez.

—.Han quedado fuertes nuevamente, aunque no creo que puedan soportar otra tormenta —confesó el jefe —.Los vehículos podrán circular y los bueyes no han sufrido demasiado, están bien alimentados y descansados —hizo un silencio premeditado—. Pero no nos ha quedado suficiente agua. Han sido dos toneles los que se han despedazado.

Nuevamente silencio.

—.He sacado cálculos… disponemos de agua para cuatro días más, quizás cinco. ¿Regresamos o nos arriesgamos a continuar la marcha?

Todos decidieron seguir.

Esa noche no fue tranquila para el jefe. Despertaba por momentos con las manos crispadas, sin darse cuenta si lo había hecho soñando o despierto. Sabía muy bien que cada día que pasaba era menos agua para los viajeros y menor la esperanza de encontrar con vida a Patotobi. Lo intentaría al día siguiente, de cualquier forma.

A las seis de la mañana, cuando el sol apenas iluminaba el horizonte y las nubes parecían hebras oscuras huyendo de la noche, tres grupos de hombres partieron en busca de Patotobi.

—.La arena todavía no se ha asentado, así que caminen con cuidado y sin cansarse. Haremos tres recorridas de dos horas cada una y luego de la última, veremos qué decisión adoptamos.

A poco de iniciar la marcha, uno de los británicos pensó que la tormenta habría dejado grandes montañas de arena que sepultaron todo signo de vida, pero pocos minutos después constató su error: vio más escorpiones que los días anteriores; serpientes siseando, disimuladas en la penumbra; ratones temblorosos, tan pequeños como un pulgar; y, por primera vez desde que habían, salido hormigas con destino incierto. “¿De qué se alimentan? ¿Dónde estarán las hojas o los cactus?”, se preguntaba.

Pasadas las dos horas, los seis expedicionarios retornaron a la caravana. Casi no hablaron, no tenían nada que decirse. Bebieron agua fresca, comieron galletas secas y, sin descansar, continuaron la búsqueda.

A las once de la mañana, en la tercera ronda, el jefe sentía algo en sus entrañas que le indicaba que Patotobi estaba vivo, que lo encontrarían en cualquier instante. Miró hacia el Norte; sí, por allí tendría que estar. Por ser un hombre experto, conocedor de la geografía y los puntos cardinales, se habrá encaminado al Norte, hacia donde vuelan los pájaros rojos.

A las dos de la tarde, el sol caía sobre el desierto con fuerza despiadada. Los hombres descansaban sudorosos y taciturnos a la sombra de las carretas. La tristeza los envolvía. Sin embargo, la decisión de proseguir la marcha era aún más fuerte.

Los bosquimanos o sans fueron los primeros pobladores del desierto del centro de África, y han permanecido allí durante miles de años. Esos hombres son nómades cazadores y sus mujeres recolectoras de frutos y plantas con las que complementan la alimentación de la familia.

Se mueven a través del desierto en grupos pequeños, de no más de cuarenta o cincuenta individuos, compartiendo la carne y el agua, ayudándose mutuamente y construyendo chozas que habitan hasta que los alimentos escasean. En ese momento, las abandonan para mudarse a otro lugar más benigno.

Esos hombres, resistentes al calor, al frío y a las sequías, están moldeados por la naturaleza para vivir soportando temperaturas extremas y esfuerzos desmesurados. A pesar de ser de baja estatura, sus cuerpos son proporcionados y fuertes. Sin importarles las penurias que sobrellevan, agradecen a Dios los alimentos que reciben y aman ese suelo árido que recorren en todas direcciones. Admiran el universo en plenitud.

En ese ambiente de escasez de medios e intensos sacrificios para vivir se había criado Patotobi. Cuando la tormenta lo arrancó de la soga que unía las dos carretas, rodó por el suelo como si fuera un arbusto seco. Magullado e inestable, en el instante que quiso ponerse de pie, una ráfaga lo despidió contra el piso.

Aturdido, se mantuvo acostado para ofrecer menos resistencia al viento. Esperaría en esa posición hasta que la tormenta se sosegara. Pero la tempestad de arena comenzó a sepultarlo. Al erguirse, el viento lo empujó con más violencia, tumbándolo y golpeándolo contra el piso. Ensangrentado y confuso, se sintió morir.

Pero un bosquimano no se rinde sin dar pelea, está modelado por siglos y siglos de su raza para luchar hasta el fin. Después de juntar fuerzas, se incorporó una vez más, quedando a merced del viento que lo lanzó contra una roca que sobresalía de la arena. Le costaba respirar. Permaneció sin moverse, jadeando, pensativo, creyendo que sus horas estaban contadas. En el momento que la arena lo cubría se arrastró detrás de la roca, imitando el movimiento de las serpientes. Con cada centímetro que avanzaba, el dolor lo martirizaba hasta las lágrimas, las que se mezclaban con la arena hasta formar una pasta abrasiva que lo laceraba. Se sacó la ropa, la cortó en dos partes y la unió en una especie de improvisado cordel con el que se ató a la roca, que ahora le servía de protección contra el viento. Se desmayó por el esfuerzo.

Cuando despertó, el viento había calmado. Era de noche. Se puso de pie y miró hacia todas partes. No encontró resplandores del fuego de la caravana ni luz de la estrellas. El cielo continuaba nublado. Esperando el nuevo día, durmió hasta el amanecer.

Horas más tarde, abrió los ojos. Se sentía más fuerte, aunque hambriento y con sed. Comprobó que el viento había soplado mientras él dormía, porque sus piernas aparecieron bajo una gruesa capa de arena. De pie, se liberó de las partículas que le cubrían el resto del cuerpo y miró hacia el sol, que por fin comenzaba a mostrarse sobre los nubarrones. Ahora sí, la calma había llegado. Calculó la hora con la sombra que proyectaba su cuerpo y trató de orientarse para marchar en la dirección correcta. Palpó la cintura en busca de las cañas y el cuchillo; por suerte, había podido conservarlos intactos.

Durante la mañana, buscó en el cielo el lugar adonde se dirigían los “grandes pájaros rojos”. Creyó encontrar el Norte y hacia allí fue. Caminó con dificultad, como si tuviera tiempo para hacerlo; las costillas le dolían en cada movimiento.

Miró las dunas. La suave brisa del amanecer provocaba pequeños remolinos en las cimas, como si estuviesen formadas de un material impalpable. Al subir a una de ellas, encontró un paisaje distinto. Ahora, las suaves montañas de arena dejaban lugar a un suelo plano que se extendía hasta el horizonte. Se alegró.

Descendió por el talud, tratando de no caer. A cada paso, una punzada le subía por la pierna hasta llegarle al pecho, obligándolo a tomarse las costillas con ambas manos para calmar el sufrimiento. Probó envolverse con la tela que quedaba de su ropa: se alivió. Comenzó a buscar en el suelo arenas de otro color. Cuando encontró la primera mancha oscura, se arrodilló con ansias y cavó con el cuchillo un pozo de dos pies de profundidad. Enseguida, enterró en el fondo del hoyo la caña más gruesa. Lo hizo con prolijidad. Luego, la sacó con delicadeza, haciéndola girar para no desmoronar el perfecto tubo que había formado. Después de cerciorarse que la punta estuviera húmeda, introdujo la caña de menor diámetro dentro del tubo formado en la arena y comenzó a succionar. Sabía que al cabo de unos minutos la humedad se trasformaría en agua. Así lo había hecho tantas veces para él y su familia. Pero ahora no tenía fuerzas y el dolor de las costillas le resultaba intolerable.      Abandonó el intento. Buscaría un lugar donde el agua estuviese más cerca de la superficie. Necesitaba encontrarla con urgencia pues el sol comenzaba a quemar y no tenía dónde guarecerse ni agua para calmar la sed y enfriarse la cabeza.

Vagó con los ojos obnubilados por el calor y la debilidad. A las diez de la mañana, encontró arena de un color casi púrpura. Sí, ese era el lugar donde intentaría buscar. Ahuyentó un escorpión, escondido bajo la sombra de una piedra y se arrodilló con el cuchillo en la mano. Perturbado en sus pensamientos, guiado por un impulso ancestral de miles de años, cavó sin descanso.

Sin saber exactamente qué estaba haciendo, enterró la caña más gruesa y la extrajo con lentitud. Aunque una especie de niebla en los ojos le había formado una cortina invisible que le impedía ver, con la punta de los dedos distinguió que la caña estaba húmeda. Luego, introdujo la otra más fina dentro del tubo formado en la arena y comenzó a succionar. En ese momento, el esfuerzo, los dolores y la debilidad lo hicieron desmayarse bajo los despiadados rayos del sol.   .

Por fortuna para los viajeros, las dunas habían quedado atrás y el suelo se presentaba más estable. Las ruedas de la carreta no se hundían y los hombres ya no bajaban del vehículo para ayudar a empujar. Así, con lentitud exasperante, los expedicionarios avanzaban hacia el Norte.

A las diez de la mañana, el bufido de los bueyes era el único sonido que rompía el silencio, mientras el chirriar de las barandas de madera, atadas con tientos de cuero, se había convertido en una monótona letanía que acompañaba a los viajeros.

Súbitamente, el grito del bosquimano que conducía la carreta los sobresaltó.

—¡Allá, allá! ¡Patotobi! ¡Patotobi!

Todos saltaron del carro para correr en su auxilio.

Patotobi no supo si la oscuridad era fruto de su ceguera o porque era de noche. Sabía que estaba vivo, que lo estaban atendiendo y dando de beber de a sorbos. Oía eco de voces, pero no podía precisar quiénes hablaban. El ardor de la tintura que le aplicaron en las heridas terminó de reavivarlo. Al llevarse las manos a los ojos, encontró que estaban cubiertos por algodones humedecidos. Los retiró y parpadeó para acostumbrarse a la luz. Quiso sentarse, pero no tuvo fuerzas. Tuvo una arcada, tosió y luego sonrió.

—.Gracias, gracias —fue lo único que atinó a decir.

Después de veintidós días de sacrificado viaje a través del desierto, con la piel lastimada por el sol, malestares estomacales y sed martirizante hasta el delirio, llegaron a las orillas de un inmenso lago: el Ngami.

Los viajeros, alegres y agradecidos a Dios por haberles permitido coronar la travesía, se empaparon con placer en el agua y refrescaron sus pies durante horas.

La riqueza de la fauna y la extendida vegetación era para los expedicionarios un símil del paraíso. Patotobi, orgulloso de su raza y de la proeza, repetía cuantas veces podía: “rumores de mi tribu ser verdad”.

Dos días después, luego de descansar y disfrutar del paisaje, los expedicionarios encararon la tarea de explorar el entorno del lago, sorprendiéndose del tamaño; ni aun con la ayuda de los prismáticos lograban ver la otra orilla.

En su diario de viaje, el jefe escribiría:

Estimo que la circunferencia de este gran lago es de 170 millas (280 kilómetros). Es un lugar donde ningún hombre blanco ha llegado antes que nosotros. Me siento un privilegiado por contemplar la variedad de animales y pájaros que viven aquí. Espero que este descubrimiento marque el camino para mejorar el comercio y el desarrollo del interior de África. Acá, hemos encontrado elefantes, leones, búfalos, cebras, antílopes, rinocerontes, monos, hipopótamos y docenas de mamíferos de todos los tamaños. Hay tanta variedad y cantidad de aves que cubren las ramas de los árboles como si fueran hojas.

         “Los rumores de los nativos han resultado ciertos; el lago Ngami, como lo llaman, es de enormes proporciones. El año próximo intentaré llegar adonde dicen que hay cataratas tan altas que, al caer, el agua se convierte en humo”.

 

nota del autor

el jefe era en verdad david livingstone,

médico, explorador y misionero escocés,

además de una de las mayores figuras de

la historia de la exploración africana.

hoy, el lago se redujo a la mitad de la

superficie como consecuencia de la

acción del hombre.

las cataratas mencionadas por los bosquimanos

son las “victoria”, bautizadas así por

el propio livingstone.

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