Hacia donde vuelan los flamencos (I). Autor: Rudy Hedemann

 Sudáfrica, 1849

Las huesudas manos levantaron las riendas y rápidamente las dejaron caer con fuerza sobre los lomos de los animales.

—¡Uiu! ¡Uiu! —fue el profundo grito de mando que se escuchó en el primer carro.

—¡Uiu! ¡Uiu! —se repitió en el segundo.

Por fin, a las seis y cuarto de la mañana, la travesía se había iniciado.

Los habitantes del pequeño poblado permanecieron mirando los carros que se alejaban confundiéndose poco a poco con el horizonte, donde los esperaba una planicie sedienta y desconocida que recién despertaba al nuevo día.

A las ocho de la mañana, lejos de todo vestigio de vida humana, los rayos del sol parecían rebotar contra el suelo y atravesar las lonas de los carros, anunciando que pronto llegaría el intenso calor. Casi de inmediato, los hombres comenzaron a aliviarse de ropa.

Dos británicos que formaban parte de la expedición se sentían inquietos y asombrados al mismo tiempo. El paisaje era magnífico, pero atemorizante. Nunca antes habían estado en un desierto como ese, al que siempre imaginaron yermo, con arenas y dunas que volaban de un lado a otro. Sin embargo, frente a ellos se extendía un suelo rojizo plano y seco donde nada se interponía a la vista.

—.Es una mezcla de tierra y arena, más bien una especie de fina arcilla que fluye fácilmente entre los dedos —escribirían en el cuaderno de viaje.

De vez en cuando, los viajeros divisaban una bandada de rojos flamencos que volaban en la misma dirección que la caravana, hacia el Norte.

—.Esas aves conocen el lugar donde encontrar agua. Debe ser el gran lago sobre el que rumorean los nativos… y nosotros lo encontraremos — aseguraba el jefe.

En ocasiones, aparecía un arbusto achaparrado o un árbol enano de ramas flacas y pocas hojas que sobrevivían con la poca humedad de las profundidades. Allí, amparados por una mínima sombra, descansaban ruidosos pájaros que migraban hacia donde nadie sabía.

Al tercer día, todo signo de vida desapareció. La desolación era total. El calor agobiaba a los hombres durante el día y el frío los atería por la noche.

Los dos jóvenes británicos dormitaban atormentados por los intensos silencios de la noche, cuando la calma absoluta parecía herir sus oídos. Pese a la fatiga que acumulaban día a día, les resultaba imposible descansar. Aunque ambos se cuidaban de exponerse al sol, muy pronto sus labios comenzaron a agrietarse y luego a sangrar. Buscando alivio, los mantenían humedecidos con pañuelos mojados en agua, sin evitar que el aire caliente acribillara sus gargantas y les resecara el paladar.

Una mañana, descubrieron que sus cuerpos sufrían una especie de acelerada metamorfosis: la pálida piel inglesa había cambiado a un color pardo, sus ojos azules mutado a un rojo sanguinolento y los dedos de las manos encallecidos por tantos esfuerzos. En tanto, el cabello se les erizaba como abrojo indomable que impedía el uso de peines. Para mayor sufrimiento, caminar sobre la tierra ardiente les provocaba llagas en los pies.

Todas las noches, el jefe escribía las experiencias del día, las novedades producidas, la cantidad de agua disponible y el estado de salud de los expedicionarios. Esa noche, escribió:

—.Hoy no hemos visto flamencos.

En la cuarta jornada, como si una invisible marca en la geografía indicara que la caravana había cruzado el fin del mundo, también los pájaros desaparecieron y no hubo más rastros de arbustos ni árboles solitarios ni huellas de pastos.

Al mediodía, cuando el cielo era de un azul profundo y sin nubes, el sol parecía agigantarse mostrando su impiadoso poderío con lenguas de fuego que lastimaban la piel. A medida que la temperatura aumentaba, las fosas nasales de los hombres se secaban, las gargantas parecían marchitarse al compás de roncas palabras y los bueyes resoplaban ruidosamente por el esfuerzo.

Aprovechando que los animales abrevaban, el jefe reunió a todos los hombres para hablarles:

—.Amigos, estamos solos ante el gran desierto… por suerte, Dios nuestro Señor nos ha permitido disponer de agua y comida para llegar al gran lago donde anidan los flamencos —sus palabras mostraban fe y un contenido optimismo.

Se secó la transpiración con el pañuelo que llevaba sin anudar alrededor del cuello, observó a todos y, levantando su mano derecha que sostenía un recipiente de hojalata, dijo:

—.Tres de estas medidas de agua serán las que podremos utilizar por día a partir de ahora… tres para cada uno de nosotros, sin excepción —su tono demostraba sutil autoridad y manejo de la situación sin dar lugar a dudas.

Los tres bosquimanos que acompañaban la expedición sonrieron sin disimulo. Es que la ración de agua propuesta por el jefe era más de lo que los nativos consumían en una semana.

Patotobi, el mayor de ellos, pasó con disimulo su mano derecha por las cañas que llevaba colgando de la cintura, al tiempo que intercambiaba miradas burlonas con los otros dos.

Asombrados, los británicos que habían sido enviados a esa aventura por la Sociedad Científica de Londres, descubrieron que el desierto rojizo y agresivo por el que transitaban no estaba inhabitado. La primera señal la encontraron en los excrementos depositados por los expedicionarios. Todas las noches, para disponer de un mínimo de privacidad y contener los hedores de las heces, emplazaban una lona a cincuenta pasos de los carros formando una especie de “pared sanitaria”. Allí, los bosquimanos cavaban un pequeño pozo que se utilizaba como letrina. Cada mañana, los británicos observaban que las heces se habían reducido y que un enjambre de diminutas y molestas moscas revoloteaba alrededor.

A medida que se acostumbraban al clima, ambos comenzaron a descubrir detalles que antes no habían tenido en cuenta: huellas sinuosas e irregulares dejadas por alguna serpiente; brechas en la tierra, por las que asomaban escarabajos; piedras, donde se escondían escorpiones y, en el medio de la nada, cactus solitarios con enormes espinas.

—.¡Significa que hay vida, que tienen alimento! —gritó uno de ellos, entusiasmado por el hallazgo.

—.¿Y el agua? —preguntó el otro inglés.

El jefe, que escuchaba el diálogo, se acercó para explicarles:

—.Todas las especies que se encuentran por aquí tienen gran resistencia al calor y a la falta de agua. Aunque algunas no la necesitan porque la extraen de sus propias víctimas, y otras, como el escorpión, se satisfacen con la humedad de la noche o con las gotas microscópicas de las nieblas matinales.

—.¿Escorpiones venenosos?

—.En efecto, son venenosos —el jefe hablaba con su clásica flema, como si estuviera dando una conferencia —.Y en estos momentos estamos ingresando a una zona donde abundan, así que a partir de esta noche dormiremos con tules que protejan la entrada de las carpas.

Los dos jóvenes se sobresaltaron sin poder disimularlo.

El jefe intentó calmarlos continuando con su charla:

—Debo decirles que no conozco a nadie que haya muerto por la picadura de un escorpión… y no todos son tan venenosos como se supone. Si se toman las precauciones necesarias, como poner un tul, instalar la carpa en un lugar previamente barrido y dar vueltas las botas durante la noche, será muy difícil recibir una picadura.

El hombre los miró con suficiencia, mientras caminaba a la par de los bueyes.

La octava noche se presentaba muy fría. Pese a la ausencia de la luna, el cielo se iluminaba por millones de estrellas que centelleaban contra el telón oscuro del Universo. La Vía Láctea y las constelaciones cercanas cruzaban el firmamento como si señalaran el camino a seguir por la caravana.

Dentro de su carro, sentado en un improvisado banco y utilizando un tonel como escritorio, el jefe terminaba de escribir su diario, al que llamaba con ironía “la bitácora del desierto”. Resistiéndose al cansancio, mantenía los hombros erguidos y encorvaba de a ratos la espalda para desentumecerse. Por fin, cuando decidió acostarse, una ráfaga levantó partículas de polvo que al chocar contra la lona de su carro, rompió el silencio nocturno.

—.Mala señal —dijo para sí mismo.

A la mañana siguiente, cuando el sol era un semicírculo dorado surgiendo por el Este, las nubes extendidas y deshilachadas parecían algodones teñidos en sangre. Apurado, el jefe subió al carro sin haber terminado su desayuno, ansioso por otear el Oeste-Noroeste y confirmar sus sospechas. Extrajo el binocular, miró hacia el Oeste con mayor detenimiento y enseguida llamó a su ayudante, el bosquimano Patotobi.

En ese momento, una ensordecedora bandada de flamencos pasó volando sobre las cabezas de los expedicionarios.

—.Dime, Patotobi, ¿Alguna vez viste una bandada tan ruidosa de flamencos? Parecían desesperados.

—.Nunca.

—.¿Dónde queda ese lago tan grande que tu tribu dice que existe?

—Lago quedar para allá —señaló el Norte —. Para donde ir nosotros; allí, catarata ser tan alta que el agua se convierte en humo. Hacia allá ir los grandes pájaros rojos que cruzan desierto.

—.Gracias; quieres decir a donde migran los flamencos.

—.Sí —contestó Patotobi, caminando al lado de los bueyes sobre el suelo candente, como si no molestase a sus pies apenas calzados con sandalias. Sin embargo, desde hacía una hora, el hombre había notado que la arcilla rojiza estaba cambiando de color, dejando paso a la arena. “Ahora, pies sufrirán y bueyes andarán más lento”, dijo para sus adentros.

Quince minutos más tarde, con una humeante taza de té en sus manos, el jefe de la caravana reflexionaba sobre el avance de la expedición, los hallazgos de piedras calizas, los cactus gigantes con espinas del tamaño de un pie y escorpiones con cuerpos de mayor tamaño que los conocidos por él.

Cuando terminó el té, bajó del carro y caminó hasta la letrina. La lona que servía de “pared” se sacudía por una brisa ya convertida en viento helado y molesto.

Esa noche, verificó las existencias de agua y comestibles y se acostó preocupado. El aire parecía enrarecido y las estrellas brillaban con menor intensidad.

La mañana se presentó fresca y las tinieblas de la noche demoraban en desaparecer. Oculto parcialmente por las nubes, el sol parecía retrasar su salida brillando con menor intensidad que de costumbre.

Después de levantar la mirada hacia el cielo y agradecer a Dios un nuevo amanecer, el jefe contempló el desierto, transformado en arena pura. Aspiró una bocanada de aire que llenó sus pulmones y percibió señales extrañas.

Una hora después de que la caravana se pusiera en marcha, Patotobi levantó la cabeza y enfocó la nariz hacia el Este. Una humedad destemplada llenó sus fosas, inundándole la garganta de un sabor que a él resultaba desagradable. Inmediatamente, cruzó miradas de inquietud con los otros bosquimanos, al tiempo que los bueyes comenzaban a sacudir las testas y mostrarse indóciles.

El jefe, que había advertido esas señales de hombres y bestias, miró hacia el Este. Algo en el firmamento le resultó extraño; una atmósfera difusa, ocre, se movía con aparente indolencia en todas direcciones. Se estremeció. Llamó a todos con tono de urgencia.

—.Temo que pronto tendremos una tormenta. Preparémonos. Que desaten a los animales y los amarren entre sí; debemos evitar que escapen.

En ese momento, el sol se había transformado en una esfera desdibujada tras un manto de nubes que regalaba colores cambiantes sobre el desierto con el correr de los cúmulos. El viento matinal comenzó a tomar fuerza y el aire se enfrió de golpe. Los bueyes levantaban y bajaban sus cuellos en señal de inquietud.

A los lejos, los hombres divisaron un manto de niebla que, oscureciendo el sol, se acercaba a ellos con inusitada velocidad. Todos gritaron al mismo tiempo.

—¡Tormenta de arena! ¡Tormenta de arena! —repetían con desesperación.

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