Camino al encuentro. Autor: María de los Ángeles Jovovic

Dicen que todos los caminos conducen a Roma. Por lo menos, para mí, el único camino que me llevaría al destino que buscaba, al corazón de mi familia, me obligaba a cruzar el Océano Atlántico, desde América del Sur hasta los Balcanes. Podrían haber existido mil maneras de encontrar un sentido de pertenencia, pero mi Roma estaba muy cerquita del Mar Adriático, y con tan solo 22 años y mucho ímpetu, estaba dispuesta a viajar para descubrir ese velo. Creo que cada viaje nos enfrenta con lo mejor y lo peor de nuestra existencia, ineludible, inocultable. No tenía idea de con qué o con quién me hallaría en mi camino al encuentro, en mi intento por recuperar mi pasado o, tal vez, mi presente.

El tío Vuda me esperaba ansioso esa lluviosa mañana. Ya hacían dos meses que nuestro idilio de tío y sobrina que recién se conocen, iba viento en popa. Eran las seis de la mañana cuando nos encontramos en el andén 7 de la Terminal de Ómnibus. Yo cargaba una mochila pesada para permanecer un mes en la otra casa del tío, al otro lado de la frontera, al otro lado de la muralla. Por supuesto, con mi testarudez, yo sí había derribado una muralla, la de la indiferencia, aunque fuesen tiempos difíciles para las uniones. Muy poco tiempo después comenzaría la oscura época de las desintegraciones y las fragmentaciones familiares, la de las pérdidas y el desconsuelo.

Habíamos pasado dos deliciosos meses disfrutando del sol, de la playa, de los espectáculos al aire libre, conociendo gente que me recibía con gran cordialidad en sus casas, saliendo a bailar con muchachos que me presentaban, o deambulando por los bares y restos de la costa con mis dos primas, un poco mayores que yo. Había gozado de esos meses con toda mi juventud e intensidad en las costas montenegrinas. Hasta ahí, el viaje había sido el encuentro familiar más maravilloso que hubiese imaginado. Un día, el tío Vuda, deseoso por mostrarme y ofrecerme lo que tenía para dar, me había propuesto conocer su otra casa, que se hallaba del lado de Bosnia, en donde él había vivido 40 años con su esposa, a quien había conocido en su juventud. Ya jubilado, iba y venía, de las montañas en Livno a las costas del Mar Adriático, en Montenegro. Permanecía unos meses en cada sitio.

Partimos esa mañana muy temprano en un autobús que estaba repleto de soldados. De la diversión y la belleza del mar, conocería y vivenciaría, entre otros lugares, una región bellísima, la del exotismo de Bosnia, la de la ecléctica Sarajevo, la de la mezcla de culturas y tradiciones. Permanecería un mes en Livno, una ciudad en Bosnia y Hercegovina. A mitad de camino, nos hicieron bajar a todos. Comenzó una inspección exhaustiva de la documentación de los pasajeros. Ya eran tiempos de preguerra y eso se sentía en un ambiente lleno de crispación y suspicacia, de manera solapada, en un comienzo. Es como un secreto a voces que se siente hasta en el aire enrarecido que se respira. Un militar que sostenía una bayoneta en una de sus manos, que me quitaba la respiración, me hizo un interrogatorio minucioso sobre el motivo de mi visita, por tener pasaporte extranjero. Quería saber mi procedencia y mi destino y en dónde permanecería. Subí al ómnibus para buscar, entre mis pertenencias, con bastante nerviosismo, mi pasaporte. El tío permaneció a mi lado, mientras este hombre me hacía muchas preguntas. Cuando me liberó del tenso momento, volvimos a nuestros asientos, con el presagio de que ese era un aviso de lo que viviríamos en los próximos días. Llegamos a la ciudad de Mostar, en donde empalmamos con otro micro hacia Livno. Teníamos tres horas más de viaje.

Al atardecer, llegamos a la casa de los tíos. Mi tía Lena nos esperaba con un delicioso guiso de lentejas. Después de comer, me presentaron a una joven de mi edad, de origen musulmán, Jasmina, que vivía en el mismo edificio de 5 plantas. Media hora más tarde llegó Renata, otra joven, de 23 años, de religión católica, que vivía en el primer piso, en el departamento próximo al de los tíos. Haría una linda amistad con ambas muchachas, quienes me llevarían a conocer la ciudad, los bares, sus amigos, o con quienes me juntaría a tomar café a la turca, con largas tertulias de por medio. Renata era quien me llevaría a la iglesia los fines de semana. Las reuniones eran muy agradables y divertidas, hasta que los orígenes y las diferencias empezaron a pesar. Se armaban discusiones acaloradas, por momentos, que intentaba comprender.

Mi prima cumplía años al día siguiente a nuestra llegada, así que estuvimos de festejo, recibiendo a muchos invitados en la fiesta de cumpleaños, en donde conocí al novio de mi prima, Rade, y a sus amigos. Los días siguientes, oscilé entre la visita a familiares y las salidas con mi prima y las vecinas que había conocido el primer día que llegué. Todas las noches íbamos a un bar a jugar billar, lo que se estilaba allí. En una oportunidad, fuimos a un boliche bailable, en donde se me acercó un joven delgado, muy delgado, cuatro años mayor que yo, quien me resultó muy atractivo. El magnetismo que ejerció el joven Mladen sobre mí fue inmediato. El interés pareció ser mutuo.

El tío Vuda tenía que hacerse un chequeo médico, así que una noche me pidió que lo acompañara a Sarajevo, al día siguiente. Por supuesto, acepté. Partimos muy temprano y, mientras lo atendían al tío en un hospital, me dediqué a recorrer la ciudad a pie. En ese momento, no tuve conciencia que sería una testigo de cuán bella y pintoresca era Sarajevo, de la que se escribió tanto. Estaba plagada de edificaciones de distintos estilos, con un fuerte sello musulmán. Era una ciudad ecléctica, llena de vida y de movimiento. Ese paisaje urbano se transformaría para siempre. En un par de meses, la bella Sarajevo se convertiría en un núcleo de caos y barbarie, a la que transformarían en polvo y escombros. El encanto de esa ciudad quedó grabado en mi retina para siempre. Cuando regresamos a la noche, tuve una larga charla con mi prima, en su habitación, la que terminó en carcajadas y en abrazos. Estaba tan cansada, que me dormí enseguida.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, encontré una carta sobre mi almohada, que rezaba:

“Anoche me dormí muy tarde, pensando en tu presencia y en lo que significas para nosotros, querida prima, por lo que decidí escribirte esta carta para contártelo. Después de tantos años, llegaste a nuestras vidas, de manera intempestiva, como tu carácter, lleno de fuerza y determinación. Antes de tu llegada, nos preguntábamos cómo serías, cómo nos llevaríamos. Teníamos mucha ansiedad por conocerte, pero también mucho temor. Analizando mi propia vida, y habiendo convivido y compartido este tiempo contigo, llego a la conclusión que no tengo tíos, solo uno muy lejano al que no creo que llegue a conocer. Sin embargo, llegaste un día a nuestras vidas y tomé conciencia y sentí como nunca había sentido, que tu padre es mi tío, y tus hermanas son mis hermanas y tu hermano es mi hermano. En nuestra tradición popular hay un refrán popular, que dice: La sangre no es agua. Te quiere. Zora.”

Cuando terminé de leer la carta, me di cuenta que mi rostro estaba empapado en lágrimas.

Después de varios días, volví a ver a Mladen en el bar de siempre. Pasamos varios encuentros en un tira y afloja permanente. El día en que yo partía de Livno, sonó el teléfono a las 3 de la mañana. Me levanté corriendo, para que nadie despertara. Del otro lado, sentí la voz de él, que solo atinó a decir:-Yo te amo- Y cortó.

El ambiente en esos días fue entre festivo y tenso. Hubo romance inesperado, amistad, encuentros y desencuentros. Muchos de los amigos que hice en esos días, no sobrevivieron a la guerra. No supe qué sucedió con el dulce Mladen. Él me había dicho que viajaría en un par de meses a Alemania, para trabajar allí como mozo. Hacía poco que había caído el Muro de Berlín. Era un suceso histórico esperanzador para los jóvenes. Nunca supe si lo logró.

Ayer me levanté muy temprano, con un frío que calaba los huesos. Me senté a tomar un café, junto a una ventana, en un bar en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Las calles estaban desiertas, por ser domingo. Mientras saboreaba mi café, posé mi mirada en un hombre mayor que hablaba por su teléfono móvil en la vereda, mientras con la otra mano sujetaba el cuello de su grueso gabán, para protegerse un poco del frío porteño. Esa imagen me remitió, por algún motivo, a los últimos días de ese viaje. Hacía tanto frío como ayer. Todo había pasado demasiado rápido para mí. Lo que es seguro, es la huella que dejó ese encuentro en cada uno de nosotros, veintitrés años atrás.

Recuerdo que cuando deseaba llamar a mis padres a Argentina, el tío Vuda me acompañaba caminando a una cabina telefónica. Esperábamos que nos comunicara una operadora, después de reiterados intentos de comunicación, a veces frustrados. Las cartas llegaban a las cansadas, pero contenían cientos de anécdotas, en donde volcaba mi ansiedad, mi entusiasmo y mis sentimientos a flor de piel.

Hace un rato me comuniqué con mi prima Zora. Publicó unas fotos en una red social, de un viaje que hizo a Sarajevo la semana pasada, junto a sus hijos y a su marido Rade. Le escribí- “Me gusta”. Acto seguido, le pregunté adonde habían ido. Me respondió enseguida: -A Sarajevo, a visitar a unos amigos. No reconocí la ciudad, en las fotos.- “Hermoso”-publiqué. Y sonreí. No me había percatado hasta este momento. Es el siglo XXI.

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