Cuatro horas bastan. Autor: Jairo Manuel Sánchez Hoyos.

Mañana nos graduamos, somos 29 personas procedentes de todo el país, recibiremos el título de “Promotoría en Ventas”, otorgado por el Servicio Nacional de Aprendizaje. La ceremonia se hizo en el club de la ciudad. Muy elegante quedó. Estuve dos semanas aprovechando el calor de mis padres antes de hacer ese viaje tan esperado. Había ahorrado año y medio para regalármelo como premio a mí capacitación. Sería una pequeña gira por las principales ciudades de la costa Caribe Colombiana. Así que partí el primero de julio. Demoré dos días en Cartagena, uno en Barranquilla, Dos en Santa Marta y hoy voy a cumplir el segundo día de permanencia en Maicao, mañana temprano me embarco de nuevo hacia Córdoba, mi tierra. Son las 2:00 pm, camino distraído mirando las calles cuando de pronto veo un rostro que me llama la atención. ¡Si era él!, Antonio Salinas, natural de Barranquilla, quien había terminado el curso conmigo. Nos pusimos muy contentos, dialogamos sin detenernos porque estaba comprando un repuesto, no muy lejos del taller de donde trabaja, según me dijo, de ahí esa facha que tenía.

-¿Tú, trabando de mecánico?

-Así es Juancho, hay que hacerle de todo, “barco parado no gana flete”. Mira, ahí en esa pieza vivo, ven, te mostraré el taller.

Estaba a cuatro casas de donde me dijo que vivía. Me presentó al dueño, Omar Carrillo, natural de La Jagua del Pilar, de estatura promedio, igual a la mía, piel morena, ojos rapé, cabello liso, de unos treinta años de edad. En este instante recordé que en cinco días cumpliría yo 25. Me preguntó el lugar de mi procedencia, le dije otro, a sabiendas de que estaba en tierra extraña. Quiso saber si estaba buscando trabajo. Miré a Antonio, su mirada me hizo contestar afirmativamente.

-Bueno, aquí cabes, puedes empezar desde ahorita mismo, ganarás el 20 % sobre trabajos realizados.

El taller estaba en la misma casa de Omar, miré distraído hacia el comedor, con paredes de vidrio, vi asomarse a una morena de cuerpo supremo, una diosa acabada de bajar del Olimpo. Fui incapaz de no volver mis ojos una vez más hacia ella, con el riesgo del improperio de quien hablaba conmigo. Tal vez era su hermana, tal vez su esposa.

-Lamento tener que decirle que no conozco el oficio.

-¿Entonces qué demonios buscas aquí?

-Tan sólo voy de paso, entré a saludar a mi amigo.

-Bien, despídase y deje trabajar.

Mi amigo me pidió que lo visitara esa noche. A las 7 pm, estuve en su pieza. Hablamos de todo, él se interesó para que me quedara a trabajar. Yo insistí en mi falta de conocimiento en la materia.

-No importa, trabajas ya sea lavando piezas o comprando los repuestos, a veces no hay quien haga esa labor, todos estamos ocupados.

Me puse a pensar que no debía perder esta posibilidad. Todos los días no se da el trabajo así de fácil. Acepté. Me pusieron a lavar piezas, hacer el aseo del taller mañana y tarde, más comprar los repuestos cuando fuera necesario. La paga me pareció buena. No era de extrañar, pues había un mayúsculo movimiento económico originado por el contrabando y el cultivo de la marihuana. Un alto número de ciudadanos estaban en esta ilícita actividad. Así que el dinero fluía, Maicao crecía, se necesitaba toda la mano de obra posible, por eso no era corriente ver la mescolanza de razas.

De hecho, lo más bello de mi trabajo era el momento en que me acercaba a buscar las escobas para barrer el taller, pues me llenaba de gozo al contemplarla. De veras hacía honor a su nombre, Minerva Bruguez, natural de Urumita, muy cerca de La Jagua del Pilar, donde es su marido. Yo la miraba y siempre estaba distante. Parecía ausente del mundo.

A la tercera semana de trabajo nos invitó Omar a tomarnos los traguitos. Nos fuimos a un local moderno y elegante. A la media botella de Whisky ya estaba yo con la lengua suelta. Me puse a cantar y a declamar poemas. Estábamos: Albeiro, compañero de trabajo, Antonio, Omar, ella y yo. Los demás compañeros no asistieron.

Les recordé al grupo que Minerva había sido la diosa romana de las artes y la sabiduría, además patrona de los artesanos. Se alegró de que se lo recordara.

Su esposo se apartó por unos minutos mientras hablaba con el dueño del local. Yo aproveché para cantarle.

Minerva

Ni siquiera sabes quién soy

Ni lo que quiero

Pero confórmate con saber

Que eres tú la que me impulsa

A llegar hasta el fondo de los quereres.

Tú, mi diosa Guajira,

La más atractiva de las mujeres

Aquí tienes a este amante

Embajador de lejanías

Por ti virgen concebida

Estaría dichoso

Entregar ahora y siempre

Mi enamorada vida.

 

Los presentes aplaudieron más por educación, que por emoción, no obstante ella me dio el mejor de los premios, su olímpica mirada, una mirada de pasión que enfermó veloz a mi pobre corazón.

 

Su marido volvió a la mesa. La vi tomarse un solo trago en toda la noche, mientras que nosotros ya llevamos dos litros de Whisky. Me sentí mal. Me fui al baño, vomité, me lavé la cara y los brazos. Me miré al espejo, ahí estaba su rostro, tan lindo, tan fresco y ufano. Saqué del bolsillo una caja grande de chicle y me comí varias pastillas. Me alisé el cabello y salí al corredor. La veo venir, ¿será real? Supe que era real cuando mi alma se vació entera en su vagina, en el rincón oscuro de junto al baño. Fue tan lindo y soñador. Regalo divino, una diosa junto a este, el mortal más afortunado de la tierra, la que marcha con tanta prisa para dejar atrás el olvido de las desdichas. Demasiada afortunada se transformó mi suerte porque momentos como aquel se volvieron a repetir cada tres noches en mi alcoba cuando ella iba al supermercado del barrio a buscar lo del desayuno. Era un acto sublime. Por eso…La vida vale la pena, como dice Petrona.

Acorté los envíos de dinero a mi familia, pues tenía planes, debía ahorrar.

Hoy es 4 de octubre, el 8 nos escaparíamos porque nos queremos, y porque….Llevaba en su vientre un hijo mío. Omar era estéril, de vez en cuando habían dialogado sobre lo de adoptar, pero cada vez decidieron aguardar hasta estar bien seguros de dar este paso. Me levanté temprano, era mi costumbre, me fui de una vez. Ahí mismo llegó Antonio, junto con las primeras gotas de lluvia. Duró casi una hora la lluvia. El sol no quiso aguardar y salió esplendido, detrás del resto de trabajadores que llegaron contentos de haber recibido la bendición del cielo. Eran las 8:22 am, llegó una Toyota crema. Su conductor se dirigió directamente a Omar. Miré por soslayo hacia donde hablaban, Omar me hizo señas, me acerqué. “Te vas con el señor a buscar una camioneta varada a Riohacha”.

En esos días cualquiera de mis compañeros me daba indicaciones y me animaba a que fuera en carro a buscar los repuestos. “Es la única manera de aprender, tú verás”. Así lo hacía de vez en vez.

-Pero yo no sé conducir muy bien.

-Eso no importa. Viene remolcada.

Busqué con la mirada a Antonio, alcancé a ver que se metía al baño, ausente totalmente de la tarea que me designaban. Miré para la casa con el imperioso deseo de verla. Frustración en mi intención.

-Andando, dijo el de la Toyota.

Me fui muy triste por no verla, pero contento por la otra faz de mi esfera mental. Esto de andar por las rutas de mi país me gustaba, por eso olvidé muy pronto el taller y me quedé con ella viajando en el vapor de la mañana. Cuando llegamos a Riohacha tomamos la carretera que conduce a Valledupar, después viramos a la derecha y después a la izquierda. Hasta ahí llegaba la ruta, lo demás eran filones escarpados. Nos bajamos. Miré el cielo, eran las 4: 00pm. Apareció un hombre moreno, bajito. Entré en alerta. ¿Todo bien? El conductor encendió un cigarro y contestó –“Misión cumplida”.

Sin pensarlo dos veces corrí a la cabina, el propósito era apoderarme del volante de la camioneta que seguía encendida, pero el conductor me dio una patada en el bajo vientre. Me puse en pie de una vez e intenté desarmar al moreno bajito, ya casi era mío su rifle cuando sentí el cachazo. Minutos más tarde volví. Ya no estaba la camioneta, pero si dos señores más. Quise incorporarme con ímpetu, pero me di cuenta que estaba atado. Me levantaron. Me echaron por delante. A las 4 am llegamos al punto por ellos señalado. Me dijeron que durmiera hasta las 7 am. Creí que no lo podía hacer, pero dormí por lo molido que estaba. Uno de los armados me trajo una regadera.

-De esa quebrada te provees de agua y riegas los semilleros hasta las diez de la mañana. Después te vas allá abajo donde estamos limpiando los cultivos, ten, está amolado.

Me entregó el machete y desapareció. A las diez me fui a desmalezar los cultivos. Me subía a una roca enorme, miré… Cientos de hectáreas con el mismo parche característico de estas plantaciones…Marihuana. No sabía si los otros cinco trabajadores estaban retenidos como yo, porque ninguno osaba entablar diálogo conmigo. Eran hoscos y reservados. Algo no andaba bien entre ellos. Estudié un escape, era difícil, porque la zona contaba con puestos de control, los que atravesamos diciendo el santo y seña del día. Según supe, eran cambiados cada tres días. Me lo contó Juan Silverio, un muchacho de Sucre, vecino de Córdoba, mi departamento. Por él me enteré que el dueño de los cultivos era un “man de Maicao que simula la actividad con un taller de autos en su misma casa”. Me enteré también que dos de los armados eran cuñados de él y el otro, su hermano mayor. Fue Juan Silverio quien me dijo que los compañeros no estaban detenidos, pero no se la llevaban bien porque tenían procedencia distinta, y como la zona era muy “caliente”, siempre existía la prevención de no hablar más de la cuenta. “Estoy arrepentido de haber llegado a este punto, existen otros menos peligrosos, ya les dije a los armados que les trabajo hasta diciembre, en diciembre quiero mi dinero porque me voy para mi casa”.

-¿No te pagan mensual?

-Si yo quiero.

-¿No es un riesgo que tengan tu dinero?

De unos días para acá lo he venido pensando, se escuchan rumores que matan para no pagar. Los compañeros cobran y se van aquí cerca a dejarlo todo en el sexo y licor, tal vez hagan contacto y logren enviar una parte a casa.

-Se me ocurre que les puedes decir que vas a casa por unos días, que apenas te den la mitad, la otra cuando vuelvas. Así no pierdes todo el dinero, ni pones en peligro lo más valioso del ser.

-Te haré caso.

El 3 de noviembre terminamos de desyerbar, nos ordenaron cortar la marihuana madura, que era un total de diez hectáreas. Cortamos las primeras tres que pusimos al sol durante cuatro días, después la empacamos en bolsas de 35 kilos. La transportamos a lomo de mula hasta un punto denominado “Pico e’ Loro”. Salimos a las 5:00 am y llegamos a las 12 del mediodía. De regreso, acortamos distancia tirándonos por unos cascajales baldíos. Eso creyeron mis custodios, después supe que estos terrenos fueron adquiridos por unos mexicanos llegados de Tijuana. A esta altura se habían distanciado tres de mis compañeros y uno de los armados. Detrás veníamos cinco al paso ameno y continuo de las mulas. Miré el sol, tenía una corona de fuego. “Son las 3.30 pm, murmuré”. Ahí mismo escuché un fuerte ruido que se aproximaba a nosotros. Se trataba de una pequeña avioneta botando cantidades de humo negro, la cual se estrelló unos cien metros delante de nuestro. Los tres ocupantes perecieron achicharrados. Unos minutos después estuvimos rodeados por ocho hombres fuertemente armados que se transportaron en trimotos. Nos hicieron sus prisioneros aduciendo que habíamos derribado la avioneta. En ese mismo momento llegaron dos camionetas, una de ellas conducida por una elegante dama, la esposa del piloto muerto, los otros dos resultaron ser un sobrino y un cuñado. Ya uno de mi grupo había dicho que adelante iban tres trabajadores y el jefe, que los trajeran para que confirmaran que nosotros veníamos era de hacer una entrega en “Pico e’ Loro”. No fue necesario, ahí venían a unos doscientos metros. Todos fuimos conducidos a las casas de la finca a medio kilómetro, hacia el oriente, sobre una explana, lo que hacía que desde donde nos encontrábamos no se viera. Nos dejaron en el patio e iban conduciéndonos de uno en uno a un cuarto para ser interrogados. A las tres de la mañana terminó el interrogatorio. Fuimos separados, me tocó dormir en un cuarto junto con Juan Silverio y cuatro más de los nuestros, vigilados por tres armados de la finca. Los otros no sé dónde durmieron. A las seis de la mañana nos echaron para afuera. No vi a ninguno de mis patrones. Un rato después escuchamos varias descargas. No me costó trabajo deducir que los habían ajusticiado. Así ocurrió porque a partir de este día nunca más los volví a ver. Somos gente de la tierra, a ella volvemos para surgir como flores silvestres o como maleza. Ahora yo quedaba esclavizado al servicio de la viuda, quien exportaba la droga en avionetas hasta México, de aquí era conducida por mar hasta California. Recordé mi infancia jugando con caballitos de palo y vacas de “totumo”, arriando todo este ganado sobre la inmensa pradera. Ahora esta ilusión se hacía real, pero la pradera era agreste y yo no arriaba, a mí me arriaban como bestia. Llegamos a lo que era mi antiguo campamento, todo triste y desolado. De veras que el suelo extraña a sus moradores. Golero del cielo, incansable compañero, ¿acaso no ves cómo beben la sangre de nosotros los forasteros? ¿Pero qué podéis hacer si tus ojos se enturbian con el cadáver que acabas de comer? No eres tú quien destaza el amor ni pulveriza los sueños. Ahora estaba siendo arriado, junto con el resto de mis compañeros, para despojar de toda esa yerba que fuera de mis primeros captores. La trajimos en carro, motos y en mulas.

A la semana siguiente la viuda trajo una avioneta nueva, tenía tres. Era costumbre del marido dar una ronda por la casa para coquetearle a su esposa antes de aterrizar en la orilla del riachuelo, donde estaba una bien mantenida pista, de casi un kilómetro. Escuché que el esposo de la señora acostumbraba cargar dos maletas de llenas de dólares, pero apenas había aparecido una, por eso era que cinco de aquellos matones desaparecían cada mañana. Tenían la tarea de encontrarla. Después abandonaron la misión, tal vez el esposo apenas traía una esta vez.

En enero del siguiente año, 20 de enero por más señas, me enviaron a buscar las mulas que habían tomado para los lados de donde se accidentó dicha nave. Ochenta metros antes de donde cayó, a mano izquierdo, yendo hacia el sur, pasó corriendo un armadillo con sus crías, me tiré de la mula y salí a su alcance, pero se metieron en el espeso rastrojal. Por la mera gracia divina de perseguir un armadillo, encontré mi futuro dentro de una figura de metal que no sabía exactamente qué era. Me acosté para ver el escondite de los animalitos. ¿Qué diablos era eso que se veía en el fondo del zarzal? Arrastrándome llegué hasta el objeto. Se trataba de la maleta extraviada. La volvía a dejar en su sitio. Ahí estaba segura, nada le pasaría, salvo que decidieran alistar estas tierras para sembrarlas de marihuana. Cosa que sería cierto a partir de marzo, en marzo se trasladarían las cosechas para este lado, así lo escuché a la patrona cuando se lo decía a su hermana Rubiela, una linda mexicanita de hermosos faldones y permanentes trenzas.

Apenas pude, hablé con Juan Silverio.

-¿Te atreverías a escapar?

-Lo veo imposible.

– Tienes que meterle fe a tu existencia para que tu destino no sea morir aquí, debes decir conmigo:

De todas partes vengo,

A todas partes voy,

Si estoy adentro salgo,

Si estoy afuera entro,

Soy mi propio fundamento

Que no duermo en mi letargo

Soy libre y por eso…

Y por eso…

Mucho es lo que valgo.

 

Se quedó meditando. ¿La poesía es realidad?

-La poesía es el tercer ojo, la que ve por nosotros.

-Entonces si tienes un buen plan, dímelo.

-No sé qué lo sea, pero si es un excelente motivo.

-Dímelo.

-Llegado el momento, por ahora es mejor que no sepas nada.

Estábamos de suerte, el 20 de febrero llegó la noticia de que habían tumbado una de las avionetas por los lados de “Pico e’ Loro” Salieron todos a ver, incluyendo a la viuda. Apenas quedamos nosotros los desamparados, a cargo de Rubiela y uno de los armados.

-Es la hora, dije a Juan Silverio.

-¿De varas?

-Sí. Limítate a seguirme.

Ya me había pillado el detalle de que este matón le estaba haciendo ojitos a la hermana de su patrona. En este momento se quedaron en el comedor. Me acerqué a ellos, me dirigía al matón.

-Mi jefe, por favor, denos un par de armas e iremos a ayudar.

Él la miró, ella sonrió. Era un acto de aprobación. Se paró y apareció con un par de revólveres y la llave de una moto. -¡Ten!

Me fui al hangar y la llené de combustible, más un tanque de plástico como reserva. Bajamos hasta medio kilómetro y regresamos por toda la ruta que llevábamos el día del accidente, hasta llegar al rastrojo. Ordené a Juan Silverio que se arrastrara. ¡Rápido! ¡Rápido! Tu vida poco clara hasta ahora ha sido, pero desde hoy de nuevo habrás nacido, forastero, serás mi amigo. Apareció con la maleta. Arrancamos a toda velocidad. Dos kilómetros más adelante, cuando supe que el ruido no se escucharía en la casa, le di un tiro. Sacamos el dinero y lo metimos dentro de un viejo costal. Llegamos justo unos seis kilómetros antes de mi antiguo campamento y viramos hacia la izquierda, a encontrar la carretera de Tres Palmas, de ahí viraríamos hacia la derecha y estaríamos en la carretera de Juan Valiente para empalmar con la que conducía a Valledupar. El velocímetro de la moto quería reventar. Teníamos cuatro horas para llegar a Riohacha, sería una bonita ventaja hasta que notaran nuestra ausencia. En Riohacha contamos el dinero. Un millón de dólares. Partimos mitad y mitad. Aquí nos separaríamos, así lo habíamos acordado. Él cogió su ruta y yo la mía, no sin antes recibir la moto de manos de él, quien condujo como verdadero campeón de motocross. Llegué a Maicao. Me miré al espejo del restaurante, donde arrimé para cenar y mirarme al espejo. Estaba peludo, muy curtida mi piel. Dejé la moto y tomé un taxi, me bajé cerca del supermercado. Eran las 7 pm, la vi venir, no había perdido la costumbre de mercar por las noches. La barriga, hice cuentas, cinco meses. Al supermercado no podía entrar con esta facha, más este costal viejo, así que le salí al paso. Era un acto muy suicida, pero debía hacerlo.

– ¿Te acuerdas de mí?

-¡Jaime!, ¡Jaime mi amor!, que suerte tengo, te creía muerto.

-Lo estoy, pero de felicidad, amor ya no queda tiempo de seguir divagando, vine solemnemente a tu encuentro para pedirte de rodillas que le pongas ese toque de encanto a mi vida, la que casi he perdido desde el día en que te vi. Por mis oídos corre un lindo sonido del que jamás me he desprendido, es aquel tierno, augusto y sensual quejido que sale de tu honor cuando hacemos el amor. ¿Quién iba a imaginar que mi dicha encontraría en estos remotos lugares? Voces que no eran de nadie, ahora son fértiles trigales, dos seres que sienten iguales. Aquél que quiso poner fin a lo nuestro con sus planes siniestros no podrá de aquí en adelante matar este amor, porque ahora soy un pescador en mar segura, que ha pescado el valor. ¿Por eso mi cielo, te irías conmigo a forjar la suerte sobre el mismo camino?

-Ay, amor, deja tu mar de aluviones, ven, llena mi cuerpo con tus enormes pasiones. Iré contigo a donde tú vayas, a donde me lleves, sobre la gleba dura o sobre el puente o los desnudos rieles, no importa la gloria sobre los fríos laureles, porque más grande es el amor que se escribe sobre sucias paredes, nos iremos en tranquilos malabares porque desde este instante cambio mi reino por simple altares.

Regresó a casa y trajo su auto, su marido jamás se percató por la borrachera que anegaba sus sucios sentidos.

Y nos fuimos en el carrito obediente al suave tañido de la noche, dejando atrás la triste ciudad que nos da su adiós con sus blancos pañuelos, sobre la neblina de cada poste de la carretera. Vamos dos pero muy pronto seremos tres porque llevamos la raíz de la maravilla, que como un tronquito valioso, la mar del vientre, traerá a mi próspera orilla.

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