La llamada de Albuxarrat. Autor: Juan M. Martín Alcaid

Albuxarrat no es un destino cualquiera que se encuentre en algún lugar ignoto de los confines del mundo. Está, por así decirlo, a la vuelta de unas curvas, muy cerca.

Albuxarrat era «la sierra blanca». Sin embargo, para los que la llamaban Abuxarra, era tierra pendenciera, indomable. Y es que su población se rebeló, varios siglos atrás, contra la autoridad cristiana que pretendía anular su identidad y sus libertades. Primero, fue obligada a convertirse a la religión de los vencedores. Luego, aunque resistió durante un tiempo, acabó derrotada. Fueron años de guerra y de sufrimiento. Después, llegaría la deportación por toda la península y, finalmente, la expulsión. Pero sus moradores, tras ocho siglos de permanencia entre nosotros, nos dejaron un rico legado que ha llegado hasta nuestros días. La agricultura en terraza, los sistemas de regadío, la gastronomía, la arquitectura, e incluso palabras de nuestro vocabulario, proceden de ellos. Me estoy refiriendo a la Alpujarra, o Las Alpujarras, porque son dos: la granadina y la almeriense.

Los que sienten pánico a volar, o los que se marean cuando embarcan en un crucero, tienen la alternativa de viajar a esta comarca por tren, en coche, e incluso a pie. Los que deseen alejarse del mundanal ruido, o los que tengan el bolsillo flaco, encontrarán en estos parajes un remanso de paz a un precio asequible.

Conocí las Alpujarras de la mano de mi madre, cuando yo contaba alrededor de diez años. Era la década de los años cincuenta. Fue la que ideó el viaje, y la que condujo nuestra pequeña familia a través de la Alpujarra granadina hasta Bayarcal, la última localidad de la provincia de Almería lindante con la de Granada, y pueblo natal del abuelo materno.

El viaje se inició en África. Nos trasladamos en ferry hasta la Península y continuamos por ferrocarril. Proseguimos por carretera, en un taxi que se averió una primera vez en mitad del camino, y en una segunda ocasión muy cerca de nuestro destino. Por dicho motivo, mis padres, mis dos hermanas y yo nos vimos obligados a concluir el tramo final a lomos de unas mulas.

Yo iba montado sobre “la roja”, nombre que le habían dado al animal por el característico color de su pelaje. Subiendo una cuesta, un sapo se plantó de un salto delante del animal. Este paró en seco, y yo volé entre sus orejas para aterrizar en el suelo. Menos mal que el mulero, que caminaba en cabeza con las riendas de la bestia, reaccionó a tiempo y su cuerpo sirvió de parapeto. Aparte de un pequeño coscorrón y de alguna que otra magulladura, fue un incidente de poca importancia del que se estuvieron riendo mis hermanas.

A la vuelta de una curva, viniendo de Laroles, apareció Bayarcal. Se ofreció a nuestra vista, recostado en las faldas de la sierra, como si fuera la maja de Goya. Conforme atravesábamos el pueblo, los lugareños nos miraban con curiosidad, sabedores de que teníamos que ser los forasteros que iban a llegar; cosa fácil de adivinar por nuestra ropa de alegres colores y nuestros zapatos, que contrastaban con la vestimenta oscura de ellos y sus abarcas, un calzado tosco con suela de caucho procedente de viejas cubiertas de automóvil.

Nos habíamos bajado de los animales en la plaza de la iglesia para que éstos pudieran subir sin esfuerzo la empinada cuesta que quedaba hasta la casa. Enseguida noté sobre mí las miradas de unos cuantos zagales que jugaban por allí. Comprendí que les llamaba la atención mi short, mucho más reducido que sus pantalones cortos que les llegaban hasta las rodillas. Uno no pudo contenerse, y soltó:

—¡Oye, que te vas a pisar los pantalones!

Y todos se pusieron a reírle la gracia.

¿La familia? ¡Bien! Besos, abrazos, emoción, regalos…Vamos, lo normal en estas circunstancias. Mientras charlábamos, dábamos cuenta del buen jamón serrano y de los embutidos que procedían de cerdos criados por ellos, y curados al aire frío de las montañas.   También nos ofrecieron un queso de cabra, picantito y muy sabroso, que venía de la Alpujarra granadina, y que los adultos acompañaban de un vino color “agua de calcetines”. Lo elaboraban en el pequeño lagar de la casa con la modesta producción de unas parras situadas a la salida del pueblo, en dirección a Paterna del Río. Los niños nos teníamos que conformar con simples refrescos. Comíamos y bebíamos con fruición, y es que los alimentos nos parecían, sin serlo, manjares de dioses. ¡Sabían tan bien! No como los de ahora. Estábamos ahítos. Así que dejamos para la merienda los pasteles que habíamos comprado en Loja. Para recuperarnos del cansancio del viaje, nos entregamos a una reconfortante siestecilla.

El racionamiento en España duró hasta l952, con lo cual aquel no era un periodo de abundancia. A pesar de ello, y sin ser ricos, nuestros parientes gozaban de una posición bastante desahogada. Pues, además del huerto familiar y de algunas tierras, tenían una pequeña tienda-estanco y una panadería en la parte baja de la vivienda.

Sin embargo, la casa carecía de algunas de las comodidades de hoy en día. Todavía no existían las lavadoras, y no había cuarto de baño. Había que bajar al barranco para lavar, ahuyentar las culebras de agua, y, tras el lavado, tender la ropa sobre los matorrales. Luego tocaba recogerla aunque no estuviera seca, y cargar con ella cuesta arriba hasta la casa. Los críos lo pasábamos bomba, pero no tanto las mozas que desempeñaban esta labor —ingrata a todas luces, ya que tenían que acarrear las pesadas cestas de mimbre cargadas con más ropa de lo habitual debido a nuestra estancia–. En cuanto a las necesidades fisiológicas, bastaba con cruzar la angosta callejuela que pasaba a la altura de la cocina, por la parte superior de la casa, y meterse en el corral entre conejos que salían disparados hacia sus madrigueras, gallinas, algún que otro conejillo de Indias, dos escandalosas gallinas de Guinea con aspecto de institutrices inglesas con sus trajes grises, y el rey del corral: un gallo hermoso, farruco, muy «echao p´alante», que hacía honor a su nombre. Debíamos vigilarlo con sumo cuidado para evitar un ataque sorpresa por la retaguardia consistente en unos tremendos picotazos en nuestras posaderas. Nuestra defensa consistía en un buen garrote, dispuesto siempre junto a la puerta de entrada del corral, por si el animalito se volvía beligerante. Si el uso del corral en verano era soportable con buen tiempo, no lo era en invierno con la lluvia o las nevadas. Cuando hacía mal tiempo, los lugareños recurrían al orinal de porcelana que se hallaba debajo de las camas. Por supuesto, no existía la televisión. La radio era la única distracción sonora disponible, junto con un anticuado gramófono de la « Voz de su Amo». Ya saben, el del perrito.

Por aquel entonces, no se disponía de frigorífico en las casas. Los alimentos se guardaban en la fresquera. Con los productos de la huerta y de las tierras, los animales vivos del corral, los embutidos y las conservas de la propia tienda, los parientes eran autosuficientes. Le compraban leche fresca a Gabriel, un joven pastor que pasaba cada mañana con su rebaño de cabras por las calles del pueblo, camino de la sierra. Entre su ganado caprino se escondían unas pocas ovejas, recién esquiladas, que parecían avergonzadas de su desnudez. El pescado procedía del litoral de Adra, el mismo puerto por donde siglos atrás embarcó Boabdil, el llamado rey Chico de Granada, rumbo al exilio en Fez. Lo traía en su vieja y desvencijada camioneta un tal Severiano, hijo de un vendedor ambulante de mismo nombre que mi madre había conocido en su juventud cuando venía al pueblo con su padre. Tocaba la bocina con intensidad para alertar al vecindario de su presencia. Luego, empezaba a pregonar el género para que acudieran las amas de casa:

—¡Ha llegado el «pescaero»! Tengo sardinas, jureles, boquerones, calamares, todo muy fresco.

Cuando era preciso, se le podía comprar hielo.

Una mañana, nos levantamos más temprano que de costumbre para presenciar como los hombres se afanaban en restaurar el tejado de la casa con launa, una arcilla que se echaba sobre las lascas de pizarra para tapar fisuras y huecos con el fin de evitar filtraciones en invierno. Cuando finalizaron de reparar el “terrao”, y una vez secada la mezcla, las mujeres pusieron al sol tomates cortados por la mitad a los que habían echado sal. Los chiquillos ayudábamos, encantados, y aprovechábamos cualquier descuido para comernos algún que otro fruto. Parecía que teníamos un hambre insaciable. También colgaron sartas de pimientos rojos en los balcones y en las paredes colindantes para secarlos.

Los días transcurrían felices. Los mayores a sus cosas, la bisabuela balanceándose en su mecedora, y los niños a divertirnos. Una de las cosas que más nos gustaba era recolectar cerezas tardías y otras frutas del huerto. Entre cata y cata llenábamos la cesta que luego llevábamos a la cocina. Cuando tocaba regar, subíamos a una balsita que estaba más arriba, quitábamos la piedra y la tierra que taponaban la salida del agua y dejábamos correr el líquido elemento hacia los tomates, los pimientos, los calabacines, las berenjenas y demás hortalizas. A veces, nos encargaban recoger los huevos que habían puesto las gallinas del corral.

Nos encantaba escaparnos a los prados, donde se respiraba un aire aún más puro si cabe. Recorríamos caminos pedregosos, subíamos trancos, y pasábamos por bancales y paratas bordeando los balates. El itinerario que más me gustaba era el que subía por senderos entre castañares. La ascensión nos fortalecía las piernas. Y aunque el descenso resultaba fácil, volvíamos a casa molidos.

Para estas salidas campestres llevábamos nueces, almendras, higos secos o manzanas. Por si no fuera suficiente, añadíamos un trozo de pan de aceite que se elaboraba en el horno familiar y que se mantenía tierno varios días. Si teníamos sed cogíamos agua de un manantial que había en una pequeña oquedad del camino. Mis primos aseguraban jocosamente que sólo bebían en él “unos topillos”.

En ocasiones, nos cruzábamos con una pareja de la Guardia Civil que venía patrullando por la sierra. Me llamaban la atención su traje verde aceituna, el reluciente tricornio de hule o de charol cogido con su barboquejo, los imponentes bigotes, el mosquetón que colgaba del hombro, la pistola, las cartucheras, y la cartera de camino donde guardaban documentación. Si era un guardia que no nos conocía, le hacía al otro un ademán con la cabeza en nuestra dirección. Entonces el compañero le contestaba:

—Estos son los hijos de los que paran en la casa del estanco.

Un día, uno de los dos guardias nos hizo una recomendación muy especial:

—Mucho cuidado con los lagartos y las víboras, que son peligrosos. Sobre todo las víboras volantes –añadió riendo.

—¿Qué sería eso de las víboras volantes? —me pregunté.

Como no tenía respuesta, tuve que recurrir a mis primos (en realidad no eran mis primos, sino los hijos de las primas de mi madre) para que me aclararan el enigma.

—Tú no te preocupes, que ya te avisaremos cuando veamos alguna —respondió el mayor de ellos.

Me puse a cavilar sobre el tema mientras seguíamos andando. Nuestros padres nos habían aleccionado básicamente sobre la peligrosidad de las víboras. Éstas, al contrario de las culebras que gustan de los lugares frescos y umbríos, suelen tomar el sol sobre las rocas. Debido a su mimetismo no es fácil descubrir su presencia. Su mordedura puede resultar muy peligrosa. Para espantarlas, llevábamos palos y hacíamos ruido constantemente. A los lagartos también les encantaban los baños de sol. Yo había presenciado como se ponían de color azul cuando se irritaban, y se decía que les corrían a las mujeres.

Íbamos caminando, cuando de repente alguien gritó:

—¡Una víbora volante!

Salí corriendo, despavorido, y no paré hasta que estuve lo suficientemente lejos del supuesto reptil volador. Cuando escuché las carcajadas de los miembros de la pandilla, comprendí que me habían tomado el pelo. Me quedé enfurruñado hasta que volvimos al pueblo y se lo conté a la bisabuela. Entonces, para consolarme, ella me regaló unas monedillas que había buscado en su faltriquera, para que me comprara unas golosinas en la tienda. No fue suficiente, y decidí que tenía que desquitarme honrosamente de la burla sufrida.

A fuerza de pensar, recordé una travesura que mi madre me había contado, y de la que había sido protagonista cuando venía al pueblo en su juventud. Una noche, había sacado de su jaulita al hurón que un tío suyo destinaba a la caza de conejos y lo había introducido en la cama donde dormía con sus primas produciendo un gran alboroto y mucha diversión.

Ya tenía la idea: emular a mi madre. Quedaba por saber si existía, como entonces, el correspondiente hurón para la cacería. ¡Lo había! Busqué la complicidad de un primo, de aproximadamente mi edad, que dormía en el mismo cuarto que yo, y al que soborné con unas cuantas canicas de vidrio. Él sabía dónde encontrar al pequeño mamífero. Cuando la casa estuvo en calma, me armé de valor. Fui a buscar el animalito, que llevé al cuarto donde dormían plácidamente los causantes de la burla. Lo solté sigilosamente sobre la cama y volví con rapidez a nuestra habitación. No tardó en producirse el resultado apetecido: desconcierto, gritos, y mucho ruido, porque no eran capaces de atrapar al escurridizo hurón. Sobresaltaron y despertaron a los mayores. Como negué mi implicación en los hechos y tenía la coartada del primito, fueron los otros niños los que se ganaron una buena reprimenda. ¡Bien hecho! ¡Estábamos en paz!

Los niños, en aquel entonces, —ahora no tienen tanta imaginación— solían rodearse de un halo de fantasía. Eran capaces de convertir   una escoba en un caballo y cabalgar sobre ella. O bien, jugar a los indios y “disparar” con un palo como si fuese un fusil. Si no tenían un palo, con el pulgar levantado, el índice y el medio extendidos mientras recogían el anular y el meñique, se inventaban una pistola. Una caja de cartón servía de coche o de barquito, y con unas cuantas piedras sabiamente colocadas las niñas construían una casa. A horcajadas sobre la rama de un árbol, volábamos en un aeroplano. En cuanto a mí, cuando en los atardeceres alpujarreños oía el ruido de un avión que surcaba el cielo de norte a sur, pensaba que podría haber sido el Latécoère de Saint-Exupéry, el piloto y escritor autor del libro El principito, llevando su carga postal a Dakar, en el Sénégal. Pasado el tiempo, me enteré que había muerto durante una misión de reconocimiento en julio de l944. Evidentemente no podía ser él quien tripulaba el avión que yo oía.

Aprovechamos los últimos días de nuestra estancia para efectuar unas cuantas excursiones a distintos puntos de la comarca. Después de coronar el puerto de la Ragua, en el que no se practicaba el esquí de fondo como actualmente, bajamos al pueblo de la Calahorra y a su castillo. Con los años, dicho entorno serviría de escenario para el rodaje de famosas películas. Por el lado este descendimos al vecino pueblo de Paterna, que hoy sigue teniendo la misma fuente de agua agria, o agua ferruginosa, de antaño. Luego, seguimos hasta Laujar de Andarax y Fuente Victoria.

Terminaron aquellas felices vacaciones y, con ellas, un viaje inolvidable. Si mi madre sintió la magia de esas tierras en su juventud, yo también sucumbí a sus encantos desde mi infancia. Por esta razón, siento a menudo la llamada de Albuxarrat. Es una llamada silenciosa, atávica, que se produce en lo más hondo de mi ser.

*****

El tiempo transcurrió, incansable. Nona, Décima y Morta, tres hermanas hilanderasque constituían Las Parcas, versión latina de Las Moiras de la mitología griega, y que personificaban el nacimiento, el matrimonio y la muerte, habían escrito nuestros destinos en las paredes de un enorme muro de bronce que nadie podía borrar. Según la leyenda, Nona hilaba la hebra de la vida con lana blanca entremezclada con hilos de oro que representaban los momentos dichosos, y añadía lana negra cuando se trataba de periodos de tristeza. Entonces, Décima medía con su vara la longitud del hilo, y la perversa e implacable Morta lo cortaba con sus malditas tijeras, poniendo término a la vida. Hoy sigo preguntándome por qué esas diosas del destino utilizaban mucho hilo de oro para determinadas personas, mientras que para la mayoría empleaban más lana negra.

El desamor se había instalado en nuestro hogar. Le sucedió lo que yo llamo “el cisma matrimonial”. Posteriormente se produjo la diáspora de sus miembros, quedando reducida nuestra familia a mi madre y yo.

Nos habíamos instalado en el sur de Andalucía. Pero a pesar de esta cercanía, por circunstancias de la vida, no fuimos al pueblo durante largos años.

Cuando reiniciamos los viajes, lo hicimos para desenmarañar el embrollo en el que estaba sumida la herencia del abuelo materno. La Parca se había llevado la mayoría de los parientes, y los que quedaban vivos ya no vivían allí. La casa y la panadería estaban en manos ajenas. Mejor dicho “en mano ajena”, porque el hombre era manco. Nos hospedábamos en Laujar de Andarax, que yo denominaba “el campamento base”.

No sabía entonces que el futuro me reservaba una experiencia sorprendente en el entorno de esa población. La desvelaré más adelante. Antes es preciso hacer un poco de historia.

Laujar significa en árabe Donde crían las palomas, y Andarax quiere decir La era de la vida. Después de haber entregado Granada a los Reyes Católicos, hecho por el que los musulmanes lo consideraron un traidor, al-Zogoybi, “el desventurado”, Muhammad Buabdillah, es decir, Boabdil, se alojó con su familia en el castillo de esta población en febrero de l492. Anduvo cazando con sus azores y sus galgos por tierras de Berja y de Dalías hasta que dos poderosas razones lo alejaron de su feudo. Una fue la presión ejercida por los Reyes Católicos para que abandonara estas tierras, ya que   consideraban problemática su presencia y temían que instigara una nueva sublevación. Prácticamente lo forzaron a que les vendiera sus bienes. La otra, la muerte de Moraima, su amada y dulce esposa, que fue enterrada en el cementerio real de la familia nazarí en Mondujar. Se cuenta que, cuando en octubre de 1493 el último sultán de Granada embarcó en el puerto de Adra rumbo al destierro, arrojó al mar su espada con empuñadura de oro y piedras preciosas.

Siempre que me ha sido posible, he acudido a la llamada de Albuxarrat. Uno de mis lugares predilectos es la localidad de Mecina Bombarón, en la zona granadina, situada a 1.230 metros sobre el nivel del mar entre encinas, pinos y castaños. Me gusta subir a una peña para contemplar el sol sobre el mar cuando sale. Desde esta privilegiada atalaya, si el cielo está limpio, se pueden divisar algunas de las montañas más próximas del continente africano. Adivino que detrás de ellas se esconden tierras fértiles y desiertos, sabanas y estepas, junglas y ríos. Los sonidos me llegan flotando en suaves oleadas con la brisa del sur. La algarabía de los bulliciosos souks, el barritar de los elefantes, los gruñidos de las fieras, los gritos o las canciones de los indígenas, todo se entremezcla. No faltan los olores y los perfumes. Entonces cierro los ojos y me dejo mecer por esas dulces sensaciones.

Las Alpujarras son sinónimo de magia, de misterios, de cuentos, de leyendas, y de tesoros escondidos. Con posterioridad a la entrega de Granada, nació una creencia según la cual, en una desnuda meseta del Cerro del Sol, no muy lejos de la Alhambra, se encontraban unas cavernas en las que Boabdil y su corte se ocultaban durante el día bajo un mágico hechizo, y de las que salían de noche para visitar sus antiguas residencias.

Ciento de años después, se había magnificado. A los personajes citados se habían unido grandes batallones de guerreros a caballo y a pie armados hasta los dientes. Eran soldados que llevaban siglos dormitando bajo un hechizo en cuevas y escondites diseminados por todo el país. Una vez al año, en la víspera de San Juan, quedaban liberados del sortilegio desde la puesta del sol hasta el amanecer, y se les permitía rendir homenaje a su rey. Se decía que estaba escrito en el libro del Destino que un día se rompería el encantamiento, y que Boabdil bajaría de la montaña al frente de este ejército, recuperaría el trono de Granada y reconquistaría la Península. Los jofores, o profecías de los moriscos, se alimentaban de esta confianza ciega en el porvenir.

En una de mis solitarias estancias en Laujar de Andarax, decidí hacer una excursión por una pista forestal que conduce al Cerro del Almirez. En una parte del recorrido, que mi madre y yo habíamos realizado a bordo de un seiscientos, existía un desvío que conducía al vecino pueblo de Paterna. Fue por esos parajes por dónde me encontré nuevamente con Gabriel, el cabrero que había conocido en mi primer viaje a la Alpujarra. A pesar de los de los años se mantenía en buena forma. Eso sí, con la piel del rostro curtida por el sol y surcada por profundas arrugas, y el pelo canoso que le asomaba por debajo del sombrero de paja. Cuidaba con sus dos perros de un pequeño rebaño de cabras, que llevaba a pastar a la sierra durante el estío. Se refugiaba en una vieja casucha de piedra para pasar las noches.

Apenas habíamos iniciado la conversación, me preguntó:

—¿De dónde es usted? Porque de Andalucía seguro que no es, más bien parece canario.

—Soy africano.

—¿Africano? Pues tiene usted la piel demasiado blanca para serlo. ¿No es negra la gente de África? —volvió a preguntar.

Le expliqué que yo era africano por haber nacido en ese continente, como es malagueño el que ha nacido en Málaga, o almeriense el de Almería.

Cuando le conté que yo había venido a las Alpujarras en mi infancia, exclamó:

—¡Entonces, tú eres el zagalillo que venía a comprar leche con el cántaro, y que paraba en casa de los del estanco! Yo soy Gabriel, el cabrero.

Nos alegramos mutuamente de nuestro rencuentro. Estuvimos charlando durante todo el día, recordando tiempos pasados. Compartimos nuestras provisiones.

Cuando al atardecer llegó la hora de la despedida, me hizo una extraña recomendación:

—No te entretengas, amigo mío, que no se sabe lo que puede uno encontrarse por estos sitios.

Había recorrido una buena parte del camino de regreso, y la oscuridad estaba envolviéndolo todo cada vez más. Empezaban a oírse los sonidos de la noche. Encendí un candil con batería que llevaba en la mochila, y que me proporcionó una luz blanquecina.

Me pareció que alguien me seguía. Supuse que sería fruto de mi imaginación y aceleré el paso. Fue entonces cuando una voz penetrante me preguntó:

—¿A dónde vas con tanta prisa, forastero?

Se me heló la sangre. Me volví lentamente, sin respirar, y me quedé atónito al ver a un guerrero morisco con abundante barba blanca que portaba casco y coraza, y que llevaba en el cinto una gumía junto a una espada con empuñadura de oro y piedras preciosas que brillaban bajo la pálida luz.

—No temas —me dijo—. Soy Boabdil, el rey de Granada. Vuelvo a mi palacio para cenar con mi adorada Morayma.

Se puso a mi lado y caminamos un rato, en silencio. De repente, habló de nuevo:

—Que la paz del Profeta sea contigo, hermano.

No me atreví a mirarle. Cuando lo hice, no había nadie. La noche se lo había tragado…

Anuncios

  1. Gloria

    Juan Manuel, es una creación tuya que ha de ser catalogada como una “pequeña” joya literaria. Consta de una gran riqueza gramatical y exquisitas palabras, ya casi en desuso. En cuanto a la temática, muy amena y descriptiva, mezclar la historia, con fantasía y un poco de autobiografía. Buen resultado, Merecido premio, enhorabuena!!!!!

  2. Pingback: Fallo IX Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2014 | Concurso de Relatos de Viaje

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s