Volver a irse. Autor: Susana González Rico

Para Gabo

“Y aunque no quise el regreso,

siempre se vuelve al primer amor”.

Alfredo Le Pera, 1935

 

La silueta del obelisco se dibuja sobre la montaña con sus verdes renovados por la lluvia. Las gotas dibujan caminos sobre los sucios cristales de la cafetería y sobre la mesa de aluminio se enfrían los cafés en vasos de plástico. La gente cruza corriendo la plaza, apresurada por hallar resguardo del súbito chaparrón. Tomás está hoy de cumpleaños, y la improvisada celebración en el cafetín reúne a un grupo de amigos alrededor de una mesa. A pesar de las sonrisas, de las palabras de felicitación y los abrazos, le cuesta encontrar razones para celebrar el paso del tiempo. Le incomoda el vapor que se eleva del asfalto caliente, el trópico le pesa en las ganas de irse y la angustia del tiempo perdido le enmudece la sonrisa en los labios. La ansiedad y la impaciencia le brillan en los ojos. Sus amigos le han regalado una guía de viajes que lo acompañará en la aventura que está a punto de emprender: Londres. Tomás recordaba haber escuchado ese nombre desde que era un niño en las conversaciones de sus padres. En aquel momento aún no podía comprender su significado, y quizás por eso le costaba hallar en su memoria una imagen asociada con esa palabra que ahora retumba en su cabeza como un gran anuncio de neón. Londres siempre había estado presente, y aunque al principio no entendía las razones, siempre supo que era y sería parte de su historia. Sus padres habían vivido algunos años allí mientras estudiaban, y el azar o quizás el afán de mantener vivo un amor que se extinguía, habían querido que él naciera en un impecable hospital, arropado de niebla y otoño. Su tiempo allí fue breve: para cuando la memoria de Tomás comenzaba a formarse y adquiría conciencia de sí mismo, ya la familia estaba de regreso en la tierra tropical que tanto habían añorado, en las calles donde aprendió a ser quien era. Las anécdotas de aquella época lo incluían, aun cuando él no las recordara, ya menudo estaban manchadas de nostalgia, soledad y tristeza. Nunca se atrevió a preguntar si había sido la ciudad, la lluvia, el invierno o su nacimiento el causante de esa oscuridad que se posaba como un ave sobre los ojos de su madre. Creció bajo la impresión de que aquellos años eran apenas un mal recuerdo, un error, y no una aventura digna de contar.

Al comenzar a crecer y darse cuenta del abismo que lo separaba de sus amigos y compañeros del colegio, Tomás comenzó a plantearse la posibilidad de que su lugar de nacimiento hubiera marcado su vida de maneras que él mismo no lograba comprender. Su perenne sensación de aislamiento y soledad, y su espíritu melancólico y gris, parecían reflejarse en lo que leía y aprendía acerca de Londres. Sospechaba que los conflictos personales habían marcado la memoria de sus padres de aquellos años, y no se atrevía a indagar acerca de cómo había sido su vida allí. Pero su curiosidad encontraba otros caminos para entender, y lo impulsaba a buscar sus huellas sobre aquellos muros antiguos y calles adoquinadas que no recordaba, convirtiéndose en una extraña atracción que él se empeñaba en ocultar. Encontraba algo inexplicablemente familiar y cómodo en la música, la moda e inclusive el cine y la televisión británica, como si finalmente alguien hablara su idioma. Recolectaba las pocas fotos de aquella época que encontraba en las gavetas de su casa y las pegaba en un cuaderno en el que escribía versos oscuros e historias tristes. Poco a poco aquellas páginas fueron llenándose de fotografías de la ciudad y citas de sus autores favoritos: primero Lewis Carroll y Tolkien, más tarde Agatha Christie y Sir ConanDoyle, después Orwell y Huxley.

La adolescencia encontró a Tomás en el medio de un conflicto interno que se reflejaba a su alrededor. El país que debía ser su patria, su referente y punto de partida, se transformaba bajo fuertes presiones políticas y sociales, haciéndose cada vez mas ajeno para él. Nada era estático, nada predecible: cada día era un sobresalto. La confusión lo llevó a encerrarse cada vez más en sí mismo, en los libros, mientras intentaba esconder su alienación renegando de su verdadero origen. Procuraba mirar por encima de lo que veían los demás, comprender su papel en aquellos cambios, tratando de encontrar justificativos para anclarse a la realidad. No era sencillo. A medida que pasaban los años, su capacidad de sorprenderse con los giros y piruetas de la historia se veía sobrepasada una y otra vez por la realidad. No lograba entender aquel afán de improvisación, los argumentos que movían las ansias de la gente, su egoísmo sin límites, las destructivas ideas de algunos. Algunas veces encontraba explicaciones en la efímera y breve historia de aquella patria rebautizada que cada vez era menos su hogar. Le costaba hallar puntos de encuentro, pero guardaba esperanzas en un cambio, en poder construir un futuro más parecido a él, a lo que creía y deseaba. Trataba de encontrar su lugar en aquella marasma de permutaciones, para sentirse útil y valioso, pero rebotaba incesantemente con el absurdo, con lo ilógico. Finalmente comprendió que no había espacio para él en aquella tierra de misses y corruptos, donde la playita y la birra adormecía el discurso vacío de sus amigos. Terminó por aceptar que nadie quería realmente un cambio, y aquella certeza le hizo volver a la memoria de los años perdidos, a su origen, a tratar de encontrar respuestas en aquel viejo cuaderno de fotografías y garabatos. Releyó cada una de las páginas y cuando llegó a la última tomó un bolígrafo y escribió en grandes letras: Volver.

Alguien le pregunta cuantos años cumple y Tomás responde malhumorado que son treinta y uno. Detesta esa cifra odiosa que indica que ya no estrena década, que el avance del almanaque es indetenible. Una edad de presentar examen, de sacar cuentas, de mostrar logros. Años en los cuales debería comenzar a vivir como siempre soñó, sobre los sólidos cimientos de lo construido, de lo aprendido. Momento de tomar la decisión tantas veces postergada, como si todo lo que hubiera sucedido antes fuera apenas un preludio para lo que debería ser. La vida empieza en el boleto de avión que guarda entre las páginas del viejo cuaderno, al que no le quita la mano de encima.

Desde el otro lado de la mesa, Victoria lo mira y sonríe. En los gestos nerviosos de Tomás reconoce a la que era hace diez años, y el ritmo de sus dedos sobre la portada de la guía de viajes, la hace descender por las blancas escalinatas de aquella plaza y sus memorias. Victoria mira distraída a la gente que camina por la plaza, mientras espera que se enfríe la taza de té que le calienta las manos. El olor a salitre y humedad le resulta agradable, y se siente repentinamente feliz. Sonríe mirando a un turista con sombrero y botas de vaquero que se toma fotos frente a una de las fuentes de la plaza. Eleva la mirada al cielo e imagina el discreto gesto de desdén qué tendría el rostro del heroico Almirante Nelson, sometido a la ironía de la historia, al observar la invasión de la ciudad desde lo alto de su imponente columna. A lo lejos, la silueta del Big Ben emerge de la niebla, para recordarle que está rodeada de historia, de arte, de cultura. Como suele sucederle a los nacidos en tierras más jóvenes, la extensa historia europea le genera la misma sorpresa y curiosidad que al niño que descubre que sus padres existían antes de su nacimiento. Quizás por eso le fascina Trafalgar Square y las historias que ha guardado en sus rincones a través de los siglos, y que aún atraen a los turistas de las más diversas nacionalidades. Le asombra que pocos residentes compartan su admiración: para ellos la plaza es sólo una fachada de utilería, una postal donde no encuentran sus propias huellas, y secretamente desprecian a los que buscan adueñarse de la ciudad fotografiando monumentos con sus cámaras digitales. La verdadera ciudad de Londres, su ciudad, está en otro lugar: en las oficinas postales, las casas de dos pisos, los colegios y las urbanizaciones, las universidades y el metro. Es allí, donde con su característica discreción, los ingleses se mueven silenciosos y a la sombra, hasta que unas generosas pints de cerveza en el pub de siempre les proporciona el atrevimiento para reclamar con orgullo su gentilicio. Victoria jamás pretendió poseer la ciudad, ni camuflarse con sus habitantes, haciéndose pasar por uno de ellos. Tampoco ha sentido la necesidad de encerrarse en un bunker de harina P.A.N., Diablitos y Toddy para sentirse en casa. Se sabe distinta y no pretende nada más. Londres es un libro que estudia con interés, y lejos de molestarle la mezcla de identidades y culturas, siente una curiosa fascinación por la gente que circula por sus calles. Se entretiene tratando de adivinar los orígenes en los rasgos y acentos, observa los colores de la piel y las ropas que visten, y no puede evitar comparar sus conductas con las de sus amigos y compañeros venezolanos. A pesar de haber nacido y crecido en Caracas, siendo sus padres inmigrantes, nunca se sintió definida por un único gentilicio. Un muro invisible tejido con expresiones y conversaciones que escuchaba en la intimidad de su casa la separó de los que debían ser sus compatriotas. Esa capacidad de vivir como extranjera en su propio país la hizo sentirse parte de esta ciudad acostumbrada al ir y venir de exóticos visitantes, donde ser forastero no es extraño. Aquí se podía permitir ser quien realmente era, sin un parpadeo de parte de los habitantes. Aquí era invisible, como siempre había soñado.

La brisa le desordena el cabello, y mientras bebe lentamente su té Victoria deja que la nostalgia le despeine los recuerdos y la regrese a una época en que la vida era simple, en que la felicidad estaba al lado de otra persona, alguien que pudiera completarla y con su amor, salvarla. El destino supo ser maestro y hacerle ver la realidad, y fue entonces cuando conoció a Daniel. Él apareció en su vida con sus libros y sus hermosos poemas, con su inteligencia y su audaz cinismo, con sus ojos verdes y su pelo rizado. Nunca antes el amor había tenido nombre y rostro. Un nombre que exigía todo de ella, que no perdonaba resquicios y no dejaba escapatoria. Su llamado no tenía concesión, no sabía de horarios, no diferenciaba el día de la noche. La pasión era insaciable y egoísta, exigía hambre a sus labios y lengua, y llenaba cada orificio y cada poro, explorando membranas y secreciones, dibujando temblores y dolores que no sabía que existían. Solicitaba sumisión a sus entrañas y a su tiempo. Ella lo rendía todo, entregando cada frontera, dejándolo ganar cada batalla con la esperanza de vencer en la guerra, de lograr su confianza. Jamás había experimentado aquella negación de sí misma, aquella entrega total. Daniel y su asedio cruel, sus interminables demandas, su expropiación de gavetas y amigos, del cepillo de dientes, de las telarañas de su habitación, de la música y las páginas. Para demostrar que su amor no conocía fronteras ni miedos, Victoria dejó todo para seguir sus huellas en la ciudad de la niebla y las gárgolas, sin calcular las consecuencias, y sin preguntarse si era lógico y justo.

No pudo prever la oscuridad que habitaba en la mente de Daniel, torturada por pesadillas que ella no conocía, por miedos y pensamientos obsesivos que lo enredaban entre sus redes arrastrándolo a la locura. Allí el amor de Victoria se dibujaba como una amenaza, un enemigo que lo debilitaba, una barrera que derribar en su camino a la muerte. Creía que era su debilidad por ella lo que lo enloquecía y que destruir su afecto era la única manera de salvarse. Cuando derribó con violencia el último de los puentes entre ellos, ella estaba sumergida en un remolino de culpa y miedo que la alejaba de cualquier posibilidad de huida, y la caída la tomó por sorpresa. Apenas pudo acallar el dolor con vodka y gin, cigarros, pornografía, pastillas para dormir, y cualquier otra cosa que sirviera para destruir la esperanza. En los brazos de desconocidos descubrió el poder liberador del sexo sin ataduras, su efecto nivelador, la venganza de destruirse y derribar el recuerdo. Encontró placer en el dolor y su particular forma de adormecer el miedo. Entre sabanas y saliva logró disolverse, convertirse en una molécula de agua indiferenciable entre las miles que flotaban en la niebla. Buscó refugio en la ciudad como la huérfana de patria que era, y a cambio, ésta fue generosa, aceptándola y abrigándola, mostrándole sus rincones secretos, reflejando es sus charcos los rasgos que desconocía de sí misma. En las estrechas calles llenas de anécdotas y memorias ajenas encontró la libertad de reescribir sin moral las historias que la construían, sus terrores y sus fuerzas. Reconoció su cuerpo, los límites borrosos entre dolor y placer, y aprendió la paciencia de andar sin urgencias por sus caminos prohibidos, descubriéndolo todo hasta encontrar el miedo. Se desnudó sin pudor en baños públicos y comprendió que el cuerpo era piel y recipiente, y que nada podía avergonzarla.

Finalmente logró reconciliarse con la oscuridad, con el asco, con el vacío y la soledad. Aprendió a quererse sin gustarse, y supo entonces que también quería estar con otros. Emergió inmune de aquella odisea, sanada del miedo y del odio, sin ninguna mancha que ensuciara sus sueños, como si todo hubiera pasado lejos de ella. Vació su bolsa de remedios, limpió sus pulmones y los cajones de cigarros y vació las botellas en el fregadero. Determinada a sobrevivir se dedicó a reinventarse, a redimirse, a olvidar y perdonar. Buscó las puertas de escape dentro de sí, explorando su mente y sus turbaciones como quien disecciona un insecto bajo la lupa, con cierto sádico interés de saber el dolor de sus heridas. Entonces supo que había llegado el momento de empacarlo todo en cajas y marcharse con el agradecimiento en las maletas. Envolvió cuidadosamente cada memoria, cada foto, cada carta, cada libro, cada especia. Había llegado la hora de buscar su lugar, construir su casa, regresar a la ciudad donde el norte siempre es claro y el mar no es tormenta y amenaza, sino risa y recuerdos de castillos de arena.

Trafalgar Square representó para Victoria aquel viaje, la partida y el punto final de aquella historia que dibujaba las fronteras de su propia vida. A sus fríos rincones llegó insegura y decepcionada, buscando respuestas, tratando de darle sentido a su dolor y soledad, y se juró que no lloraría más, inventándose la buena fortuna como una embaucadora hechicera. Bajo la fría lluvia de un otoño que le rompía las ilusiones, se incubó el embrión de la mujer en que se convertiría. Había encontrado todos los fantasmas que habitaban su piel, la juventud que no había vivido, sus fantasías y también la inmensa oscuridad del alma y la noche de las cuatro de la tarde con sus interminables pesadillas, los ceniceros rebosantes del insomnio, las cajas de pastillas sobre el estante del baño, siempre dispuestas a servir de salida. Pero también había encontrado la sorpresa de la primavera con su improbable carga de esperanza, el olor del pan recién horneado, el sabor del tabaco en una boca desconocida, el placer del frío en su rostro y el olor a cloro de las piscinas. El adiós sólo puede encontrarla de pie en sus escalinatas, desde donde la plaza escucha su despedida. Le responde con el gemido de un acordeón que llega a sus oídos como si viniera de otros tiempos. Su sonido tiene aroma de pizzas y Victoria reconoce los acordes de un tango y una palabra que hace eco en su pensamiento: Volver. ¿Volver a dónde? ¿A qué? ¿Es posible en algún momento regresar a lo que dejamos atrás? Acaso no es inútil volver, y encontrar que nada es como fue, nada permanece inmóvil. ¿Podrán sus ojos llenos de lluvia y niebla adaptarse de nuevo al sol tropical, a los gestos y las miradas, a la condena del eterno verano? Las preguntas se agolpan en su mente, y a pesar de que conoce las respuestas, algo poderoso en su interior le dice que aquel regreso es esencial, que todavía hay algo que hallar, que su camino apenas empieza. A los treinta y un años es demasiado joven para quedarse, y necesita crear un rastro de migajas, un extremo de hebra deshilachada de la cual mantenerse asida. Buscará al otro lado del mar las razones que justifiquen vivir el resto de su vida. O tal vez desatar para siempre aquel nudo que la ata a las palmeras y arepas, para poder ser libre de su memoria espectral. En cualquier caso, sabe que esta ciudad, esta plaza, se irá con ella, como parte de su anatomía interna, dibujando cada pensamiento, cada opinión, cada decisión. Su aroma de tierra húmeda será siempre un hogar, el lugar a donde volver, su lecho de muerte.

Han pasado más de diez años y la lluvia sigue cayendo a ambos lados de la memoria. Victoria aún continúa buscando excusas para construir caminos de vuelta. Y aunque sabe que la patria sólo existe en la memoria, en los trazos con que dibujamos lo querido, en aquello que dejamos quieto en una repisa, reconoce en el rostro de Tomás una ventana, una habitación de ese edificio que nunca deja de renovarse. Un refugio de la que es, lejos de la confortable cotidianidad de su esposo y los niños, un rincón amoblado por la pasión que comparten por el arte, donde las tertulias se extienden y el café se bebe sin prisa. Un lugar donde poner a prueba sus límites y atreverse a imaginar una vida distinta, aunque sepa que no es posible. Pero Tomás se va y ella se va un poco con él, de vuelta a la plaza que dibuja en sus sueños. Sus ojos no pueden evitar buscar la silueta de esta plaza, la que la observa desde el otro lado de la calle. Esta tampoco es suya, pero se le antoja una metáfora adecuada a la aventura que transita en esta ciudad. Una casa que terminó convirtiéndose en trampa, en laberinto, en bóveda desde donde sólo puede huir hacia dentro. Mira a Tomás y entiende que sus propias ganas de irse son sólo el recuerdo de las ganas de volver y quisiera poder decirle todo lo que descubre en su mirada, que es la misma mirada de ella: que su irse se parece demasiado al “nunca más” de los otros, que nada importa el sitio, que la única casa es la que llevamos dentro, que las respuestas están siempre a mano. Que el viaje para encontrarse no es algo que uno inicia, que siempre estamos viajando, al acecho de cada mirada llena de lagañas. Se pregunta qué respuestas buscará Tomás en las esquinas de aquella ciudad lejana, en sus bancos de granito, es los mapas de su propia plaza. ¿Encontrará acaso los restos de sus lágrimas y sus huellas emborronadas entre tantas historias?

Victoria no se va, no vuelve, porque nunca se fue y siempre ha estado regresando. Para ella no hay salida, y se queda a pesar de todas las razones. Este caos que todos miran estupefactos es su oportunidad, su excusa. En su casa, en la habitación de al lado, están creciendo sus hijos, y en ellos crece su certeza, su futuro, y una nueva línea de partida, un nuevo ir y llegar, que será el comienzo y el fin de todo. Ella se queda por las mismas razones por las que se va Tomás. Porque entiende esa necesidad de mirarse por dentro, de encontrar sus porqué y para qué. Se queda para ser libre de irse cuando quiera. Se queda para finalmente ser la Victoria que pregona su nombre.

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