Breve boceto del indio. Autor: Sara Gordón del Riego

La gente que lo conoce, piensa que el Indio vive solo, pero la soledad es relativa a la necesidad de compañía que necesitas. Así, no vive solo. Está acompañado por Diana y el Perro. Diana es un cruce entre jabalí y chancho, no se sabe si una confusión o un atrevimiento. Es dócil y grande, muy grande, a simple vista cualquier desentendido en la materia diría que es un chancho pero hay dos cosas que convierten a Diana en una salvaje; su gran colmillo amarillento y algunos pelos rebeldes y duros que reivindican su idiosincrasia agreste. Una doble naturaleza que sólo se manifiesta cuando se siente agredida o triste y que hace de su adiestramiento toda una resolución por su parte, ya que si bien su mitad de chancho está acostumbrada a la convivencia con la raza humana su otra mitad reniega de ellos en beneficio de su independencia. Este conflicto no resuelto en su condición se manifiesta demostrando una fidelidad inquebrantable hacia el Indio pero reclamando una reciprocidad en el trato. Un vínculo justo en el que ambos están a gusto disfrutando de la compañía del otro. El Perro no tiene nombre, pero no por eso es menos importante. Su labor en la vida ha sido y será proteger al Indio. Al contrario que Diana, el Perro nunca ha pedido nada a cambio por su afecto, si acaso un poco de atención de vez en cuando en sus juegos. Nunca se enfada ni reprocha los comportamientos de los otros dos, simplemente está ahí, dispuesto y diligente. Es pequeño y negro, rápido y lleno de pulgas, feroz y fácil de domar. Cuando se acerca gente a la casa ladra como si fuera peligroso, temeroso de que alguien ajeno a sus amistades pueda destrozar la paz en la que vive, pero su temor dura lo que tarda el Indio en ofrecer hospitalidad.

Hay muchas habladurías acerca de este hombre que no vive solo, se dice que habita en mitad de un camino que no lleva a ninguna parte pero al Indio le encanta recorrer esa travesía porque le lleva a las montañas. Ni siquiera él sabe el final del camino pero a diferencia de los que piensan que sería una pérdida de tiempo caminarlo, él lo prefiere a otras sendas que a ciencia cierta sabes dónde van y entonces excluyen todo amor por el paseo en sí que puedas tener. Entre otros sitios este camino te conduce casi directamente a unas termas que muy poca gente ha tenido el honor de conocer y que al Indio no le importa compartir. Otra gente piensa que es de Bolivia o de algún otro lugar que imaginan exótico, pero la verdad es que nunca ha salido de Argentina, ni siquiera ha pisado Villazón, aunque nació cerca. Tampoco le ha hecho falta salir para conocer todos los extremos de la vida.

Su casa es el lugar donde se encuentra, ha sido un viajero por imposición del destino y con ello ha llegado a amar el movimiento, el cambio y la independencia de saberse libre de las ataduras de una patria. Su odisea ha sido un viaje en el tiempo del que rescata lo que le sirve antes de emigrar a otra vida que le permita subsistir con el pasado de sus ancestros, el presente de su condición y el futuro incierto en el que nunca piensa. La elección de un camino alternativo en la vida no te vuelve loco solo diferente aunque muchas veces se confunda. Se habla mucho del Indio pero poca gente lo conoce y rellenan de conjeturas lo que no entienden de su vida, a él nunca le ha importado explicar sus andanzas siempre dirigiéndose a sí mismo como el Indio.

Nació en el Ingenio de Ledesma un día del que no recuerda la fecha, ni si hacia frio o calor, aunque él siempre ha sido muy friolero así que piensa que el día que nació haría frio. Allí se crió y vivió por veinte años con sus padres en una habitación muy pequeña que el patrón disponía para ellos, si corría por la estancia tocando la pared con la mano se mareaba a la tercera vuelta, lo cual nos indica su tamaño. El lugar tenía un par de colchones y una cocina pequeñita que calentaba y llenaba de olores la habitación, unas veces buenos y otras no tanto. Digo que vivió veinte años aquí, pero no es del todo cierto ya que en los primeros años de su vida, su familia se desplazaba en tren desde su comunidad, más al norte en la provincia de Jujuy, para trabajar la zafra durante cinco meses. Luego volvían con el poco dinero que ganaban a subsistir el resto del año en su lugar de origen. Sus raíces ancestrales estaban en Jujuy pero eran muy diferentes a lo que a él le tocó vivir, sus abuelos daban fe de cuán diferente era su vida antes. La comunidad a la que pertenecía solía vivir de la tierra, de sus chacras repartidas en la montaña formando escaleras que parecían llevar al cielo. El trabajo comunitario permitía sostener una sociedad basada en el apoyo social y la agricultura. La entrada de los ingenios azucareros hizo que por medio de engaños las comunidades perdieran sus tierras y sus costumbres, trastornaron un estilo de vida sostenible para volverlo incoherente. Demasiados meses trabajando en algo que no les proporcionaba otra cosa que dinero hicieron que se terminaran por abandonar los cultivos que por tanto tiempo les habían mantenido, dependiendo ahora de un desarrollo industrial que parecía absurdo. Acá, en mitad de este caos de costumbres recordadas pero en desuso, se crió nuestro Indio en los años cincuenta, oyendo hablar de algo que nunca llegó a conocer pero siempre ha anhelado.

Sus padres comenzaron trabajando en la zafra en la parte del campo, una tarea que consistía en cortar con un machete la parte inferior del tallo de la caña. Derribadas diez cañas, se cargan al hombro y se las conduce hacia el extremo del surco donde comienza la tarea de pelarla con un cuchillo más pequeño. Así se desnuda a la caña de sus hojas con cortes firmes y certeros, tras unos días haciendo este trabajo se adquiere mucha destreza en el arte de deshojarla. Machetear, acarrear y pelar. Machetear, acarrear y pelar. Machetear, acarrear y pelar. Machetear, acarrear y pelar. Un trabajo tedioso y activo que bajo el sol de Libertador General San Martín, la localidad más cercana al ingenio, difumina tu mirada mezclando las marrones planicies de la caña de azúcar con el verde de la soja y los cerros jujeños. Más tarde su padre comenzó a trabajar dentro de la fábrica, así cambió el atosigante sol por un edificio de ladrillo, casi en penumbra que escupe humo continuamente, día y noche, expulsando emanaciones que indican que nunca paran los engranajes del trabajo humano. El indio siempre desconfió de ese humo y muchas tardes de niño se quedaba mirándolo embobado buscando formas en sus dibujos en el cielo. Después de un rato examinando el contraste del negro con el azul siempre aparecía algún dibujo o figura que le aterraba y corría asustado en busca de su madre. Su padre pasó a tener un jornal un poco superior por su trabajo en el gigante rojo pero sus turnos pasaron a ser de doce horas todos los días menos dos días al mes que se trabajaba veinticuatro horas para hacer el cambio de turno y comenzar la siguiente semana el trabajo de tarde o mañana. Cuando el Indio cumplió los diez años ya era hombre suficiente para desarrollar el mismo trabajo que sus padres, que como hemos visto no era muy dulce a pesar de todo. Comenzó compartiendo los interminables días bajo el sol que tostaba a su madre y con dieciséis años se cambió a la fábrica, pero las formas del humo que ya no veía le seguían atormentando y decidió cambiar al trabajo en el campo otra vez donde la posibilidad de escapar se le presentaba más favorable que allí encerrado respirando continuamente ese olor a putrefacción.

Hubo algo que siempre desconcertó al Indio y todavía hoy en día lo piensa con ironía. Todo empezó cuando su padre le contó que al final de todo el trabajo que hacían salía papel, en un principio él no le dio importancia a esa confesión pero cuando comenzó a leer lo acompañaban sentimientos encontrados hacia los libros. Primero abrió el libro y se lo llevó a la nariz buscando el olor de la descomposición de la caña. No fue ese el olor que se encontró, tampoco se parecía a la caña que cortaba, cargaba y desnudaba y en el fondo sabía que era lo mismo. Le gustaba la lectura pero cada vez que agarraba un libro se acordaba de la caña y del humo negro persiguiéndole. Después de mucho tiempo luchando con esa división interna de amor y miedo, decidió que la radio le convenía más y le daba menos problemas.

Existe otra cosa que el Indio teme casi tanto como al humo de las chimeneas y no sólo él que muchos otros zafreros comparten este miedo, es al Familiar. Hay una leyenda que se precipita de boca en boca en Jujuy, pocos recuerdan cual fue la primera vez que la escucharon, es como si todos aquí hubiesen nacido con ella. Cuentan que antes de cada cosecha desaparece un trabajador que es asesinado y entregado a la tierra para que ésta otorgue buena producción. Unos dicen que este desalmado asesino es el perro del Diablo, otros que es el Diablo mismo disfrazado de perro siniestro pero la gran mayoría están aterrados por la idea de que un fantasmagórico familiar de los dueños del ingenio se les aparezca en la noche para iniciar su sacrificio. Todos creen esta leyenda y por eso pocas veces se habla de ella, pero cada inicio de cosecha comienzan los rumores de desaparecidos. Unas veces esas personas que un año fueron objeto de conjeturas aparecen al año siguiente y explican que faltaron por alguna enfermedad u otro motivo, y todos se sienten un poco ingenuos con su rápida interpretación de los hechos. Pero hay veces en que los zafreros no vuelven a aparecer y se convierten en paradigma infalible de la leyenda.

El ingenio siempre resultó una amalgama de culturas unidas entre sí por la explotación y el azúcar. La abuela del Indio fue una mujer observadora a la que le gustaba sentarse en un rincón al término de la jornada, mordiendo una caña y viendo pasar personas delante de ella, intentando leer en sus mentes. Lo mismo se veían pasar pilagas con chacas en los tobillos, un amuleto que consiste en un collar de plumas de avestruz, semillas y piedras. Los pilagas creían que con este protector ahuyentaban a los espíritus malignos y adquirían la velocidad de un avestruz. También pasaban mujeres mocovíes con caras llenas de tatuajes, otros llevaban su tostado torso desnudo y en la parte inferior una chiripa, un atuendo muy típico de los indígenas del Chaco que era un pedazo de tela envuelto y anudado a la cintura. Pasaba el gaucho seguido de algún perro y sin su poncho. Al igual que a la abuela, al Indio le gustaban los gauchos por su simpleza y honestidad, siempre quiso poder transmitir como ellos toda la tranquilidad de su gesto. Otros tenían las orejas dilatas, otras vestían con muchos colores, otros andaban con prisa y otros sin rumbo pero todos ellos tenían algo en común; todos estaban muy cansados.

Todos a su manera dentro del ingenio, guardaban sus raíces en lo profundo de su ser, sin soltarlas ni un minuto. Así muchas comunidades cuando escuchaban a los primeros coyuyos cantar sentían la fuerte llamada de las algarrobas madurando. Los oían un día y pensaban en terminar el trabajo en la zafra, en sus nuevas necesidades… Los oían otra vez y se imaginaban recogiendo el fruto y fabricando la aloja… Los oían de nuevo y recordaban el año anterior bebiendo aloja en comunidad… Entonces sin poder rechazar esta llamada, levantaban campamento y se iban de la misma manera que llegaron. El cacique al frente y el resto detrás, cargando con sus pocas pertenencias, deseosos de ver su tierra verde.

Después de diez años de trabajo, es decir, con veinte años, el Indio escuchó su coyuyo interno y se marchó a descubrir que había más allá de Jujuy y sus indígenas marginados y explotados. Cansado del gran edificio de ladrillo del que siempre salía humo, quemando el azúcar, sobre el que todo giraba. Mientras viajaba en un tren de pasajeros abarrotado hasta las trancas, camino a Buenos Aires, recordaba el tren que en su infancia les llevaba al ingenio y sintió una especie de escalofrío. A esa misma hora, las diez de la noche, en el ingenio se cortaba el suministro eléctrico. Ese día de julio, cuatrocientos trabajadores, estudiantes y profesionales fueron secuestrados por las fuerzas armadas de una brutal dictadura militar y los capataces de la empresa. Si el indio hubiera estado allí probablemente habría salido ileso pero habría visto como se llevaban al Lorenzo, compañero de borracheras y horas de conversaciones escapando de su rutinario trabajo. Lorenzo sigue desaparecido.

El Indio apareció de nuevo en Buenos Aires rodeado de indígenas que no sabían que lo eran, gente mucho más alejada de su pasado que él, que ya todo lo recordaba por las palabras de sus padres. Tampoco le pareció que allí la vida fuera mucho más fácil ni más gratificante, echaba de menos la mirada larga y la tierra cercana. Nunca entendió, ni quiso entender la gran ciudad y se fue nuevamente, esta vez a otro lugar. Luego a otro y otro. Cambiaba continuamente de lugar sin saber muy bien que quería encontrar en un sitio para quedarse. Sospecho que nuestro pobre Indio creía que en algún momento encontraría esas comunidades que trabajan las escaleras verdes que conducen al cielo, pero él nunca las halló ¿Cómo encontrar un lugar que sabes que existió, cómo buscar un sitio ubicado en el tiempo pero no geográficamente? En su divagar por Argentina conoció muchas realidades y nunca echó de menos el ingenio pero si a la gente de Jujuy. No sabe que en algún punto de sus viajes, su amigo y compañero del ingenio Valentín murió en un pequeño cuarto sin ventilación bajo una fuerte tos resultado de haber respirado durante tantos años los desechos de la caña de azúcar. La enfermedad se llama bagazosis y nunca sabremos si habría sido el final de nuestro protagonista de haber seguido diez años más cortando y pelando caña. Al final el Indio hizo bien en alejarse de las chimeneas que queman la caña porque su humo, como indicaban sus fantasías infantiles, era asesino.

Hace ocho años una señora le ofreció un trabajo de guardián de su finca en Los Molles, y aquí se vino a vivir. El lugar es tranquilo al pie de la sierra de San Luis y con un rio que pasa justo debajo de su casa de adobe con un tejado de paja que él mismo ha construido. Amarillo, verde y azul se mezclan con el canto de los pájaros y el caudal del agua. La señora que lo contrató nunca fue por allí, de hecho el Indio ha olvidado su cara hace años y tampoco le pagó nada. La dueña murió, sus hijos no se quieren hacer cargo de la deuda y él no quiere dejar el lugar porque ahora es su hogar. Así que en vez de comenzar una guerra larga y con papeles que no entendería decidió llegar a un acuerdo con los propietarios. Dicho pacto favorece sobre todo a los dueños pero a él eso no le importa porque en el fondo siempre ha querido muy poco. No le pagarán nada de dinero pero él vivirá allí sin tener que pagar nada a su vez. Ha cultivado un huerto en la montaña, en una cuesta muy empinada en la que ha excavado una especie de grada. Siembra todo cuanto necesita para vivir y cuando tiene de sobra lo cambia por otras cosas. Sin saberlo se ha acercado a las raíces que sus abuelos creyeron perder.

El INDIO ha sentido la vergüenza de pedir y la alegría de recibir, el hambre apretando sus tripas y la felicidad de compartir su comida con Diana y el Perro. El INDIO no tiene una filosofía de vida, ni ganas de impartir enseñanzas pero nunca se niega a una conversación y esconde mucha sabiduría en su experiencia. El INDIO perteneció a un estilo de vida que se cree extinguido, a una cultura que desapareció, a unas raíces que fueron borradas brutalmente pero se ha reinventado y es todo aquello que ha desaparecido y todo lo nuevo que está por venir.

Anuncios

Un Comentario

  1. Martina Vignolio

    Qué alegría que mi tierra te haya inspirado. A pesar de que no conozco todos los sitios por los que anduvo el Indio, tu relato se siente cercano, como si lo hubiese escrito un latino, tiene esa calidez tan nuestra, tan difícil de encontrar en otro lado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s