Vamos hacia la feria. Autor: Cala

— ¡Vamos hacia la feria!—, comentaron las tres amigas a Carlos; junto a las paredes de la casa de Elena. Habían quedado bajo los cipreses enanos de su fachada. En los jardines de la avenida germinaban flores, adelfas, y un reguero de hileras de pinos piñoneros. Definía la longitud de la calle un seto espeso, ahora recién cortado por las fiestas; todo ello aparentaba un pequeño y bien estructurado bosque verde en el corazón de la ciudad.

— ¿Quien quiere quedarse por aquí?; espetó Luisa, podríamos ir al cine.

—Siempre hacemos lo que dicen Carlos y María, soltó con tono baldío y poco calculado

—Mientras haya feria—, observó Susana pausadamente—hay que aprovechar para ir, es más entretenido que pasear por allí. Así variamos un poco.

—Quien te asegura que no llueve— parloteo de nuevo Luisa sin apenas mirarlas; enviaba un mensaje por el móvil a su hermana mayor; al menos eso dijo, a modo de disculpa, cuando le repitieron la propuesta porque no se había enterado de nada. También remarcó que el tiempo estaba insoportable, hacía viento, y en el recinto ferial, azotaría aún más. Además tenía el pelo arreglado de peluquería; y en una zona tan abierta no se podría quitar el frío de encima.

En esos instantes Elena, supo la dificultad de elegir un destino acorde con el gusto de todos;… ¡así, quién tomaba la iniciativa! Pensó. Ella solo de pensarlo se sonrojaba. Sus dos amigas le parecen dos lobas cuando porfían tanto. Se callaría de momento. Le quiebra la voz si es el centro de todas las miradas. Es miedo a   Luisa y Susana; la ponen de los nervios. Tienen un eco demasiado alto para ella. Sus ojos la amedrentan tanto como el clamor de una sirena de policía o ambulancia.

Carlos podría ayudar a decidir, es buen amigo, si no buscara solo estar con María; el lugar le da igual; su mirada galopa por ella como un caballo frenético. Ni suele opinar, ni se queja de las propuestas. Le parece igual de bien acercarse al centro para ir de vinos, que al cine, o en estos días a la feria.

No es sumiso; en su ánimo se fragua solo una idea, estar con ella dónde sea. Desde hace algún tiempo la venera. Su corazón limpio no percibe otras sombras ni caprichos innecesarios.

—Por fin que hacemos. —Comenta María mientras le sonríe. — Apenas hay tiempo para el pase de las diez. Tendríamos que correr mucho si queremos llegar a tiempo.

Susana sabe que todos prefieren quedarse, y la primera idea era ir de feria.

—Fijaos que pena, con tanto hablar se pasó la hora.− Observó seca e irónicamente luisa. Anunciaba una rabieta de adolescente.

—Qué, estamos caprichosas, pues vale, a caminar.− Murmuró a regañadientes. −No os sorprendáis si nos llueve antes de llegar. Debemos aprender a decidirnos con más antelación. Si pensamos ir a los sitios en el último momento, esto es lo que pasa.−

No suelen contestarle, ya saben cómo son sus cosas; después de años conocen sus idas y venidas de carácter; siempre pretende vender sus caprichos; estos comentarios no descubren nada nuevo. Luisa es de naturaleza autoritaria, y cualquier cosa que se cruza por su cabeza la quiere ya, esto sus amigas lo tienen previsto.

—Es verdad, no nos damos cuenta qué el tiempo pasa. — aseveró Carlos caminando hacia adelante con María de la mano. Elena dijo algo parecido a “el reloj nos engulle” dispuesta a romper el hielo, y a brindar, con un gesto de la mano, la ocasión de ir hasta el semáforo y cruzar de acera.

Desde la gran avenida, ilusionadas, buscaban con la vista las ruedas de la Noria, soñaban la libertad del látigo; y el suspense espeso del trenecillo de la muerte.

— ¡Somos las mejores!— Con estas palabras Luisa solía anunciar sus éxitos en la investigación de vidas ajenas, y su alegría por tener público dispuesto a escucharla. Ella, suele convertir cualquier paseo para llegar a los sitios en un pregón a base de chistes, chascarrillos, y risotadas, con dolor de tripa incluido; siempre a costa de alguien. Su carácter, desnuda y examina con la precisión de un telescopio.

— ¿Sabéis cuanto marcaba ese vestido amarillo que lleva Pepi? Dijo de pronto, muy bajito, acercándose al centro de la acera para colocarse delante de todos, obligarlos a detenerse, y mirar a la chica que caminaba con su novio de la mano delante de ellas.

—Para llevarlo hoy, ha tenido que hacerse una liposucción en la cintura. Mi prima, la vio casi desnuda cuando se la hicieron en su clínica. Me contó las cicatrices que tiene en la piel del vientre; se las han marcado las estrías.
Donde más tiene es en el pecho.− Luisa no paraba de hablar.

−Los kilos de más son traicioneros; además de marcarse, parece mentira eh, aunque adelgaces la piel no se soporta sin esa grasa, y se cae. Y si estás finita, como ella ahora, tampoco luces la ropa.− Solo Luisa miraba a la chica así; los demás no aparentaban interés, a pesar de eso ella no callaba.

−Es una tristeza, porque es mona; aunque desde jovencilla se le disparo la grasa. Me acuerdo que antes le temblaba el culo al andar como si tuviera escalofríos ja, ja, ja.− Reía exageradamente como si acabara de contar la mayor gracia del mundo − ¿No lo recordáis? No digáis que no, insistía. Si os acordáis. Pensar cómo estaba con aquel vestido negro el año pasado en Noche Vieja, jajajaja.−

Se había lanzado y no paraba. Escucharla no resultaba tan entretenido como ella pensaba. El viento, en ese mismo instante, salió al rescate de Pepi. Fue más piadoso con ella que Luisa; a esta le levantó la falda. Todas las miradas, como en un escaparate, descansaron en sus enormes bragas amarillas, en las cadenas de estrías blanquecinas de sus muslos, en sus huesudas rodillas; escasas de carne, y en sus pantorrillas arqueadas y a la intemperie.

Luisa, visiblemente nerviosa, deseaba cubrirse con inocencia, y fingió una sonrisa mientras caminaba, disparada, hacia la entrada de un portal cercano. Cuando se suavizó el huracán, aterida de frío, alargo la zancada para alcanzar a sus amigos; adelantando con pasos largos a todos. Caminaba a golpe de tiritones. Carlos con tono tranquilo, aunque suele fijarse poco en las demás chicas; a ella   le lanzaba medias sonrisas y pícaros gestos estudiados para divertir a María.

La experiencia de unos momentos antes, gracias a Luisa, se les reflejó en el rostro; los trasformó. La sorpresa de su anatomía, no era tanta; aunque ella se cuidaba, últimamente más que nunca, apenas si podían desviar la mirada de su trasero y no derribar una tímida carcajada.

En esos instantes cayeron en la cuenta de lo deslucida que el viento caprichoso mostraba a su amiga. A pesar de eso callaron, debían fingir una sonrisa postiza; eso sí, pesada como una fría losa.

—Por fin llegamos. Ahora empieza lo bueno. Si vamos a los coches de tope yo conduzco—, gritó Susana, la más jovencilla. —Después de un año, me apetece un montón ¿Estáis preparados para una persecución?− Rieron todas. −Os voy a ganar. Lo tengo calculado. −

—Con tres vueltas está bien ¿Compramos las fichas ya? —propuso Carlos.

Susana estaba como loca, se atropellaba al hablar, les voceaba al alejarse, mientras giraba el cuerpo enloquecida hacia las taquillas… Al llegar se dio cuenta que no llevaba suficientes monedas, y volvió gritando. —Darme más dinero y esperar, voy.− ordenó desde lejos.

La gente, que a esa hora atiborraba el paseo central de un lado para otro las mecían como marionetas.

De pronto, un grupo, parecían al acecho, silenciosos y avanzando en diagonal; descubrieron a Carlos y las cuatro amigas con el dinero en las manos. Se les cruzaron con cálculo, y sin ellos  preverlo los empujaron al otro lado del paseo como monigotes. Sus carteras, en ese momento  abiertas, les regalaron el contenido. Solo quedó un billete en el suelo; con el disgusto y las prisas, nadie se fijó por dónde se marcharon. Tras pensárselo mejor; los planes de seguirlos fracasaron. Las manos de los rateros fueron bastante agiles y profesionales, y sus pies llevaban alas.

El grupo, aun así, se abrió paso entre la multitud para averiguar alguna cosa; pronto se dieron cuenta que era imposible saber nada. Las chicas, con semblante lánguido, comentaron algo parecido a  -nuestro gozo en un pozo-.

—Muchas veces es mejor no levantarse— manifestó Luisa con el pelo y la falda, nuevamente revuelta por el viento. —En la calle estamos de todas las clases, y cada uno de nuestro padre y nuestra madre. — Afirmó Carlos dispuesto a relajarlas de tanta  inquietud; les remarcaba que no se preocuparan y continuaran el paseo.

Por un instante fluyó el silencio. Las tres chicas se marchitaron. Parecían tímidas alondras. Sus deseos de feria perdieron claridad. Él chico intentaba darle brillo al silencio, pero su voz, también se apagaba; proclamaba otra cosa.

—Parece mentira chicas, vamos a volver a casa por unos euros. Iremos por allí, − propuso, − ¡escucháis¡ justo al final del paseo largo, ¿es música, no?; y no piden entradas ¡En ese baile hoy os sale novio a todas, jajaja!− Continuo hablándoles animoso. −Hay mucha feria por delante, y otras noches; mañana por ejemplo; ¡lo celebramos por todo lo alto! Ahora si nos olvidamos de los coches de tope, la noria y las casetas, y las cambiamos por el baile de la verbena; salimos ganando.−

Tristeza y derrota parecían desvanecerse ante la esperanza de echar unos bailes. Las tres chicas dijeron ¡sí!, casi al unísono, y también que…-las tapas y los coches podían esperar; y… es verdad Carlos-, o algo parecido…

Cruzaron ante los chiringuitos de comidas sin mirarlos siquiera. La que más y la que menos llevaba sus treinta euros encima; hubieran permitido algún pinchito moruno y unas tapas de tortilla con cervezas. Sin cruzar palabras sobre el robo, intentaron variar de tema, y con nuevos planes se acercaron hacia donde venía la música.

Quedaban unos cincuenta metros para llegar cuando explotó la tormenta. El paseo central de pronto se hizo un lago. La música calló. Las estrellas se ocultaron. Se fue la luz de las farolas; y se apagaron las de las atracciones. Un reguero de granizo les golpeaba el pelo recién peinado de peluquería.

La muchedumbre, como ellas, deseaba ocultarse y no se detenía ante nada. Las pisaban con total indiferencia. En esa oscuridad sombría intentaban no separarse.

Primero fue María la que gritó. Alguien la abrazaba y corría con ella cogida de la cintura, eso le pareció a Elena cuando la intentó agarrar por el brazo en un esfuerzo desesperado e inútil. Carlos la vio desaparecer, paranoico, cuando soportaba los empujones de la salida multitudinaria de una atracción. No avanzaba hacia ningún lugar. Pálido bajo la luz del móvil buscaba con su reflejo a María. Un grandullón le volcó su osamenta por la espalda y su teléfono salió disparado directamente a un charco, muy cerca de Elena.

Elena, al verlo así, derrotado, y roto de temor, quedó sin palabras. Cansada; intentaba avanzar entre la gente que se acercaba de todas las direcciones Su cuerpo, dolorido por los inútiles esfuerzos para no caer al suelo, al fin naufragó sobre sus propios pies en la tierra encharcada.

Notó sus piernas detenidas, primero una, después la otra. Su retina no alcanzaba a ver a Luisa, Susana, Carlos, ni a María. Les gritaba y deseaba vomitar. La camisa empapada y pegada al cuerpo la hacía sentirse desnuda. Se avergonzaba. De pronto, no supo quién, alguien soportaba su cuerpo aletargado; la abrazó por detrás.

Hubo un momento de calma en su temblor; enseguida alzó la mirada al aire. Una mano helada de hombre exploraba con excitación su pecho. Se aterrorizó.

La aferraba con fuerza por la cintura hasta acercarla a la gran arboleda del bosquecillo cercano al parque. La tumbó en aquel lugar solitario. Su rostro proyectaba dolor e impotencia; parecía muerta sobre un charco enorme. Sus sueños sin estrenar navegaban a la deriva entre las piernas de un extraño. Se sintió deshojar por aquel asqueroso frenesí del violador.

En esa pesadilla, reconoció la voz, débil, de María, cerca de aquel lugar. El brillo de las luces de un coche al otro lado de la alameda se la mostró. Temblaba, como ella, de dolor y frío; tumbada, desnuda, y a su lado. Su cuerpo embarrado reclamaba una manta o un abrigo. Le resultó un espectro entre las luces y sombras de la noche.

María alzó su mirada moribunda y encontró la de Elena horrorizada. El hombre que a María la había poseído ahora venía desnudo hacia su cuerpo mojado y maltrecho. Con asombro descubrió que ella también estaba desnuda. Y que el otro tipo que, un momento antes, la forzó ahora hacia lo mismo con su amiga.

No pudieron hilvanar con exactitud, de cuantos intercambios sexuales fueron víctimas. Se encontraban rotas, la boca quebrada de dolor, y sus cuerpos de tumefacción. Parecían desquiciadas. En aquellos dos inmensos charcos quedaron sus virginidades, sus fantasías rotas, y la sinceridad de sus sueños.

Ya no se sentían jóvenes ni sanas. María era mármol. Elena le intuyo un gesto trágico e inmóvil en la cara impregnada de mordiscos cuando los dos hombres finalmente se alejaron de ellas y salieron taimadamente de allí.

Elena, a solas con el cuerpo de su amiga; pensó que ya no transitaría nadie por la feria. No se escuchaban ruidos ni música, ni voces. Un nuevo miedo penetró en sus entrañas al ser consciente de la agonía de María. Un último y ligero suspiro,   como de espuma, acaricio su oído cuando arrastrándose a su lado intentó acercarse a escuchar lo que parecía su último aliento.

Esa fue la única nota percibida de su voz en aquel deprimente escenario donde las habían llevado, no sabía quiénes. Elena recordaba con amargura los rostros de los dos horribles individuos. Aunque no deseaba recordarlos, hizo un esfuerzo. Llevaban barbas, gorra, y las caras tiznadas de oscuro; si volviera a encontrarlos, -será imposible reconocerlos-; murmuró con escasa rapidez. Quizá le fuera posible hablar del más bajito; el del aliento insoportable. Solo sabía eso. La oscuridad los ocultaba casi por completo.

Otra luz, desde la carretera, le ofreció a Elena el color del charco donde estaba; su color rojo sulfuroso, y también sus piernas invadidas de sangre. No veía el tono de su piel. Sin encontrar fuerzas, necesitó moverse. Siquiera una mano, murmuró en un intento de limpiar esa venida de sangre que tapaba sus muslos; juntó las manos y las apretó sobre su vientre.

No sabía cómo moverse, ni pedir ayuda. Hasta ella solo llegaban ruidos de gatos y perros.

La rígida estatura de María, sobre el suelo, entremezclada con agua y barro rojizos, crecía a la luz de la luna y se alargaba con las sombras. Su rostro de aspecto dolorido le produjo un continuo llanto de dolor. Comprendió que ella también moriría sino encontraba impulso. Cansada de llorar intentaba gritar sin conseguirlo. Estar herida en plena noche, sobre su propia sombra, era un tormento de nubes negras.

Sabía que su hemorragia terminaría con ella; y no se quiso resignar. Aproximándose con lentitud, tomó las manos sin vida de su amiga. En medio de la intemperie, noto la angustia pegada en la piel, sintió el desamparo, dolor, frío, y horror estrellarse en sus heridas; necesitaba huir de allí.

—Parecemos dos cadáveres. —dijo débilmente. —Vaya plan María. Vinimos a la feria, y mira. Nos corre la sangre a raudales,  encharcamos el suelo. Qué dirán en casa—; quiso gritar de dolor, y no pudo. —Mi padre clamará venganza. El tuyo es policía, no soportará esta mierda. Gritó tan débilmente que no pudo emitir ningún sonido.

Poco a poco, la debilidad alejaba su vista del lecho húmedo donde María se encontraba.

— ¿Quien anda por ahí?— Tuvo que escucharlo dos veces para recobrar la cordura y reaccionar a tiempo. — ¿Quien anda por ahí? Volvió a oír. Por fin comprendió, aquella voz llegaba de muy cerca; lindaba con su espalda y no pertenecía a ninguno de los dos hombres que las rompieron. Comprobó el ruido de su corazón agitado; se movió, seguía viva. Apenas con fuerza pero trasformada por aquel sonido, salido de entre los juncos, los escombros, y el abono, no preguntó; creía que no era necesario contestar. Gimió un gran lamento; aprendía a recobrar la vida.

Le sorprendió, entre la altura de los cardos, los abrojos y los montones de hojas, la pesadez de sus piernas cuando las buscó; aún le pertenecían. Se movían débilmente entre los escombros aunque no tirasen de su arquitectura. El ruido de los gatos lo trasformaba el viento y se asustó. Su fragilidad aterida le era demasiado evidente. Al arrastrarse, escasamente removía barro del suelo, cáscara de matojos, o agua de los charcos; prácticamente no descolocaba nada, ni creaba ruido a su alrededor.

— ¿Quien anda por ahí?— ¿Hay alguien aquí?− Volvió a escuchar tras su espalda en medio de la oscuridad. Una luz de yesca se acercó hacia su rastro. Su cuerpo doloroso, no conseguía erguirse, el dolor amargo del vientre la derribaba. El suelo le parecía movedizo, incómodo; y una fría losa.

Su voz deseo gritar, y solo dibujó una mueca adolescente. — ¿Hay alguien?— Sonaba cada vez más cerca; comprobó el tono de voz; esa pregunta pertenecía a una voz joven.

Elena era una ruina humana, un pesado fardo agarrado sutilmente a la vida; escapando de la muerte. No sabría decir el tiempo que él gastó mirándola de frente.

Su saliva se enquistó en la boca cuando la luz de una interna la sacó de su letargo. Nunca querría esa experiencia para nadie. Tensó el rostro hasta esquivar la luz, con la misma mueca que encajó los golpes de sus violadores en la cara. Le habían dejado impresos surcos ensangrentados.

Tras su lamento, la voz de un hombre dijo asustado a otro. — ¡Dios, qué es esto, están muertas! Esta no mueve el pecho, ni respira siquiera… y esta…parece que tampoco… Se han desangrado aquí mismo, y no hace tanto; todavía no están rígidas. −

—Tan cerca de la gente, ufff que mal rollo. Parece que nadie las ha descubierto antes que nosotros. Dijo el otro. Quién las traería aquí.− Se lo preguntaron uno al otro sin conseguir respuesta.

No sabrá Elena cuanto duró ese silencio. Su cerebro iba y venía sin cálculo previsto. Se le movía el suelo cuando se agarró a las hojas, con tanta fuerza que crujieron en medio del silencio y la noche. Ahora, con ojos muy abiertos, deseaba mover la mano; pretendía conducirse al otro lado del charco fangoso y helado para pedirles ayuda.

— ¿Oyes eso?, algo se ha movido ahí donde está la rubia, ¡parece su mano! —Dónde— preguntó al otro.

— Aquí, mírala; está muchacha mueve los dedos, los que le cruzan el vientre. Y los ojos, me miraban desencajados de un lado a otro. −

—Sí, anda ya. Si estuviera viva, iba a estarse callada sin pedir socorro. Se hubiera liado a vocear. Llevamos aquí un rato, no he oído ruido por ninguna parte.− Contestó desconfiado.

—Y si es muda. Está caliente todavía, mira. La otra si está muerta, seguro; la ves, ya tiene el pecho hundido.−

− ¡Con esta hemorragia!, contestó, no tendrá ni chispa de sangre en el cuerpo.−

Aunque Elena podía escucharlos, sus voces eran rumor lejano; nada más entendía sus propias dudas de salir con vida de allí. Entonces vomitó. Salió disparado de su garganta algo verdoso. No se podía detener; naufragaban las bilis entre sus labios sin posibilidad de dejarla respirar. Se ahogaba. Quizá estaban demasiado mordidos y rotos para pregonar unas palabras de ayuda.

Una leve alegría silenciosa sombreo su cara. Le parecía mentira realizar cualquier pequeño gesto, rota como estaba en mil pedazos; le era posible soportar ese dolor paranoico y a la vez hacer algo más.

—Te lo he dicho, ¡ves, está viva!— escuchó de pronto. La esperanza se desplegó por toda su maltrecha arquitectura. El hombre lo aseveraba con un grito. −Intentaran ayudarme, se dijo. Me sacaran de este charco. No moriré.− Murmuraba palabras de auxilio abrazada al fango del suelo, y a las hojas que antes agarró su mano en un intento desesperado de ponerse en pie.

Sentía más que nunca deseos de romper la mansedumbre de su cuerpo.

—Mírala, intenta decirnos algo, fíjate bien, Mírale los ojos.− Oyó Elena de pronto.

— Será posible, desvarías, no te das cuenta de nada, ¡tan borracho estás! Jajajaja. Está muerta.−

−Tócale la otra mano; verás cómo tiembla; tiene escalofríos. Dijo exagerando.−

−Yo tío no, contestó, apenas si le veo la cara con tanto barro, ¿tú le ves los ojos? Por el tipo parece jovencilla, y guapa como la otra. Ramón, con tan poca luz, tantas sombras, y estas ramas bajas no veo más que un cuerpo asqueroso; cubierto de guarrería y sangre.− Lo decía sin intención de acercarse para observar a la chica. Miraba a Elena asqueado, y a su amigo.

− Parece una pesadilla macho, estoy desquiciándome, vámonos. Ya sabes cómo tengo los nervios; esto no me conviene; si tuviera ese valor que tú tienes, me fijaría en los detalles. Entonces te diría si sí, o si no; pero no puedo mirarla.

De pronto este, de forma enérgica, propuso al otro hombre.

— No perdamos más tiempo, avisamos a un hospital y en paz. Oye mira, tienen bolso; − me he dado cuenta por casualidad. − Llevaran documentos y móvil.−

—Registra bien, le ordenaba, a ver si tienen dinero y nos solucionan un par de días. Llevo reclamando la ayuda tres meses, y que si quieres.− Ante los titubeos del amigo se defendió.

−Estamos aquí no. Qué hacemos; si llevan algo encima se lo ponemos a otros en bandeja. −

Elena escuchó al hombre cuando suspiraba despacio e insinuaba.

—A mí se me resiste registrarlas José, son dos criaturas en una feria, ¡qué van a llevar!; los desgraciados que les hicieron esto, les habrán quitado todo lo de valor. Estas cosas no cambian, es siempre la misma mierda.

—Ramón te dije que esta llevaba móvil en el bolso, y aquí lo tienes macho. Lo peor es que si está chorreando no vale. De pronto espetó, bajito, al otro.

— Acércame la linterna, quiero ver la cara de la rubia. Menudos pendientes lleva, parecen oro. Brillan; y mira, tiene el anillo a juego. Toma, échale otro vistazo a la muerta; regístrala bien, a ver qué encuentras.

En Elena germinó el desaliento al escucharlos, esos hombres no parecían malos, qué le querían hacer.

Si no las socorrían viéndolas así, ella en la frontera de la vida y la muerte, entonces… Ensayó un grito con obstinación. Se escuchó en la noche. Los rostros de los dos hombres giraron hacia las ruinas de su cuerpo fatigado.

—Esta agoniza. Jajaja, estará cruzando el túnel ese de luz que dicen ja, ja, ja… Murmuraba burlón el más temerario.

— ¿A la muerta pruebo a darle un tirón de la perla? No veo el cierre. Ah sí. Espera José. Ya los tengo. Por lo que pesan parecen antiguos.− Ramón deseaba terminar cuanto antes. −No lleva anillos, solo pulseras; no parecen de oro. Ves, no valen nada, se doblan; y están aplastadas.

—Tú cógelas, ya preguntaremos si valen o no. Le contestó exigente.

−Este es su móvil, toma, − dijo Ramón a José, −parece moderno, ¡y está seco! Funciona, se enciende la luz. Mira, llevan fotos, números grandes, y todo ¡A quien llamamos! Propuso Ramón. A ver, Elisa, Ana, Carlos, Elena, papá, casa… vamos a llamar a su papá. −

— ¿A su papá, para qué vas a llamarlo? Dijo José enfurecido.

—Para nada, para nada, vale. A estas horas no claro. Es verdad lo asustaríamos.−

—Sí, anda, qué vaya luces. Nos seguirán la pista. Contestó José. −Creerán que nosotros hicimos esta carnicería; la policía estará buscándolas. −

De pronto cayeron en la cuenta; todo los delataba. Se arriesgaban mucho si seguían allí.

—Vámonos, es verdad José, no lo había pensado. Están buenas y me embobé con las tetas. Venga vamos, tú coge el móvil, yo tengo los pendientes y los aros ¿No habremos dejado ningún rastro?− Preguntó al compañero.

—Que rastro. Aquí solo hay escombros, no pasa gente. Nuestras huellas estarán como las de cualquiera que haya venido a mear.−

—Te recuerdo Ramón que estamos con la condicional; van a creerse, con la nochecita que hace, que veníamos a dormir a ese banco. Dijo señalando uno cercano a los cuerpos. Sospecharan.

−José, tío, es verdad; menos mal que tienes buen olfato y el olor a sangre te dio enseguida; ¡si llegamos a colocar los cartones! Dijo Ramón con las manos en la cabeza. Gracias a que le viste a la rubia el pie, y lo que no es el pie eh, menudas tetas tienen. Tío y vaya caderas, estarían de rechupete. Vámonos, venga. Aunque si nos registran no hay problema, en la mochila no llevo nada más que ropa sucia. Dijo Ramón confiado.

—Sí, y el oro. Ya no te acuerdas.

– Míralas José, están buenas, a ti te han gustado, ¿ya estamos aquí no? Pues elige una, y en un momento les echamos un polvo…−

−Ufff, no sé tío… están muertas.−

−Esta no, − dijo señalando a Elena. −Te la dejo venga, para ti. −

−Ufff, qué hago Ramón… ¿Tu, que quieres a hacer?

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