Valparaíso, más que la novia del mar. Autor: Enzo Danilo Garcia

Estoy sentado, en silencio, buscando en mi interior las palabras para describir, lo que hasta ahora encuentro como indescriptible, la misión parece difícil, tengo mil cosas para contar y no encuentro las formas. Los minutos pasan y el comienzo, que ya comenzó, no aparece o aparecía. Estaba cometiendo un error al buscar en mí las palabras que aún no tenia, entonces apareció eso que quiero explicar, dijo presente de manera física y me dio un claro ejemplo de esto que estoy sintiendo.

Desde la calle se escucha a gran volumen una música encantadora;

Escuchas el tango -dice Virginia (Argentina sensibilizada por la antigua melodía).

Son las 2 am del Lunes y afuera en la Plaza de los Corazones un grupo de jóvenes bailan para nosotros como si se tratara de un concierto exclusivo, no había que ser muy visionario para darse cuenta de que ahí estaba el comienzo de mi texto sobre Valparaíso.

Esto es muy Valparaíso -continúa Virginia

Y no se equivoca al decirlo, es como de esas cosas que no avisan, de las que pegan primero y lo hace tan fuerte que te deja de cara al desconcierto, mirando de frente a lo desconocido. Es un laberinto de escaleras, adoquines, un museo al aire libre con techo de estrellas y paredes llenas de arte anónimo.

Aquí, la vida y la muerte dialogan y pelean por cada rincón sin dueño. Valparaíso, la novia del mar para Neruda, quien sentía dar la vuelta al mundo al subir una de sus escaleras, nace y muere en cada esquina y poco duerme ocupando sus horas en una especie de trafico de músicos, bailarines, pintores, escritores y verduleros.

A esta altura es conveniente aclarar que mi arribo a la ciudad no fue demasiado convencional, resulta que a las afueras de Valparaíso se encuentra Laguna Verde, sería como una pequeña continuación de la ciudad, donde la gente prefiere vivir de manera más relajada. Ahí me estaría esperando un tal Felipe para alojarme unos días, pero al llegar a la comuna y luego de ubicar su casa, me entere que se había ido hacia unos pocos días hacia otro sitio, así que ahí me encontraba, a la deriva y alejado de la ciudad. Nuevamente apele al dedo para conseguir transporte hasta la ciudad mientras caía el día, al paso surgía la dicotomía de llegar antes del anochecer o presenciar un atardecer en el Pacifico.

SENSIBILIZADO POR EL ATARDECER

La semana pasada me encontraba en Merlo (San Luis – Argentina), había recibido la visita de una amiga, era Sábado y decidimos salir a pasear un poco por las Sierras de aquella provincia, íbamos en busca de un mirador llamado El Peñón (todavía no sé qué significa). Al llegar, paradójicamente nos encontramos a la izquierda con la obscenidad de la riqueza y el materialismo, reflejado en mansiones gigantes, y a nuestra derecha, la nada misma, el sol y el horizonte. Fue ahí donde lo vimos caer con tal majestuosidad que las obscenas construcciones, pasaron de gigantes a insignificantes en cuestión de segundos, y el atardecer, solo siendo lo que sabe ser desde sus inicios, fue capaz de cautivarnos a tal punto de olvidar todo lo que nos rodeaba y minutos antes nos había hecho reflexionar sobre el sistema social en el que vivimos.

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Desde entonces busco encontrarme con ese instante, sacar pasaje en el tiempo sin escalas al momento previo en que dejo de ser luz, para convertirse en noche. Me fascinan los atardeceres, cuando los veo siento una profunda conexión con ellos, pensaran que estoy un poco loco, pero existe una especie de comunicación, donde ellos enseñan y yo solo contemplo.

Como la decisión no era sencilla termine haciendo ambas cosas, pude observar el atardecer mientras volvía a la ciudad atrás de una camioneta bastante destartalada, pero no menos efectiva que me dejo en el centro, a unos metros de la terminal de ómnibus, donde me ametrallaron con ofertas de alojamiento. Termine echándolo a suerte y pase la noche en una especie de Hostel, que parecía una casa de familia. Era un tanto extraño, pero nunca cuestiono las costumbres fuera de casa.

El día siguiente seria el detonante de la conquista de Valparaíso sobre mí, luego de conseguir alojamiento a cambio de trabajo en un Hostel que tiene mucho más que ver conmigo y con mi viaje. Salí al encuentro, ella me esperaba, ofreciendo interminables callejones coloridos, 42 cerros que miran a un mar lleno de embarcaciones antiguas, el mismo mar que se insinúa en cada esquina mostrando apenas una parte de su inmensidad.

Perderse en Valparaíso no debería ser una preocupación, sino más bien un acto fortuito, porque perderse aquí, es la posibilidad de encontrarse. Y ahora que nos sentamos cada noche en la misma escalera, siento que no quiero dejarla y en cierto punto hasta me gustaría pertenecerle.

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