Mariposilandia. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

—¡Síganme! —les dije a mis hermanas.

Estábamos en Mariposilandia.

Unas cuantas horas en auto, desde Lima con dirección a las montañas, eran suficientes para llegar a un paraíso repleto de mariposas amarillas, azules y anaranjadas que revoloteaban sobre lirios y fucsias, y se escondían entre retamas.

Con hermanas de cinco y cuatro años, yo que tenía ocho, era la jefa natural del grupo. —Háganle caso a su hermana mayor

—les repetía mi papi confiando siempre en mis decisiones.

—¡Tras ellas! —les ordenaba a Lore y Chivi para empezar nuestra cacería con una delicada red. Belo, mi perro de ojos tristes, nos seguía con la lengua afuera y a punto de pisarse las orejotas con cada paso que daba.

El plan era verlas de cerca, rozarlas con las yemas de nuestros dedos y admirar el reflejo de sus colores a la luz del sol. En el colegio habíamos estudiado cómo se transforman las orugas en mariposas, pero esto era mucho mejor. Después de tenerlas prisioneras por unos minutos y en especial cuando mi papi descubría nuestra hazaña, las dejábamos libres. Belo trataba de alcanzarlas entre ladridos y sin saltar muy alto debido a sus patas cortas y pesado cuerpo.

Una tarde fue diferente.

Como siempre, nuestra vieja camioneta blanca estaba estacionada a la orilla de la carretera. Árboles de gruesos troncos crecían a lo largo de la ruta. Podía sentirse la corriente del río empujar las rocas. El ambiente era fresco, con un delicioso aroma a tierra mojada a causa de la lluvia que minutos antes se había detenido. Las gotas de agua almacenadas en las copas de los cedros nos salpicaban de vez en cuando.

El clima era perfecto para que las mariposas salieran a disfrutarlo y deambular al suave ritmo del viento.
Mi papi preparaba en el auto los típicos sándwiches de jamón y queso que solía hacernos mi mami en los paseos. Pero ella ya no estaba con nosotros y mi papi se esforzaba por hacerlos tan ricos como los recordábamos. Me ofreció uno, pero no acepté. —Guárdamelo para más tarde —le pedí. Tenía algo de hambre, pero por nada del mundo quería perderme los últimos rayos de sol iluminando a las mariposas.

Pronto debíamos irnos de Mariposilandia para regresar al hotel en el que nos hospedábamos.

—¡Belo! —lo llamé cuando se escabulló para perseguir a un grupo de seis o siete enormes mariposas. Parecían más grandes que las palmas de mis manos. Eran azules salpicadas con puntos negros. Nunca las había visto batir sus frágiles alas con esos movimientos tan finos y veloces. ¡Podían volar hasta donde quisieran! ¡Seguro que llegaban al cielo!

—¡Regresa! —le exigí otra vez, pero Belo, que adoraba ir tras cualquier bicho que cruzara por sus narices, empezó a dar brincos y correr al borde de un riachuelo para intentar alcanzarlas.

Traté de detenerlo. ¡No podía escaparse! Mi papi buscaría cualquier pretexto para llamarme la atención. Él no me entendía. No quería que yo tuviera un perro.

—¡Belo! —volví a gritarle.

Pero desapareció.

También las mariposas.

Asustada, bajé con dificultad por una pendiente pedregosa y bañada de musgo.

Doblé a la derecha entre tupidos matorrales.

Dejé de oír las aguas del riachuelo.

No había nadie.

—¡Papi! ¿Me escuchas?

Sentí pasos.

—¡Lore! ¡Chivi! ¿Dónde están?

Cientos de hojas doradas, pardas y verdes caían de los árboles. Las ramas no dejaban de hacer ruidos al golpearse unas contra otras.

Empecé a escuchar unos chirridos. Eran loros. Tenía que pensar que eran loros.

Decidí protegerme. Salir de allí.

¿Me habrían seguido mis hermanas? ¿Estarían perdidas como yo? —No te alejes del carro —me decía siempre mi mami—. Háganle caso a Diana que es su hermana mayor —les decía a ellas. ¿Por qué tuvo que irse al cielo y dejarnos solitas? ¡No podía perder a Belo ahora!

Sentí mis pies resbalarse. ¡Era barro! Mis zapatillas favoritas estaban empapadas y sucias. ¡Qué asco!

—¡Papi!

Caminé por el bosque buscándolo. Lloré bajito. ¿Se irían sin mí? ¿Por qué no aparecía Belo? Tenía hambre y frío.

Temblaba. Felizmente le había hecho caso a mi papi poniéndome la chaqueta cuando comenzó la lluvia. ¡Y yo que no quería usarla!

Empezó a oscurecer así que me senté sobre unas hojas. Las moví primero con una rama. ¿Habría arañas? ¿Culebras? Me distraje gracias a un caramelito de fresa que encontré al rebuscar en mis bolsillos. A pesar de que yo era una niña bastante delgada, me encantaban los dulces y siempre llevaba alguno escondido. Estaba un poco pegajoso, pero sabía más rico que otras veces.

Me acurruqué apoyada al tronco de un árbol.

¡Odiaba Mariposilandia! ¡Quería irme de allí!

Ya no se veía el cielo.

Unas lucecitas amarillas empezaron a destellar entre las plantas. Pequeños puntos fosforescentes se prendían y apagaban sin cesar.

—Deben ser luciérnagas —pensé—. En el colegio nos habían enseñado sobre ellas. ¡Pero qué lindas eran! ¿Cómo se verían de cerca? ¿Se podrían atrapar?

De pronto, sentí que algo se me acercaba.
Traté de no hacer bulla. Podía ser un animal de las montañas.

¡Qué alivio! ¡Era Belo! ¡Por fin aparecía!

Lo abracé con toda mi fuerza.

—¡Sabía que tú nunca me abandonarías! Yo te cuidaré —le prometí a mi perrito—. Sí, yo también tengo hambre. ¡Qué calientito estás! Ven conmigo, no te me alejes —le dije.

—¡Despierta Diana! ¡Ya amaneció pequeñita!

Abrí los ojos.

¡Era mi papi!

—¡Te he buscado toda la noche! ¡Gracias a Dios que estás bien! —me dijo mientras me envolvía entre sus brazos y me cubría con su casaca. Él siempre olía tan rico. Creí que lloraba. Pero no era posible. Era mi papi.

—Tengo hambre, pa. ¿Y mis hermanas?

—Tranquila. Están bien —me respondió dándome un besito en la frente.

—¡No te olvides de Belo, papi! —le pedí—. Él me abrigó toda la noche con sus orejas largas.

—¿Belo? ¡Ay mi chiquitita! ¡Tú y tus fantasías! Ya sabes que Belo no existe —me dijo al hacerme un guiño y acariciar mi cabello—. Es hora de comprarte un perro.

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