Bossa Nova de Salvador. Autor: Balthazar M. Royuela

La puesta de sol me sorprendió cuando salía, mareado, del elevador que comunica la estación marítima y la Ciudade Baixa con el Centro Histórico. Sentía el estómago revuelto después de una agitada travesía en barco desde la Isla de Itaparica, a través de la Bahía de Todos los Santos. Y cuando unas repentinas náuseas me obligaron a detenerme en seco, vi en un charco el reflejo ensangrentado del crepúsculo.

Encontré un banco de madera desocupado, pese a la numerosa presencia de turistas, que se tomaban fotografías con el incendio del horizonte a sus espaldas. Y, sentado allí, presencié consternado la puesta de sol, como si se tratara de la hemorragia de una herida propia, aún reciente y sin restañar. Mientras mis lágrimas brotaban hacia adentro en una corriente invisible, lenta y silenciosa, fui sintiéndome mejor. Hasta que  cayó la oscuridad, como una gasa sanadora, que contuvo la hemorragia, en el cielo y en mi alma.

Fue entonces cuando advertí la presencia de alguien a mi lado. Giré la cabeza y allí estaba ella, sentada en el otro extremo del banco, tan oscura como la misma noche, recién llegada, expectante e inmóvil, como un felino al acecho. Un leve escalofrío me recorrió la espalda, quizás provocado por la fresca brisa marina del anochecer o, tal vez, por la inquietud que sentí ante aquella desconocida, que de forma tan sigilosa se había acercado tanto que casi podía escuchar el sonido de su respiración.

Pero la muchacha enseguida me dedicó una sonrisa, y el blanco de sus ojos y de sus dientes refulgió en la oscuridad, y su rostro de ébano se iluminó tanto que mis murallas defensivas saltaron en mil pedazos. A partir de ese momento fui dominado por un sentimiento de ternura y deseo hacia ella, que, al fin, rompió su silencio. Se presentó con el nombre de Cibele y comenzó a susurrar palabras en un suave murmullo que sonaba como una canción, como una bossa nova cuyo estribillo delicioso repetía, una y otra vez, las palabras voçê é lindo.

En cuanto empezamos a caminar muy juntos, ella me tendió la mano, y  me sucedió lo que les sucede a veces a los niños y a los enamorados, que se sienten elevados por la felicidad a dos palmas del suelo. Y así anduve de su mano, como si flotara por encima de las calles empedradas y turísticas, que pronto dejamos atrás para adentrarnos en oscuras callejas descendentes, jalonadas por bolsas de basura, devastadas por las lluvias torrenciales del Trópico.

Pero ya no había marcha atrás. Había decidido traicionarme a mí mismo, al ser desconfiado y temeroso, que en realidad era. Así que subí  las escaleras de aquella  humilde pensión como si ascendiera al séptimo cielo y la cháchara de la novela das oito, que salía de la la televisión de la planta baja, sonara a música celestial. Y no me importaron  la puerta desportillada, el jergón hundido en una malla metálica oxidada, las sábanas raídas y festoneadas por manchas y agujeros… la decrepitud general reinante de aquel mísero cuarto.

   *   *   *

  La observé mientras ella iba desvistiéndose despacio, sentada en un viejo diván, sobre el que dejaba cuidadosamente sus ropas, ensimismada y con el ceño fruncido, como si estuviera sumida en una lucha interna con dudas e indecisiones. Y cuando quedó únicamente ataviada con su conjunto blanco de ropa interior, que casi resplandecía sobre la negrura de su piel, levantó la mirada y casi pareció sorprendida al verme. Sin embargo, apenas tardó un instante en dar unos pasos decididos y abalanzarse sobre mí, como si hubiera sido repentinamente poseída por algún orisha invocado, quizás por Oxum, que, según me habían explicado en una ceremonia de candomblé, era la divinidad yoruba de la sexualidad femenina, de las aguas de los ríos y los manantiales.

La muchacha se montó a horcajadas sobre mí, e inició un movimiento cadencioso, con la espalda enderezada, como si fuera una amazona que cabalgara sobre su bestia. Y poco a poco fue acelerando el ritmo, mientras emitía una especie de jadeo ahogado, un sonido gutural, parecido al ronroneo de un animal, que se elevaba por encima del ruido chirriante del catre.

Cuando el trote me resultó vertiginoso, cerré los ojos por un momento y acudieron a mi mente visiones de algunos animales amazónicos que había visto en el jardín zoológico. Pensé en un roedor gigante llamado capibara; en los araras o guacamayos, de vivos e imposibles colores; en el coata da cara o mono araña, un revoltijo de pelos encaramado en lo alto de una rama; en la onça pintada o jaguar, enloquecida por su cautiverio… Después de rememorar a  la sucurí o anaconda, emergiendo lentamente de su ciénaga, cubierta de hojarasca, abrí los ojos fascinado, justo cuando la muchacha dejó escapar un gemido sofocado, que sonó más agudo y más humano, y se derrumbó a mi lado.

Un sueño profundo me atrapó dulcemente poco después, anestesiado por aquel olor denso y fuerte, una  mezcla embriagadora de sudor, fluidos corporales y el aroma dulzón, a fruta selvática, que exhalaba el cuerpo de la chica. Desperté al sentir durante el sueño el peso de su mirada, sus ojos como llamas resplandeciendo en la oscuridad, clavados en mi cara, escrutándome mientras dormía. Ya se había vestido, y permanecía acuclillada al borde de la cama, envuelta en su extraña quietud animal. Durante unos segundos nos miramos fijamente en silencio y, de pronto, comenzó a acariciarme la cara con los labios, que, formando un círculo, aspiraban suavemente de mi piel como una ventosa, mientras su pelo denso y encrespado me hacía cosquillas y provocaba la risa. Aunque ya sabía que esos besos anunciaban la despedida y que el encantamiento estaba a punto de romperse, lo que sucedió en cuanto me pidió que le pagara. Atolondrado, me levanté del camastro, extraje la cartera del pantalón, tirado en el suelo, y le dí los billetes que ella consideró suficientes.

Antes de partir, me pidió que no me demorara mucho, porque el chico de la pensión me estaría esperando para acompañarme al ponto de taxi, ya que el barrio era muy peligroso a esas horas. Luego abrió la puerta y se fue, y yo permanecí allí de pie, escuchando el eco de sus pasos en la escalera, como si escuchara los compases finales de una bella canción de amor, esa bossa nova cuyo estribillo repetía voçê é lindo una y otra vez.

 

*   *   *

  Joâo era uno de esos mulatos espigados y atléticos, de aire risueño y despreocupado, vestido como cualquier otro joven del barrio, con una camiseta algo raída  y unas sencillas bermudas, además de las gastadas chancletas habaianas. Enseguida  salimos afuera y nada más emprender la subida de aquellas sucias y fantasmagóricas calles, sentí pinchazos en la entrepierna, de modo que tuve que aguantar el dolor para seguir el paso rápido del chico. El lugar realmente infundía temor a esas horas, sin embargo, sólo tuvimos que sortear a algunos meninos da rua, que yacían en la acera sobre cartones, inhalando efluvios tóxicos en bolsas de plástico. Así que en pocos minutos llegamos al Centro Histórico, donde uno ya podía sentirse seguro, pues había bastante presencia policial.

Antes de despedirnos, entrechocando las manos como dos viejos amigos, pedí a Joâo que me contara algo acerca de Cibele, pero sólo obtuve vagas respuestas, como que no era una piranha de tantas, sino una buena garota con algunos problemas, que acudía acompañada a la pensión muy de cuando en cuando. En cambio, fue más locuaz al contarme lo que yo ya sabía acerca del nombre del barrio, el Pelourinho. Esto es, que significa picota, una columna de piedra, instalada aquí en la época colonial, en la que se amarraba a los esclavos infractores y criminales para someterlos a suplicios públicos.

El Pelourinho era algo así como el corazón de la ciudad antigua, un barrio de postal que, en la actualidad, atraía como un imán a los  turistas, con sus lindas casas de colores pastel y balcones de hierro forjado, las iglesias centenarias, bellamente iluminadas durante la noche, las plazas y calles adoquinadas, las galerías de arte, los museos, las tiendas de souvenirs… Pero para ello habían tenido que acometer, años atrás, una rehabilitación a fondo, porque el corazón de la ciudad se había descuidado y degradado mucho a lo largo del tiempo. Aunque esa rehabilitación supuso, según Joâo, la expulsión de mucha gente humilde del barrio. Hoy en día, tras la operación urbanística, el Pelourinho parecía funcionar mejor, era muito bonito y sus latidos sonaban rítmicos y vigorosos, como los tambores del famoso grupo Olodum.

Encontré cierta animación en torno a la Praça da Sé, donde varios grupos de jóvenes tomaban cachaça, y quedé muy sorprendido al descubrir que no era tan tarde como había supuesto. Todo había sido de tal intensidad desde la puesta de sol, que tenía la sensación de que hubiese transcurrido muchísimo más tiempo. Pero no era sólo eso; además me sentía diferente, más vivo y ligero tal vez y,  al mismo tiempo, más curtido y menos ajeno a todo, como si la experiencia íntima con  aquella muchacha fascinante me hubiera ayudado a sobrepasar la condición de turista, para ser ahora simplemente una pessoa estrangeira.

El taxi recorrió a bastante velocidad una ciudad que, más allá del Centro Histórico, parecía completamente dormida, guiado por un taciturno conductor que, con el fin de evitar posibles asaltos, procuraba saltarse todos los semáforos en rojo que el escaso tráfico le permitía. Mientras yo, en el asiento trasero, iba mirando por la ventanilla para intentar distraerme, aunque esas calles no tuvieran mucho interés sin el bullicio propio del día. Siempre tenía esa impresión en el Trópico: la luz diurna era de una intensidad inigualable, pero también parecía más profunda la oscuridad del anochecer, aunque estuviera en una gran ciudad como Salvador de Bahía.

Al advertir sobre mí la mirada circunspecta del taxista, a través del espejo retrovisor interior, me di cuenta de que me hallaba tarareando una vieja y famosa canción, un clásico de la bossa nova, que trataba del carácter efímero de la felicidad respecto a la tristeza. Y aunque básicamente estaba de acuerdo con el mensaje de la canción, durante ese trayecto en taxi sentía una mezcla extraña de ambos sentimientos. Sentía felicidad por la fantástica experiencia con Cibele y tristeza al pensar que si se entregaba a los hombres para ganarse la vida, aunque fuera de cuando en cuando, como dijo Joâo, sus circunstancias personales puede que fueran bastante difíciles.

  *   *   *

  Desde el apartamento del hotel, la vista era magnífica. Podía contemplar la playa de punta a punta, desde el Morro do Cristo hasta el Farol da Barra, instalado en el  fuerte de Santo Antônio, considerado como el primero que los portugueses levantaron en América, y que albergaba en la actualidad el Museo Náutico. Antes de dormir, me gustaba ver las olas romper en la playa desierta, iluminada por las luces de la Avenida Oceánica, mientras las ráfagas de luz del faro señalaban la entrada norte de la bahía y penetraban en la oscuridad del Atlántico. Era pues un escenario cargado de magia e historia en el que resultaba muy fácil entregarse a la ensoñación.

Esa noche me serví del minibar un vaso largo de ron con hielo y, sentado frente al mirador,  experimenté cómo, a partir del cúmulo de vivencias y sensaciones atesoradas en mi interior, se iba formando una marea poderosa que me hizo perder pronto el control de la mente. Primero divagué rumbo al sur, hacia el Morro de Sâo Paulo, a hora y media de navegación, y recordé los días dichosos de playa y fiestas que había pasado allí. Después, la corriente de la imaginación me llevó mucho más lejos, en línea recta hacia el este, a través del océano, hasta las costas de África, donde estaban los orígenes de muchos de los habitantes de la ciudad, incluida Cibele, por supuesto. Me sentí conmovido al imaginar que justo por ahí, frente a esa playa que estaba contemplando, llegaban en el pasado naves cargadas de personas apresadas en África, para ser utilizadas aquí como esclavos en las plantaciones de caña de azúcar.

Y aunque intenté resistir todo lo que pude, la marea me arrastró finalmente hasta Europa, lo que provocó que la herida se abriera de nuevo y supurara recuerdos que, sin embargo, esta vez no me dolieron tanto, como si hubiera empezado a curar y a cicatrizar. Después de todo, me dije a mí mismo que quizás Salvador me estuviera efectivamente salvando, tal era el efecto que ejercían sobre mí sus gentes y toda esa naturaleza prodigiosa

Cuando sentí que la bruma del alcohol era ya tan densa que envolvía toda mi mente y lo confundía todo, decidí retirarme a la habitación, una suite matrimonial enmoquetada, con una cama enorme, de la que sólo ocupaba la mitad. Entonces, al acostarme,  percibí la presencia de Cibele en la muñeca negra de trapo colocada sobre la almohada del otro lado de la cama. Días atrás, había comprado la muñeca a una vendedora ambulante, muy cerca de donde conocí a Cibele, como si hubiera sido una especie de premonición. La miré atentamente y, emocionado, creí ver en ella los mismos ojos grandes y centelleantes de Cibele, su sonrisa luminosa, su mata de pelo rizado… Abrazado a la muñeca dormí de un tirón, hasta que me despertaron las primeras luces del amanecer.

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