Viaje por el misterio, ida y vuelta. Autor: Miquer Alberto Rivera Santiváñez

Era Febrero de 1942, en un bunker subterráneo secreto de una isla del Báltico hubo tensión entre los militares y el profesor Stromberg inventor de la nave denominada Vril-H9 propulsada por turbinas electro-gravitacionales. El general Gunter Blitzberg jefe militar del proyecto deseaba tener listo el artefacto porque su Führer había dispuesto el avance de tropas en todos los frentes.

–Estimado profesor, nos interesa la conquista del espacio, pero su costo paga el ministerio de armamentos –decía Blitzberg.

–Este aparato no se ha diseñado para el combate, puede ser muy peligroso usarlo en algo trivial –se quejó Stromberg.

En el fondo, el sabio ingeniero no deseaba prestar su alta tecnología al servicio de la guerra; sin embargo los elevados presupuestos para sus investigaciones hicieron que trabajase con empresas amigas del Reich. Resignado, el inventor solicitó que pilotos familiares suyos deberían ser transferidos de los campos de combate hacia la base aérea, para ser instruidos en el manejo de su platillo volante.

Poco después, cuatro sobrinos del profesor Stromberg fueron trasladaron desde los límites con Francia hasta el bunker del Báltico a recibir entrenamiento con la novedosa nave.

Uno de ellos, el más aprovechado de su promoción, había realizado vuelos experimentales con otras naves y motores de cohete, por lo tanto era indicado para manejar el platillo.

–Max, tú eres el piloto de prueba capaz de realizar el sueño de los verdaderos visionarios, ¡superar los 10 mach! –arengó Blitzberg.

El enérgico militar significaba en esos momentos la confianza de la cúpula bélica nórdica.

–En gran destino aéreo depende ahora de la nave circular –recalcó el general.

En la semana siguiente fueron presentados más tripulantes, el comandante Fritz, el mayor Klaus, y la doctora Beatrix médica de a bordo.

Un día de Julio, mientras combatían en la batalla de Kursk dos millones de hombres y 3.000 tanques; en las misteriosas instalaciones del mar Báltico se probó la resistencia del Vril-H9; mientras a cierta distancia la Luftwaffe realizaba simulacros de bombardeos para confundir a naves inglesas. Poco tiempo después, durante una madrugada cargada de niebla, cuando los aliados tomaban Normandía, algo semejante a un terrorífico rayo iluminó la isla y el Vril-H9 cruzó las nubes. Perplejos ante su velocidad, los aeronautas nos dimos cuenta que debieron probar el artefacto más veces por control remoto. Era claro que la nave causaría asombro y miedo.

El jefe científico me había confiado que Fritz no había informado detalles sobre un extraño  cargamento montado en el aparato durante la noche. Luego de un lapso, los tripulantes nos dimos cuenta que, al interior del navío anómalos síntomas hacían perder la calma.

–“Sentimos adormecedora frialdad y ambigüedad en la percepción del tiempo, luego los cronómetros dejaron de funcionar” –había anotado Beatrix en su bitácora.

En pocos minutos el Vril-H9 volaba encima del Polo Norte, cuando de pronto, una voz desde otra estación militar ordenó un inesperado cambio del plan experimental.

–“Se hace saber que, ahora tomará el mando de la nave vuestro comandante Fritz”

En ese momento los partidarios del profesor Stromberg comprendimos que Fritz y su grupo nos transformaban en prisioneros. En pocos minutos el mayor Klaus se apresuró a programar coordenadas de ataque. Intuitivamente advertí la presencia de un proyectil secreto.

– ¡Un explosivo con material atómico! –exclamé.

– ¡Exactamente camaradas! –afirmó el comandante Fritz.

– ¡Está prohibido el uso nuclear!, ¡debe abortar su lanzamiento! –protesté.

Y sin titubear me lancé hacia los controles del proyectil a pesar de no conocer sus claves. Hubo una pelea entre las dos partes, hasta que Klaus perdió el control del vuelo. En ese momento la nave accionada con fuerza implosiva fue iluminada por un descomunal fulgor que traspasó el fuselaje y bañó a los viajeros; luego se hizo la oscuridad total, llenando de calor sofocante la nave. Al quedar el Vril-H9 fuera del control, sus ocupantes nos percatamos que un poder sobrehumano lo dominaba. Entonces en el interior otra voz misteriosa expresó con serenidad.

–“Para cambiar el mundo, debéis cambiar vosotros; pues crimen o suicidio no sirven para corregir.”

Al instante, cada miembro del Vril-H9 entendimos la intervención sobrehumana. Y lo enigmático abrió las mentes para visualizar en un instante las acciones pasadas, y calculamos que la Tierra había quedado muy lejos. Sentimos el miedo atroz que produce lo caótico y violento. La nave se hallaba en el espacio extraterrestre.

–Dios, sálvame –fue lo que conseguí decir antes de ingresar en una etapa inducida por otro poder, cuando no cuenta ni el crujir de dientes.

Entonces una descomunal visión se abrió paso a través del espacio y del tiempo; siguiendo el abismo de campos inter-dimensionales, en medio de una velocidad centellante hasta “un túnel de gusano”; donde al traspasarlos pude captar el otro lado, y esa “realidad de las sombras”. Allí las teorías del tiempo y del espacio se convirtieron en sueños, y contemplé su “Gran ojo del Cosmos”, el torbellino majestuoso de otras estrellas vibrando en energía pura y piadosa que no permitió el fin. Poco después, la explicable aflicción se apoderó de mi esencia vital, y lo sentimental era un recuerdo que se agolpaba en el alma, pues debía cruzar nuevamente por el “túnel de gusano”; esta vez protegido por una invulnerable coraza mística. Y si quererlo recorrí la Tierra en guerra y atestigüé la barbarie; para no olvidar el sufrimiento de tal conocimiento. Luego de un lapso, hubo absoluto silencio y reposo mental. No supe cuánto tiempo me guardaron en lo más enigmático. Sin embargo en una tibia mañana de un tranquilo país, una bonita melodía me hizo despertar.

–Hijito has dormido mucho, hoy cumples tres años y debes estar lindo –decía mi madre mostrando el espejo para reflejarme.

Allí sentí un gran sobresalto.

– ¿Qué me ha pasado?, ¡estoy vivo! –dije al tomar atención.

Me alegró el regalo de onomástico, un avión de juguete, pero en lo más profundo no pude olvidar la otra nave.

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