Secuestro en lo ignoto nocturno. Autor: Miquer Alberto Rivera Santiváñez

Ahora recuerdo detalles de una etapa muy rara por uno de los países que más estimo.

La tarde había caído, y sobre mi espalda pesaba el grueso manto de la noche, por eso busqué reparar fuerzas cerca del camino. Mis costumbres de caminante llevaron mis pasos cerca de los restos de un antiguo bastión gótico y no tuve duda en recostar mi espalda en su recia muralla. Durante unos minutos traté de no dormir, pues temí que las fieras del bosque podrían sorprenderme fácilmente por ese paraje; sin embargo tras un lapso me ganó el sueño. No se anunciaba la mañana, cuando desperté con gran susto, pero me hallaba en un lugar demasiado extraño. Seres vestidos de gris y enmascarados me sujetaban en un laboratorio. Al poco tiempo que me dejaron solo traté de mover mis manos y escapar, pero no pude.  Gruesas correas sujetaban las muñecas y eso me preocupó. Traté de ver los detalles del recinto, entonces el miedo arañó mi piel. Poco después, otra criatura se aproximó con una jeringa desconocida para inyectarme algo. Ahí, por su cercanía, me di cuenta que su mirada no era humana.

La sustancia fue recorriendo las venas produciendo un desconcertante cosquilleo en el antebrazo izquierdo primero, luego en el resto del cuerpo. No habían pasado minutos, cuando empecé a recordar mejor, entre lágrimas aquel momento que unos señores me ofrecieron un nuevo hogar por medio de adopción, para no regresar a mi lejano país al concluir la beca. En esos instantes, cuando la inyección parecía tomar posesión de mi cuerpo, vi acercarse a unos tipos que hicieron notar su exaltada curiosidad. Era claro que no hablaban, pero se comunicaban.

Aquellos sujetos altos, delgados, de cabeza enorme y mirada fría me tomaron en sus brazos y llevaron hacia un extraño quirófano. Me asombré de su tecnología.

Un personaje muy sospechoso me observó a través de sus lentes y presionó el antebrazo, causándome tal dolor que grité. Al rato, viendo los especialistas unas pruebas de mi naturaleza, optaron por cambiar sus métodos. Sin embargo los resultados siguieron corroborando algo.

– ¿Qué hacemos, lo matamos? –preguntó uno, cuya voz salió por el micrófono de su ropa especial. Sentí un gran sobresalto en mi ánimo.

– ¡No!, tiene algo nuestro –respondió su jefe.

– ¿Es un animal? –interrogó de nuevo.

– No, pero tampoco es igual a los otros– contestó el espécimen director.

Al llegar la noche me soltaron en medio de la niebla. Lamentablemente eso no parecía ser la Tierra.

– “¿Dónde me han puesto?”–interrogué mentalmente lleno de pavor.

No podía encontrar respuesta. El sitio era salvaje, de otro mundo.

En mi prisa, en mi desesperación, pedí un pronto amanecer, pero siguió dominado la penumbra. Luego, sin que yo sepa de dónde; apareció un aparato volador que descendió en una pequeña base,  y me subieron a la fuerza. Al estar en su interior no hallé otro viajero. Hubo un estallido luminoso muy frío. En instantes, por algún misterio, me di cuenta que retrocedía en el tiempo y espacio. Intuí mi salvación. El hecho es que sus tripulantes me adormecieron con gas en la cabina para no reconocerles.

Desperté  de noche dentro de unas instalaciones vigiladas por personas de aspecto grato y confiable, vestidos de blanco.

– ¿Dónde ha estado usted?, te has extraviado por siete días seguidos –dijo una linda enfermera.

–Fernando, te hallamos totalmente desnudo en el campo –comentó un médico.

Entonces recordé nuevamente de aquella tarde al salir de casa, decidido a no aceptar la posible adopción y renuncia de mi país, me interné por entre la tupida vegetación de la selva nórdica, para meditar acerca de mi estado extranjero y sus consecuencias. Así, sumido en pensamientos contradictorios, de anhelos, frustraciones y ambiciosas proyecciones, caminé por el bosque de coníferas, hasta que llegó la noche, obligándome a pernoctar entre las ruinas de un castillo. Era aún de madrugada, y escuché ruidos entre los follajes; me acerqué a ver. Unos tipos me rodeaban, se notaba que no eran terrestres. Me agarraron, y llenaron en una bolsa negra con orificios para respirar. Después de un corto trayecto escuché un penetrante zumbido de un artefacto. Tuve sensaciones de vuelo. Calculo que hicimos dos viajes.  Al devolverme a la Tierra de noche, escapé del envoltorio y, estando distantes las ciudades caminé algunas horas, hasta que me dio hambre y sueño; por eso, luego de hartarme de moras y castañas, me acurruqué nuevamente junto a los pinos.

–Hay cosas raras en ese bosque –dije a quienes me ayudaron.

–Fernando, no vuelvas por allí –recomendaron los médicos.

Naturalmente, no puedo quejarme de lo que haya pasado en esa travesía entre los matorrales, porque aparte de lo impresionante no sufrí ningún daño; mejor aún, me alegro de aquello, porque así nació este relato.

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