Te llamaré Juanita. Autor: Juana Ciudad Pizarro

Nos levantamos a las 4 de la madrugada, tempranito para Costa Rica pero una barbaridad para nosotras. Pero lo hicimos con mucho gusto, por usar esa especie de mantra que los costarricenses repiten a todas horas y que es casi una filosofía. Ellos lo hacen todo con mucho gusto. Con mucho gusto responden a tus preguntas, te agasajan y te arropan de tal forma que te sientes, no como en casa, sino mejor. Este mantra nos acompañó, a mi amiga y a mí, todos los días que pasamos en el país, pero muy especialmente en Tortuguero. Hacia allí nos dirigíamos tan temprano.

Al llegar al sitio convenido, de donde partía la excursión, nos enteramos de que éramos las únicas excursionistas. Con todo lo que habíamos especulado sobre cómo y de dónde serían nuestros compañeros de viaje. En fin, aquellos eran los hechos: un inmenso autocar para nosotras dos.

Tortuguero no está demasiado lejos de San José, pero el viaje fue muy largo. El autobús avanzaba lentamente sorteando los innumerables baches que las lluvias torrenciales ahondan hasta tales extremos que llamarles así causa risa.

Después de varias horas de camino, el autocar se detuvo en un pueblo llamado Hamburgo. Al escuchar aquella palabra, mi amiga y yo nos miramos con una sonrisa.

─Pero, ¿esto no era Costa Rica? ─bromeó mi amiga y ambas empezamos a reírnos de esta broma tan tonta.

Mientras esperábamos a la lancha que nos conduciría a los canales de Tortuguero, empezó a llover. Nos resguardamos en un galpón, como llaman allí a los techados de palma. Cuando escampó, dimos una vuelta por los alrededores del embarcadero, mirando a los árboles de cacao que habían sobrevivido a una terrible plaga, según nos contaron. Una niña del pueblo se acercó para conversar. Se llamaba Mauren y estaba tan entusiasmada con mis prismáticos como yo con los colibríes que observaba a través de ellos. Se acercaban a libar las flores pero su aleteo era tan nervioso que me costaba admirar su colorido metálico. Mauren me pidió, con voz cantarina y ojos parlanchines, que se los prestara. Con mucho gusto, debí decir, pero todavía esa frase no formaba parte de mi vocabulario.

Después de unas dos horas de espera llegó una gran lancha muy larga. La conducía Antonio, el capitán, y le acompañaba Rafa, que iba a hacer de guía para nosotras dos. La abordamos y, después de las presentaciones, el barco partió. Bajábamos a favor de corriente por el río Reventón y después nos adentramos por el río Parismina, que nos llevaría a los canales de Tortuguero. La barca se deslizaba lentamente entre los árboles que se apiñaban en ambas orillas sin dejar espacio para la luz. Sus raíces y hasta sus troncos se sumergían en el agua turbia y cuando el sol se escondía para dar paso a un chaparrón, todo era oscuridad.

Nosotras no perdíamos de vista ninguna de las dos orillas. En ellas se posaban garzas (blancas, nevadas, azules y de espalda verde), espátulas rosadas y de vez en cuando sobre un banco de arena se distinguía un caimán. Los nombres de las aves nos los iba cantando Antonio, atento a todo. Los caimanes nos pasaban desapercibidos a los tres, incluido al guía, en ocasiones, pero para eso estaba Antonio, con su ojo experto. En lugares así es fácil de entender eso que dicen de que el ojo sólo ve lo que conoce. Se alternaban la lluvia y los claros. Cuando salía el sol, la vegetación brillaba y el agua azuleaba un poco. Pero al poco tiempo volvía a llover.

Rafa y Antonio nos señalaban los árboles y nos iban diciendo sus nombres y sus peculiaridades. Yo apuntaba en mi cuaderno aquellos nombres raros, como una coleccionista y las dos mirábamos entusiasmadas de un lugar a otro, para no perdernos nada. En cierto sentido nos enamoramos de Antonio, una persona singular. Nació en un pueblo de la zona y mostraba la astucia y la gracia de algunos animales. Nosotras le veíamos como al buen salvaje. Sentía pasión por aquella tierra y por la vida y regalaba entusiasmo y saber sin tacañería. Era guapo y gentil y nos parecía encantador que lo hiciera todo con mucho gusto y una sonrisa que dejaba ver un diente donde relucía una estrella de platino. Incluso cuando nos hablaba, no perdía detalle. Era el primero en advertir hasta los signos de vida más imperceptibles, como un grupo de murciélagos tan adheridos a un árbol que parecían meras manchas.

Estábamos ensimismadas con lo que Antonio nos contaba, cuando nos pidió silencio. Entonces empezamos a escuchar unos ruidos entre los árboles. Miramos alarmadas, pero no veíamos nada hasta que Antonio nos señaló una familia de monos araña que cruzaban a nuestra izquierda. Cuando se acercaron un poco más pudimos oír claramente el jolgorio. Antonio detuvo el barco para que pudiéramos disfrutar de la escena y el ruido del motor no alarmara a los animales. Los machos abrían camino y las hembras llevaban sus crías en la espalda. Cuando se alejaron, volvió a acompañarnos el silencio mientras bajábamos lentamente por aquel río de aguas marrones. Hasta aquel momento no habíamos visto a nadie. Cada vez nos adentrábamos más en la densa vegetación y aumentaba la pesadez del aire. Hacía calor, un calor húmedo y pegajoso que hacía dificultosa la respiración, pero estábamos emocionadas. Era la selva, la jungla, un paisaje de tanta intensidad que enseguida supe que jamás lo iba a olvidar.

Al llegar a la desembocadura del río Parismina en el mar, giramos para adentrarnos en un ramal del río y el barco quedó enganchado en un banco de arena. Antonio y Rafa descendieron de la lancha y la empujaron hasta sacarla, pero al poco rato volvimos a encallar. En aquella zona el río era poco profundo y la marea estaba baja. Una lancha pequeña que avanzaba muy deprisa nos adelantó haciendo un requiebro y nos arrojó un buen montón de arena, lo que aumentó nuestras dificultades de remontar aquel trozo de río de aguas poco profundas.

Los muchachos que iban en la lancha nos miraron, riéndose divertidos. Antonio hizo un disimulado gesto de desagrado y nosotras, la verdad, nos asustamos un poco. Aquello había sido, a todas luces, una macarrada, pero estábamos tan embobadas con todo lo que se ofrecía a nuestra vista y tan ilusionadas con el viaje que le restamos importancia al suceso. Antonio y rafa se bajaron del barco y lo fueron sacando de la arena hasta que, con paciencia logramos salir del banco de arena. Después de una media hora entramos en los canales de Tortuguero. La vegetación se había hecho aún más espesa y oscura. Los mangles se adentraban en el agua, con sus varios pies. Ya no llovía, pero el cielo estaba tan plomizo que parecía de noche y teníamos la sensación de estar atravesando un túnel. Había algo de tenebroso en aquella combinación de oscurecimiento, silencio y soledad.

Hicimos una parada para ir a los lavabos y tomar un refresco en una soda, un chiringuito de paja a la orilla del canal. Aceptamos recelosas porque vimos que estaban allí los chicos que nos adelantaron con su barca, pero no vimos otra opción. Sentíamos una mezcla de miedo y expectación, pero ninguna de las dos fue capaz de decir una palabra. Mi amiga se fue al servicio y yo esperé a que nos sirvieran unas cervezas frías. Uno de los chicos de la lancha se dirigió a Antonio con un acento cantarín:

Capi, vea si puede jalarnos hasta casa. Nos quedamos sin combustible y aquí, ahorita, no tienen. Pero si prefiere dejarnos aquí botados, usted es el jefe, Capi.

Antonio les dijo que llevaba turistas y que no podía dejarlos subir al barco.

Somos cuatro muchachos. Su lancha es grande. Puede jalarnos hasta casa. O botarnos, claro.

El Capi les dijo que iba a pensarlo mientras se tomaba un trago.

Capi, si no nos llevas, al menos véndenos un poco de combustible.

Mi amiga y yo nos miramos expectantes y miramos al Capi y a Rafa. El capi (ahora yo no le llamaríamos, al menos entre nosotras, de otra forma) estaba tranquilo, controlando la situación, o sea que nosotras también nos tranquilizamos. Se tomó su cerveza con nosotras, echó un poco de gasolina en una lata, se la dio a los chicos de la barca, esperó que se fueran y nos marchamos. Me pareció estar viviendo en directo las Tribulaciones de Maqroll el gaviero, el libro de Álvaro Mutis, donde el gaviero sube en un lanchón por el río Xurandú, en busca de unos aserraderos con los que negociar para bajar madera por el río.

A partir de allí cambió la vegetación. Aparecieron los yolillales, una especie de palmas que dejan el agua transparente y se reflejaban en ella nítidamente a pesar de su turbidez, y desaparecieron ya definitivamente las orillas: los árboles estaban completamente sumergidos en el agua. Masas de lirios flotadores, a los que ellos llaman chorejas, llegaban a taponar el canal en algunos lugares. Antonio detuvo el barco en un canal completamente tupido y nos explicó que aquello era una verdadera plaga.

Después de varias horas, llegamos al hotel Ylan-Ylan. Allí también éramos los únicos huéspedes. Nos recibió el dueño del hotel, Luis, bajo una para nosotros increíble tromba de agua. Mientras tomamos una cerveza, Luis nos comunicó que llevaba tres días lloviendo sin parar y que así podía estar un mes entero y nos preguntó si ya sabíamos que había terminado la temporada de desove de la tortuga verde, que las tortugas ya habían abandonado sus huevos y nadaban mar adentro en busca de su alimento, y que lo más probable era que no las viéramos. Y que esa era la razón de que no hubiera más turistas.

No, no lo sabíamos.

Aún así, después de cenar, cogimos una barca para ir a buscar tortugas. Nos acompañaba un guía de Tortuguero, Carlos. Llovía con tal intensidad sobre nuestras espaldas que temí que me salieran moratones. Estábamos empapadas debajo de nuestras capas de agua, una bagatela en estas tierras. Llegamos a la playa y dejamos la barca en la orilla. Escampó, menos mal. Como estaba prohibido encender linternas y hacer ruido, caminamos a oscuras tropezando con troncos y otros pecios que se hacían visibles por los tremendos relámpagos que alternaban con los truenos. El guía husmeaba, nos hacía una señal de espera y subía y bajaba una ladera en busca de alguna tortuga rezagada.

─Las tormentas asustan a las tortugas ─dijo. Y nosotras, con cara de resignación, continuábamos el paseo, sin perder del todo la esperanza.

Después de haber recorrido la playa en los dos sentidos, arreció.

─Regresamos ─sentenció el guía.

El agua azotaba tan fuerte sobre nosotros que Carlos detuvo la barca y nos refugiamos en un cobertizo de paja a la espera de que escampara. Pero bajo el pajizo también se habían refugiado centenares, miles de mosquitos que a pesar del repelente que nos habíamos puesto antes de salir del hotel, nos acribillaron.

Volvimos a la barca y regresamos al hotel sin saber si íbamos a dormir de un tirón por el cansancio o no íbamos a dormir en absoluto, por la emoción. Había sido un día muy largo.

Al día siguiente, el espectáculo de la lluvia no nos abandonó. Después de acariciar con mi pie, involuntariamente claro, a un sapo que había dormido en mi bota, le devolví a la tierra y me calcé. Desayunamos y recorrimos el parque botánico del hotel hasta adentrarnos en la selva. Plantas trepadoras, miles de árboles (cocoteros, cedros, gavilanes, cativos), aves exóticas y ranas de todos los colores. Al principio, el agua resbalaba por nuestras capas, pero acabó colándose por todos los resquicios hasta no dejar seco ni un centímetro de nuestro cuerpo. Al principio pisábamos con cuidado para que el agua no se colara dentro de nuestras botas, pero poco a poco el terreno estaba cada vez más enfangado y llegó un momento en que el agua entraba a borbotones en las botas de goma pues en algunos lugares el agua nos llegaba hasta las rodillas. Entonces entendimos porqué los guías de Tortuguero (voluntarios en su mayoría, según nos dijeron) iban en camiseta y chanclas, acababas empapado de todas formas. Mientras caminábamos, rodeados de una nube de mosquitos, el guía nos contaba las peculiaridades de aquellos bosques: la escasa capa de humus sobre la que se asientan los árboles, su rápido crecimiento y escasa longevidad por las trombas de agua que los desprenden y los arrastran al mar. También entendimos porqué la playa estaba llena de troncos, cocos y ramas de árboles. De vez en cuando mirábamos hacia arriba, hacia el bosque interminable. No se veía ni un palmo de cielo. Nos estábamos enganchando a la selva húmeda, a eso que ellos llaman el bosque lluvioso y que a mí me gusta llamar jungla. Aquel calor húmedo, aquella vegetación apabullante con unas flores increíbles, una tierra negra y rica en la que germinaba toda semilla que alcanzaba el suelo. Y, sobre todo saber que, los viéramos o no, había cientos de seres viviendo en los huecos de los troncos, bajo las hojas y en mil recovecos.

Seguía lloviendo, pero ya ni la lluvia ni los charcos nos inquietaban. En cuanto aflojaba un poco, volvía la nube de mosquitos a sobrevolar nuestras cabezas. Me puse un pañuelo casi transparente sobre la cara porque el agua arrastraba el repelente y me picaban, sobre todo debajo de la barbilla aunque se colaban por todos lados, picándonos las manos y la cara. Pero también a aquella molestia nos acostumbramos y pensando con estoicismo lo que dicen los tibetanos: obstáculos como el granizo, el viento y las lluvias incesantes que surgen en viajes difíciles son obra de demonios que quieren poner a prueba la sinceridad de los peregrinos y eliminar de entre ellos a los apocados o los indecisos.

El que no se conforma es porque no quiere, dicen, pero no es sólo eso. La emoción de lo nuevo, de lo distinto, era tan grande que todas las pequeñas molestias las asumíamos, o mejor, las reconvertíamos en aventura. Yo estaba tan fascinada que a veces miraba a mi amiga con recelo, por temor a ver en su rostro la incomodidad o el desagrado. Afortunadamente no fue así. A lo mejor ella pensaba lo mismo.

El ruido de monos araña y cariblancos que armaban jaleo entre los árboles hizo que nos olvidáramos de los mosquitos y de la lluvia. De repente, escampó y el cielo se quedó claro y limpio como si no hubiera llovido jamás. Aprovechando la buena visibilidad, decidimos subir al cerro de Tortuguero, pero antes pasamos por la habitación para cambiarnos de ropa. Ropa limpia, ropa seca. En el camino recogimos semillas de temiche y de talacote y comimos una papaya recién cogida del árbol que uno de los guías nos abrió con su machete.

Escalamos el cerro usando como escaleras los nudos y entramados de raíces, con frecuencia convertidos en charcos y barrizales. Para subir más deprisa, uno se va colgando de las ramas y raíces aéreas, a la vez que se apoya en las más cercanas al suelo. Ya no sólo estábamos empapadas sino completamente embarradas. Pero qué importaba eso.

Desde arriba contemplamos una fabulosa panorámica de los canales de Tortuguero. Impresionante el serpenteo y las hoces de los canales entre los manglares. El guía nos señaló el canal por el que llegamos con el Capi. Y por el que nos iríamos. Pero todavía no, todavía no, afortunadamente. Llevábamos poco más de 12 horas pero ya teníamos más vivencias nuevas que en un año en nuestro país. Eso es el viaje.

Volvimos a la barca. El cielo se había vuelto a cubrir tan repentinamente como se despejó y llovía de nuevo. El agua martilleaba sobre nuestras espaldas empapadas. Parecía una pesadilla bíblica. No distinguíamos absolutamente nada del paisaje. Todo era agua, como si el mundo se hubiera licuado de golpe. Jamás habíamos visto nada igual. Llovía todo lo que nos parecía que podía llover y de repente llovía un poco más.

Llegamos al hotel y nos pusimos la última ropa seca que nos quedaba. Esperamos ansiosas un rayo de sol. Después de comer, salimos en la lancha para visitar el pueblo y el Centro de Conservación de Tortuguero y vimos una película sobre la vida de las tortugas. Cuando salen de los huevos, literalmente, corren hacia el agua y nadan sin parar un montón de kilómetros, tal vez 50, hasta llegar a la zona donde prolifera un alga que les sirve de alimento. Muchas mueren en la arena, devoradas por las aves carnívoras y otras sirven de comida a los peces. Las supervivientes, unos veinte años después, cuando alcanzan su madurez sexual, regresan a la misma playa de donde partieron para poner los huevos y enterrarlos en la arena. Parece un cuento, pero parece ser que es verdad.

Me pregunté si éstas iban a ser las únicas imágenes que vería de las tortugas verdes. Pero todavía no quería abandonar la ilusión de verlas. No era imprescindible, desde luego, el viaje estaba resultando emocionante y las tortugas serían sólo la guinda, si lográbamos ver alguna. A las cuatro fuimos a una playa donde podríamos verlas o al menos ver algún huevo que no hubiera eclosionado. La playa estaba preciosa, solitaria y en calma. No llovía. La recorrimos despacio, acercándonos a los bordes de la vegetación. Había muchos hoyos donde las tortugas habían enterrado sus huevos, pero las tortuguitas hijas ya debían estar a unos cuantos kilómetros mar adentro. En el suelo quedaban restos de cascarones. En uno de los agujeros encontré un huevo sin eclosionar. Dispuesta a esperar pacientemente hasta que la tortuga se decidiera a salir, se lo enseñé a uno de los guías. Pero era un huevo huero. Lo abrimos y sólo tenía líquido. También vimos una tortuga muerta, de la que se alimentaban unos zopilotes.

¿Esto iba a ser todo?

Cuando empezó a declinar la luz, me impacienté. Allí la noche cae de pronto. Nuestro viaje estaba llegando a su fin y no habíamos visto ninguna tortuga. Temía que en cualquier momento uno de los guías dijera la fatídica frase: regresamos.

Y la dijo. Escuché claramente la palabra, lo podría asegurar. Era, eso sí, casi una pregunta y ese tono de pregunta yo lo tenía que aprovechar. Casi oscurecía. Cinco minutos, dije. Y me alejé del grupo y le dije a mi amiga que hiciera otro tanto. Aumentaríamos las posibilidades si nos dispersábamos. Recorrí la playa de arriba abajo, mirando en los hoyos o buscando las señales de un nido. No me rendía. Quería aprovechar hasta el último minuto. No me podía parar, miraba a uno y otro lado sin darme por vencida. Me costaba distinguir los detalles, pero ya sabía reconocer los huecos donde las tortugas habían enterrado y desenterrado los huevos.

Literalmente corrí de acá para allá, como poseída y justo en ese momento en que la noche empieza a borrar los márgenes de las cosas, la vi en uno de los hoyos. Era una tortuguita diminuta. Estaba bocarriba y no se movía. Sus hermanas habían alcanzado el mar, pero ella no. Pensé que estaba muerta. Pero la toqué y empezó a aletear. Mi corazón latía tan deprisa que sentí miedo. Me parecía que no era verdad. Y si gritaba “he encontrado una tortuga” y no era verdad. Pero grité. Grité llamando a mi amiga y todos acudieron. Cogí a la tortuga y le di la vuelta. Empezó a caminar, despacio, muy despacio, pero en línea recta hacia el mar. Estará cansada, muy cansada, quizá ha aleteado durante horas intentando darse la vuelta y ya se había detenido, candada y sin esperanza. Ojala que hubiera descansado suficiente como para emprender el arduo camino que la esperaba.

Volví a cogerla y la miré. La llevé hasta la orilla y la solté en el agua.

─Te llamaré Juanita ─dije, y la deseé suerte en el largo camino que la esperaba y le prometí volver a aquella playa dentro de veinte años, con mucho gusto.

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  1. Ana

    Enhorabuena por el relato, me ha encantado el final. Eres una caja de sorpresas, Juana, no cambies nunca!

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