Es que llamó muy despacito. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

—¿Esperas el siguiente vuelo igual que yo?—me preguntó.

—Sí, —le dije—prefiero darme una vuelta y pasear en lugar de estar sentada en el aeropuerto.

Por razones de trabajo, debía viajar con frecuencia a Bolivia.

En uno de tantos viajes o “misiones” cómo se les llama en la organización, el avión hizo escala en Santa Cruz de la Sierra. Debía esperar más de cinco horas para mi siguiente vuelo.

Me habían dicho que esa ciudad era interesante, de clima tropical, diferente a muchos lugares de Bolivia, así que animada por la curiosidad y por la invitación de la aerolínea, decidí conocerla.

En el trayecto de más de media hora en autobús hasta llegar al centro, uno a uno fueron bajándose los pasajeros hasta quedar sólo una monjita que se acercó a conversar conmigo. Era pequeña, más baja que yo, parecía ser muy delgada. Tendría unos treinta años, aunque por el hábito marrón que llevaba puesto no era sencillo calcularle la edad. La piel de su rostro parecía haber sido  tersa y muy blanca pero lucía reseca y quemada por el sol. Un profundo surco horizontal atravesaba casi la totalidad de su frente lo que le daba un aspecto de severidad robándole la dulzura que podría haber tenido.

—Me llamo Clara, acompáñame a conocer la catedral— me dijo.

Como estudié en un colegio de monjas y estoy acostumbrada a recibir órdenes de ellas, accedí sin dudarlo.

—Antes de entrar a la catedral, visitaremos su museo— me advirtió.

Al intentar pagar la entrada no aceptaron mi dinero “por acompañar a la hermana” me informó el encargado de la boletería, haciéndome sentir venerable aunque sea por un instante.

Después de recorrer vitrinas adornadas con antiguos hábitos —se llaman casullas, me corrigió Clara—, biblias, viejos retratos, joyas y medallas eclesiásticas, todo divinamente conservado, por fin ingresamos a la catedral.

Fuimos directo a la primera fila. Yo, turista respetuosa de la santísima trinidad, luego de la breve reverencia de estilo y una corta pero efusiva señal de la cruz, me puse a admirar el altar mayor. Absorta, observaba el fino trabajo en plata labrada cuando Clara (mejor dicho, sor Clara), se paró a mi lado para rezar en voz alta:

“Padre Nuestro que estás en los cielos…..” En media oración se detuvo. Me sorprendí, pero continué el rezo como los hacíamos a coro las alumnas de mi colegio. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy….Amén” Terminé orgullosa como para que me pongan un veinte.

Pero allí no acabó la cosa.

“Dios te salve Reina y Madre…”  interrumpió otra vez la oración la bendita monja seguro para averiguar qué tan practicante era yo.  “Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios…Amén”. Recordé el final con las justas, mientras empezaba a sudar frío, pero segura de haber pasado la segunda prueba.

“Nada te turbe, nada te espante…” empezó con otra oración. —Esa no me la sé —le dije sonrojada cuando se detuvo para que yo siga. —Ese día debo haber faltado a clases— agregué toda turbada y toda espantada no obstante sus plegarias.

—No te preocupes—me tranquilizó—no tienes porqué conocerla. Es a Santa Teresa, la virgen de mi congregación.

—Las madres de mi colegio son dominicas— me volví a excusar mientras buscaba una forma de escabullirme y pasar el resto de la tarde sin ser sometida a la santa inquisición.

Pero fue imposible. La buena mujer me pidió que la acompañara a almorzar. Le dije que sí por su puesto y le invité un plato cruceño preparado con plátanos y huevos fritos y una suculenta ensalada de verduras que le encantó. Yo me contenté con un pedazo de pastel de choclo, pues la verdad no tenía mucho apetito. A esas alturas del día estaba segura que todo se trataba de una prueba celestial. ¡Demasiadas coincidencias! Santa Cruz; un viaje de misión; una monjita que no me dejaba ir; esa hendidura en el rostro de la cual no podía apartar mis ojos.

Algo estaba por suceder.

Durante el almuerzo, Clara me contó sobre su vida. Venía de La Paz. Vivía en El Alto, ciudad a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar donde cuidaba ancianos desamparados. Viajaba a Colombia para visitar a sus padres. Era la menor de once hermanos y, al igual que yo, había estudiado en un colegio católico. Aunque debía sentirme tranquila por haberla conocido un poco más, ese surco en la frente no dejaba de preocuparme.

De regreso al aeropuerto, decidí aprovechar la situación para salir de ciertas dudas que durante la infancia me habían atormentado.

—¿Debajo de la toca, cómo es que va el pelo? —le pregunté.

Sin decir palabra, se quitó el velo regalándome una angelical sonrisa al mismo tiempo que desaparecía la marca transversal de su rostro.  Se le veía animada, con ese brillo en sus ojos negros que solo un corazón feliz puede provocar. Sacó un peine del bolso para arreglarse el cabello. Era castaño claro, casi rubio, y se notaba muy liso. Al contrario de lo que me había imaginado era bastante largo. Le llegaba más abajo de los hombros, lo que me llamó la atención.

Agradecí a Dios por no haber hecho primero mi otra pregunta: ¿qué llevaba puesto debajo del hábito?

Era mejor seguir mi vida sin saberlo.

De pronto, se acercó a mi oído y entre susurros alcancé a entender que me decía: —Cuando tenía ocho años, sentí el Llamado del Señor. ¿Tú no lo sentiste? ¿No oíste acaso que el Señor tocó la puerta de tu corazón?—me preguntó apartándose de mí, con la voz aguda y seca, con sus ojos oscuros que habían dejado de brillar y otra vez con ese surco amargo que le atravesaba la frente y que estoy segura llegaba hasta su corazón.

—No. Perdón. No escuché nada. —le respondí— Quizás lo hizo y me llamó  muy despacito —me disculpé al sospechar que se trataba de un reclamo proveniente de las alturas.

—Estate atenta— me dijo al despedirse, entregarme un papel con su número de teléfono y pedir el mío, que claro está, se lo entregué.

Escrito en febrero del año 2014. Han transcurrido más de cuatro años desde que sucedió esta historia. Hasta hoy, sor Clara y yo no hemos hablado, pues nunca la llamé y si ella lo hizo, debe haberlo hecho muy despacito.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s