El vuelo que tardó un Perú. Autor: Ernesto Osvaldo Borgia

Mientras atravesaba un cumulonimbus, y sobre el blanco inmaculado de la bolsita que, para situaciones de incontinencia bucal, ponen a disposición de los pasajeros las compañías aéreas, comencé a escribir esta carta. Debo aclarar dos cosas. La primera, que a la suerte de poder coger de tanto en tanto un avión para poder mantener a raya mi “mono” viajero, le agrego la de no haber necesitado jamás la  dichosa bolsita. La segunda, que cuando digo carta digo reclamación. Me explico.

Todo comenzó el día en que, preocupado por algunas noticias que pululaban por el ambiente, llamé por teléfono para confirmar mi vuelo. Madrid-Buenos Aires, para ser más preciso. La amable señorita de la agencia de viajes, palabras más, palabras menos, y con un sutil sentido del humor, me respondió lo siguiente: “Señor, el vuelo Madrid-Buenos Aires goza de perfecta salud”. A decir verdad, siempre he desconfiado un poquito de los médicos.

Las horas pasaban, y los medios seguían anunciando más de lo mismo. Las noticias sobre los problemas económico-financieros de la aerolínea ocupaban cada vez más espacio en televisión, internet o papel. A todo esto, amigos, conocidos y amigos de conocidos ya habían comenzado a experimentar en carne propia las dificultades que se comentaban. “No hay que ser hipocondríaco, Ernestito”, decía mi abuela. Y me relajé. Pero…

Dos días antes de la partida me entero de que los vuelos a Buenos Aires ya no eran directos. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes. Muy simple. Porque los vuelos Madrid-Buenos Aires deben sobrevolar el espacio aéreo brasileño, y decían las malas lenguas que la Compañía había dejado de pagar la tasa correspondiente para poder surcar dicho espacio. ¿Consecuencia? El vuelo, por cuestiones técnicas – combustible, horas hombre (y mujer, por supuesto), etc. – pasaba a tener una escala sorprendente: Lima. Aquí debo indicar lo siguiente. Por aquellas horas, un amigo mío, argentino él, me comentó que un conocido suyo, argentino también, había pasado ya por dicha experiencia. Es más, “dio fe” de que hasta pudo ver el Machu Pichu desde arriba. Sin embargo, no sé, hace rato que me cuesta creerle algo a un argentino. ¿Será porque yo lo soy?

Total, que en la mañana de mi nocturno vuelo, la situación me condujo a llamar a la Compañía para que me desmintiesen lo que para ellos, seguramente serían, imaginé, “difamaciones, calumnias e injurias”. Y, por suerte, así fue. Me lo desmintieron. Y, por suerte también, comenzó el viaje. Valencia Nord-Madrid Puerta de Atocha, Atocha Renfe-Nuevos Ministerios, Nuevos Ministerios-Aeropuerto T-1. Fin del primer trayecto.

La fila para hacer el check-in, serpenteaba. Las voces y los gestos de los pasajeros,  preocupaban. Algo olía mal. Poco tardé en comprender qué. Los rumores, aquellos que decían que iríamos vía Lima, “totalmente infundados” por la mañana, se iban “des-infundando” minuto a minuto. La confirmación de la mala noticia no tardó en llegar. “Venganza Inca sobre el viejo Imperio Español”, pensé. Embarcamos.

“Señores pasajeros: La duración del vuelo, hasta el Aeropuerto de Lima, será de trece horas. Allí haremos una escala técnica. Oportunamente, se les informará de la duración de la misma y de la del siguiente trayecto, Lima-Buenos Aires”. Aquellas palabras me sonaron a derrota. El pájaro ya había ganado bastante altura. No había vuelta atrás. Lima, dije entre dientes. Lima. ¿Qué hago yo en Lima? ¿Tiene alguien una idea de lo que eso significa? ¿Que en vez de cruzar el Atlántico, besar Brasil y tirar para abajo, recto hasta Buenos Aires, atravesemos, cual cinturón, toda Sudamérica? ¡De locos! Me levanté del asiento y fui al aseo. El espejo encajó, como un duque, mi catarata de insultos.

“Dentro de unos momentos, y una vez que la altitud alcanzada lo permita, se les brindará el servicio de cena. El mismo consistirá en un plato frío, uno caliente, bebidas y postre. Dos horas antes de llegar al Aeropuerto de Lima se les servirá el desayuno. Para compensar las molestias por la escala en Lima, y una vez haya despegado la aeronave de aquel aeropuerto, se les ofrecerá, además, un servicio de snacks, acompañados de refrescos, cervezas o vinos. Disculpen las molestias”. Yo seguía en mis trece, quería bajarme. Me lo repetía a cada momento. Sabía que no tenía escapatoria. Lo sabía. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer más que pensar gilipolleces? Nuevamente recurrí a mi abuela. “Ay Ernestito, Ernestito”, me susurró. Me relajé un poco.

Una vez degustada la deliciosa y “suculenta” cena, me dispuse a solicitar un whisky. O dos, mejor. Un par de copas de vino y otro par de vasos de whisky me tumbarían, y cuando me despertara, el Machu Pichu estaría al alcance de mi mano.

Y la azafata me sirvió el primero. “Son cuatro euros, señor”, me dijo con una elegante sonrisa. “¿Perdón, cobran el whisky?”, algo socarronamente, le pregunté. “Si, señor, el whisky se cobra. Lo siento”, me respondió. Y pese a que no compartía la medida, no la del whisky, que tampoco, ya que en realidad me pareció bastante rácana, sino la de cobrarlo, lo pagué. Y pagué el segundo, también. Y cobré el sueño. ¡Por fin!

Lima. Cansancio. Cuatro horas de espera. Más cansancio. Cambio de tripulación. Otra hora de espera. A embarcar. Caras largas, malhumor, gestos, gritos. Como en Barajas, pero multiplicado por diez. “Ajústense los cinturones que, en una de esas, despegamos”, imaginé escuchar por los altavoces. Y despegamos, sí.

La aeronave, aunque muchos ya dudábamos de que esto fuera a ocurrir, alcanzó una altura razonable. Y las caras bonitas de la nueva tripulación, tal como nos lo habían prometido las anteriores, y “para compensar las molestias ocasionadas por la escala en Lima”, cumplieron. Comenzaron a repartir el “servicio de snacks y bebidas”. Recibí una bolsita de frutos secos. Y una pregunta: “¿Qué va a beber, señor?”. “Vino, por favor”, le contesté. “Muy bien, caballero. Pero disculpe, debo informarle que, sin cargo, solo puedo ofrecerle agua o zumo de naranja o tomate. El vino se cobra. Son cuatro euros”, algo avergonzada me explicó una de ellas. A esa altura, no a la que iba la aeronave, me reí. Y cambié mi pedido: “Zumo de naranja, entonces. Ah, y un boli, por favor”.

Lo del zumo no era por los “cuatro euros”, sino porque tenía miedo de que el vino entristeciera más mi bronca. Porque mi bronca, ya de por sí, era bastante triste. Triste por confirmar que no aprendemos más. Que hoy es esta Compañía. Air…, como era, joder, ahora no me acuerdo del nombre. Pero es que ayer fue Air No Sé Qué. Y anteayer fue Air No Sé Cómo. Y mañana será Air No Sé Cuándo. Y que no pasa nada. Y que cada día, cada semana, cada mes, aquí, allá o en cualquier parte, siempre somos los mismos los que, pretendiendo “volar”, nos quedamos “de a pie”. ¡Qué bronca, che!

Ah, me olvidaba. Ustedes se estarán preguntando, ¿y para qué mierda pidió el boli? ¿Y para qué iba a ser, si no? Para comenzar a escribir esto que les estoy contando en la inmaculada bolsita blanca reservada para las incontinencias bucales. Sin embargo, cuando llegué a Buenos Aires no presenté ninguna reclamación. ¿Para qué? Si ya se sabía que la quiebra de la aerolínea era cuestión de horas. Así que doblé la carta en cuatro y la metí en mi mochila.

Ya pasaron algunos años de aquella aventura. Pero hoy, viendo el telediario, una de las noticias acaparó mi atención. El expresidente de la compañía aérea a la que me vengo refiriendo, del que – sí que vengo flojito de memoria -, tampoco ahora recuerdo el nombre, fue condenado y está en la cárcel. No sé si habrá alguna relación entre él, la compañía aérea y la causa de la condena. Pero, digo yo, ¿y si convierto aquella carta en un cuento? ¿y si luego mando el cuento a un concurso? ¡cuánta risa!, si llegara a ganarlo. Pero la verdad, no sé qué hacer. Porque la historia es tragicómica. Y estar en la cárcel no debe ser nada bueno. Mínimo, aburrido. Y pienso, ¿y si cojo la carta, así como está, y junto con un paquete de tabaco y algunos chocolates, se la hago llegar a este buen hombre? Tal vez, la historia le cause gracia y pueda reírse un rato.

En fin. De momento, y mientras se me aclaran las dudas, voy a sentarme frente al ordenador para comenzar a pasarla en limpio. Mañana ya veré qué hago.

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