Cuando el viaje es huida. Autor: Petra Dindinger Biermann

La embargó una sensación de felicidad desbordante al verse libre en la gran ciudad, donde construcciones eclesiásticas se apretujaban con edificios altos y modernos, encajados en un puzle ridículo. Esa percepción engrandeció sus pupilas que al instante captaron la belleza de la antigua iglesia a la que parecía no le molestarle el frío abrazo de los pisos colindantes.

Anduvo hasta llegar a la estación de autobuses desenvolviendo un bocadillo preparado horas atrás e hincó con apetito los dientes. Había salido de aquel aburrido lugar muy de mañana donde vivía con un marido al que había dejado de amar. Los muchos años de  convivencia difícil le habían robado cual ladrón de tejados todo esbozo de sentimiento tierno hacia él. Solo quedaba el respeto ante un ser humano que en el fondo era un pobre diablo frustrado de sí mismo.  Él, por ser hombre, o por llevar un par de mustios testículos entre piernas, se envalentonaba para descargar violentas ironías sobre el alma de la mujer, que en silencio intentaba distraerse de mil maneras. Una de ellas consistía en alejarse de casa siempre que las obligaciones se lo permitían.

Ya había subido al autobús y tras unos cuantos kilómetros en dirección sur, donde dicen que viven los duendes, escuchó la voz de un hombre desde el asiento trasero. El timbre de esta voz masculina era agradable, le contestaba una mujer y ellos se reían a menudo. Se giró para ver a qué clase de personas pertenecían estas voces tan agradables y alegres y se percató de que se trataba de un matrimonio mayor. Casi le daba envidia saberlos felices y viajando juntos. ¡Qué agradable, poder conversar así, sin estridencias, sin querer imponer las razones de cada cual! Hablaban de los precios de las casas al ver tantas urbanizaciones desde las ventanas del bus. Al poco se podía divisar Altea y ante la vista se desplegaba un paisaje fantástico con un sinfín de urbanizaciones. Por la izquierda aparecía un mar en calma, por la derecha montañas rocosas, sin apenas vegetación. Era la cruda imagen de los contrastes: el amoroso mar y las yermas elevaciones rocosas y un poco más adelante se erigían las altas torres de los hoteles de Benidorm. El día se presentó gris y desapacible, pero no le pudo robar la interesante silueta del moderno Benidorm que se extendía acompañando al mar.

Miró a su alrededor, buscó con la mirada un coche que no conocía pero del que saldría su amiga que la esperaba. Con ella llegó la promesa de pasar un día feliz.

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Un Comentario

  1. LUISA

    bonito relato nos llega lo que quiere hacernos ver la monotonía diaria qué pasa.
    Y una pequeña excursión a Benidorm le hará sustituir los espacios de cada dia .
    Soy LUISA

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