Mi abuelo Jonás. Autor: Eclipse

El lugar me producía escalofríos. Sentía como si el viento se apoderase de mi alma y la estrujara, haciéndola una bola chiquitita, muy pequeña, a la vez que se me pegaba a la lengua un extraño sabor a ceniza. Porque yo creo que los cementerios saben a ceniza.

Allí estábamos todos, mis padres, mi abuela, mis tíos, mis primos, varios amigos, muy serios, pintados de negro a brochazos lentos, con el silencio agarrado a la piel y muchas lágrimas alrededor que formaban charcos en nuestras entrañas. Ellos rezaban una oración eterna e incomprensible, con los labios casi juntos, mientras yo pensaba qué iba a hacer sin él, sin mi abuelo, a partir de ese instante, adónde se habría marchado, a cuál de sus innumerables destinos habría llegado, en cuál de las preciosas playas que tantas veces nos explicara habría atracado al mando de su querido Alazán.

Mi abuelo Jonás se había embarcado en su último viaje.

Sentía que unos dedos enormes me apretaban por dentro y me ahogaban, dejándome el corazón convertido en astillas que se clavaban y se clavaban en algún pliegue oculto, y pinchaban. Y hacían daño.

Ellos rezaban y yo me guardaba las palabras muy dentro y pensaba en las tardes de domingo junto a él. Recordaba su figura recia, su melena blanca, su barba que nos hacía cosquillas al besarnos, sus ojos atiborrados de nostalgias. Todos los domingos nos reuníamos en su casa a comer, la familia en pleno, y todos los domingos, mi abuela, mis padres y mis tíos, una vez finalizado el festín, se quedaban charlando en torno a la enorme mesa de caoba situada en el centro del comedor, y nosotros, mi abuelo, mis primos y yo nos escapábamos de puntillas a la sala de estar —montones y montones de cachivaches apiñados, montones de recuerdos, montones de sombras pululando por las paredes—, y él se sentaba en un grandioso sillón de cuero negro y desgastado, y nosotros a su alrededor, en el suelo, dispuestos a escuchar sus miles de aventuras, que nos narraba de una forma tan especial y subyugante que vivíamos cada uno de sus viajes y bebíamos cada una de sus palabras.

Siempre que, una vez reunidos, nos colocábamos y aposentábamos dispuestos a no perder una sílaba de sus labios —unos labios que el tiempo había secado, pero de los que no había conseguido arrancar la sonrisa—, nos hacía prometer que nunca hablaríamos con nadie de sus aventuras, porque sería nuestro secreto. Así lo aseguraba y todos prometíamos silencio sin preguntarnos las razones de su extraña petición,  porque no nos importaban en absoluto. Sólo deseábamos escucharle. Y él empezaba.

Mi abuelo Jonás tenía los ojos azules y contaba que, a lo largo de sus cientos de travesías, había ido absorbiendo lentamente el color del mar y el color del mar acabó confundiéndose con su mirada después de tanto cruzarlo.

Allí en medio, entre tantos nichos, tantas tumbas y tanta desolación, no quería imaginar que no volvería a escuchar su voz.

Mi abuelo Jonás tenía la piel muy suave y explicaba que, a lo largo de cientos de noches surcando mares aletargados, cuando casi toda la tripulación dormía, él permanecía quieto en la cubierta de su barco y la luz de la luna lo acarició hasta tal punto que se hizo dueña absoluta de su cuerpo, quedando libre de surcos y asperezas.

El corazón me daba puñetazos en el pecho al pensar que no volvería a disfrutar con su presencia, con su olor agridulce y con sus historias.

Mi abuelo Jonás tenía la voz muy ronca y aseguraba que la lluvia y las olas le habían abrazado tantas y tantas veces que habían revestido su garganta de oscuridades infinitas.

Al oír las paletadas de tierra sobre el ataúd, yo percibía que mi alma se partía en cachitos muy pequeños y casi no la sentía, como si hubiera escapado de mi cuerpo e iniciado una escalada hacia las alturas en busca de aquel hombre que acababa de dejarme sin decir adiós.

Una vez reunidos en aquella inmensa sala con olor a sueño antiguo, a sombras deslavazadas y a añoranza, formando todos los niños un semicírculo en torno a la butaca de cuero, mi abuelo Jonás apoyaba la cabeza en el respaldo, juntaba las manos sobre su regazo, nos miraba a todos como queriendo absorbernos uno a uno y comenzaba sus relatos. Mis primos y yo conteníamos la respiración y nos disponíamos a escuchar con la boca abierta.

Mi abuelo Jonás había sido marino y había recorrido el mundo entero a bordo de su barco, el Alazán, un buque inmenso del cual fue capitán durante muchos, muchísimos años, siempre acompañado de su tripulación, compuesta por veinte hombres rudos, recios y experimentados, quienes le respetaban y obedecían a ciegas.

Yo lo imaginaba sin ni siquiera cerrar los ojos, muchos años más joven, alto y curtido, blandiendo un trabuco, o una espada, o un sable, al mando de sus secuaces, recorriendo miles de millas y atracando en playas y puertos. Porque él hablaba de playas jamás exploradas y de puertos ocultos al ojo humano, y de ciudades lejanas alfombradas de oro y piedras preciosas, y de pueblos recogidos y rodeados de árboles tal altos como rascacielos, y de islas solitarias donde se refugiaban cientos de animales exóticos, y de países prácticamente desconocidos escondidos en archipiélagos inhóspitos y poblados por seres primitivos que jamás habían oído hablar de civilización.

Mi abuelo Jonás decía haberse enfrentado con monstruos marinos surgidos de torbellinos formados ante sus ojos, con tormentas que a punto estuvieron de hundir el Alazán en cientos de ocasiones, con piratas ladrones a los que él y sus tripulantes derrotaron sin dificultad y condujeron ante las autoridades del lugar más próximo, con tifones y huracanes, con miles de peligros de los que siempre salieron airosos.

Las aventuras, siempre nuevas, burbujeaban en sus labios.

Contaba haber rescatado a tripulaciones enteras atrapadas por los piratas que poblaban los mares, pues no podíamos imaginar cuántos malandrines iban haciendo de las suyas para conseguir un sustancioso botín; decía haber pasado hambre y frío ante la imposibilidad de llegar a un puerto seguro tras desviarse varias jornadas de su rumbo, algo que no había sucedido con excesiva frecuencia, pero sí en contadas ocasiones; aseguraba haber salvado a preciosas doncellas de sus captores, en una lucha sin cuartel contra crueles enemigos, siendo una de dichas doncellas mi propia abuela, prisionera de una tribu salvaje, a quien rescató de sus garras arriesgando su propia vida, de la que posteriormente se enamoró y con quien se desposó en el mismo Alazán, en presencia de toda la tripulación que festejó el enlace hasta el amanecer.

Mi imaginación corría y corría al galope, como un potro desenfrenado y desbocado.

Y tras la unión de mis abuelos, teniendo como testigo a un mar apretado y silencioso en el que se revolvía inquieto un arco iris bicolor de azules y blancos, ella permaneció en el pueblo y empezó a tener hijos, hasta siete —mis tíos y mi madre, la mayor de ellos— y él continuó con sus viajes y sus aventuras a lo largo y ancho del universo, yendo y viniendo de un lado a otro, incansable, inagotable, como si llevara la sed de mares y lunas grapada a la piel, y volviendo a ver a su esposa cada tres o cuatro meses.

Yo imaginaba fabulosos tesoros ocultos en cofres que aquellos hombres valientes sacaban de cuevas perdidas en el corazón de inmensas montañas; imaginaba al Alazán surcando los mares y a ellos, los tripulantes, tan audaces, luchando sin tregua contra los elementos; imaginaba innumerables países desconocidos, repletos de maravillas, con sus gentes extrañas aclamando a los recién llegados que arribaban al puerto entre vítores y aplausos, tras haber liberado a cientos de prisioneros; imaginaba la figura arrogante de mi abuelo, riendo y cantando al mando de sus hombres. Veía, sentía y vivía cada uno de sus viajes. Yo era ellos, yo era mi abuelo, yo navegaba y recorría los mares, yo salvaba doncellas, yo llegaba a los puertos, yo era aclamado, yo luchaba contra los enemigos: era yo y no él quien se movía en el increíble escenario de sus cientos de viajes.

La vida se me iba los domingos detrás de tantas y tantas aventuras.

Mi abuelo Jonás había recorrido el mundo entero de parte a parte. Y esos países lejanos, esas selvas, esos montes, esos mares, plagados de espejismos y sueños desbaratados, se introducían sin quererlo en mi mente, y yo iba con él y los tripulantes, sobre las aguas, a su lado en el Alazán, y conocí con la imaginación todo aquello que narraba y que nosotros escuchábamos embobados, sentados a su alrededor, sin otro deseo más que acompañarle en sus innumerables correrías.

Cada domingo suponía una nueva aventura.

Mis recuerdos quedaron repentinamente interrumpidos por el ruido de muchos pasos y muchos murmullos, como bisbiseos sedientos de eternidad. La comitiva del entierro empezaba a dispersarse. Las últimas palabras del sacerdote, que yo no escuché, se habían diluido en una lejanía color violeta. Mi madre, totalmente de luto y con los ojos ocultos tras unas gafas tan negras como nuestra pena, me agarró de la mano y nos encaminamos hacia la verja de salida.

Jamás a lo largo de mi corta vida había comentado con nadie una palabra de los relatos tantas veces escuchados en las tardes suaves de domingo. Lo había prometido y lo había cumplido hasta el momento. Pero me asaltó una duda, una duda que se me había quedado agarrada en todos los poros de la piel y nunca le había preguntado al abuelo. Creí que mi madre, al ser su hija, podría solucionármela. Y pregunté.

— Mamá —dije mientras caminábamos hacia la puerta del cementerio—, ¿por qué el abuelo dejó de navegar?

Mi madre continuó caminando sin dirigirme ni siquiera una mirada.

— ¿Qué pregunta es ésa, niño? —Respondió.

— Quería saber por qué razón el abuelo dejó de navegar —repetí.

— ¿Pero qué dices?

— Mamá, yo…

— ¿Navegar? ¿De dónde te has sacado eso?

— El abuelo era marino ¿no?

Mi madre se detuvo ante mí, me miró un instante tras sus gafas oscuras y en sus labios apareció una ligera mueca que parecía encerrar una enorme burla.

— ¿El abuelo marino? —En ese momento, su sonrisa estuvo a punto de transformarse en una carcajada que quedó temblando al borde de sus labios—. ¡Dios mío, papá! —Exclamó moviendo la cabeza de un lado a otro.

Bajé los ojos y plegué la boca.

— ¿No era marino? —Indagué sumido en una nube de confusiones.

— Por supuesto que no era marino.

Mis ojos se abrieron enormes como queriendo tragarme el aire.

— ¿No era marino? —Repetí angustiado—. ¿Estás… estás segura de lo que dices?

— ¿Como no voy a estar segura si era mi padre?

— Pero…

No era posible. Aquello no era posible. ¿Y los mares? ¿Y la luz de la luna por la noche en cubierta? ¿Y las aventuras?

— Tu abuelo, hijo, fue toda la vida labrador, un labrador rico, para qué vamos a negarlo, pero labrador, además de un soñador empedernido, eso tampoco vamos a negarlo. Y jamás salió del pueblo.

¿Y las playas? ¿Y los piratas? ¿Y el Alazán, su querido barco, amigo y compañero de viajes?

— ¿Y nunca navegó?

— Por supuesto que no. ¿Qué tonterías estás diciendo?

— ¿De verdad que jamás salió del pueblo? ¿Estás totalmente segura? —Pregunté estupefacto.

— Bueno, hizo algún viaje a la ciudad, pero eso fue todo. ¿A qué vienen ahora todas esas preguntas?

— ¿Y el mar…? —Mi duda permaneció allí temblando entre tumbas y cipreses.

No era posible. ¿Y las cientos de historias narradas las tardes de domingo a la luz del atardecer?

— Marino… ¡Qué ocurrencias! —Exclamó finalmente mi madre poniendo punto final a nuestra conversación.

Continuamos andando despacio hacia la salida de aquel lugar triste y siniestro.

No era posible.

Quedé allí, derruido, desguazado, un poco roto por dentro. Mi corazón se transformó en un cúmulo de incógnitas repentinas.

— Abuelo… —murmuré.

Y fui caminando, caminando casi sin sentir los pasos, los míos, los que me precedían, un arrastrar pausado de sueños destrozados, mientras me revolcaba en mis propios pensamientos y observaba el cielo que se derretía suavemente confundiéndose con pedazos sueltos de noche. Los mares, los países, los montes, los archipiélagos, el Alazán, la tripulación, las doncellas rescatadas, mi abuela, las tribus salvaje, los prisioneros, las selvas…

— Abuelo… —repetí en voz muy baja.

La luna sobre la cubierta, las tempestades, los tifones, los huracanes, las olas, su piel suave, el azul de su mirada…

Poco a poco fue naciendo en mi interior una sonrisa que abarcaba el mundo. Continué caminando sumido en tantos pensamientos que pensé que terminarían arrollándome, una especie de aluvión imparable que acabó chocando contra las paredes de la comprensión. El silencio me arropó como una manta suave a medida que se ampliaba mi sonrisa. Abuelo, abuelo, abuelo… repetía con el alma. Llegamos a la verja y la comitiva empezó a dispersarse, lágrimas y adioses. Todos mantenían la cabeza agachada. Todos menos yo porque se me habían perdido los ojos entre las nubes. Y al contemplarlas, me pareció que dibujaban a lo lejos la silueta tibia y blanca del abuelo Jonás que me miraba con cara de complicidad mientras me guiñaba un ojo.

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  1. Antonio Ángel Usábel

    Un relato-homenaje a los grandes contadores de historias de la familia, y un canto a la necesidad de estimular la imaginación de los más pequeños a través de la fabulación oral. Me ha recordado mi propia infancia, cuando yo tenía entre cuatro y seis años, y un tío mío amenizaba mis tardes sentándome en sus rodillas y contándome las fascinantes correrías de Daniel Boone más allá del Missouri; el acerado brillo del cuchillo de monte, el zurrón y la carabina. El aullido del lobo –que mi relator imitaba de forma impresionante– descendiendo de las Montañas Rocosas… Así me aficioné a esas grandes aventuras ideadas por magos como Emilio Salgari, Julio Verne, Karl May, Jack London y otros.
    ¡Qué feliz me hizo mi tío, humilde empleado de banca, al compartir sus lecturas y sus visiones conmigo! Claro, que por entonces supe ya que él no había acompañado nunca a aquellos héroes, y que todo era producto de lo que había oído “a los viejos cazadores”. ¿Cómo el chico de este hermoso cuento de BLANCA tarda tanto en averiguar que su buen abuelo Jonás no había sido el Hidalgo de los Mares? ¿Y por qué tan fría reacción de su madre, cuando las madres suelen acoger con una suave sonrisa la telaraña de imaginación que para los nietos trenzan los abuelos?

  2. Marisa

    Me gusta porque me hace retornar a la infancia con mucho realismo y ternura.
    Un abrazo Blanca
    Y no dejes de escribir nunca. Se que no lo vas a dejar de hacer. Jaja
    Marisa

  3. Isabel

    Es un cuento maravilloso, porque creo que el abuelo Jonás con su imaginación, contó una historia que hizo feliz no solo a sus nietos, sino también a él, porque la vivió como si hubiera sido cierta.

    ¡¡ENHORABUENA!!

  4. petra

    Me gusto mucho sobre todo al principio. La reacción de la madre me resulto áspera, para ser la hija de un marinero de tal alcance. Felicidades

  5. Maite

    La imaginación es un tesoro que nadie nos puede quitar.
    Eclipse, tiene mucha, lo plasma en el Abuelo Jonás, además de su ternura

  6. Alicia Dominguez

    Precioso y entrañable cuento. Mientras somos capaces de imaginar, somos capaces de vivir mil vidas y el abuelo Jonas, las vivio, vaya si las vivio…

  7. LUISA

    hola me gustó este relato de María Díaz-Albo todas las aventuras de su abuelo Jonás qué luego parecen realidad y tan sólo están integradas en esas aventuras qué viven junto al abuelo.
    Maravillosos tesoros qué se concentran en su alma y qué va desgranando las aventuras poco a poco-

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