Cerca del mar, los Balcanes. Autor: Ricardo Martínez-Conde

Caro Adriático’

                                          Paisaje de mar,
dentro de sí mismo
                H.T.Smith
 

Regresaba en avión. El comandante nos había advertido por megafonía que llovía sobre la tierra conocida, la propia. No obstante, sobre las nubes, el sol relucía en su silencio monárquico y, a la vista de las dóciles nubes que hacían más mullido y amable el aire por donde me deslizaba, recordé aquellos reportajes científicos del canal Natura. Uno de ellos, dedicado a las profundidades bajo el hielo de los polos, me vino a la memoria para ponerlo a la par, en significación, de cuanto veía desde la ventanilla. Las nubes que ahora observaba ahí abajo eran como un paisaje extenso, imaginativo y tranquilo, el mismo que el reportero de Natura captaba mientras se deslizaba bajo los grandes bloques de hielo. Por dentro de esa paz todo era posible, todo podía ser soñado.

A continuación mi acto reflejo fue llamar a la memoria para que me dictase las impresiones más vivas acerca del viaje que acababa de realizar, y ella me dictó lo siguiente:

“Si uno repara con cuidado, tal como ha de hacer el buen viajero (el detalle resguarda, entiéndase, el bien de la sorpresa) observará que la costa croata, sobre la que asienta su aleteante silencio el Adriático, es una costa no solo extensa y plagada de islas, sino también tiene algo del trazo infantil, como inestable, de un niño: es desigual, variada, caprichosa… Está llena de rincones que, a primera vista, son como recovecos de juguete pero que representan, tal como he podido comprobar, un papel esencial en la vida de los nativos, pues, dado lo escaso de la profundidad cerca de la orilla, a poco que diseñan un cerco de piedras tienen, delante de la puerta, a resguardo de las inclemencias, un puerto en miniatura que aniña aún más la arquitectura recogida de los escasos pueblos apiñados.

Semeja un cuadro naïf, un capricho genial (y útil) para guardar ese bien preciado que es la pequeña barca que les sirve para obtener su sustento. Otras veces es la voluntad colectiva la que diseña una dársena mayor, donde se acogen la docena de barquitas.

Un pespunte precioso de geometría para una costa muy arañada. Excluyo, claro está, aquí, los nuevos asentamientos turísticos, menos dados a la poesía de lo pequeño, de lo cotidiano.

Recupero –en la memoria- con sosiego (e imaginación) el mapa y puedo ubicar algunos de los lugares donde he estado: Dubrovnik, Sarajevo, la tranquila Zadar, Zagreb, Senj, la triste Trieste… Allí, a la sombra de Rilke, recordé ese hondo paradigma, premisa del buen  viajero: “… y obtener, de entre lo innecesario, lo insustituible”

Ha sido, pienso, esta vez, un viaje extenso, intenso, que he procurado urdir cada día de la forma  más humanizada posible: cuidando el gesto, atendiendo al respeto por lo distinto, reparando en el detalle casi olvidado… Y el resultado fue muy satisfactorio, gozoso incluso por las novedades descubiertas (nunca del todo conocidas hasta haber estado allí, por ejemplo Zadar); por el ritmo vital de las gentes, lejos de cualquier ansiedad (siempre procurando alejarme de esas colectividades desazonantes llamadas grupos turísticos), y por todo lo que me ha dejado –resonando aún, pues las emociones tardan en acomodar- esa vieja cultura europea (romana, normanda, veneciana, turca, mittleeuropea- que ha impreso, en mayor o menos medida, su huella en esa costa secular del ubicuo mar Adriático.

Dada nuestra condición racionalista hay que aceptar que todo viaje tiene algo de deliberado. Para mí, eso significa también abrir cada vez, en cada ocasión, una nueva ventana a la sorpresa y a la imaginación, pues aquello que no se cumpla de lo previsto es lo verdaderamente nuevo y, en potencia, lo mejor. Es decir, propicia el volver.

Habiendo aceptado, pues, el camino previsto, una mañana temprano (a esa hora irrepetible, la primera, de la luz en el mar) partimos de Dubrovnik con destino Sarajevo. Por la carretera vieja, por el destino de los caminos hace tanto tiempo trazados, accedemos pronto a un paisaje silencioso, muy poco habitado, donde los matorrales del monte bajo llevan siglos hurgando en la dura caliza para asentar sus raíces. Robles enanos, castaños y encinas iban agraciando un paisaje ondulado –rotundamente quebrado a veces, a lo lejos- que manchaba, y en ocasiones cubría, el torturado suelo blanquecino, tan rasgado por el viento y la lluvia.

Se sucedían las  pequeñas colinas, pero en ocasiones se nos daba también el observar, muy al fondo, una sierra más alta, una erupción violenta del interior de la tierra exhibiendo la cáscara desnuda y blanca que un día constituyó el enigmático fondo del mar. Otras veces, por contra, luego de atravesar un estrecho paso natural donde, en la vertical del risco, colgaban elegantes pinos imitando una acuarela japonesa, aparecía una planicie donde pacían, libres y ordenadas, algunas ovejas o bien lentas vacas que matizaban el paisaje.

Pocos pueblos y pocos signos de riqueza; antes al contrario, alguna casa aislada en medio del bosque tupido de la ladera, y así, luego de muchos kilómetros de denso verdor y escasos ríos, llegamos a la gran llanura de Sarajevo, la que se cierra al fondo con sus ciclópeas colinas olímpicas y el paso angosto del río, a cuya vera nació un día la ciudad, la vieja y dialogante Sarajevo conviviendo en sus distintas culturas: musulmanes, judíos, ortodoxos, cristianos…

Sarajevo es vieja porque desde los días en que nacía (comerciaba) Europa, allí estaba ese cruce de caminos: en lo alto, dominando el estrechamiento que encauza el río, el castillo y su poderoso señor ávido de cobrar el tributo de paso.   La hoy un algo melancólica vieja ciudad está dominada por los signos musulmanes y su comportamiento dado a la transacción y el rezo, más a la vez, dando ejemplo de distribución y reparto, allí conviven cristianos, ortodoxos, judíos –sobre todo en su ‘corriente nueva’ de los sefardíes-. Todos ese símbolo egregio de cultura que es la famosa Biblioteca, depositaria en su día de verdaderos tesoros del acervo cultural árabe –en parte destruidos por la burda y aciaga guerra reciente- y ahora, rehaciéndose, exhibiendo unos colores llamativos que se reflejan en el río dando color al entorno.

Es de señalar también, en la ciudad, el ‘bore’ o cementerio que, ocupando un ancho paisaje de suaves colinas, recoge los cuerpos de tantos de aquellos traicionados en su vida por esa fatal guerra innecesaria y vergonzosa. Allí, están, una vez más, musulmanes y católicos, ortodoxos y judíos, pero también agnósticos y otros infieles tal vez a una religión, pero, seguro, fieles a la vida.

Al salir de la ciudad enfilamos Mostar, a la que se llega atravesando una paisaje fecundo y transitado. Una vez más el núcleo vivo se asentó en su día junto al río –ahí está el afamado puente, hoy ‘explotado’ por bañistas intrépidos- donde todavía se distingue con claridad, junto al perfil de algunos minaretes, casonas amuralladas, torres cilíndricas y esa larga calle comercial que es la parte más entrañable de una ciudad extendida y radicalmente fea en su expansión moderna.

Camino de la orilla del mar, se vuelve a una paisaje esencialmente verde y silencioso. Pocos, por desgracia, van quedando de estos caminos fecundos para animales y plantas en la secular Europa, más entregada a autopistas comerciales que al cuidado de lo que ha sido siempre el vivir cotidiano acomodado al paisaje propio

Llegamos al mar allí donde vierte sus aguas el río Neretva, esto es, por el delta de una tierra que, en contraste con el camino recorrido hasta allí escasamente domado por el hombre, diríase que en la ancha desembocadura no queda un centímetro de tierra sin cultivar, sin canalizar o propenso a un futuro rendimiento material.

Ya cae la tarde (cae también un aguacero bíblico si no fuera por su brevedad) y vuelve la luz al aire, al mar mayor, tal como los romanos definieron al Adriático, en contra del inferum mare, que es como reconocían al Tirreno. La luz aquí alcanza unas dimensiones teatrales difíciles de explicar: es dulce y agria, alta y recogida, blanda y dura, fuerte, languideciente… Es ella, creo, esta luz, quien protagoniza en buena medida el determinismo que une a estas gentes con tanto arraigo a su espacio natural, a su reivindicación de identidad.

Split es hoy un fragmento de la megalomanía del emperador Diocleciano. Lo que fueron murallas, Palacio, Mausoleo (luego Catedral) hoy se exhiben, dignos aún, en sus viejas ruinas, muy bien acondicionadas para turistas ociosos. Pocos reparan ya, por ello, en la significación del emperador poderoso; más bien, ahora, en el derrotado, ya fuese por las circunstancias, ya fuese por el tiempo.

Zadar, sin embargo, es una ciudad viva y abierta, artesanal en el sentido de humanizada. Tras su hermosa puerta veneciana de blanca piedra con sus símbolos impresos está esa espina de pez, la calle peatonal, a cuyos lados, luego de traspasar esa pequeña plazuela que acoge los pozos de agua junto a los muros del gran parque arbolado, se asientan sobrias y dignas fachadas (esas que hablan y nos dicen, según el poeta Valery), iglesias con esa  idílica planta basilical que escucha –y entiende- las preocupaciones del hombre. Destaca, no obstante, por su sobriedad y altura, la abombada iglesia de san Donato, un prodigio de equilibrio estilizado; semeja, arquitectónicamente, un bulbo alongado que asienta sus raíces sobre visibles restos de columnas romanas y otros dignos fragmentos en piedra de la Historia. En su interior acoge, a un tiempo, un silencio puro y una sonoridad cristalina otorgándole un cierto sentimiento melancólico a la luz desnuda que entra a curiosear desde los altos vanos y que otorgan una rara armonía de paz al viajero.

Se alarga la calle principal en paralelo a la nave central de la catedral y, al fondo, un pasadizo en la muralla que circunda la ciudad nos devuelve a la orilla, a la figura del mar -ahora con una calma benigna y otoñal-; al paisaje de las islas al fondo. Es ese paisaje costero que tiene delante una larga hilera de islas a modo de cenefa geográfica, una constante desde Dubrovnik a Rijeka, lo que le dota de una rara familiaridad, desde la consonante isla de KRK, al norte, hasta la fértil Lokrum, en el sur.

Allí, en el puerto de Zadar, junto a los grandes barcos de largos destinos, está también la barca de un aseado Caronte moderno y benigno que, por el módico precio de diez kunas (algo más de un euro), traslada a cualquier viajero de un extremo a otro de la rada que forma el puerto interior, evitándole así contornear una distancia mucho mayor y menos poética (Un precioso símbolo éste: la barca aseada y silenciosa, la aceptación del pago por parte del viajero que, en este caso, ha de pagar módico precio y no con su vida)

Rijeka, cobijada en una de las axilas de la península de Istria, tiene una virtud: su vecindad con Barak, un pequeño pueblo que, allá abajo, ubicada en un altillo junto a la orilla, es una imagen convocadora, sutil por su ordenado caserío y lal rara paz que la adorna si no fuese por el silbido del tren que la despierta, a veces, de su asumido letargo.

A la ex imperial Rijeka llegaba también –lo sé porque escuché el inconfundible sonido cerca de la ventana de mi hotel- el tren procedente del interior de Europa, de la mimada Viena. Y a ella se debe, muy probablemente, la influencia que exhibe la ciudad en las ostentosas molduras de los edificios y el trazado teatral, de escenario, de sus calles, o la factura de los palacios –hoy ya ajados- que se ubican todavía a media ladera mostrando su pose de orgullo.

El lustre austrohúngaro va hoy disminuido, pero no así, por fortuna, los condimentos de la mar que la atenta Nena nos ofrece en su acogedora cueva-restaurante junto al mercado, a unos pasos del muelle y las gaviotas.

De vuelta hacia el interior, nuestro destino será Zagreb. Y de nuevo transitamos un paisaje denso y verde como acogido en sí mismo, escasamente poblado, asido a su cielo limpio como la vegetación a la piedra. Allí, al fondo de la extensa llanura, está la madre Zagreb, una ciudad que todavía se piensa a sí misma con fruición y se alimenta de museos y tradición, que cuida su río y hace uso del tranvía como transporte.

Zagreb es una gran-extensa ciudad dinámica y sosegada, futurista y tradicional. No se advierte ansiedad en quien la vive, sino aceptación, y, todavía hoy, el cambio de guardia en la iglesia que domina la antigua colina de los comerciantes, o la esbelta catedral dominando la otra colina, la religiosa –si bien allí, a su vera, se aposenta hoy el mercado al aire libre-, nos hablan de una vieja rivalidad de poderes (¡siempre los poderes!) viviendo ya en connivencia.

Como quiera que el tiempo prometía bonancible, valía la pena enriquecer un poco el viaje ‘de interior’ dotándolo de variedad, así que nos adentramos, carretera adelante, en ese añejo jardín llamado Eslovenia hacia su seductora capital, de nombre Liubliana.

A ambos lados de la ruta el terreno tiene, en efecto,  mucho de jardín. Los distintos campos de cultivo son como parterres perfectamente definidos: aquí la extensión horizontal del maíz, allí las fecundas cepas de viñedo descendiendo la ladera… Más arriba los árboles oscuros y densos; abajo, los secaderos, tan bien cuidados en su diseño secular. Y moteando el paisaje, no lejos unos de otros, el núcleo de casas mirando todas  -todas- al sur, al viejo sol que les alumbra y da calor; a ellas y a los frutos. En medio del caserío, como no podía ser menos en una tierra de arraigada religión, la blanca y alargada silueta de la torre de la iglesia: alta, esbelta, blanca.

La capital, Liubliana, es una cajita de muñecas de fachadas sonrientes, tan limpias ellas y modositas bajo el dominio del viejo castillo que vigila sus calles con paternal celo, tan antiguo. Y el río que la cruza, con sus barcazas cachazudas, a su eterno juego del huir…

A la mañana siguiente, todavía con los restos de niebla sin recoger en el valle, nos encaminamos de nuevo hacia la costa. Sí, hacia el triste Trieste de las leyendas fronterizas y de mis afinidades literarias: Svevo, Joyce, Saba y, un poco más allá, en Duino, el delicado Rilke de los eternos versos

La ciudad es grande y ancha, una vieja señora aposentada a la orilla del mar que conserva orgullo y dignidad. Paseamos la orilla por esas avenidas que miran al mar de horizontes tan lejanos y algo en mí –lo advertí enseguida- me impelía mirar vieja costa. ¿Dónde?, ¿dónde está la silueta que conozco y he soñado a veces?, ¿dónde está el hogar donde nació tan honda poesía…? Sí, allá está, hacia el Este. Como un verso marino solitario, altivo, está Duino y su castillo. Ay!, viejo Rilke, remilgado y sutil. ¿Cuál fue tu mejor verso?, ¿las delicadas e inteligentes mujeres que te acogieron o tu honda sensibilidad un aquel solitariamente enfermiza que tanto nos ayudó a sobrevivir en medio de la tosca prosa oscura de la realidad?

Las amplias calles y preservadas fachadas  siguen otorgando su don al viejo Triste, pero, ¿por qué no aludir en más ocasiones a su sobria y armoniosa catedral (obra de mampostería, de ‘piedra puesta a mano’), a San Saturio, que, desde el siglo XI, se yergue en su viejo mirador, al arco romano incrustado en las paredes modernas, al anfiteatro a donde, un día antiguo, llegaba el mar…?

En fin. Continuemos.

La historiada y prominente península de Istria merecía una visita, aunque fuese pasajera –el viajero, es uno de sus atributos, ha de ‘mecerse’ al tiempo, como los árboles al viento-, así que allí estaba Pula para recibirnos. El gran teatro de las ceremonias y acontecimientos cívicos, la calle peatonal que circunda el altozano sobre el que se ubica el castillo y, sobre todo, la paz interior de la gran nave franciscana, elegante por escueta, o la luz de mar que adorna el interior de la catedral, tan cerca de las pequeñas olas que siguen entonando su monodia musical al llegar a los muros del muelle.

Cuando todavía anima (pero también acucia) el tiempo, habremos de empezar a pensar en el regreso. Es así que, una vez atravesado Rijeka, punto de inicio de todo el recorrido por la costa para volver hacia Dubrovnik, podemos volver a admirar el enclave de Barak. Unidad, armonía, sencillez: la foto deseada de un pueblo costero que luego vendrá el recuerdo a avivar una y otra vez

Atardecía cuando llegamos a Senj, así que allí recalamos buscando cama y un algo de yantar. ‘Prosciutto’ dálmata, queso, ensalada de octópodo. Un pan bendecido por el grano: blanco, suave al paladar, todo ello regado con ese vino blanco casi aromático, escaso de grado pero con el dulce aroma de lo bien nacido de la tierra. Para el caso, la  fecunda isla de Kurcula, de donde sale también ese aceite casi frutal, de un oro viejo que para sí hubiera querido cualquier pintor renacentista y sus frescos eclesiales.

Senj está guardado por un precioso castillo cuadrangular que preserva su autoridad en perfecta equilibrio desde su altozano. Abajo, apenas lleva agua el río (¡ya viene ahí la condena de la escasez de agua de cara al futuro!) Las calles, limpias, tienen trazado irregular dando lugar aquí y allá a pequeñas plazoletas donde ahora se va trasegando la leña, regularmente cortada y ordenada, para el inminente otoño, a saber cómo venga.

Queda, todavía, algún pescador rezagado en el muelle, el sol bosteza a lo lejos y el mar va perdiendo su transparencia.

Todo el día siguiente, desde primera hora, se nos fue pespunteando la larga e intrincada costa, esa que, de tan recortada como si fuese la inquieta primera línea trazada, propicia curva sobre curva en el camino, vistas sorprendentes y nuevas aquí y allá (siempre el mar, siempre el verdadero mar) Este paisaje, no muy deformado aún por el adocenado turismo, tiene mucho de primitivo, casi manual. Al igual que el orden de esos flotadores que, alineados en tantas radas o abrigos, hacen de viveros en la mar.

Paramos en Karlobag (rememoración del nombre imperial que un día trajo sus dominios hasta aquí) donde tomamos un dulce de manzana merecedor de honra y gloria, y luego recuerdo que hicimos escala en Belograd para disfrutar de una gran fuente de pescados (ensalada adjunta) preparados al ‘grill’, la especialidad de estas costas. Camino del sur, después de admirar de nuevo ese vergel que han confeccionado los campesinos en el delta del río Neretva, arribamos hacia el atardecer a Makarska, caserío turístico acogido bajo el amparo de una pared caliza de casi mil metros de altura. Es un escenario natural casi opresivo si bien, dando la espalda a la ladera amenazante, la ciudad mira (¿sonriente?) al horizonte de las islas. Allí recalan, por cierto, recios y fornidos y bien dotados veleros que, con la amanecida, partirán de excursión hacia cielos similares, dejándose deslizar por el viento sobre ese azul religioso de sus aguas.

Y al fin, siendo ya el mediodía, retomamos de nuevo Dubrovnik, la bella, la bien guardada. ¡Qué fácil dejarse mecer por la historia en sus calles empinadas! ¡Qué placer el mirar y pasear y sentir sin mayores pretensiones! A veces la geografía, y la historia, nos guardan algún rincón así”

Abro los ojos de nuevo, miro hacia abajo y reconozco ya la tierra ondulada y verde donde vivo. Ya hemos llegado.

Pero volveré de nuevo un día, seguro, al camino, a los mapas, a los sueños, a esos lugares distintos que me complementan.

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Un Comentario

  1. elena2704

    Interesante recorrido que incluye la ciudad que ahora es mi sueño pendiente para mi próximo viaje cruzando el Atlántico: Liubliana!
    Suerte en el concurso.

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