El artista. Autor: Alicia Ortego

Cerré los ojos y vi cómo trazaba el dibujo en la piedra, rascando poco a poco, con infinita paciencia, con todo el tiempo del mundo.

Di dos pasos atrás y le vi mejor. Allí estaba aquél ser desgreñado, con mucho pelo en el cuerpo y sin ropa. Era bajito. Estaba grabando una hermosa jirafa en la piedra de color ocre, a la sombra de un gran árbol.

De repente se volvió y por un segundo creí que me estaba mirando. Un escalofrío recorrió mi espalda pero él se volvió y continuó, a seguir haciendo brotar de la piedra esa imagen que tantas veces habría contemplado entre las hierbas, a escasos metros, en silencio: una jirafa.

En ése momento supe que su deseo era que esa jirafa se pareciera mucho a la realidad. Era su reto, estaba intentando hacerlo lo mejor posible, con mucho esfuerzo y concentración. Sería su mejor obra, aquélla por la que le admirarían en su grupo, por la que le felicitaría el más fuerte con el mejor bocado de la caza de esa noche, por la que quizá alguien se le acercaría a darle calor en la fría noche, cuando ya no tuviera luz con la que trabajar.

Al rato se movió un poco para contemplar su obra y me di cuenta de que tenía una pierna extrañamente doblada. ¿Sería por eso el elegido en su grupo para grabar los dibujos y signos en la roca? ¿no podía salir a cazar como los demás? ¿o era el descendiente de otro hombre que también había grabado en la roca?

Y puestos a hacerme preguntas… ¿para qué serviría ése grabado? ¿para contar a los “otros”  qué se encontrarían en estas tierras, para tranquilizarles sobre la posibilidad de caza? ¿para presumir de lo que habían cazado? ¿para rendir un homenaje a la Naturaleza con la que convivían y luchaban todos los días? ¿para protegerse espiritualmente?

Muchas preguntas sin respuesta, pero qué hermoso poder contemplar esos dibujos tan realistas con tan pocos trazos, tan conmovedores con tan pocas líneas. Dibujos en los que se ve perfectamente el trazo del esfuerzo, las ganas de hacer las cosas bien, mejor que la vez anterior.

Abrí los ojos y volví al siglo XXI. Me encontraba en Twyfelfontein, un lugar declarado Patrimonio de la Humanidad en 2007, un rincón del Kaokoland, en un país llamado Namibia, en el sur de África. Me hallaba en mi lugar, rodeada de un desierto hermoso, como todos los desiertos. Inhóspitos, peligrosos y a la vez inspiradores. Los desiertos me ponen en mi lugar, me dejan sentir que la libertad absoluta es posible, me dejan abrazar al horizonte, me dejan soñar, me dejan abrir los sentidos al máximo.

El sol me castigaba con fuerza y el gruñido profundo de un gran babuino llamando a su cría desde lo alto de una gran roca me acompañaba, pero yo seguía hipnotizada descubriendo grabados y pinturas rupestres realizados hace 2.500 o 3.000 años, según me contó el guía del Parque Nacional.

Seguramente el hombre que acababa de “ver” allí mismo era el autor de varios grabados, pero no sería el único. Sucesivamente, a lo largo de los años, con más y menos acierto pero con voluntad de que quedaran allí y quién sabe exactamente para qué, los hombres dejaron su impronta en el paisaje. Lo lograron.

Me gustaría poder decirles que lo lograron, que allí siguen sus señales en la roca, que incluso una parte de ellas sigue haciendo honor a la verdad porque aún hay jirafas y kudus y órix en libertad, ¡yo misma los he visto!… y que aún la Luna sigue moviéndose en los ciclos que ellos representaron con una serie de circulitos.

Aunque tendría que explicarles también qué son esos puntitos que se mueven en la noche estrellada importunando la bóveda celeste que desde siempre nos ha envuelto cuando la tierra da la espalda al sol. Y también tendría que decirles que ya no hay leones por allí (quizá les alegraría saberlo, ahora que lo pienso), y que están en peligro de extinción.

¿Tendría sentido ése diálogo, esa conversación? Para mi sí, porque podría entender algunas cosas del ser humano que sigo sin comprender. Las hermosas como el impulso de aprender, y las horribles como las guerras y los genocidios, como el odio a los semejantes.

¿Qué sentido tendría para ellos? Ninguno. Yo no podría más que inquietarles, quizá hacer que su cabeza se volviera loca con todos los enormes cambios que han ocurrido en el que fue su mundo.

Dejemos las cosas como están, no inventemos máquinas para viajar en el tiempo, tan sólo la imaginación y por supuesto los viajes que nos permiten apreciar que este mundo es magníficamente bello y hay que cuidarlo, y que en él viven personas y animales, no números

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Un Comentario

  1. miguelcampos10

    Por medio de estas palabras, yo también me he sentido transportado, lejos en el espacio y en el tiempo.
    Muchas gracias por ello.

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