Rojo bolchevique. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Por tierra la distancia que separa San Petersburgo de Moscú es de 650 kilómetros… pero nosotros recorrimos más del doble por agua… a través de lagos y ríos… anchos y caudalosos ríos y lagos enormes como el mar… ríos con esclusas curiosas y pueblos de madera en sus orillas, con molinos en la campiña e iglesias perdidas… más allá, grandiosos bosques repletos de árboles verde oscuro, gracias al agua que parece no faltarles… y lejos de los fuegos que arrasaban los bosques cercanos a Moscú, en aquel verano infernal, en el que no sabíamos si al llegar a la actual capital rusa podríamos descender del barco en el que habíamos embarcado en el puerto fluvial de San Petersburgo…

La nave apenas superaba los 20 kilómetros por hora, parecía que íbamos en una gran y lenta barcaza, como remolcada por los cisnes del famoso lago, o como Moisés en la cesta por el Nilo, mecidos suavemente por la brisa que nos alejaba de San Petersburgo y nos acercaba a Moscú, la roja Moscú…

Como al compás de la música de Tchaikovsky, pasaban lentamente los días a bordo, repletos de actividades para ocupar las horas de travesía: clases de lengua rusa, de bailes rusos, de cocina rusa, visionado de películas rusas, debates y coloquios con el pasaje ruso… Por las tardes música y danzas rusas… y seguidamente baile de discoteca, amenizado por el dj que no puso la canción del Waka Waka… hasta que yo se la pedí… Todo ello regado con vodka, delicioso como nunca antes lo había encontrado, y preparado de mil maneras distintas: desde solo con hielo, pasando por el típico con naranjada, hasta el cóctel Noches Blancas

Algunas cenas a bordo eran diferentes: empezando por la de bienvenida, con el capitán y su tripulación, vestidos de gala, y todo el pasaje en pleno… hasta la Fiesta de Piratas, tod@s disfrazad@s de bucaner@s con lo que encontramos en nuestras maletas de turistas… o la fiesta de despedida, brindando con champán y comiendo una porción del gran y cuadrado pastel azul celeste con cisnes blancos de azúcar glasé…

Pero lo que yo adoraba de veras era salir a cubierta: deambular por el barco y pasar horas contemplando el agua, apoyada en la baranda: los remolinos de las leves olitas que producía nuestro barquito, la inmensidad azul marronosa a veces, otras azul intenso como el mar… el agua que ayudó a curar mi maltrecho cuerpo y a calmar mi alma… Podía ver los otros barcos que se acercaban al nuestro, las casas de las riberas… y sobre todo contemplar los atardeceres rosas, amarillos, naranjas, liláceos y rojos… cómo el sol se reflejaba en el agua con esos mil tonos a la vez y se diluía poco a poco hasta que llegaba la noche casi boreal… aquel era mi momento preferido del día y procuraba no perdérmelo nunca…

Nos acercábamos a Moscú… Ya se divisaban los grandiosos barcos en el puerto fluvial, ya se veía la silueta de los altos rascacielos en lontananza… y ya teníamos preparadas las mascarillas para bajar a tierra y poder respirar, a causa del humo de los incendios… o quizá estar preparados para no poder salir del barco… pero al final los fuegos remitieron y por fortuna no se quemaron más bellos, verdes y necesarios bosques, el tiempo refrescó y tuvimos que ponermos las parkas de verano para descender y pasear por la ciudad…

Y llegamos a la enorme Plaza Roja… Preciosa, y mucho más grande de como la ves en la tele, de como siempre has leído que era, de como la percibías en fotografías… Y emociona el pensar que estás pisando historia… Historia envuelta en drama y lágrimas, pero historia al fin y al cabo. Aquel día estaba semicerrada por tarimas y andamios, porque a la semana siguiente tendría lugar un festival militar muy importante pero aún así pasear por ella era una delicia: de día entrando en sus pequeñas iglesias o visitando la tumba de Lenin, o curioseando en los famosos Almacenes GUM, en un edificio de apartamentos precioso, teniendo la sensación de que estás en un gran invernadero o en una gran estación del Reino Unido, con tiendas de Gucci, Guy Laroche o Yves Saint-Laurent, boutiques que, por otro lado, sólo visitamos, y en las que sólo pueden comprar, los turistas… De noche, con fresco e iluminada, la Plaza Roja adquiere una dimensión aún mayor, y se ve envuelta en un halo de misterio… político… coronada por las torres coloristas y churriguerescas de la Catedral de San Basilio… Aquella misma noche visitamos otros lugares de la ciudad, iluminados más allá las sombras, como el maravilloso Monasterio Novodevichy, rojo, esbelto y de doradas cúpulas… con un lindo y romántico lago que lo rodea… en el que dicen que se inspiró Tchaikovsky para su famoso ballet El Lago de los Cisnes.

Otro día fuimos al Kremlin: un grandioso conjunto de edificios civiles, militares, que también cuenta con iglesias y catedrales, palacios, torres y murallas… El lugar es espléndido con sus rojos edificios y catedrales de piedra blanca, frescos preciosos, impresionantes iconos de intenso granate y doradas cúpulas… Recorrimos a pie toda el área y entramos en algunas iglesias y catedrales.

Uno de los últimos días allí salimos de la ciudad y respiramos un tanto el aire puro del campo en Sergiev Posad, donde visitamos uno de los monasterios más concurridos y venerados del país, el de la Trinidad de San Sergio, donde en los jardines y placitas vi a los hombres más guapos del país, monjes ortodoxos, que aquel domingo recibían la visita de sus familias…

Bajo una de las pesadas y suntuosas lámparas del metro de Moscú, y luego escondiéndose tras una de las columnas de una gran estación, me pareció ver a un personaje que conocía y al que seguí… hasta un palacete de la calle Arbat… Al tocar la campanilla, me abrió la puerta el Príncipe Bolkonsky, que había ido a visitar a su querida prometida Natasha, entre campaña y campaña… mientras de fondo se oía cómo tocaba la orquesta El Cascanueces, en esa escena del ballet donde el pobre Cascanueces es quebrado, o en según qué representaciones del cuento, echado a la hoguera… y el guapo Príncipe me invita a entrar en el gran salón moscovita, iluminado y repleto de parejas que danzan… pero yo no voy vestida para la ocasión y mi carné de baile está en blanco… aunque confío encontrarme a Pierre y que me invite a bailar, dirigiéndose a mí en francés…

Moscú (Rusia)

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