Roca dorada entre brumas. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Habíamos entrado en la antigua Birmania, habiendo pasado una tarde y una noche en Bangkok, la capital de la vecina Tailandia… Mi breve estancia en aquel precioso país, el primero de Asia que visitaba en toda mi vida, fue accidentado y no por ello menos emocionante y fantástico… Bastaron pocas horas para que nos pasara de todo: que no llegaran la mitad de las maletas de nuestro grupo, entre ellas, la mía; respirar mejor el aire de lo que creía que podría en aquella apabullante y enorme urbe, escondida tras la niebla de la polución; perdernos la visita del Palacio Real; dar una vuelta en barco por la bahía y no saber cómo regresar a nuestro hotel, ya de noche y, tras preguntar y preguntar, reírnos mucho -y conocernos como grupo, después de aquella primera aventura-, tomar algunos autobuses y llegar por fin al hotel; cenar en un rico restaurante tailandés; sentir que estás en Asia, mientras te duermes, a las tantas, al abrigo de las brillantes y colorinas luces de la ciudad, después de muchas emociones… y sentir que se va aquel primer día en aquel rincón del planeta, en aquel continente que ansiaba conocer desde hacía tanto tiempo…

Y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en Yangon, anteriormente llamada Rangún, la capital de Myanmar, donde la humedad no me dejaba respirar, donde vi llover por primera vez en Asia, al salir del hotel aquella tarde, como cada tarde en época de lluvias; donde la agencia del país nos invitó a una cena de bienvenida en un bonito restaurante local a dos calles de distancia donde estaba aún encerrada y prisionera por sus ideas la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, la Señora, como la llaman allí… y la emoción era tanta que cosimos a preguntas a nuestra eficiente guía, quien, pobre, no dijo nada… no podía hablar… aún no se podía hablar en Myanmar… todavía hoy aún apenas pueden hablar…

Aquella noche volví a dormirme tarde, como siempre me pasa… Las dos o tres primeras noches fuera de casa son para habituarse al país adonde llegas…

Al día siguiente tomábamos un microbús que nos llevaría al primer y esperado lugar de nuestro viaje por el país de las mil pagodas…

Llegamos al enclave donde paraban todos los autocares y para acceder a la Pagoda había que subir a pie hasta la cima de la montaña por una empinada pista de tierra, para la que yo no estaba preparada físicamente, así que alquilé una especie de palanquín, y allí que me subieron cuatro delgados y bajitos hombres; a medio camino paramos junto a una cabañita, a cuyo dueño le compramos bebidas: tomamos tod@s unas Coca-Colas, seguimos adelante; ellos no podían más por el esfuerzo y la horripilante humedad, yo sufría por ellos pero si no hubiera sido por su ayuda, yo no hubiera llegado a la roca… y ellos no hubieran ganado aquel dinero… hace tiempo que aprendí que si pagas a alguien por su honrado trabajo, no lo denigras…

El camino de tierra se había convertido en una abrupta cuesta de piedras grandes e irregulares y a lo largo de ella íbamos encontrándonos con puestecitos y puestecitos de souvenirs, húmedos y despintados… daba pena todo bajo los plásticos perennes por la lluvia… pero ell@s no tienen nada más… yo sí tengo todo… ell@s no…

Bajé del peculiar vehículo, pagué lo acordado más una generosa propina, nos despedimos con un “mingalaba” y me reuní con mis compañeros de viaje… Recorrimos a pie las calles del pueblo… hasta el hotelito donde pasaríamos aquella noche, en la que yo sabía que no podría conciliar el sueño… Mi habitación estaba en un estrecho pasillo con balcón a la montaña de bosques verde bambú, exuberantes y tupidos como una gran y mullida manta… pero mojada por la humedad que lo impregnaba todo… Había caído la noche en la selva… pero fuimos a ver la Roca Dorada, iluminada, que se presentaba naranja a la luz de sus láminas de oro… El espectáculo era digno de admiración: una piedra de seis metros suspendida encima de otra roca, a punto de caerse por el precipicio y romperse en mil pedazos, como una gran jarra de dorado granito… pero no, allí estaba, inexplicablemente casi colgada en el aire, unida a la roca por un hilo apenas invisible…

Aquel es uno de los lugares de peregrinación budista más venerados del país, aunque a la mañana siguiente, cuando nosotros volvimos a la Pagoda, casi no había nadie: era temprano y el día había amanecido muy tapado: no se veía nada desde lo alto del mirador, y la piedra dorada, rodeada de la más espesa niebla, parecía flotar en el aire y bailar… como una  dorada bailarina… No se podían distinguir las ofrendas de flores, casi no se olía el incienso, casi ni distinguías las finas láminas de oro que recubren la piedra como una segunda piel… pero la belleza del lugar, la bruma que todo lo cubría y que te hacía pensar que estabas dentro de un cuento oriental; las campanillas que sonaban al viento, a pesar del silencio imperante; la espiritualidad que se respiraba; las velas que encendían los fieles en el interior del templo; la pareja de nuestro viaje que rezaba en el mojado suelo en un apartado rincón… y yo, recorriendo descalza todo el recinto… fue la primera y gran experiencia vivida en aquel país, cuya paz me inundó el espíritu durante los días que allí estuve y por mucho tiempo después…

Aquella noche no había dormido en la habitación del hotelito en la montaña: las sábanas estaban húmedas, todo estaba húmedo, hasta el jabón se deshacía entre los dedos; mi única camiseta de algodón, centrifugada manualmente con una toalla de baño, estaba colgada en la barra de la cortina de la bañera, aún mojada… pero aquella mañana, sin zapatos, libre, pisando las mojadas losas del sagrado recinto, me sentía más viva que nunca, más unida a la tierra que en toda mi vida… y una experiencia así no se olvida jamás…

Mientras mi cuerpo entero se mojaba con la fría lluvía que caía aquella tarde, trotando en el camión que nos alejaba de la Pagoda, y me quitaba las gafas porque veía menos con ellas puestas que sin ellas, pensaba en lo que había sentido en aquellas pocas horas allá arriba en la montaña birmana, y yo casi flotaba en el aire, como la gran Roca Dorada, de lo bien que me sentía conmigo misma y de la paz que recorría mi alma entera…

Pagoda de Kyaiktiyo (Myanmar/Birmania)

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