Buscando el horizonte. Autor: Mr. Fatiga

Estar vivos, poder respirar y saborear lo que nos rodea es una victoria, ya me lo decía mi padre no solo en los momentos de pastoreo también  en la vivienda  cuando nos reuníamos a tomar el te con el resto de la familia, una choza de barro con el  techo de ramas a través de las  que entraban  todo tipo de bichos e incluso el agua en unos de los escasos días de lluvia, pero el lo repetía no le importaba la inteligencia demostrada de su hijo, ni el cansancio de mi madre o el de sus hijas al escuchar siempre lo mismo, ni el respeto de todos, solo conocía las palabras para repetir una y otra vez que vivir es la victoria, que eso es lo único que importaba.

Y es lo que pienso cuando sentado en la cubierta de la lancha miro hacia atrás observando la noche que consigue se confunda el cielo y el mar mientras la costa se aleja lentamente manteniéndose a la paz que nosotros, dejándonos llevar por un mar en calma hacia la otra orilla en la que lo mismo que la que dejamos atrás se encontrarán casas, quizás mejores pero habitadas como todas por hombres y mujeres, personajes de mis sueños y pesadillas.

No recuero las lunas que he pasado caminando por el desierto hasta alcanzar el puerto, ocultándome entre las dunas y avanzando en las noches, bajo el reflejo de las estrellas, dejando atrás un hogar feliz pero pobre, sin esperanza de futuro a pesar de estar preparado para afrontar cualquier desafío. Atrás dejo el sonido del viento y el de mis pies rompiendo las hojarascas, pies que ahora permanecen quietos, temiendo moverse por el miedo a que la barca se balancee y no pueda mantener el equilibrio.

Miro hacia atrás, la costa cada vez se encuentra mas alejada mientras que frente a nosotros se acerca una línea rota por montañas oscuras, breve imagen que se desvanece como sucederá con la vida, yo quiero rehacer la mía, poder mirar de frente al futuro y ver como la gente a mi alrededor vive, no malviven asustados e inquietos como sucede ahora, con la creencia que la gente que me va a acoger no entiende de raza, origen sexo religión y menos aún del color de la piel.

Y sin embargo, tengo dudas, no estoy seguro dentro de mi cuerpo, tengo miedo, las lagrimas se niegan a resbalar de mis ojos y en mi soledad quiero coger la fuerza del mar, de la arena que adivino en la playa a la que nos dirigimos, del sol y de las gaviotas que incansables sobrevuelan entre las nubes blancas y negras que nos protegen de las miradas de la gente, que adivino en la lejanía aunque ahora estén ocultos, perdidos como los nómadas en el desierto, en las dunas silenciosas y vacías de niños y de adolescentes, de gente que crece y de los que no crecerán mas, de cuerpos hermosos y otros menos pero de unas personas que conseguirán que en vida aparezca un punto y aparte de mi historia.

Y aparecen tras las nubes, surge la playa con niños que nos miran  asombrados ante el color de la piel y el aspecto triste y cansado que miran  con admiración a los hombres de uniforme que nos van a detener para devolvernos a nuestro país.

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