Los Ojos de Hari Kumar. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Era en el Punjab, en Haridwar, la segunda ciudad más sagrada de India, después de Varanasi…

Recorrimos a pie las calles que nos conducían al río para ver la ceremonia del fuego, Aarti, disipador de la oscuridad, en sánscrito, servicio devocional que se celebra cada atardecer en las aguas del Ganges, allí limpias, revoltosas… Cada atardecer como aquel, cada amanecer como el del día siguiente… y el siguiente… y el siguiente… por los siglos de los siglos…

Llegamos al río: el ambiente era como de fiesta, un tumulto de gente arriba y abajo, una riada de familias con niños, que se confundía con las aguas del río… Colores y olores, incienso, mantras y oraciones, saris de los más increíbles colores, turbantes sikhs de tonos fuertes, brillantes, básicos, casi imposibles de definir, sobre cabezas de ojos profundos, que te traspasan el alma…

Empezó la ceremonia y noté que me ahogaba, que me faltaba el aire: la devoción de las gentes, la espiritualidad del momento, la sensibilidad de los cantos, el fuego, las guirnaldas de flores, el calor bochornoso, los fuertes y difíciles olores, todo me abrumaba, me emocionaba, me hacía llorar; no hacía fotos, no podía filmar, aunque fuese mal, porque el pulso me fallaba, estaba paralizada y era incapaz de hablar, de reaccionar, sólo podía llorar… y mirar de un lado para otro, de arriba abajo, siguiendo la corriente del río, fijando los ojos en todas las escenas a mi alrededor… pero sin ver…

La ceremonia se desarrollaba allá a lo lejos, en la otra orilla del Ganges… Los sacerdotes de blanco, las caléndulas naranjas, el fuego amarillo…

Ofrendas: agua, flores, arroz, sándalo, ghee, manteca purificada… Campanitas al viento…

Me sentía mareada, como flotando sin rumbo fijo en el Ganges sin saber a dónde ir, dejándome arrastrar por la corriente… era como si la presión arterial se me hubiera descompensado por la emoción del momento al ver el fervor de aquellas gentes, al sentir en ellas los efectos del agua reparadora del río sagrado, la devoción en el fuego ofrecido…

Me aparté del gentío y me fui hacia otro brazo del río… Caía ya la tarde y por fin pude hacer fotos de mi primer atardecer en el Ganges, para aliviar la gran tensión que sentía, al menos por unos instantes, mientras los hombres sikhs continuaban desnudándome con la mirada, o así lo sentía yo… y el cielo estaba malva, violeta, rosado; el sol que se escondía me hacía guiñar los ojos, al desviarlos, avergonzada, sin poder resistir, aguantar esas miradas oscuras e intensas, que me hacían temblar, tanto como los cantos a los dioses… Continuaba llorando, pero la minibrisa del río me recompuso un tanto…

Respiré hondo… Volví con mis compas de viaje y por fin empecé a disfrutar de la ceremonia… más calmada, serena, contagiada de la espiritualidad del momento, pero ahora ya un tanto repuesta del choque cultural y vital que había vivido minutos antes…

Nunca jamás había sentido nada así, nunca… ni la primera vez que visité Asia, en Myanmar… allí sentí emociones especiales, diferentes… pero algo así, jamás… Y no sé si nunca volveré a sentirlo… Creo que no…

Pero al cabo de dos días otra emoción convulsiva me hizo llorar de nuevo, esta vez ante todos, pero escondida bajo mis gafas de sol… Estábamos en Amritsar, en la fila a punto de entrar en el tan sagrado para los sikhs Templo Dorado, allí colocado en medio de ese laguito divino, donde la gente se baña para purificar su cuerpo y su alma… Había muchísima gente, no en vano es más visitado que el archiconocido Taj Mahal…

Entonces, de pronto, ante nosotros llegaron unas señoras de unos sesenta y tantos años, se postraron y besaron el suelo… y yo sentí un nudo en la garganta, no podía respirar de nuevo y las lágrimas invadieron mi rostro ante tan efusiva muestra de devoción fuera de mi mundo conocido…

Y yo continuaba sintiendo aún mi alma traspasada por unos ojos negros y profundos, enmarcados en un rostro con turbante azul eléctrico o rojo pasión, o naranja marandina… ojos tan negros como los de Hari Kumar, aquel personaje indio de una serie mítica para mí.

En el Punjab (India)

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