En tránsito. Autor: Delagranja

¡Por fin llegué! 18 horas de avión, una escala eterna en Sao Paulo, el cambio horario y de temperatura me dejaron para el arrastre. Iba a pasar la noche en un monísimo hotel boutique de Buenos Aires, descansar y continuar mi plan de viaje. Entré en mi suite, un precioso espacio tipo loft con un aseo de cortesía y saloncito, habitación en dúplex con un baño amplísimo. La calefacción estaba a todo trapo porque en julio es invierno en el hemisferio sur.

Encendí la tele (lo hago siempre que llego a un hotel), bebí un trago de agua medio tibia que traía conmigo y me quité la ropa sobada y arrugada de tantas horas de asiento sintético. Con unas ganas locas de darme un baño, tiré mi maleta sobre la cama. Por un instante, me pareció más nueva, más brillante y más liviana de lo que recordaba al hacerla. Quizá era el efecto de la luz indirecta o de la fuerza que me acompañaba ante la perspectiva de 24 horas de asueto. La miré con cierta ternura aunque la muy puñetera fue la última en salir por la cinta haciéndose la remolona y provocándome casi un infarto. Sólo me faltaba perder el equipaje con la aventura de diez días que me esperaba.

Buscando el extremo de la cremallera, vi un charm rojo en forma de flor que colgaba de la anilla y me saltaron todas las alarmas. Abrí la maleta con un sofocón de adrenalina y me llevé las manos a la cabeza. Todo el equipaje era una colección apabullante de bikinis hipermicro, pareos con estampados de mil colores y chanclas chillonas. Lo revisé incrédula en un intento infructuoso de encontrar mis cosas al fondo cuando vi “las joyas de la corona”: un vestido escotadísimo de lamé -no me atrevería ni a usarlo de camisón-, unos stilettos plateados con plataforma que me provocaron vértigos periféricos, un clutch de pedrería y una lencería de encaje que no osé tocar, no fuera a derretirse entre mis manos sudorosas. Completaban el equipaje unos accesorios monísimos: bolsitos de tela bordados, macropendientes de bisutería fina, fulares de seda, cinturones de marca y un neceser con cosméticos de gama alta…

No sabía se echarme a reír o a llorar. ¿Qué iba a hacer yo con ese vestuario en pleno invierno de La Patagonia? Y lo peor de todo: ¿Qué pensaría de mí la propietaria de semejante equipaje al ver en mi maleta bragas de algodón de la década pasada, sujetadores raidos, camisetas térmicas unisex, un plumas baqueteado por la mala vida, forros polares con más bolas que un chiqui park y mis zapatos de trekking, arrugados como un Shar pei?

El jacuzzi me dejó como nueva y más calmada. Mientras me secaba, miré el vestido y no pude resistirme: me lo probé con las sandalias, el bolsito y unas arracadas de lágrima. No me reconocí en el espejo. Era otra.

Normalmente no tengo tanto morro, pero esta maleta se quedará en tránsito por tiempo indefinido.

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  1. Elvira

    Me parto de imaginar la cara de la otra con la maleta de este personaje!!!
    Capaz que también está probándose ropa….y a lo mejor le gusta el contraste!

  2. LUISA

    Me gusta el relato qué acabo de leer sobre la pérdida de la maleta tiene su lado positivo.
    Bueno no sé cómo la abriría para ponerse aquél traje con sus correspondientes cosas.
    Parece qué se divirtió en aquél momento.

  3. delagranja

    Querida, es pura ficción. Nunca me ha pasado eso y jamás me quedaría algo que no es mío. Soy tremendamente sintoísta. Pero si te ha sonado a realidad, he conseguido lo que quería: verismo.

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