El viejo Seorang Teran me enseñó a cazar con cerbatana. Autor: Andrés Fornells

Lo conocí en la jungla de Borneo, isla del archipiélago Malayo. Su nombre era Seorang Teran (supe más tarde que, en su lenguaje, significaba amigo), no sé los años que tenía, pero debían ser muchos pues a la mayoría de los asiáticos no suele arrugárseles la piel hasta que alcanzan una edad bastante avanzada. Le pregunté, por medio del guía que me llevó hasta allí, qué edad tenía y el anciano le respondió mostrando en una sonrisa lo perdida que tenía su dentadura, que nunca se había molestado en contar sus años pues lo consideraba algo tan inútil como saber el número exacto de estrellas que existen en el cielo. Yo calculo que aquel sabio anciano debía andar por los setenta. Su piel, muy curtida por soles y vientos, poseía un color marrón parecido al barniz de los violines. Era bajo de estatura, enteco y andaba con notable agilidad para sus muchos años. Poseía unos ojos pequeños, vivos, inteligentes y extrañamente jóvenes a pesar de la profusa red de arruguitas que los rodeaba. Su cabello era corto y muy canoso. Llevaba los pies descalzos y pisaba la maleza con igual seguridad que si los llevase calzados con gruesas botas. Un buen número de tatuajes adornaban sus hombros, tatuajes que para él representaban algo parecido a las medallas religiosas para nosotros: lo protegían de la desgracia y de los malos espíritus.

El primer día de mi llegada a su pequeña aldea, compuesta por una decena de casa edificadas sobre pilotes, con paredes de bambú y techos de palmas y también de uralitas, considerando el poco tiempo del que yo disponía, le comuniqué por medio del guía que una de las cosas que me habían llevado hasta allí era mi deseo de ver cómo cazaban en su tribu. Él asintió gravemente con la cabeza y decidió que nos adentraríamos en la jungla al día siguiente, antes de que el día dejara sin vida a la noche. Y salimos antes del alba, Seorang Teran, Tuagan, el guía (un joven dayak que chapurreaba el suficiente inglés para traducir lo más importante de cuanto yo le decía) y un servidor.  La cerbatana que traía  Seorang Teran calculé que debía medir alrededor de dos metros (un tamaño muy discreto si se compara con las cerbatanas de los Jíbaros que median 7 metros).

Fueron en total cuatro los días que pudimos acompañar al viejo Seorang Teran en sus cacerías, pues este era el límite de tiempo de que disponíamos, tanto Tuagan como yo. Durante esos cuatro días adquirí más conocimientos sobre la naturaleza, de los que había obtenido en todos mis años de existencia. Aprendí cómo se puede uno guiar en la jungla donde todos los árboles parecen iguales (he dicho parecen, pues en absoluto lo son para un buen observador), supe cómo sumar el tiempo por la velocidad con que cantaban los insectos, o la intensidad de los diferentes olores que desprende la flora dependiendo de las horas del día, gracias al mayor o menor calor que reciben del sol, o a sobrevivir sin supermercados, ni tiendas, ni frigoríficos, ni dinero, naturalmente.

La enorme ventaja de la cerbatana sobre otras armas es que se puede cazar a un animal sin alarmar a los demás que tiene a su alrededor. El veneno que usaba Seorang Teran mataba a los animales, pero no afectaba a las personas. Lo  sacaba de ciertas ranas, serpientes y raíces de árboles. Los dardos los llevaba en un carcaj colgado alrededor de su arrugado cuello.

La cerbatana es un instrumento de caza de los más antiguos que existen, junto a los arcos y fechas y la honda. La primera evidencia de la existencia de cerbatanas fue en documentos chinos del periodo de Chin (265 – 429 d. d. C). La más antigua cerbatana se encontró en Perú (500 d. d. C).

Los dardos que Seorang Teran empleaba estaban provistos de un cono de plumas y de una punta de flecha afilada. Pero también podía improvisarlos sobre la marcha con puntas hechas de caña y conos de plumas de los pájaros cazados. Si se sabe soplar bien (has que soplar con mucha violencia o no consigues nada), el dardo sale con una fuerza impresionante. La primera pieza que el anciano cobró fue un macaco, y antes de dispararle me enseñó su método. Había que apuntar directamente al blanco y tener en cuenta que el dardo sigue una trayectoria parabólica y por lo tanto puede pasar por debajo del mono, que las más de las veces ve salir de la cerbatana el dardo envenenado y suele descolgarse de la rama esperando evitarlo y lo que consigue con ello es ser alcanzado.

Este admirable y primitivo cazador, de cinco monos a los que disparó estando yo con él, ni uno solo se le escapó con vida. Magnífico resultado el suyo al compararlo con mi torpeza, pues yo disparé con su cerbatana a tres macacos (algunos malayos adiestran a los monos de cola de cerdo para recoger cocos ahorrándose así tener que ser ellos los que suban a lo alto de los cocoteros) y alcancé a uno solo. Seorang Teran erró algún que otro disparo  con los pájaros, por la dificultad del tamaño y de su movilidad. Yo no alcancé a ninguno.

Los pájaros y ranas que asábamos no estaban mal de sabor. Pero un muslo de mono asado, si te aprieta mucho el hambre, y no eres demasiado escrupuloso, te parece un manjar realmente exquisito.

Tuagan, para ganarse mi aprecio (supongo que él pensaba en un aprecio efectivo, más que afectivo) me contó que de niño, Seorang Teran, durante la segunda guerra mundial, había matado soldados japoneses que habían asaltado su poblado. De ser cierta esta información, significaba que mi apreciación sobre la edad del anciano cazador podía ser bien estimada por mi parte.

No llevamos con nosotros provisión ninguna de agua. No iba a hacernos falta. Encontramos abundantes manantiales y cascadas en nuestro camino y, cuando éstas nos faltaban, el viejo Seorang Teran cortaba ramas de arbustos que contenían dentro el suficiente líquido para calmar nuestra sed.

Si el paraíso significa sobrevivir prescindiendo por completo del dinero y de todas las ventajas y desventajas inherentes a la civilización, los nativos de aquella parte de la isla del archipiélago Malayo vivían en él.

Comimos además de las piezas que cazábamos, abundante fruta entre la que destacaré, por ser desconocido para mucha gente, el durian, un fruto verde y gigantesco, que apesta a estiércol, pero que sin embargo posee un sabor agradable y una textura cremosa como las natillas y que se paga muy caro en los mercados.

De las junglas ya he hablado en muchas otras ocasiones. Lo repetiré escuetamente: Mucho calor, humedad, animales, insectos (los más extraños mariposas que parecen hojas con alas) y una flora extraordinaria. Gran abundancia de orquídeas, flores parasitarias enganchadas a los troncos de los arboles, flores en forma de vainas multicolores colgadas de las ramas y también plantas que comen insectos y tienen forma de bolsas.

Y gracias Seorang Teran conocí la rafflesia, la flor más grande del mundo que no tiene hojas ni raíces, vive insertada en otra planta como si fuese un hongo y tarda unos 5 años en abrirse en forma de flor. Tiene 5 pétalos que se van abriendo tan lentamente que tardan unas 20 horas en abrirse por completo. Esta flor tiene entonces un color entre rojizo y anaranjado. Sólo vive siete días y a partir del quinto día comienza a ennegrecerse y pudrirse totalmente. Su diámetro puede superar los 100 cm. pesar unos diez kilos y el olor que desprende cuando se está descomponiendo es parecido al de la carne podrida. ¡Insufrible!

Muchos aborígenes de la zona viven de buscar rafflesias que llevan a lugares públicos para que las vean y fotografíen los turistas. De esta forma se la da a conocer. Hay alguna gente está en contra de esta práctica porque temen que pueda, este afán de lucro, llegar a exterminarlas. Esta extraordinaria flor solo vive en Indonesia, sobre todo en Sumatra y Borneo, Filipinas y la selva de la península malaya.

A pesar de la continuada impasibilidad que solía mostrar en todo momento el curtido rostro de Seorang Teran, creo que algún afecto me cogió este viejo cazador pues al despedirnos me regaló una rústica figurita de madera cincelada por él, la cual representaba al dios muruga, que simboliza el valor, la belleza, la masculinidad y la felicidad.

Le devolví la atención regalándole (porque él me lo pidió) el dios-pájaro como lo llamó él, un crucifijo de oro alemán que yo llevaba alrededor del cuello y que me había obsequiado alguien que yo había querido mucho en cierto momento de mi vida y que como tantas cosas que perdemos por el escabroso camino de nuestra existencia sólo podía conservar su recuerdo.

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