El verano en Islandia. Autor: Pablo Sánchez Sánchez

El verano en Islandia es como el fin del otoño en algún otro lugar, pero a ellos eso no les importa. Se conocen recogiendo basura en los aparcamientos para turistas de las atracciones naturales: en las cascadas, en los géiseres, en las fumarolas y en los glaciares.

Un día, cansados del sinsentido de aquella actividad, del absurdo del pobre Sísifo que sube la roca hasta la cumbre de la montaña, sólo para tener que volver a empezar mientras un dios ingrato le observa y le condena, deciden abandonar a los turistas a su suerte.

Ella le enseña a hacer autostop y a cocinar para veganos. Le dice que no se meta las manos en los bolsillos y que sonría, que siempre sonría. Él le habla del epicureísmo hasta que consigue que renuncie a los libros de autoayuda y al positive thinking.

Hay una instantánea, tirada desde un asiento trasero de algún autobús de línea, en la que se ve a los dos mezclados con el reflejo del fotógrafo en la ventanilla: ella de pie, con el pulgar extendido y ese rostro de belleza aún no rasgada por la vida; él sentado en una roca, pensativo, con la espalda encorvada de un boxeador chaparro.

Les llevan en coches y furgonetas, en autocaravanas y camiones a cambio de conversación. A veces él se hace el mudo y finge que habla con las manos. Otras, conversa con los conductores que entienden el español o el italiano. Una vez ella habla en lituano, recordando a duras penas la lengua materna casi olvidada. El resto del tiempo, y entre ellos, se comunican en inglés.

Aunque aún no sabemos qué, tenemos algo en común y ese algo nos ha traído hasta aquí.

Quiero leer tu cuerpo con los dedos, como si fuese un mensaje en braille.

Para mantenerme inocente suelo ir sola a ver los espectáculos infantiles en  Reykiavik.

Tú abrigo trasmite sensación de pobreza.

Cuando hace demasiado frío no queda otra que darle por culo al glamour. Lo demás es ser idiota.

Se cuentan su vida entera e intuyen sus miedos y sospechas hasta dejar de ser desconocidos.

Entonces algo ocurre, quizás el amor se exacerbó hasta la furia, y ella se cabrea, y mientras esperan que pase algún coche en una cuneta de la circular Hringvegur, le dice “¡Go away!”. “Why? What happens?”. “¡Go! ¡Away!”. “Vale, vale…” responde él y cruza al arcén del sentido contrario. Al rato pasa un motorista y se la lleva de paquete. Dos horas después a él le recoge un granjero en tractor. Pasa un tiempo ayudándole con los animales a cambio de cama, comida y tabaco, pero a las dos semanas le pide que le deje marchar para ir a buscarla. El granjero le da un saco de dormir, una barra de pan y picadura de liar. También le desea suerte.

Sigue bordeando la isla y, un día, mientras fuma apoyado en una señal con las manos en los bolsillos, para un 4×4 y ella se baja. El coche sigue adelante y se sienta a su lado. Al caer la noche aún no se han dirigido la palabra. Finalmente ella dice “Are you still angry?”. “No. Simply, I didn’t want to disturb you”. Esa noche duermen al raso, tumbados sobre uno de los sacos y metidos los dos en el otro. Cuando ella se queda dormida, él le dice que lo único que quiere es amarla hasta que lo abandone. Ambos tiritan como una escalera de mano.

De coche en coche, terminan de rodear Islandia y cuando llegan de nuevo a la capital, deciden alquilar una caseta en el patio interior de un bloque de edificios. El sedentarismo no les hace ningún bien. Ella empieza a salir por las noches. Dice que va a tomar el sol a la playa, que no le gusta encontrarla abarrotada. Él se resigna y se siente torpe, anulado, como el que se pone un guante sin ayudarse con la mano libre.

Cuando coinciden en el chamizo y toman té juntos, envueltos en silencio y vapor, la atmósfera es desconcertante. Se sienten como dos desconocidos que por azar llevan el mismo paso y avanzan por la calle en paralelo.

Un día ella decide marcharse, volver al continente, quizás a Lituania, aunque aún no sabe. Con la mochila al hombro, los dos de pie en el centro de la sala, le hace una caricia tan impersonal, que a él el tacto le sabe a manopla. Antes de irse, ella se despide con una frase propia de sus lecturas previas a conocerlo: exige un salario justo y no aceptes propinas. Eso le hace sentir la saliva densa como mercurio.

Él permanece en Islandia y se busca un trabajo. La echa de menos con la nostalgia del que se queda sordo y acaba por añorar hasta el ruido del camión de la basura. Pero sabe que en el fondo da igual que ella no haya abandonado la tierra de hielo, y se repite una y otra vez que el frío fue su forma de quererse.

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