Taman Negara. Autor: Rubén Señor/Lucía Sánchez Sánchez

******************************************************************************************************************************  ADVERTENCIA: este relato no es apto para madres, padres, hermanos y amigos de toda la vida. Dicho esto… ¡Dejadlo aquí! No sigáis leyendo. En serio… no merece la pena. Si lo hacéis, es bajo vuestra responsabilidad. *******************************************************************************************************************************

Érase una vez, en una jungla muy muy antigua (la más antigua habida y por haber ya que se formó hace unos ciento treinta millones de años), “dos intrépidos” exploradores (chica ella y chico él) que quisieron conocer “a solas”, los secretos que allí se escondían. Se levantaron pronto, desayunaron fuerte y llevaron agua suficiente por lo que pudiera ocurrir… y ocurrió.

Al principio el camino era sencillo ya que el día anterior no había llovido y los mínimos senderos que recorren la jungla estaban secos y bien marcados. Nuestros protagonistas se paraban cada dos por tres a hacer una foto o un vídeo… por aquello de poder “recordarlo y contarlo después”. Supuestamente conocedores de las señales, las seguían “a pies juntillos”. Pies por los que cada vez que pisaban el poco barro que había, subían una o dos infatigables sanguijuelas que de buenas maneras y con algo de dificultad, se quitaban entre risas el uno al otro.

Cuan bonito es pasear por la jungla. Cuan increíble es su paisaje. Cuanta cantidad de animalillos se ven y se intuyen. Cuan solos y apartados estaban de todo a cada paso que daban… De pronto, un cartel apareció ante ellos para advertirles de peligros futuros: “Más allá de este punto deberías seguir con guía” (Nota: no habían contratado guía porque era realmente caro para ellos y además, les gustaba eso de “andar sueltos por ahí”). (Silencio)

–      ¿Qué hacemos? – ¡Seguir! El camino seguía siendo fácil, brillaba el poco sol que la tupida selva dejaba pasar, los pájaros cantaban y todo era felicidad. Después de una hora y media de ver el cartel, el camino empezó a complicarse un poco. Más árboles caídos que rodear, más riachuelos que saltar, más barro que pisar, más sanguijuelas que quitar…

–      ¡Señal amarilla! Bieeeen, decían a la vez.

Al siguiente kilómetro, le siguió otro… y otro. El calor y la humedad iban derrochando botellas de agua a mejillas llenas y las piernas empezaban a cansarse de tanto subir y bajar. – Qué raro… ya deberíamos haber llegado.

Y entonces… sucedió. En cuestión de segundos, el sol cedió su protagonismo a una fuerte e incesante lluvia y -las señales-amarillas-bieeeen-, desaparecieron. Empezaron a brotar torrentes de agua por todos “lodos”. Nuevos “nocaminos” hasta ahora anónimos, florecían a raudales. Estaban tan cerca… y tan lejos. Llovía. Cada vez más. Se pusieron sus impermeables, volvieron hasta la última señal que habían visto y se pararon durante un par de minutos bajo el torrente de agua a pensar bien en  “los pasos a seguir” a partir de entonces. Eran las 16:10. En teoría debían de estar muy cerca del río y de los botes que les llevaran de vuelta… o tal vez no. Sin señales que seguir, con más 150.000 especies de animales rondando sueltas, un área de 4.343 kilómetros cuadrados de jungla por el que perderse y con un programa de navegación en el móvil (cuya pantalla no respondía bajo tanta agua) más desorientado que ellos, decidieron volver por donde habían venido. Les esperaban 11 km de vuelta que tenían que recorrer en menos de dos horas. Los dos sabían que era imposible, pero ninguno lo decía en alto. Empezaron a andar más rápido que nunca. Generando adrenalina. Buscando señales… esta vez rojas. Entre resbalón y resbalón, pisaban con pie firme sin importarles dónde y qué. Con prisa, sin pausa y con sanguijuelas. Todas eran bienvenidas. Barra libre de sangre… All can you suck.

–      – ¡Señal roja! – ¡Señal roja! – ¡Señal roja! En tiempo récord, llegaron a un cartel que indicaba el camino por donde venían, el de vuelta “a casa” (a 8 km) y uno nuevo que, supuestamente, les llevaba hasta el río en sólo 2 km. Decidieron seguir el nuevo y después de dar alguna vuelta que otra siguiendo las señales blancas… volvieron al mismo sitio. Sin duda… ¡Era una señal! Había que parar. Casi de noche, decidieron que no les quedaba otro remedio que hacer lo que ambos barruntaban hacía rato: pasar la noche en la jungla. Decidieron quedarse al lado de la señal para al día siguiente, recorrer los 8 km de vuelta hasta “la puebilización” y, como no era plan de ser chupados y mordidos por toda hija de sanguijuela y bicho que pasara por el suelo, prefirieron ser merced de los animales que hubiera sólo en los árboles. Así que… se subieron a una rama como pudieron y se “acomodaron”. De todos es sabido que las ramas de los árboles no se caracterizan por hacerse a la forma de las espaldas y culos humanos así que, más bien fue al revés. Eran las 19:22 y poco a poco… se bajaba el telón. La noche empezó a cubrirlo todo, dejando oír y ver sus más íntimos secretos: pequeñas luciérnagas y musgo luminiscente… monos que charlaban a gritos de sus cosas a izquierda y derecha… pájaros de otra época que sobrevolaban la jungla… la luna… Aunque alguna sanguijuela se había subido con ellos al árbol, después de dos horas y un par de chupetones sólo estaban ellos, dos o tres arañas y varias hormigas del tamaño de medio meñique. Daba igual. Estaban juntos. Todos. Dándose calor y ánimos. Con agua suficiente en la mochila y “en el cielo” para pasar tooooooda la noche. Total… ¿qué son 11 horas subidos a un árbol? Se cambiaron de postura treinta veces y su sitio en la rama, una. Estaban tranquilos, pues sabían lo que zzZZZZzzzz tenían que hacer zzZZZzzz al día siguiente. Sólo unos zzzZZZZzzzz kilómetros más con zzzZZZZZzzzz todo el zzzzZZZZzzzz día por delante para llegar zzzzZZZZzzzz darse una ducha y zzzZZZZzzzz quitarse aquella ropa que zzzZZZZZzzzz olía a sangre… sudor y zzzZZZZzzzzz…

–      ¡Ha amanecido! Bieeeen.

Se bajaron del árbol con más gloria que pena. Algo entumecidos, pero con nuevas fuerzas, volvieron al camino. A los altos y los bajos. Al barro y las sanguijuelas. A perder alguna señal y volver sobre sus pasos para recuperarla. A comentar que ambos, habían tenido el mismo sueño: andando por la selva llegaban a un hostel, un bar o al río. Y mientras hablaban de esto y aquello, llegaron al río verdadero… Esperaron diez o quince minutos y cuando vieron pasar un bote, le gritaron alto y fuerte para que les llevaran de vuelta los últimos 3 km porque, sencillamente, ya habían tenido jungla suficiente.

Desde la alargada y estrecha balsa, todo se veía distinto. Verde intenso. Marrón caramelo. La jungla era otra. Seguía intimidando, pero volvía a ser increíblemente bonita. Te atraía con su magia. Miraban a un lado y a otro sintiéndose como soldados que se alejan en helicóptero de lo que pudo haber sido y no fue. Faltaba una banda sonora de música épica. Llegaron a tierra con un aspecto algo lamentable pero bastante digno y se fueron directos a la ducha del hostel que, 28 horas atrás, les había parecido precaria y sucia y que ahora, les parecía el baño de un palacio. Se despojaron de sus ropas y de tres sanguijuelas que habían huido con ellos “del marrón”. Se ducharon con fuerza… y se echaron en la cama a soñar… con una vida mejor.

Fueron felices y comieron arroz con pollo.

Fin.

Moralinas: todas. No hace falta destacar todo lo que hicimos mal, ni ponernos medallas por lo que hicimos bien. El caso es que, queríamos compartir esto por varios motivos:

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  2. LUISA

    Ante todo me llamó la atención de este relato por la advertencia qué surge al principio.
    No me extraña con tan sangriento viaje y las sanguijuelas qué en él existen parece que se suben por tus venerables piernas.
    Sin duda está bien aunque sea con advertencia.

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